AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

miércoles, 2 de mayo de 2007

La chica de la ventana (I)


Antes de empezar este cuento permítanme que les hable un poco de su origen y de por qué me decidí a escribirlo. Está basado en una experiencia real que viví en el verano de 1998, cuando estaba a punto de irme de Almería y venir a Cádiz. Hasta hace unos días fue un recuerdo agridulce del que no me animaba a escribir, una de esas experiencias que por sus ecos emocionales no son fáciles de contar. Luego apareció NENABLUE.COM, una página web de contenido erótico que es (o va a ser, porque aún está en proceso de creación), diferente. Echen un vistazo al enlace y vean que tengo razón. Decidí que el primer cuento que sometería a su criterio sería esta experiencia, debidamente adornada y con algunos detalles cambiados para hacerla más atractiva al lector y para proteger mi intimidad. María, la encargada de proyectos de Nenablue, me dejó claro que no querían un simple relato golfo; querían buenos relatos bien escritos. Les gustó. Yo lo he intentado, pero es el lector quien tiene la última palabra.

Los derechos de explotación comercial por Internet de este cuento son de Nenablue, pero eso no me impide publicarlo aquí sin fines lucrativos, y ya de paso voy dando a conocer en mi humilde capacidad esa web, con la que espero seguir colaborando porque me gusta escribir, porque me gusta contar guarradas, y porque si además me pagan por ello mucho mejor.

El cuento lo publico en dos entregas, pues como lector de blogs sé que una entrada demasiado larga suele causar rechazo en el visitante. Aquí va la primera parte:


LA CHICA DE LA VENTANA

–Es que, de verdad, no sé por dónde coger tu caso. Así no hay manera, Javier.

La abogada calla y aguarda alguna respuesta, pero Javier no tiene nada más que decir por el momento. Durante unos segundos se sostienen las miradas. Ella es delgada y bonita sin ser bella, tiene unos veintisiete años. Él se acerca a los cuarenta y es un hombre normal, nada en él nos llamaría la atención si nos lo cruzáramos por la calle. Finalmente la abogada retoma la conversación:

–Pero hombre, miénteme o dime algo que te ponga las cosas más fáciles. Tal como me lo pintas te va a caer una buena. Usa la cabeza, Javier. Lo hecho, hecho está, pero no lo compliquemos más. Cuéntame algo que nos sirva para alegar enajenación, o que por lo menos nos sirva de atenuante. ¿Estabas bebido, drogado, depresivo, medicado...?

–No. Era muy consciente de lo que hacía. No hay más historia.–. Responde Javier mientras enciende el sexto cigarrillo del día, a pesar de ser sólo las ocho y diecisiete de la mañana.

–Pero... No puede ser. Nadie hace algo así y se queda tan fresco. Tenías que estar...

–¡Era perfectamente consciente de lo que hacía, joder! Lo hice porque ella me estorbaba. Fue premeditado y ahora me da todo igual. ¡No quiero una defensa! ¿Me entiendes?

–No, Javier, no te entiendo. Lo siento pero no puede entenderte–. Contesta la abogada tranquila y, podría decirse, tristemente.

–Vale, pequeña picapleitos, voy a explicártelo otra vez, pero hoy no me jodas con preguntas como hiciste ayer. Hoy dejarás que te lo cuente todo sin interrumpirme, ¿estamos?

–Estamos. Adelante.

La abogado se recuesta sobre el respaldo de la incómoda silla, cruza las piernas y mira con atención a Javier, quien por enésima vez en apenas una semana cuenta de nuevo su historia:

“Patricia tenía dos semanas de vacaciones y se fue a pasarlas a casa de sus padres. A mí me pareció de perlas, ya te imaginarás que casi diez años de matrimonio desgastan bastante, y me apetecía estar solo, ver películas porno hasta las tantas, holgazanear y quizás salir alguna noche en busca de un polvo fácil y diferente. No hizo falta. Lo que encontré era más erótico que salir para follarme una puta. Mucho más excitante que todo eso, vaya que sí.

»La noche que descubrí a la chica de la ventana fue la del 19 de Junio. Sería sobre las doce cuando un movimiento en el edificio de enfrente atrajo mi atención. Creo que ya te dije ayer que entre su bloque y el mío hay un parque ajardinado que nos separa por unos sesenta metros. Es la distancia perfecta para distinguir un cuerpo, su forma, sus movimientos, el color del pelo, el tono de la piel... pero demasiado lejos para ver con claridad los rasgos o sus gestos faciales. Ni siquiera sé de qué color eran sus ojos. Ni el color de sus ojos, ni su nombre, ni nada. Sólo sé que debía de tener algo más de veinte años, morena, media melena, delgada, caderas anchas y pechos pequeños y duros. Nada más sé de ella. Bueno, sí, sé que era un perrita en celo y que haría cualquier cosa por volver a verla. En fin, de hecho ya hice cualquier cosa por seguir viéndola. Por eso estamos aquí, ¿verdad?

»Aquella noche del 19 de Junio estaba fumando en la ventana de mi dormitorio. Miraba a la calle y dejaba que una brisa cálida se llevara el humo del cigarrillo. No dejo de pensar en lo diferente que sería todo ahora si no me hubiera fumado aquel Lucky. Lucky, afortunado. Qué bromas tiene la perra vida. Y qué mala leche, la muy cabrona. Como te decía estaba allí, apoyado en el alféizar, cuando un movimiento me hizo mirar al edificio de enfrente. Desde la ventana de un segundo piso una chica agitaba los brazos. Me llevó un buen rato aceptar que se dirigía a mí, entre otras cosas porque no terminaba de creerme que una mujer en ropa interior quisiera atraer la atención de un desconocido. Cuando al fin me atreví a responder con un tímido saludo de la mano ella dejó de mover los brazos, y entonces, ya segura de estar expuesta a mi mirada, se quitó el sujetador. Lo hizo sin prisa pero sin demorarse en juegos provocadores, simplemente quería mostrarme su tetas, quería que yo las mirara.

»Ella estaba pegada a la ventana y sólo podía verla de cintura para arriba. No había luz en su habitación, pero su cuerpo era iluminado por las farolas de la calle. Tenía la piel muy morena y los pechos notablemente menos bronceados. Se quedó allí, quieta, mirándome, desafiante. Volví a saludarla, quería darle a entender que me gustaba aquello, que no dejara de hacerlo. Entonces empezó a tocarse, primero con una mano en uno de sus pechos, y después con las dos, cogiéndose y sobándose las tetas sin dejar de mirarme. Yo estaba paralizado, mi polla palpitaba y tenía la sensación de que si la tocaba en ese momento me correría inmediatamente. Creo que no estaba tan cachondo desde los quince años.

»El juego duró unos segundos más. Después la chica de la ventana se retiró. Se sumergió en la penumbra de su dormitorio y esa noche no apareció más. Cuando me masturbé eyaculé abundantemente con un largo orgasmo que me dejó temblando, pero no fue suficiente. Esa noche me descargué seis veces más, lo que no está nada mal para un cuasicuarentón, y no pude llegar a conciliar el sueño. Entre paja y paja me acercaba a la ventana con la esperanza de ver otra vez a aquella mujer, pero no hubo suerte.

»La noche siguiente volvió a repetirse el espectáculo, aunque la chica de la ventana fue más lejos. Apareció a las doce menos cuarto. Lo sé porque yo estaba constantemente vigilando su ventana y mirando mi reloj. Vi perfilarse su silueta. Se acercó a la ventana y se me quedó mirando. Volvía a llevar un sujetador blanco que contrastaba con su piel. Cuando la saludé con un gesto de la mano y una respetuosa inclinación de la cabeza se desprendió del sujetador. A esa zorra le encantaba mostrarse para mí, y a mí me volvía loco que lo hiciera. Vi como que llevaba una mano a la boca, podía adivinarla humedeciendo los dedos con su saliva, y luego se acarició los pechos, los amasó y sobó a fondo, mojándolos con su saliva mientras no dejaba de mirarme. Intentar imaginar lo que pasaría por su cabecita mientras hacía aquello me ponía enfermo de excitación.

»En un momento dado dejó de tocarse y vi que se agachaba un poco, durante unos segundos solamente, para erguirse a continuación y volver a sostenerme la mirada. Allí estaba la chica de la ventana, altiva, desafiante e impúdica, con sus tetas perfectas expuestas a mi mirada y la de cualquier otro vecino, dejándose lamer por mis ojos, cuando levantó una mano y supe que esa prenda blanca que me enseñaba eran sus bragas. Y entonces sí, entonces sí que no pude aguantar más y abrí el pantalón para liberar mi polla. No quería correrme demasiado pronto, pero bastó sentir mi propia mano cogiéndome el pene, tan duro, tan cálido, tan impaciente... y me derramé mirando a aquella chica, imaginando que todo ese semen que estaba escupiendo iba a parar a sus tetas, a esas bragas que me mostraba tan desvergonzadamente, a su cara...

»La tercera noche fue aún mejor. Nuestro pequeño juego era cada vez más atrevido, y por fin la chica de la ventana encendió la luz de su dormitorio. Como ella vive en un segundo y mi piso es un tercero tenía buena perspectiva. Podía ver su cama, un armario, un pequeño escritorio... Es curioso, ver aquel mobiliario me hizo sentirme más cerca de ella. Era como meterme un poco más en su intimidad. En esta ocasión apareció vestida. Bailó para mí en su dormitorio y fue desnudándose poco a poco. Aunque a veces me daba la espalda casi todo el tiempo me miraba. Yo no podía distinguir su cara, pero la suponía con un gesto lascivo. Lamiéndose los labios, entrecerrando los ojos, pidiéndome polla.

»Se dejó sólo las bragas, pero se entretuvo metiendo una mano bajo ellas mientras que con la otra se tocaba los pechos. Aunque ella no podía verme hacerlo tenía que saber por el movimiento de mi brazo que me estaba masturbando, y supongo que eso la animó a ir más lejos, pues se tumbó en la cama y se quitó las bragas. A pesar de la distancia pude ver un mechón de vello negro en su pubis. Mantuvo los muslos juntos y se llevó las bragas a la cara. Creo que las estuvo lamiendo, y no puedes imaginar lo que deseé ser yo quien pudiera hacerlo. Al cabo de unos instantes las tiró a un rincón. Se incorporó a medias en la cama, me miró y se llevó el índice cerca de los ojos: un claro gesto para pedirme que la mirara, que no me perdiera lo que iba a hacer. Como si esa precaución fuera necesaria; yo era todo ojos para la chica de la ventana. Entonces separó los muslos, los abrió mucho y se mostró toda para mí. Se chupó los dedos y los restregó sobre su sexo para llevárselos a la boca de nuevo. Casi podía yo sentir su sabor en mi boca. Luego me dijo adiós con la mano, apagó la luz y no volví a verla esa noche, pero de todos modos me la pasé entera pegado a la ventana, retirándome sólo para masturbarme sobre mi cama.

»Empecé a tener problemas en el trabajo. Estaba siempre medio dormido y ausente. No me enteraba de las instrucciones de mis jefes ni prestaba atención a los compañeros. Vivía en una permanente ensoñación libidinosa en la que la chica de la ventana y yo nos reuníamos y dábamos salida a todo el deseo contenido. Fui amonestado, pero no me importaba. Sólo la chica de la ventana me importaba, así que empecé a planear cómo ponerme en contacto con ella.



(Continuará pronto, y recuerden, tendrán mucho más en NENABLUE).

5 comentarios:

Tesa dijo...

Mira que sabes venderte bien...
Besos

sandra dijo...

Joder!!!

Javi dijo...

Me gusta. Tenías razón, no es el típico relato que en la segunda frase ya "le estaba magreando la colita por debajo de la bombacha". Es bueno.

2 dijo...

Pues tiene razón, la página esa de Nenablue es distinta a todas las páginas porno que conozco. no tiene ni una foto y los textos están en letras negras sobre fondo negro, vamos, queno se ve nada, además no tiene ni un sólo enlace. Original si que es, pero me da a mi que si no ponen alguna foto o algún texto legible, se van a r a la ruina.

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Mwajajaja... Pues no sé qué te pasará, 2, pero yo la veo bien. De todos modos me he desligado de esa página. Ya no me interesa colaborar, tardaron en pagarme más de lo acordado y he decidido pasar de ellos.