Es lamentable que tras varios años de blogueo me entere ahora de lo mala que es la UNESCO, (ya saben, esa perversa organización cuyo fin es convertir en homosexuales a la mitad de la población mundial. ¡Mechachis, qué requetemalos son los de la UNESCO!) En cuanto me he enterado de la fidedigna e incontrovertible noticia he llamado a consulta a mi gato, como cualquier presidente llamaría a un embajador en circunstancias igualmente graves:
-Pequeño Gusifluky, ¿qué tienes que decir acerca de... de lo de... de las... bueno, de las declaraciones del Obispo de Córdoba, según las cuales la UNESCO tiene programado convertir a la mitad de la población en homosexual?
-Padre, con el debido respeto, ¿usted cree que me puede molestar con semejante gilipollez? ¿No se ha parado usted a pensar que yo tengo una vida? Querido padre, yo lo respeto a usted mucho, pero las gilipuerteces me agotan, así que hábleme de algo serio o déjeme descansar y perseguir pececillos de plata (que es lo más interesante que puedo perseguir aquí en nuestra casa).
-¡Pero esto es muy importante, pequeño Gusi! Imagínate: la mitad de los humanos maricones perdidos. ¿No te parece atroz?
-Oh, sí, atrocísimo -dijo mi gato mientras de desperezaba y se dirigía hacia su comedero.
-¡No te lo estás tomando en serio, pequeño Gusi! ¡Esto es el fin de la humanidad, de la moral, de las buenas costumbres...!
-¡Deje de gritar, padre! -exclamó mi gato- ¿A qué viene todo este guirigay? ¿Quién ha iniciado este follón?
-Es que... -empecé a decir yo con pusilanimidad.
-¡Ni esques ni hostias! ¿Quién ha sido? -preguntó mi gato, ese valiente felino europeo que por muy castrado que esté anda sobrado de cojones.
-Gusifluky, verás... -empecé a explicarle yo con delicadeza-, es que ha sido cosa de un obispo.
-¿Un obispo? ¡Me cago en to lo que se menea! ¿Y quién cojones es un obispo?
-Querido Gusi, un obispo es un señor importante dentro de su religión -le conté a mi gato intentando ser diplomático.
-O sea, que ese señor es un puto mago sin mayor importancia, al igual que un chamán según otras creencias -insistió Gusifluky.
-Mmm, pues sí, básicamenre es lo mismo, pero...
-¡Ni peros ni hostias! -profirió enrabietado mi dulce gato- ¿ME HAS MOLESTADO PARA INTERROGARME ACERCA DE LAS PAJAS MENTALES DE UN BRUJO? -gritaba mi gato fuera de sí- ¿TE CREES QUE POR SER UN GATO NO PUEDO RAZONAR? ¿EN TAN POCA COSA ME TIENES QUE TE CREES QUE NO PUEDO DARME CUENTA DE TODA ESTA TONTUNA?
-Oh, maldita sea, Gusi -dije yo intentando aplacarlo-. No supuse que tú...
-¿Que yo no era tan inteligente como cualquier cristiano?
-¡Sí, eso! -exclamé sin ser consciente de mi error.
-¡Hijo de mala madre! ¿Cómo osas compararme a mí con vosotros, idiotas crédulos? -dijo Gusifluky con todo el desprecio del que es capaz un gato. Yo, aterrado, callé y escuché:
-Mira, muchacho, ni homosexuales ni hostias benditas -continuó mi gato-; y no todo es negro o blanco en esta puerca vida que nos ha tocado vivir. Cada cual busca lo que le interesa, amigo Leo, y si...
Aproveché lo que creía una duda en el razonamiento de mi gato para intervenir:
-¿Y si fuera cierto que la mitad de la humanidad se hiciera homosexual?
Gusifluky me miró enarcando las cejas, sonrió, se desperezó, y tras meditarlo mucho dijo:
Ese hijo de puta de Gusifluky saltó una vez más al escritorio y empezó a frotar su cara contra mi hocico. Intenté apartarlo pero se resistió. Finalmente acepté sus caricias y escuché sus palabras:
-¿Qué le pasa, padre? ¡Sea feliz, hombre!
-¿Cómo voy a serlo, gato, hijo mío, si cuanto más paciente e ingenuo soy, más me demuestran que ando errado? La felicidad, pequeño Gusi, es cosa de gatos como tú o de putas como... como todas, hijo.
-¡No, padre, no; algunas se escapan!
-MWAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA...
-¡Padre, por favor, deje de reírse así! Me da usted miedo cuando le sale esa risa.
-No temas de mí, pequeña cosita. Ay, Gusi, eres tan inocente, tan indefenso y tan... tan joven e inexperto que me dan ganas de... de hacerte algo malo para ahorrarte sufrimientos.
-Padre, ya vale. Está usted muy raro y dice cosas que no entiendo. Sea lo que sea que pase por su cabeza seguro que es más divertido jugar conmigo. ¿Qué tal una sesión del "Quetepilloquetepillo"? O si le parece mejor me meto en esa caja de cartón y vuelvo a hacerme el tonto sacando la pata por una rendija, ¡aún no me ha sacado fotos haciendo eso! ¿Eh, padre, qué le parece? Podemos... ¡Podemos también jugar a que yo abro la nevera y usted me persigue simulando enojo por toda la casa! ¡También puedo mordisquear las nuevas sillas de la cocina! ¿Eso sí, padre? ¡Se le da muy bien hacerse el cabreado! Sí, sí, sí, padre, juguemos a algo, a lo que sea, ¡pero cambie esa cara de derrota!
-Tienes razón, Gusifluky, tienes razón. Tengo que ser como tú y aprender a vivir sin pensar en otros que no sean yo; sin preocuparme por el mañana y sin recordar el ayer; sin hacer caso de lo que digan los pocos bienintencionados y mucho menos de lo que digan tantísimos hijos de puta cuyo único fin es hacer daño. Tengo que aprender a ser un gato.
Gusifluky interrumpe su higiene y deja de lamerse entre los dedos de la pata trasera derecha. Me guiña un ojo, sonríe y dice:
Gusifluky, mi gato, mi hijo, se acercó hasta el sofá donde yo leía El espejismo de Dios (lectura que recomiendo a cualquier forma de vida inteligente en este planeta). Llegó sigiloso y elegante, como flotando sobre el aire, y de repente me lo encontré sobre mis rodillas. Parecía haberse materializado ahí sin haber existido antes en ninguna parte. Cerré el libro y miré a mi hijo fijamente en silencio; por experiencia sé que es mejor dejar que hable él cuando así lo decida. Él me miraba también, creo que con curiosidad. Pero en algún momento me pareció notar en su mirada más desprecio que curiosidad; más sospecha que complicidad; más desconfianza que cariño. Al cabo de un par de minutos, justo cuando me dispongo a echarlo de mis rodillas y reabrir el libro, me sorprende su voz de gato mimado:
—Padre, ¿qué es el mundo?
—Umm... A ver, pequeño Gusi, ¿es una pregunta capciosa, una adivinanza, una duda filosófica, una cuestión científica, o qué coño me estás preguntando?
—Solo quiero saber qué debo entender por "mundo" cuando se dicen cosas como "todo el mundo es gilipollas", o "estoy hasta los cojones de todo el mundo" (aunque como bien sabe, amado padre, yo no puedo estar hasta los cojones de nada porque usted, en su infinita sabiduría, decidió hacerme castrar, loado sea su nombre, pedazo de cab... allero).
—Ejem, no me gusta hablar contigo del asunto de tu castración porque eres muy joven para entenderlo, pero estoy seguro de que algún día me lo agradecerás; no tienes ni idea de los problemas que te he ahorrado. En cuanto a lo otro, lo de qué es "el mundo", te puedo decir que en ese contexto en que tú lo planteas lo podemos traducir por "toda la gente".
Gusi se queda pensativo tras escucharme. Los gatos piensan mucho, pero piensan despacio y yo ya me he acostumbrado a ser paciente cuando mi hijo reflexiona. A pesar de ello me pongo nervioso y el corazón me late con fuerza, lo que me sirve para medir el tiempo mediante los latidos. He contado doscientos quince latidos cuando Gusifluky vuelve a hablar:
—Pero entonces, padre, "el mundo" tiene muchas caras, muchísimas.
—Así es, hijo mío. Unos cuantos miles de millones de caras. ¿Qué problema tienes con eso?
Gusi vuelve a ensimismarse con un preocupante y hosco gesto. Ochenta y dos latidos he contado hasta oír de nuevo su voz, que ahora no sonaba a gato mimado sino a felina furia contenida:
—Yo quisera que el mundo solo tuviera una cara.
—¿Para qué?
—¡Para poder partírsela, padre, para eso!
Mudo por el arranque de ira de mi hijo lo contemplo bajar de mis rodillas y alejarse con su caminar elegante y silencioso. Antes de salir del salón se detiene, me mira con sus ojos verdes de afiladas pupilas contraídas y me grita (me escupe), lleno de rencor:
—¡Nadie se libra, padre!— y añade apesadumbrado, bajando la cabeza— Tampoco usted, tampoco usted...
Se va. Lo oigo desenrollar varios metros de papel higiénico en el baño, y luego lo oigo tirando al suelo el bote de espuma de afeitar que olvidé guardar en el armario, y a continuación oigo que está lanzando por mi dormitorio todos los objetos que encontró en la mesita de noche (cartera, teléfono móvil, un libro, un paquete de pañuelos de papel, una cantimplora vacía...), y segundos después me llega el ruido de lo que ha encontrado en el escritorio y que está desperdigando por el estudio (el portalápices, un paquete de tabaco, el mechero, y el cenicero que, me temo, se ha roto al caer). Lo dejo desahogarse.
Me gustaría decirle que a mí, frecuentemente, también me dan ganas de partirle la cara al mundo.
Gusifluky, mi hijo, no para de darme disgustos. Ahora resulta que no le gusta el giro que he dado a mi vida (y de rebote también a la suya).
—¿Le puedo hacer una pregunta, padre?— me dijo ayer interrumpiendo mis oraciones.
—Adelante, pequeño e inocente gatito.
—¿Qué son esos objetos cruciformes que han empezado a proliferar por las paredes de nuestro hogar?
—Se llaman crucifijos. Representan a nuestro Señor en la Cruz— respondí yo didáctica y pacientemente.
—Ajá... ¿y nuestro señor es ese jipi melenudo en calzoncillos que va lleno de mataduras?
—Bueno, ese jipi como tú lo llamas, querido Gusi, es el Hombre, con mayúscula reverencial. Es Jesucristo, el Hijo de Dios.
—Ops, qué interesante. Y digo yo una cosa: ¿por qué en lugar de poner al hijo no pone usted en las paredes al mismísimo Dios? Creo que sería como más impresionante, ¿no? No sé, yo no entiendo de estas cosas , querido padre.
—Es que nadie sabe cómo es Dios. Además, Su Hijo también es Dios— respondí yo intentando aclarar ideas, aunque tuve mayor éxito complicándolas.
—¡Ah, entonces hay dos dioses!— exclamó emocionado el pequeño Gusi creyendo que empezaba a comprender algo.
—No, no. El Hijo y el Padre son el mismo Dios.
—¿Perdón?
—Sí, es un tema delicado y difícil de entender, y más aún de explicar.
—¿Y no será, por un casual, que usted no tiene ni idea de lo que habla, respetado y admirado padre? Aunque también podría ser que mi plana cabeza de gato no pueda comprender tan metafísicas ideas, que va a ser eso, casi seguro.
—Pues sí, hijo mío. Tú eres muy pequeño para comprender estos misterios— me atreví a responder viendo una puerta abierta.
—Si ya lo sabía yo. Eso mismo me dijo usted aquel día en que lo sorprendí tocándose enérgica y rítmicamente la pequeña colita, y yo le pregunté si podía jugar también, y usted no me lo permitió.
—Eso, eso. Se trata de un misterio parecido— mentí para que me dejara en paz.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál es la relación entre Dios y que usted se mate a pajas?
—¡Serás sinvergüenza!
—¡Mwajajajaja...! Padre, soy un gato, pero no soy idiota. Adelante, por favor, explíqueme eso de que Dios y Su Hijo son la misma entidad. Es un comienzo prometedor.
—Es que, verás, hijo, la cosa se complica, porque también hay una paloma que...
—Mmmm, una paloma, ¡qué rica!
—No, tonto. Esta paloma que te digo ni se puede cazar, ni comer, ni nada-- me apresuré a detallar antes de que Gusifluky cometiera un atroz pecado que ni siquiera está contemplado en el Régimen Disciplinario de los Cristianos.
—¿Esa paloma tiene inmunidad diplomática o algo de eso?
—Mejor aún: ¡es el Espíritu Santo!— exclamé con fervor de fundamentalista religioso.
—¡Caramba! ¿Y qué es eso?
—Pues viene a ser Dios también.
—Y ya van tres— dijo Gusi con incrédulo retintín.
—Nooo... Son todos el mismo Dios.
—Me lo explique— insistió el ignorante Gusifluky.
—Eso intento. A esto se le llama el Misterio de la Trinidad. Ya sabes, eso de Uno y Trino.
—Como se atreva usted a trinar, padre, me lo zampo. Ya sabe, el instinto, que no respeta ni a su padre.
—Pero qué inculto eres, Gusi. Digo trino no del verbo trinar, sino de ser tres en uno.
—¡Coño, como el aceite famoso!— gritó triunfalmente mi gato.
—Contigo no se puede hablar, Gusifluky— le dije con voz suave y tono paternal--, y eso que no he comenzado a hablarte del delicado asunto relativo a una paloma, a una virgen, y a un embarazo inesperado. La cosa empieza así: una noche...
Decido dejar de hablar cuando veo que Gusifluky se despereza y que mientras se aleja de mí dice algo que me suena a "están locos, estos cristianos".
Ayer Gusifluky salió a recorrer mundo. De nuestro hogar salió un gato y horas después volvió otro gato diferente. No sé si peor o mejor; tan solo diferente.
A su vuelta apestaba a alcohol y a tabaco. Se tambaleaba al andar y balbuceaba consigo mismo incoherencias. Le preparé un café bien cargado, pero cuando salí de la cocina Gusi roncaba en mi cama. No quise despertarlo. En cambio él me ha despertado esta mañana cantando.
—Vaya, pequeño Gusi, veo que llevas bien la resaca.
—Oh, sí, padre. Hoy lo llevo todo estupendamente. Siento como un optimismo que me hace verlo todo distinto.
—¿Ah, sí, hijo mío? Me alegro mucho. Oye, cuéntame qué hiciste anoche.
—¿Anoche? ¡Anoche! Anoche, padre, conocí a una gatita encantadora. ¡Qué digo encantadora; era la gata más adorable del mundo! Se llama Abigaíl, que según la Wikipedia significa "el padre salta de júbilo". ¡Así que salte de júbilo, padre, salte conmigo!
El muy loco me ha cogido de las manos y se ha puesto a dar brincos.
—Ey, perturbinto, relájate un poco y háblame más de esa linda gatita.
—Su nombre también puede significar "fuente de alegría", ¿sabe, padre? ¡Qué acertado nombre! Ah, si usted la hubiera visto... Criatura angelical, hermosura inigualable, maravilla de la naturaleza, absoluta perfección.
—¿Es buena chica? Eso es lo importante.
—No lo sé, padre. No tengo la menor idea. ¿Y sabe lo más raro?, ¡me da igual!
—Uhm, eso no es bueno, hijo mío. No deben darte igual esas cosas.
—Bah. Mire, mire ahí fuera, padre. ¿No nota usted que hoy todo brilla más; que la luz del sol parece más intensa; que los colores son más vivos? ¡Y además todo huele diferente! El mundo parece haberse impregnado de un aroma como de batido de fresa y plátano. Sí, a eso huele hoy la vida.
—Voy a llamar inmediatamente al veterinario.
—Ja ja ja... ¡Deje el teléfono y salte conmigo!
—No voy a ponerme a dar saltos como un bobo, Gusifluky. Dime, ¿te la tiraste?
—¡Por favor, padre, no sea simple! Ni se me pasó por la cabeza. Además, me permito recordarle que usted tuvo a bien castrarme hace unos meses.
—Ah, sí... Bien, cambiemos de tema: ¿de qué hablasteis?
—Hablamos mucho, durante horas, padre, ¡durante horas! Yo la había visto otras veces, pero nunca pensé que alguien como ella pudiera prestar atención a un gato mestizo como yo. Ella es tan... ¿cómo iba yo a atreverme tan siquiera a acercarme a ella? Oh, padre, y sin embargo anoche estuvimos conversando como si nos conociéramos de años. Es tan simpática, tan agradable...
—Vale, vale, pero céntrate: ¿de qué hablasteis?
—¿Y eso qué importa? Con ella hablaría de cualquier cosa con tal de sentirla cerca. Ay, padre, si usted la hubiera visto... Bueno, ya que insiste le diré que discutimos amigablemente sobre la conveniencia o inconveniencia de la pena de muerte, entre otras cosas. Por cierto, le he prestado un libro de los suyos, el que se titula precisamente Pena de muerte, de Helen Prejean. Espero que no le importe.
—Te he dicho mil veces que no prestes mis libros, granuja.
—Tenía que hacerlo, padre. Es por la causa.
—Si es por la causa de abolir la pena de muerte bien está.
—Bueno, también por esa causa que usted dice, pero yo me refería a la causa de garantizarme que volveré a verla cuando nos devuelva el libro.
—¿Y crees que lo devolverá?
—Confío en que sí, me lo prometió. Para ello anoté el número de teléfono de usted en la primera página del libro.
—¡Serás...! Ja ja ja, qué astuto es el pequeño Gusifluky. Usarías lápiz como te he enseñado, ¿no?
—¡Para buscar un lápiz estaba yo! Usé el bolígrafo que me dejó el camarero.
—¡Maldición! Ya me hiciste cabrear. Me voy a leer, déjame solo.
Gusi se ha quedado dando saltos, cantando y, supongo, oliendo a batido de fresa y plátano. Al rato ha abierto la puerta del salón, se ha acercado a mí, ha puesto su patita blanca sobre mi libro y me ha preguntado:
—Padre, ¿el amor pesa?
—Yo creo que no, hijo mío.
—Pues yo creo que sí, porque siento como que algo me oprime el pecho.
Mi gato-hijo Gusifluky lleva un tiempo rarito. Sus pupilas dilatadas me inducen a pensar que trama algo malo contra mí. Hoy he decidido preguntarle directamente:
-Gusi, ven aquí, que tenemos que hablar.
-Dígame, padre.
-¿Por qué me dedicas esa mirada de gato cabroncete? Tengo la impresión de que te burlas de mí, así que ya puedes ir explicándote, gato malo.
-Oh, no, padre. Mi intención no es burlarme; es sólo que me hace gracia su empeño por luchar en una batalla perdida.
-¿Batalla perdida? ¿De qué me hablas, pequeño felino?
-Bah, dejémoslo, padre. Cada cual tiene sus intereses, y los de usted son... mwajajajajaja... ¿utópicos?
-Oye, insignificante gato de mierda, vamos a respetarnos. Hablemos claro. Sé valiente y dime lo que piensas.
-Está bien, padre. Me refiero a su última entrada en ese patético blog que escribe. Acaba pidiendo que los lectores firmen no sé qué petición, ¡y ni dios la ha firmado tras su rastrera súplica! Es usted un fracasado, padre. Ríndase.
-Hijo mío, hace un tiempo quemaban a la gente, especialmente a las mujeres, por tener un gato. Eso se consideraba prueba irrefutable de brujería. Usa esa pequeña cabecita que tienes y comprenderás por qué no debo rendirme. Lo hago por tu bien, por el mío, y por el de todos.
-JAJAJA... ¡Pues parece que sus lectores se pasan por la entrepierna las altruistas motivaciones de usted! Mwajajajaja, ¡FRACASADO!
-Debo reconocerte, pequeño Gusi, en honor a la verdad, que mis cinco lectores son medio gilipollas. (Esto debe quedar entre tú y yo; un bloguero no puede atacar a sus propios lectores, por temor a perderlos).
-De acuerdo, padre, será nuestro secreto. ¿Va a seguir combatiendo en esas batallas ahora que las sabe perdidas?
-Sí, hijo mío.
-Ya hay otras personas que lo hacen, y lo de usted es una gota en el mar.
-Quiero ser esa gota en el mar.
-¿Por qué, padre?
-Porque no sé ser otra cosa.
-Oh, qué tierno. Mi padre es una insignificante gota en el mar porque no puede ser otra cosa más destacable. ¡Vaya mierda de padre que tengo!
-Pues sí, Gusifluky. Soy una basura como padre, pero al menos lucho para que no engañen a mi hijo, ¿no te vale?
-Esto... ¿dónde dice usted que había que firmar?
-Bah. Si de veras te interesa sabrás encontrarlo. Ahora déjame dormir.
Fue un día como otro cualquiera. Pudo ser ayer u hoy. Incluso puede que fuera mañana:
Llegué a casa, y mientras hacía girar la cerradura pensaba en Gusifluky, mi gato, mi hijo. Lo suponía tras la puerta, presto a saludarme afilando las uñas sobre la pernera de mi uniforme e interesado en los olores que traía yo del Exterior, ese mundo que Gusi sólo conoce a través de lo que huele en mis ropas y en mis manos. Pero no fue así.
Entré en nuestro hogar y Gusifluky no daba señales de vida. Extraño, muy extraño. Gusi viene a mi encuentro nada más oír el tintineo de las llaves antes de abrir la puerta, ¿qué pasaba, pues, aquel día? "¡Gusi!", grité varias veces sin resultado alguno.
Hallé a Gusifluky en la parte de la casa que conocemos como "el ciberestudio". Es normal que no me oyera llegar pues estaba escuchando música con los auriculares puestos. Raramente tengo la oportunidad de observar a mi hijo sin que él se percate de mi presencia, así que aproveché la oportunidad para mirarlo sin declarar mi presencia, y esto es lo que vi:
Gusi, mi hijo, mi gato, se apretaba los auriculares contra sus enhiestas y negras orejitas mediante sus torpes patitas blancas, y mientras lo hacía se bamboleaba, cerraba sus dorados ojos y canturrueba "miau, miiiiiau, miauauauau, miau, miau, miiiiiiiiaaaaaauuu..."
Esto me extrañó mucho, pues el pequeño Gusi siempre canta en "humano", y tanto "miau miau" me hizo sospechar que se le había ido la pinza, así que le arrebaté los auriculares y le grité:
--¡Por las barbas del Profeta! ¿Qué diabólico ser se apoderó de tu alma felina, Gusifluky, oh, hijo mío?-- (Yo es que soy muy histriónico en mis relaciones filiales).
--¿Ehm? Padre, déjese de payasadas y devuélvame los auriculares, jolines--. (Como ven, el cabrito de mi hijo es bastante más mundano que yo).
Antes de devolverle los cascos quise saber directamente qué música lo mantenía tan abstraído, así que ajusté los auriculares al tamaño de mi cabeza, y... entonces comprendí:
(Me dice Soraya:
"La música es del conocido Rossini para su Otello.
La letra, en un intento de 'incordiar con gracia' se la puso un tal Lucas de Pearsall (1795-1856).
La canción se llama Duetto buffo di due gatti. Te paso dos adaptaciones, una con la risa del público y, otra versión, de la gran Caballé, sin risas. Quizás la hayas oído ya.
Afortunado tú, que cuentas con la sabiduría de Gusy por si hiciera falta la ayuda de un traductor".
Gracias, Soraya. Me quedé con la versión de la Caballé, y nunca había oído esto. Efectivamente, Gusifluky me está ayudando a entender la letra. Y me dice también que si ni tú ni yo estuviéramos tan locos podríamos ser buenos amigos).
El trueno sonó cercano, potente e interminable, con temblor de muebles y tintineo de vajilla. Pensé en Gusifluky, mi gato. "Uy, pobre Gusi. Debe de estar asustadísimo", me dije.
Lo busqué por la casa, esperando encontrarlo arrinconado y tenso. Miré en los armarios donde suele esconderse para prepararme emboscadas, y no estaba. Miré en su transportador que usa como ilusorio refugio cuando huye de mí, y tampoco estaba. Preocupado, miré en la cocina. Lo descubrí pegado a la ventana, mirando absorto el cielo gris, con las vibrisas rozando el cristal.
--¿Gusi?
--Mmmmgrr...
--¿No tienes miedo?
--¿Miedo, padre? ¿De qué?
Otro rayo iluminó la cocina. Nuestra cocina tiene las baldosas negras y blancas, como escaques de un tablero de ajedrez. Los muebles son negros y blancos. La nevera es blanca. La mesa es negra. Las sillas son blancas y negras. La Thermomix es negra y blanca. El reloj de la pared no funciona, pero es negro y blanco. Incluso el servilletero es blanco y negro. Gusifluky, por si no lo saben, es también blanco por abajo y negro por arriba. Pero bajo la luz del rayo todo fue fugazmente azul.
--Pues no sé, hijo mío, pero los gatos suelen temer a las tormentas.
-- Tormenta... qué bonita palabra para tan espectacular panorama.
En ese momento nos llegó el trueno. Largo, apoteósico. El orgasmo de un dios que no había follado durante milenios. Gusi continuó:
--Fíjese, padre: ese cielo color ceniza; esas gotas de agua tamborileando sobre el cristal; esas intensas luces azules que lo bañan todo; esos ruidos que nos recuerdan lo insignificantes que somos... ¡Cómo sentir miedo ante algo tan bello!
--Eres un romántico incorregible, Gusifluky. Y un gato muy raro.
--Vamos, padre, acérquese y contemple junto a mí esta grandiosidad de la naturaleza --me dijo mi gato mientras se encendía la pipa que le da por fumar cuando se pone reflexivo--. Tal vez usted esté acostumbrado, pero es algo tan nuevo para mí...
Permanecí un rato a su lado, envuelto en el aromático humo de la pipa y el suave ronroneo de mi hijo. Él fumaba en silencio y no apartaba los ojos del cielo.
--¿Sabes, Gusi? En estos momentos muchos seres de tu especie están asustados, encogidos bajo los contenedores de basuras o bajo los automóviles. Están mojados y tienen frío. A ellos, maldita la gracia que les hace este bello espectáculo de la naturaleza.
Pasó un largo minuto de silencio hasta que mi hijo volvió a hablar:
-- Lo sé, padre. Pensaba en ellos.
Y miró a su alrededor, como considerando que nuestro piso es demasiado grande para nosotros solos.
Entré en la habitación de invitados, también conocida como la habitación azul o, desde que llegó Gusifluky, la habitación del gato. La persiana, extraordinariamente, estaba subida aquel día, y la ventana corredera ligeramente abierta, lo justo para que penetraran los trinos de los pájaros, las voces de la gente, el runrún de los motores... Gusifluky estaba sentado en el escritorio de madera, mirando atento ese mundo exterior que sólo conoce por lecturas y por vagos recuerdos de su infancia de gato abandonado.
Desde el umbral de la puerta lo estuve vigilando un buen rato. Sé que él sabía que yo estaba allí, pues percibí un ligero movimiento en sus orejas cuando detectó mi llegada, pero no giró la cabeza para verme, ni falta que le hacía; de sobra sabía que se trataba de mi tranquilizadora e inofensiva presencia.
--¿Qué haces, Gusi?
--Nada, padre, sólo miro el mundo--, me respondió sin darme la cara con esa voz grave que parece salirle del pecho.
--¿Y qué ves?
Entonces sí que me miró. Tenía las pupilas muy contraídas por la luz solar que entraba en la estancia y un gesto triste a pesar de la forma de su boca que simula una eterna y traidora sonrisa. Nos sostuvimos la mirada varios segundos, y al fin volvió a mirar al exterior mientras decía:
--Mierda, padre. Veo mierda y desolación.
Lo dijo con un tono serio, solemne. Y yo quise abrazarlo y consolarlo. Quise decirle que no siempre es así, que en alguna ocasión observar el mundo nos reporta alegría y esperanza. Pero no encontré las palabras adecuadas, porque hay veces que no se trata de hacer literatura, sino de contar la verdad, y eso ni es fácil ni, en demasiados casos, conveniente. Así que me fui a por el ratón mecánico que mis compañeros le regalaron el 6 de Enero, le di cuerda y lo dejé correr por la habitación azul. Desde el escritorio Gusifluky miró el juguete, luego me miró a mí con ese gesto atribulado de penetrante mirada verde, y a continuación volvió la cara hacia la ventana, inconmovible ante mi invitación para jugar.
--No es momento de juegos, padre. Sólo quiero observar, e intentar comprender algo.
La pasada madrugada me sorprendió que mi gato Gusifluky no viniera a la cama para morderme como suele hacer cuando yo estoy en lo mejor de un sueño húmedo. Como todo el mundo sabe los gatos son mágicos, y entre otros poderes inexplicables poseen el nada despreciable de saber cuándo los humanos estamos soñando algo divertido y jodérnoslo. Me desperté trempadísimo y pensé: "Qué raro, Gusi no está aquí mordiéndome la nariz. Algo malo pasa".
Lo encontré en el estudio, leyendo unos folios a la luz de un flexo y fumando en pipa. Tenía las gafas de lectura puestas, y créanme que es una imagen sobrecogedora encontrarse a un gato en plena madrugada, leyendo, fumando en pipa y con las gafas puestas. Para colmo sonaba un cedé de Vangelis. Un cuadro la rehostia de impresionante.
Me acerqué sigilosamente a él por su espalda, o por su lomo mejor dicho, con la intención de leer sobre su hombro --¿tienen hombros los gatos?-- cuando dijo tranquilamente sin desviar la mirada de los misteriosos folios:
--Padre, con el debido respeto le recuerdo que soy un gato y mi oído percibe sonidos que usted no puede imaginar. Conque deje de hacer el tonto y váyase a dormir, ande, que no está usted en edad de jugar a dar sustitos.
Para mitigar en lo posible lo ridículo que me sentía apelé a mi dudosa autoridad:
--¡Gusifluky! Te he dicho mil veces que no fumes.
--No, padre, permita que lo corrija. Sus palabras fueron, exactamente: "Hijo mío, aquí tienes esta pipa que yo nunca aprendí a usar; mejor la pipa que pillarte liándote porritos"--, me respondió el canalla desvergonzado de mi gato.
--Vale, gato cab... Bueno, ¿qué lees a estas horas?--, dije yo en un desesperado intento por cambiar de tema.
--Pues leo una cosa bastante divertida que me he descargado de internet. Debe de ser una broma, y es la monda.
Me tendió los folios y los hojeé. Me sentí un poco triste. ¿Cómo decirle a mi niño, a mi pequeño Gusi, que aquello iba en serio? ¿Cómo explicarle a un alma cándida como Gusifluky que ese cúmulo de despropósitos era un intento serio de modificar la Historia, una vez más, en beneficio de algunos? ¿Cómo hacer entender a un pequeño gato que aún no ha cumplido el año de vida que esa pervertida manera de usar el lenguaje es útil para tanto hijo de puta? Pero fui fuerte y le dije la verdad:
--Hijo mío, esto no es una broma. Esto que tanta gracia te hace es el nuevo Estatuto de Andalucía, recientemente aprobado en un carnavalesco referéndum.
--¿Carnavalesco? ¿Por qué, padre?
--Bueno, se votó en carnavales. Eso explica, en parte al menos, la escasa participación, sobre todo aquí, en Cádiz, donde como sabes la prioridad es el Carnaval, y lo demás puede esperar, ya sea un referéndum, desempeñar un servicio público, acudir al trabajo o hasta darle de comer al gat... Eso, que los gaditanos tienen sus prioridades.
--Está bien, padre, eso de la escasa participación que no llegó al cuarenta por ciento lo veo claro, pero... ¿Cómo pudo salir votado el SÍ con diferencia?
--Gusi, mi niño, tú no sales de casa y no sabes lo que se cuece por estas tierras. Te lo resumiré: la gente es imbécil.
--Algo sé de eso, padre, porque chateo en el canal Cádiz de Terra, y me he formado una idea, creo que bastante acertada. Sin embargo, ¿tan tontos son? Fíjese, padre--, me dice mi gato mientras me señala un glorioso pasaje del infame Estatuto:
"Preámbulo: Andalucía, a lo largo de su historia, ha forjado una robusta y sólida identidad que le confiere un carácter singular como pueblo, asentado desde épocas milenarias en un ámbito geográfico diferenciado, espacio de encuentro y de diálogo entre civilizaciones diversas". --Darse de hostias y cuchilladas, matarse a millares durante siglos de conquistas y reconquistas, ¿se llama ahora "encuentro y diálogo entre civilizaciones"?--, me pregunta astutamente mi gato, y yo sólo puedo responderle:
--Sí, hijo mío, así es en esta pluralidad de naciones antes llamada España, imperio del correctismo político, de la mentira, de la estafa, del engaño, de la especulación inmobiliaria y de la autocomplacencia de los gobernantes. Todo lo que pasó en Andalucía fue encuentro y diálogo, así lo han decidido mayoritariamente los gilip... los escasos votantes del referéndum.
Gusifluky se me quedó mirando sin decir nada durante un buen rato. Supongo que intentaba digerir, o al menos ensalivar, el enorme polvorón que acababa de meterle en la boca. Luego dijo:
--¿Y esto otro, padre? ¿Qué me dice de este otro desvarío?--, y volvió a colocar una de sus blancas patitas sobre otra parte del memorable texto:
"Artículo 16. Protección contra la violencia de género: Las mujeres tienen derecho a una protección integral contra la violencia de género, que incluirá medidas preventivas, medidas asistenciales y ayudas públicas."
--¿A qué viene esto, padre?--, añade mi gato.
--Viene a que si no lo dicen no parecen lo suficientemente progres. Ya se encarga de esto el Estado, pero los andaluces tienen que demostrar que ellos también son muy correctos, muy paternalistas, y muy capullos. Como el resto, vamos.
--Y digo yo, ¿los hombres no tienen derecho a una protección integral contra la violencia esa que todos los analfaburros llaman "de género"?
--Interesante pregunta, pequeño Gusifluky, y con fácil respuesta: No, los hombres no tienen derecho a eso. Es más, hay leyes que se cargan la presunción de inocencia del hombre cuando de maltrato físico a una mujer se trata.
--Pero... ¿no resulta eso discriminatorio?
--A mi juicio sí, Gusi. Es una más de las contradicciones en las que se sume el país, ya no sólo Andalucía, con tanto progresismo igualitario a golpe de Ley. Pero no intentes buscarle una explicación que no sea la simple imbecilidad y el sentimiento de culpa de legisladores y politicastros. La mujer fue, desgraciadamente, avasallada mucho tiempo, y ahora lo pretenden arreglar avasallando al hombre. No es justicia; es venganza, una venganza que se cobran sobre inocentes.
Mi hijo gatuno se queda unos momentos reflexionando, con el gesto atribulado y los ojos entrecerrados. La pipa se apaga y creo que se ha dormido, pero cuando voy a cogerlo en brazos para llevarlo a la cama me dice:
--Eche un vistazo, padre, a esta frase del preámbulo--, y me señala lo siguiente:
"El ingente esfuerzo y sacrificio de innumerables generaciones de andaluces y andaluzas a lo largo de los tiempos (...)" --Claro, Gusi, es que si no aclaran que las generaciones también fueron de andaluzas, igual algún subnormal como los que han redactado esto se piensa que ellas están excluidas. Ya sabes, no sólo hay que ser burro, sino además parecerlo. ¿Algo más, hijo mío?
--Sí, padre. Mire el artículo 25--. Y yo, ya con el miedo en el cuerpo, le hago caso y lo busco, encontrándome con esto:
"Artículo 25. Vivienda: Para favorecer el ejercicio del derecho constitucional a una vivienda digna y adecuada, los poderes públicos están obligados a la promoción pública de la vivienda. La ley regulará el acceso a la misma en condiciones de igualdad, así como las ayudas que lo faciliten." Gusifluky supone por los músculos tensos de mis mandíbulas que ya he terminado de leer el artículo, y me pregunta:
--¿Debo entender que esos poderes públicos de los que se habla son también los alcaldes y concejales que se enriquecen ilícitamente gracias a las recalificaciones ilegales de terrenos y otros fraudes urbanísticos?
Y llegada a este punto la conversación yo no aguanto más y le digo a mi hijo:
--Oye, gato de los cojones, ya me has amargado bastante. Me voy a la cama, aunque no creo que ya pueda dormir.
Cuando estoy a punto de salir del estudio veo a Gusifluky subido al escritorio. Mira por la ventana hacia la calle tenuemente iluminada por un amanecer gaditano. Un amanecer perezoso, sinvergüenza y chirigotero como es todo en Cádiz. Y en ese momento oigo a Gusi decir en voz baja, como hablando para él mismo:
--Joder, cómo está el patio. Ojalá nunca tenga que vérmelas solo y abandonado entre tanta mierda y tanta gentuza.
Y yo, que soy un sentimental, pienso: "Tranqui, Gusi, que me tienes a mí y no voy a dejarte solo en este mundo venenoso y corrupto".
NOTA AL MARGEN: DELPHI SÍ SE CIERRA, Y QUE LE DEN POR CULO A SUS MAFIOSOS EMPLEADOS.