Un blog escrito bajo severas dosis de etanol.

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viernes, 19 de julio de 2013

Algo que TÚ no vas a comprender


   Maldita sea mi estampa, qué abandonado tengo esto. ¿Y ahora cómo ponerme al día y hablar de Pergañuky, del refugio Kimba, de Zitruky, de las mariquitas que resultaron ser chinches, de la defunción de Kika, del gusano de seda que se fugó y medio año más tarde apareció en una lámpara convertido en ceniza, y de tantos y tantos otros recuerdos cotidianos que sin tener nada de especiales son para mí distinguidísimos, y que ya permanecerán por siempre como parásitos que lastran otras vivencias? No, tampoco seamos tan drásticos: mientras pueda recordar podré escribir, y quizá todo tenga su momento para ser contado, aunque sea a destiempo.

   Ahora lo que urge, lo que me lleva a publicar una nueva entrada, es algo que presencié ayer y que debo evacuar antes de que se corrompa mezclándose con otros recuerdos o se deforme por el inexorable fluir de la clepsidra. ("El inexorable fluir de la clepsidra", expresión cursi que yo no usaría jamás si aspirara a ser tomado en serio como escritor y que desaconsejo a todo lector de DCC):

   Ayer tuve que hacer unas compras en cierta ferretería sita en determinada ciudad costera de un corrupto país europeo. No daré más datos, salvo que la ciudad se llama Chiclana. De la Frontera, además. Yo estaba allí, apoyado en el mostrador, absorto en una carpeta que contenía arcanos mensajes como "papel lija 180 de agua", o "cerradura con varillas de muestra, si no la tienen traer muestra", o "punta magnética S/M (¡ojo! medidas exactas)", o "llaves Allen de 3, 4 y 5 mm 2 de cada", entre otros numerosos misterios. Mientras el dependiente y yo pugnábamos por desvelar tan crípticos códigos llegaron otros clientes que se situaron a mi izquierda. No presté atención a los recién llegados porque aquella carpeta requería la plena atención de las siete neuronas que no tengo de permiso en julio, pero creí percibir por el rabillo del ojo que se trataba de un señor y de una señorita.

   Y seguí a lo mío. Hasta que los ronquidos me lo impidieron.

   Aquel tipo, aquel nuevo cliente que esperaba a que terminara yo para ser atendido él, roncaba. Roncaba sin dormir, el tío. Cada varias inspiraciones hacía algo como JJJJRRRRRR... Pero eso no era todo, no. Lo más curioso  es que cada vez que el señor emitía ese sonido, la joven que lo acompañaba repetía a un volumen más fuerte algo como JJJJRRRRRRGGGRRÑÑÑRRRRJJJJ. Pónganse en mi situación: mis siete neuronas centradas en desentrañar criptogramas como "cajonera de tres como la que tiene chapa pero sin agarre trasero si no la tienen  preguntar posibilidad de pedirla" mientras una pareja ronca a mi lado de manera acompasada. La cosa era algo así:

YO: ¿Y tuercas del quince tienen o no tienen?

DEPENDIENTE: Pues tendría que mirarlo, porque...

SEÑOR: JJJRRRR...

SEÑORITA: JJJJJJRRRRRGGGGÑÑÑÑÑÑRRRJJJ...

DEPENDIENTE: ...esas tuercas ya no se fabrican.

YO: Pero hombre de dios, esas tuercas son absolutamente necesarias para poder cicutriñar el gocalipondrio...

SEÑOR: JJJJRRRR...

SEÑORITA: JJJRRRGGGGÑÑÑÑRRJJJJ...

YO: ...y deben de seguir fabricándose porque yo mismo hablé ayer con el fabricante y me dijo que...

SEÑOR: JJJRRRRRR...

SEÑORITA: JJJJJJRRRRGGGGÑÑÑÑÑRRJJJ...

YO: ...esas tuercas se podían adquirir en cualquier parte.

DEPENDIENTE: Ah, bueno, si usted habló con el fabricante, eso ya es otra cosa. ¡Haber empezado por ahí!

SEÑOR: JJJRRRR...

SEÑORITA: JJJJJJJJJRRRRRGGGÑÑÑÑÑRRJJJ...

   Y así andábamos cuando ya no puede resistir más y me dejé llevar por la curiosidad. Giré mi cabeza hacia la izquierda, y entonces por fin lo entendí todo.

   El hombre era un tipo normal: cuarentón, flaco, con alguna clase de disnea. La chica que lo acompañaba debía de ser su hija. También era una chica normal: veinteañera, con síndrome de Down y  con alguna clase de ecopraxia o ecolalia. La chica imitaba a su padre, simplemente. Exactamente igual a todos los niños, que tienden a emular a sus padres. Nadie debe de haberle explicado -o se lo han explicado pero no lo ha comprendido- que los defectos no deben ser imitados.

   Nadie ha logrado arruinar su inocencia.

   Ella sigue pensando que su padre es lo más grande y que lo que otros consideran defectos, para ella siguen siendo virtudes dignas de imitación. Y me parece bien.

   Y dentro de veinte o cincuenta años me los quiero encontrar de nuevo, quizás en el cine:

YO: Dos entradas para "Dios ha muerto sin que ni la Virgen lo llore", para la sesión de las 22:15.

SEÑOR: JJJRRRR...

SEÑORITA: JJJJJJRRRRRGGGÑÑÑRRJJJ...

TAQUILLERA:  ¿Con gafas 3-D o las trae de casa?

   Y no, no le des más vueltas, porque TÚ no vas entender la poesía, ni mucho menos los sentimientos que hay en este texto.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Un seguro de vida para mi gato Gusifluky


Soy una mala persona, eso lo sabe todo el que tuvo la desdicha de cruzar su vida con la mía en algún momento; pero la sevicia que he perpetrado recientemente no tiene nombre. Durante la comisión del innombrable delito que cometí el último miércoles -sin pudor lo confieso- me llegué a sentir divinamente (nada de culpabilidad ni esas zarandajas de niño obligado a estudiar catequesis), pues pertenezco a esa deleznable clase de individuos que se regocijan causando destrucción y provocando dolor a su paso.

Sin embargo ahora, en el momento de narrar lo sucedido, quizá por un rastro atávico de humanidad que se mantiene presente en mí como si fuera un inútil apéndice que la evolución ha desechado, noto el opresivo peso de la culpa en mi regazo... Anda la hostia, ¡pero si no es la culpa; es Gusifluky! Jopetas, Gusi, vete a comer algo, o a cagar, o a alguna de esas otras interesantes actividades a las que tan apasionadamente te entregas cuando no duermes, ¿es que no ves que estoy escribiendo, tontín?

¿Por dónde íbamos? Bueno, da igual, el caso es que hice algo muy malo. Y encima ahora lo voy a cascar (porque las malas acciones si permanecen secretas no son malas del todo).

La mañana del pasado miércoles amaneció anunciando para mí un día presumiblemente ocioso. Otro miércoles cualquiera me habría levantado temprano para cumplir con mis obligaciones laborales, pero aquel miércoles no era un miércoles cualquiera, no; era un miércoles de semana sabática (porque yo lo valgo), conque estaba a eso de las once tumbado en mi cama, con mi pijama color corinto (como los zapatos de don Zana, la odiosa marioneta que aparece en Alfanhuí -¡larga vida a Sánchez Ferlosio!-), con mi edredón nórdico que lleva varios inviernos esperando que cumpla la promesa de lavarlo, con mi manta azul puesta sobre el edredón (a Gusi le encanta), con mi gato de siete kilos ronroneando sobre mis pies, con mi calefactor de aire caliente, con mis consecuentes sudores de la muerte, y con mi libro Canibalismo ocasional, de Shiguro Takada. Me encontraba, como digo, bien a gustito, absorto en la lectura de tan provechosa obra divulgativa, abstraído en las útiles recomendaciones de Takada y con un principio de erección (sí, siempre me pongo cachondo leyendo cosas así; ya me pasaba cuando leí Milagro en los Andes, y otra vez que leí Historia natural del canibalismo fue un no parar de hacerme gallardas), cuando sorpresivamente -¡oh, calamidad!, ¡oh, aciaga fortuna la mía!- sonó el teléfono con su horrísono
pitupuí pitupuí pitupuí.

Era Olga. Jamás este cabeza de chorlito hubiera podido esperar que precisamente fuera Olga -¡la gran Olga!- quien marcara su número, y es lógico suponerlo así porque hasta que me ha llamado no tenía ni idea de su existencia. La buena de Olga, ni más ni menos. La ingenua Olga, con su acento andaluz bajo y con su notable falta de experiencia. Pobre Olga, quien a pesar de la juventud que transmitía su voz hubo de marcar mi número de teléfono en funesta hora.

Me imagino a Olga madrugando en aquel aciago miércoles, poniéndose guapa para asistir -presumo que es muy coqueta- al que podría ser su primer día de trabajo. La veo frente al espejo, mirándose y remirándose en busca del menor defecto, ilusionada ante la expectativa de su flamante labor como vendedora de seguros por teléfono, y feliz, sobre todo feliz por tener la oportunidad de ganarse el pan en estos tiempos lóbregos de paro y controladores aéreos con muy poca vergüenza.

Pero oh, Olga, querida Olga, ingenua Olga, inocente Olga... ninguna señal del destino te advirtió contra mí; los hados se mostraron miserables y la columna de astrología que leíste en el periódico mientras bebías un café ardiente en ese bar de borrachos trasnochadores te mintió una vez más ("Hoy vas a conocer a alguien chuli, pero para chuli ya estás tú, que eres tan chuli que te crees estas pamplinas zodiacales", o algo así vaticinarían para tu signo). Qué bien empezaste la jornada, querida Olga, con cuánta confianza la desarrollabas, cara Olga... Hasta que el azar, cruel e ignominioso, te llevó a marcar mi número de teléfono. Y entonces se desató la ira de Leónidas Kowalski de Arimatea. (Y da gracias, bisoña Olguita, de haberme pillado sobrio, que si no...)

-¡Buenos días! ¿Es usted el señor de la casa? - La pregunta, además de parecerme sumamente machista, me sonó a grave intromisión en mis relaciones familiares, lo cual no me predispuso a favor de la personita que así se presentaba. Tentado estuve de responderle que en mi casa no hay más señor que mi gato Gusifluky, pero era pronto para tocarle los ovarios a esa chica y opté por darle un poco de carrete.

-Sí, dígame.

-Encantada de saludarlo -hay algunas que se encantan con muy poco-. Me llamo Olga. ¿Le interesaría un seguro de vida? Verá, en XXX tenemos un plan de seguros que...

Olga, la directa Olga, la dicharachera Olga, siguió hablando, pero yo no la escuchaba, dubitativo como estaba entre colgar el teléfono sin ceremonias o aprovechar la ocasión para pasar un rato divertido a su costa. Opté por lo segundo, y así es como Olga (y más tarde Mari Ángeles, pero no adelantemos acontecimientos) perdió parte de su tiempo por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y además me dio razones para escribir algo en esta bitácora, lo que no es poco en estos tiempos de controladores aéreos desvergonzados y de mujeres militares hipersensibles. (Mwajajajajaja... Ains, chiste interno).

-¿Hacen seguros de vida para gatos? -pregunté aparentando el mayor interés.

-¡Claro, claro, hacemos seguros de cualquier clase! -exclamó orgullosa la pequeña Olga, creo que sin acabar de entender mi pregunta.

-¡Cielos, es sorprendente! - respondí yo con auténtica sorpresa.

-Tenemos un seguro -continuó la encantadora Olga- que cubre todos los gastos en caso de que su gato ataque a alguien y haiga que hacer frente a...

-¡Que no, que yo no quiero eso, puñetas!- interrumpí a la iletrada Olga, algo molesto por la gratuita y absurda suposición de que Gusifluky pudiese atacar a alguien. ¿Por quién había tomado esa bruja a mi lindo e inofensivo gatito? ¿Acaso se creía que era un perro cualquiera?- Lo que yo quiero es un seguro de vida del gato, o sea, que si mi gato se muere yo tenga un sustento, porque yo vivo del gato, ¿sabe usted?

Transcurrieron largos segundos de silencio durante los cuales casi podía oír los pensamientos de Olga ("este tío está majareta") e incluso me parecía verla (bizqueando los ojos e intentando alcanzarse la punta de la nariz con la lengua).

-Perdón, es que no lo entiendo -dijo al fin la pájara.

-Pues está bien claro, señorita - añadí didáctico-. Igual que hay hombres, padres de familia con buenos ingresos, que se hacen seguros de vida para que no les falte nada a sus niños y a sus esposas en el caso de que ellos fallezcan, yo quiero que mi gato tenga un seguro para que cuando se muera a mí no me falte de nada.

De nuevo pasaron varios segundos de espeso silencio, pero esta vez no me imaginé a Olga; bastante esfuerzo me suponía aguantarme la ganas de soltar una carcajada. Finalmente volvió a hablar mi querida Olga:

-Tengo que consultarlo con mi jefa. Lo llamo en cuanto sepa algo.

-Oh, por favor, hágalo a la mayor brevedad posible -dije con tono de súplica.

-¿Su nombre, caballero?

-Leónidas.

Luego me fui a la piltra otra vez, dispuesto a echar mano de mi libro y constatando que ya nada sería lo mismo, porque Gusifluky estaba sobre la cómoda lamiéndose el pene, señal inequívoca de que su tiempo de estar ronroneando en la cama había concluido. Tampoco le di mucha importancia, porque lo que yo quería era leer esas cochinadas sobre canibalismo, y a ello me entregué, con mi pijama color corinto, etc... Mientras tanto perfeccioné detalles de mi fábula para el improbable caso de que me volvieran a llamar de XXX. En eso estaba cuando... pitipuí pitipuí pitipuí.

-¿Sí?

-Hola, soy la de XXX, mire, que...

-¡Olga, qué alegría escucharte! Dime, dime. Y tutéame, anda, que ya somos como de la familia.

-Bueno. No hay problema. Verás, es que lo que tú necesitas es un seguro para animal de trabajo, y tenemos nuestros precios para eso que son muy ventajosos y...

-¡NOOO! -proferí furibundamente a matutina hora en la que no es sospechable encontrarse furibundeces ningunas-. Me parece muy despectivo eso de "animal de trabajo". Mi gato no es un jumento, ¿entiendes?

De nuevo el silencio, los ojos bizqueantes, las bocas abiertas y todas esas cosas que expresan sorpresa suprema o idiotez mediana.

-Espera, te paso con mi jefa -dijo Olga, la derrotada Olga, al cabo de un rato.

-Buenos días, don Leónidas. Soy Mari Ángeles.

-Hola, Mari Ángeles. Un placer -dije yo, más que nada porque cualquier otra cosa que hubiera dicho resultaría grosera.

-Me ha contado mi compañera que necesita un seguro para su gato. Pues bien, nosotras tenemos un cliente que tiene caballos, y los tiene asegurados porque...

-¡Mi caso es diferente! -me apresuré a aclarar- Yo dejé mi trabajo para vivir de la obra de mi gato, porque mi gato es artista, él pinta, ¿sabe? Y si él fallece yo me veo en la calle.

Otra vez el silencio espeso como natillas.

-Perdone, es que no lo he entendido- dijo Mari Ángeles.

-Pues que mi gato es artista. Yo le mojo las patas en pintura y luego lo hago andar sobre un lienzo. Todas sus obras pictóricas se llaman Zarpas, por razones obvias. Zarpas 1, Zarpas 2, Zarpas 3, y así sucesivamente.

-Ah, muy bien -decía aquella mala mujer a la que las posibilidades artísticas de Gusifluky le importaban un carajo y cuyo único fin vital era venderme un seguro -. Pues en XXX tenemos un plan de ahorro y seguro de vida que...

Bah, lo cierto es que los vendedores de seguros son muy aburridos. Y yo también.


viernes, 12 de noviembre de 2010

Disparos, sangre y telequinesis


A mis treinta y cinco años, con una vida más sedentaria de lo que debiera, comiendo más carne que otra cosa, bebiendo como un cosaco y fumando como un carretero, acumulo papeletas para la Gran Rifa de la Muerte Temprana (¡no se la pierdan, señores, y procuren asistir con sus hijos y esposas!). Pero además hago trampa y obtengo papeletas extras jugando a F.E.A.R. 2, Project Origin.

Hace ya más de tres años (mierda, si parece que fue la semana pasada) contaba por aquí que me lo paso en grande con los juegos FPS (first person shooter, creo), esos de tirador en primera persona, ya saben: uno ve en primer plano del monitor las dos manitas sosteniendo una escopetilla (o una pistolica, o una metralleta, o un bazoca, o como se llamen esos chismes), y más allá se muestra un escenario lleno de gente mala a la que hay que acribillar a tiros. Es una actividad así como relajante y placentera. Yo suelo imaginarme que disparo a futbolistas, a banqueros, a constructores, a políticos corruptos y a putas, aunque nada impide imaginar que se dispara, por ejemplo, a (ponga el lector lo que prefiera en la línea de puntos): ................................................................................................................................................................. Bueno, vale, dejo más espacio por si el lector es especialmente misántropo, enga: ................................................................................................................................................... Ea, ya está bien, no sea que acabe incluyéndome a mí también ese jodido lector psicópata.

El caso es que, aunque estos juegos son generalmente muy salutíferos y nunca he comprendido por qué no los venden en las farmacias (imaginemos a ese señor estresado que llega a las tres de la madrugada a la farmacia de guardia: "¡Por favor, un FPS de tres gigas, rápido!", "¿Lo prefiere vía PC, vía Playstation, vía Xbox...?", "Oiga, por mí como si es para Iphone, pero que tenga mucha sangre, se lo ruego")... Vaya, ya he perdido el hilo de lo que iba a decir. Ah, sí, que aunque normalmente estos juegos son cosa buena para la salud, hay excepciones. Tal es el caso de F.E.A.R., con el que estuve al borde del infarto hace tres o cuatro años, y que recomiendo a cualquier tiparraco al que le vayan los tiros, la sangre, la violencia, y las paranormalidades:



martes, 26 de octubre de 2010

Por alguna retorcida asociación de ideas...


...me he acordado hoy de Marta. Ella y yo nos besamos apasionadamente durante unos minutos en una noche gaditana de hace varios años. Y me gusta recordarla, porque pocas personas me han enseñado tanto en tan poco tiempo.

Marta, con sus pícaros ojos verdes y aquellos hoyuelos en los extremos de su sonrisa, me enseñó a comprender unas circunstancias personales anómalas. Me hizo, creo, mejor persona, y tengo pendiente con ella una deuda que no podré ni sabré pagar. Marta, en apenas unas horas de franca e íntima conversación, engrandeció para mí palabras como "tolerancia", "respeto" y "comprensión". Ella de eso sabe mucho, porque pocas veces fue comprendida, raramente tolerada y casi nunca respetada.

Marta me habló de psiquiatras y de laberintos burocráticos. De pervertidos amantes abusadores y de falsos amigos. De trabajos realizados lejos de sus vecinos y de puestos laborales en los que nunca sería admitida. De prejuicios ajenos y de su inocente sexualidad.

Marta me habló también, con inusual sinceridad, de sexo prohibido según costumbres, y de sexo maldito según algunos, y de generales conductas hipócritas respecto al sexo. Muy a su pesar ella también sabía mucho de todo eso.

Antes de despedirnos quise besar a Marta, y lo quise hacer con uno de esos besos largos, lascivos, golfos, que son más un acto sexual que un gesto de cariño; más cópula que despedida. Ella respondió generosamente, y se lo agradezco.

Marta tenía pene.

Marta era más femenina que la mayoría de mujeres vaginadas que he conocido.

Marta era tan hombre como yo soy mujer.

Ahora pueden ir por ahí diciendo que Leo Kowalski se enrolló con un tío; demuéstrenme su ignorancia, que lo estoy deseando para tener tema al que hincar el diente en esta bitácora.

Y la verdad es que a mí me van las mujeres... ¡por eso quise besar a Marta!


(¿Me estoy volviendo demasiado repetitivo?)

domingo, 24 de octubre de 2010

Síndrome de Stendhal


Me ocurre pocas veces, tal vez en dos o tres ocasiones al año. Hoy ha sido una de ellas.

Soy muy cicatero evaluando la belleza física de las mujeres; nada que ver con esos tipos que ponen los ojos en blanco ante cualquier hembra más o menos resultona. Pocas mujeres son las que yo puntuaría con una nota superior al 5 en una escala de 1 a 10, y nunca he visto un 10 (si algún día lo veo me moriré de puro placer estético).

Pero hoy he visto un 9´75, y aún tiemblo al escribir esto.

No voy a describir a la deidad porque, por muy bien que lo hiciera, no podría hacer justicia a tanta belleza. Sí diré que debe de tener una edad situada entre los treinta y cinco y los cuarenta años, y que cuando ha entrado en el local donde yo estaba se me ha acelerado el pulso instantáneamente nada más verla. Después, cuando se ha colocado frente a mí, he tenido que usar toda mi fuerza de voluntad, que no es mucha, para no mirarla, porque no quería que me confundiera con cualquier otro baboso. A pesar de todo nuestras miradas se han cruzado en algún momento, ¡y me he mareado, maldita sea, me he mareado!

Me imaginaba siendo yo el camarero que debía servirle el café, y me veía derramándolo; me imaginaba intentando hacer el amor con ella, y me veía dando un gatillazo, incapaz de alcanzar una cotidiana erección ante tanta belleza -¿cómo osar levantar impúdica e irreverentemente mi miembro, cuando todo mi ser exige postración bajo esa diosa?-; me imaginaba teniéndola por novia, presentándola a mi familia, y veía a mis familiares advirtiéndome protectoramente que ese noviazgo no duraría mucho; me imaginaba llevándola como mi pareja a una celebración profesional, y veía una revolución cuartelera...

Y mientras imaginaba todo esto nuestras miradas se cruzaban fugacísimas alguna vez. "Vete, vete ya, acaba esta tortura", deseaba yo luchando por que no volvieran a cruzarse nuestras miradas.

Pero no se iba, la muy maldita. Así que, en busca de alivio, necesitando escribir esto, me fui yo.

Y en cuanto acabe de escribir volveré a ese lugar que tengo a un minuto desde que echo la llave de mi casa. Ojalá ya no esté ahí el 9´75 cuando vuelva.

La belleza extrema es destructiva.

jueves, 5 de agosto de 2010

El palito envuelto en algodón


Volví a casa pasada la una de la tarde. No había encontrado los muebles que buscaba (una estantería que diera espacio a mis libros y cuatro sillas de cocina -sin tapizar; a prueba de gatos-), pero como soy algo mujer tuve que comprar cualquier cosa ya puesto en faena: dos libros y una sandwichera.

Meche, la encantadora dama que limpia mi casa, ya se había marchado. Estaba todo limpio, oloroso y en orden. Pero Gusifluky no aparecía por ninguna parte, contrario a su costumbre de saludarme cuando llego a nuestro hogar.

Lo encontré metido en el lavabo... ¡y ensangrentado! Tenía las patas llenas de sangre y el pecho rojo; no quise preguntarme cuánta otra sangre invisible mancharía la parte de su pelaje negro. Lo toqué, lo exploré, le hablé, le consulté, le pregunté... Gusifluky se mostraba tranquilo y adormilado, como siempre, sin prestar atención a mi inquietud. "Se me muere; se me desangra", me dije.

Llamé a Meche:

-¿Qué le ha pasado a Gusi?

-Hola, señor Javi -Meche es una cachonda peruana que siempre antepone el "señor" o "señora" a un nombre; a veces pienso que a mi gato lo llama "señor Gusifluky"-, yo sabía que me preguntarías por lo del gato.

-¡Pues claro que te pregunto! ¿Qué ha ocurrido?

-Ya le dije yo al gato que qué iba a pensar su dueño cuando lo viera así. Puse cera en el suelo y... -entonces lo entendí todo. No me fue difícil imaginarme a Gusifluky haciendo el payaso tras la fregona, resbalándose y poniéndose perdido de cera roja. Intercambio de risas con Meche y asunto finiquitado.

Luego me tocó bañar a Gusi, anque lo había hecho diez días antes; más que nada para que no se intoxicara lamíendose las patitas enceradas. Quedó de un blanco impoluto y de un negro como alma leonidiana, tal como Gusi es cuando no está rebozado en cera roja.

Horas después, cuando he enchufado el ordenador, Gusifluky ha saltado al escritorio. Ha mirado las ramas del pino que llegan hasta la ventana de nuestro estudio, y como al ser ya de noche no había pájaros volanderos saltando de rama en rama se ha tumbado contra la impresora, dispuesto a dormir cerca de mí.

Me ha mirado con sus ojos verdes, como asegurándose de que yo seguía ahí. Yo lo he mirado y le he sonreído, para que sepa que estoy ahí.

Entonces, a la vez que Gusi cerraba los ojos, ha alargado una pata -ese palito envuelto en algodón- y la ha puesto sobre mi mano. Y yo me he emocionado y he pensado que esto tenía que contarse.

Gusifluky siempre quiere estar a mi lado; me necesita.

No sabe, el pobre, que yo lo necesito aún más a él.

sábado, 12 de junio de 2010

La cerveza moruna


Muchas veces nos juntábamos los tres formando un trío de lo más heterogéneo. Si algo teníamos en común era la profesión, porque ya me dirán en qué otra cosa pueden coincidir un francés llamado Renar, un marroquí llamado Rashid y este soldadito de plomo. Bueno, sí, otra cosa había en común: los tres disfrutábamos por igual contemplando los ojos azules de Azra o los ojos negros de Nela, las camareras más guapas que tropas hayan conocido ya sea en paz o en guerra.

Situémonos: verano del año 2001, Bosnia, Mostar, Base Europa, cantina española. Me refiero a la cantina oficial del SNSE, no confundir con el tugurio clandestino de Ingenieros, que no es lo mismo un soldado de zapadores poniéndote un café que un café servido por una mostarca de bandera.

A mí, francamente, nunca me terminó de gustar Rashid -cabo primero del ejército marroquí, cuarentón, flaco y veterano de vérselas con el Polisario-, porque no me da buena espina la gente que habla sin mirarte a la cara. Quizá sea una cuestión cultural y todo eso; a lo mejor a los marroquíes educados les parece una grosería mirarse a la cara cuando se hablan, pero lo que es a mí me da mucho por el saco que me hablen mirando hacia otro lado y casi en susurros como hacía Rashid, y si además me hablan en francés...

Renar -sargento del equipo de municionamiento gabacho, un caballero extremadamente cortés y un chaval joven como yo lo era entonces- sí que me caía bien. Renar se entendía en francés con Rashid y luego reconvertía las palabras del moro al inglés para que yo las medio entendiera con mi inglés de Murcia (pero de Murcia capital, que no tiene nada que ver con el inglés de esos catetos de pueblos murcianos, eh, no nos vayamos a equivocar).

Por alguna razón Rashid, Renar y este menda acabábamos pasando muchos ratos juntos, intercambiando palabras en varios idiomas y sin enterarnos de nada. Y sin que nos importara un carajo, además. Era absurdamente divertido aquello. Hasta que los milicos marroquíes se me atrevesaron del todo aquella tarde estival del año 2001, frente a los ojos azules de Azra y los ojos negros de Nela.

Allí estábamos Rashid, Renar y yo, con nuestros respectivos vasos de cerveza interponiéndose entre las camareras y nuestras fantasías, cuando Rashid vio a través de la amplia cristalera acercarse a un teniente de su ejército. Se deshizo de la cerveza rápidamente -un buen musulmán no le pega al drinking, y además de ser buen musulmán debe parecerlo más que el vecino, no sea que alguien se lleve un disgusto- y nos pidió con la mirada que le guardáramos el secreto. El teniente marroquí entró, se colocó junto a nosotros, pidió un café -estaría harto del insulso té moruno servido, eso sí, con toda ceremonia y parafernalia- y se entregó a la contemplación de los ojos negros de Nela o de los ojos azules de Azra.

Al cabo de unos minutos Rashid se marchó. El teniente moro lo vio alejarse a través de la cristalera. Cuando el oficial marroquí estimó que su subordinado estaba lo bastante lejos se deshizo del café. Y pidió una cerveza.

Renar y yo nos miramos sonrientes sin decir nada. Luego volvimos a concentrarnos en los ojos azules de Azra o en los ojos negros de Nela. Ellas, que sufrieron en Mostar lo del asedio croata, nos devolvían las miradas sin sonreír. Maldita la gracia que les debía de hacer toda esa hipocresía fanática de los preceptos religiosos.

Nela y Azra saben lo que hay detrás de gestos aparentemente inocuos como la leve hipocresía de Rashid y su teniente. Azra y Nela saben que la religión, combinada con la incultura y con la ambición de gentuza ególatra, puede ser muy peligrosa. Por eso no se ríen.

Y un año después estuve en Tarifa a puntito de liarme a cañonazos con los marinos compatriotas de Rashid -vueltas que da la puta vida-. Pero eso es otra historia
.

sábado, 5 de junio de 2010

Sí, yo también la he leído, ¡y no es para tanto!


Pues sí, acabo de leer la archifamosa y requeterreconocida Guía del autoestopista galáctico. Durante su lectura me he reído a ratos (pero eso me ocurre también leyendo un periódico) y he dejado de hacer cosas importantes por seguir leyendo unas páginas más (pero eso siempre me ocurre lea lo que lea). En definitiva: ¡que no es para tanto, joder, que no es para tanto!

Eso sí, algo debo agradecerle a Douglas Adams, y es el ponerle nombre a alguien que me tenía muy intrigado. Ahora sé que esa dama se llama Excéntrica Gallumbits, y que es una puta de tres tetas del planeta Eroticón 6. O al menos eso deduzco de la página 65 en la edición de mi Guía del autoestopista galáctico.

Excéntrica Gallumbits... ¡Hay que ver lo que enseñan los libros!

(Esta paja mental está relacionada con esta otra paja mental. O no tan mental).

martes, 25 de mayo de 2010

Hoy recordé algo triste, pero...


Ha sido uno de esos ratos de desprecio hacia el mundo en los que me da por reabrir heridas. He recordado a Sergio, que hace unos pocos años se estaba muriendo y en su desesperación, entre los estragos de la quimioterapia y el desahucio de la leucemia, se entregó a los charlatanes del bálsamo de Fierabrás y a los estafadores oportunistas e hijos de puta que estuvieron encantados de desplumar a su familia con falsos tratamientos mientras Sergio se moría, al precio de 400 € cada sesión de "terapia magnética".

Hoy yo quería hablarles de Sergio, e iba a publicar aquí el borrador de una entrada inconclusa que empecé a escribir para él cuando aún estaba vivo. Hoy yo quería publicar eso que no terminé de contarle y expresar mi rabia escribiendo palabras llenas de ponzoña y desahogarme así, porque aunque el ánimo me pide salir a la calle y buscar pelea -"hoy el cuerpo me pide comisaría", como le oí a decir a alguien-, creo que la violencia hay que saber contenerla, entre otras cosas porque la mayoría de las veces es inútil o contraproducente.

Así que estaba aquí, frente al teclado, ordenando ideas para escupir una buena dosis de bilis y echando un vistazo al blog de Sergio, que sigue en la Red aunque su autor ya no exista. Y entonces he redescubierto algo que ya tenía en el olvido. Y he decidido que lo de Sergio lo dejo para otro momento, cuando mi ánimo esté más templado; ahora hablaré de la diminuta María (que fue precisamente quien me notificó la muerte de Sergio).

María y yo no nos conocemos en persona, pero cuando charlamos por teléfono nos lo pasamos en grande (aquí un ejemplo, ya me da igual identificarla). María es una chica encantadora, casi siempre está de buen humor y tiene una fuerte risa contagiosa, tanto que me esfuerzo por hacerla reír con cualquier payasada, porque sé que cuando ella empieza a reírse poco después comenzaré a hacerlo yo; pero también es caricaturescamente pija, necesitada de atención e hipocondríaca. De eso me serví para hacer una broma: de su pijerío, de su sed de atención y de su hipocondría. Fue divertido y me van a permitir que lo cuente dejando el recuerdo de Sergio aparcado por ahora.

La broma consistió en pegar el siguiente comentario en unos cien blogs durante la Navidad de hace unos años:

"CAMPAÑA NAVIDEÑA PRO-FELICITACIÓN DE LA MARI.

Me llamo Leónidas Kowalski, y quiero robarte unos segundos en estas fechas tan entrañables para hablarte de una niña chiquitilla y diminuta que está muy enferma de... bueno, de lo suyo.

Es posible que no le queden más de setenta años de vida. Se llama María y su sueño hasta ahora era ser jueza. Pero hoy, al entrar a su blog vio que casi nadie le había felicitado la Navidad y se ha puesto muy triste. Ahora ya no quiere ser jueza, ahora su sueño es que un millón de personas le feliciten la Navidad.

Yo te pido humildemente que dediques unos segundos de tu vida a entrar en su blog y dejarle un comentario de felicitación navideña. Ya sé que estoy pidiendo mucho y que en estas fechas todos estamos muy atareados con las compras, los viajes y las reuniones familiares, pero piensa que la diminuta María no va a disfrutar de nada de eso porque es una niña triste que piensa que no tiene amigos y que nadie la quiere.

No te cuesta casi nada, sólo unos segundos, hacer sonreír a esa niña triste.


La campaña pro-felicitación de la Mari fue un éxito y horas después había tres decenas de comentarios de desconocidos felicitándole la Navidad y deseándole que se repusiera de... bueno, de lo suyo. Joder, cómo me reí cuando me llamó para pedirme explicaciones, y cómo se rió ella también, y cómo nos reímos los dos al repasar los comentarios que le habían dejado.

Hoy, en definitiva, estaba dispuesto a hablarles de Sergio, pero creo que esto ha sido mejor. Me perdonarán el sabor agridulce de la entrada.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Otra interrupción


Vuelvo a interrumpir la historia del asiático que quería ser albaceteño por una noticia de última hora: hoy es mi cumpleaños.

Hay años en los que se me olvida que es mi cumple, lo cual es una putada porque se me olvida también felicitar a mi hermano, que curiosamente nació el mismo día que yo aunque con ocho años de diferencia (siempre digo que me regalaron un hermanito en mi octavo cumpleaños, y que es lo mejor que me han regalado nunca, y digo también otras cosas que ahora no voy a decir porque paso de ponerme llorón); pero como ahora ando por Facebook y el coñazo ese le recuerda a mis dos o tres contactos que deben felicitarme, pues algunos de ellos, muy obedientes, me han felicitado, y así no hay manera de olvidarse de nada.

Incluso ayer me llamó La Oriental desde Uruguay, porque quería expresarme un inmerecido cariño y porque quería ser la primera persona en felicitarme por mi vigésimo tercer aniversario (¿o era por el septuagésimo octavo?). Yo hubiera preferido que no lo hiciera porque me tocan mucho los cojones las "fechas señaladas", pero una vez consumado el acto no queda más que agradecerlo. Pues eso, Tessa, gracias. Disculpa mi frialdad; es que estaba sobrio. Y deprimido.

Y ahora, ¿qué mejor manera de celebrar mi cumpleaños que poniendo vídeos de gatos? A mí los vídeos gatunos siempre me hacen sonreír. No falla. Si usted quiere ver la sonrisa de un soldadito de plomo preséntele un vídeo donde un gato hace... algo, lo que sea.

Los primeros dos vídeos se los debo a Javi, y deben verse por orden tal como los presento aquí (medio minuto cada vídeo):

EL MISTERIOSO GATO SORPRENDIDO:



SE RESUELVE EL MISTERIO DEL GATO SORPRENDIDO:



El último vídeo me lo envían buenos contactos desde aquí, y es escalofriante, sobre todo si se tiene en cuenta que el protagonista es clavadito a Gusifluky en color y en tamaño y en misoginia, pero también es una buena lección de cómo proteger a un niño ante una niñera torpe que rompe los vasos poniendo en peligro al crío.

EL GATO PROTECTOR:



Ea, se acabó. Feliz día a todos los soldaditos y soldaditas de plomo o ploma.

miércoles, 21 de abril de 2010

Gusi está malito, segunda parte. (Mwajajaja...)


Mi realidad misógina y alcohólica, bromista y solitaria, no es ni bien comprendida por todos ni aceptada por casi nadie; pero como diría cierta amiga militarizada en exceso: ¡me la suda!

Ayer descubrí que Gusi, mi pequeño Gusifluky, estaba malito y que padecía una infestación de parásitos intestinales. Al volver del trabajo me pasé por una nueva clínica veterinaria que acaban de abrir a una manzana de donde vivimos Gusi y yo. Pregunté por el horario vespertino y me dieron cita para esa misma tarde a las 19:30. Al pedir cita me atendió un tipo muy joven de aspecto tímido, con toda la pinta de no estar ducho en el trato con clientes, y yo vestía de uniforme (esos detalles serán importantes más adelante).

A las 19:30 Gusifluky y yo estábamos en la consulta. Gusi se enfadó mucho cuando un perrito minúsculo que estaba en la sala de espera intentó olisquear su transportador, pero al margen de eso todo fue bien. Incluso el veterinario (el mismo tipo joven de aspecto tímido que me citó horas antes) pudo manipular a Gusifluky sin sufrir desperfectos en sus globos oculares. Gusifluky fue examinado, diagnosticado y medicado. Todo parecía marchar bien, hasta que el joven veterinario tuvo la intrépida ocurrencia de pedir que encerrara a Gusi y que él y yo habláramos a solas; teníamos que hablar de nutrición gatuna. Ahí surgieron los problemas.

El veterinario me habló de piensos carísimos especiales para gatos castrados (yo no sabía que tal cosa existiera, pues no se refería al común pienso "light" para controlar el peso, sino a otra comida mucho más sofisticada), y sobre uretras obstruidas en gatos castrados. El veterinario me quería vender esos piensos carísimos especiales para evitar la obstrucción de la uretra de un gato castrado. A mí no me convencía:

-Pero ese pienso es cinco veces más caro que el pienso que compro para Gusifluky - protesté.

-Bueno, pero si no le da ese pienso, dentro de un tiempo volverá aquí para hacerle una operación a su gato, y habrá que implantarle una uretra artificial y... eso es caro -me dijo amenazadoramente el veterinario.

A mí las amenazas, sean con razón o sin ella, me tocan mucho las pelotas. Y entonces pasó lo que pasó.

-Ajá, ya entiendo. Bah, me da igual. Si el puto gato se pone jodido de verdad siempre cabe otra solución -dije mirando fijamente al veterinario.

Pasaba el tiempo y el veterinario me sostenía la mirada sin decir nada, como esperando a que yo terminara de expresarme. Así que continué.

-Llegado el caso le arrancaré la cabeza al gato -dije con toda la seriedad del mundo y sin separar mi mirada de la del veterinario.

A partir de ahí se me hace difícil expresar lo que sucedió a continuación, porque la cosa se volvió muy rarita. El veterinario abrió mucho la boca, se reclinó sobre su sillón, y se quedó así, sin decir nada, mientras ambos nos mirábamos muy fijamente, él con la boca abierta y yo con la boca cerrada, muy serio, sin parpadear y sin dejar de mirarlo a los ojos. Dejé transcurrir un rato esperando a que el veterinario reaccionara, pero como no espabilaba añadí:

-No sería la primera vez.

El joven veterinario me observaba asombrado. Se llevaba las manos a la cabeza y me miraba implorando clemencia: "Dime que esto no está pasando", parecía gritar con los ojos. Yo le mantenía la mirada sin dejar asomar el menor signo de simpatía. El muchacho respiraba de un modo sospechoso, como si le faltara el aire. Aspiraba aire boqueando como un pez fuera del agua, con gesto espantado y sin dejar de palparse el pecho y la cabeza. Le confesé entonces que lo mío era una broma, y que adoro a los gatos, y que sería incapaz de arrancarle la cabeza a ninguno de ellos. No se rió; siguió boqueando.

-Cálmese, hombre, que es una broma -le dije por tercera o cuarta vez.

-Ust... usted eeeee... es mmmmm... militar, ¿no? -dijo recobrando el habla poco a poco.

-Sí, lo soy.

-¡¡¡Aumfvscbndkvbdfvbjf!!! -profirió más o menos el veterinario mientras volvía a llevarse las manos a la cabeza ante mi desconcierto. Empecé a preocuparme por ese hombre, de verdad.

-Oiga, en serio, que ni siendo militar ni civil iría por ahí descabezando gatos -intenté calmarlo.

-Ya, vale, pero... usted es militar, ¿verdad?

Joder, no sé si partirme de risa o cortarme las venas. ¿Qué idea tienen algunos civiles de lo que es un milico? Puedo prometer y prometo que nunca he arrancado cabeza de gato alguno (de bebés humanos sí, muchas veces, pero ahora no estamos hablando de eso).

Dicen quienes me conocen personalmente que nunca saben cuándo hablo en serio y cuándo no, hasta que después de mucho tiempo me cogen el punto. Espero que el nuevo veterinario de Gusi espabile pronto y llegue a entenderme; el tipo me cae bien.

Ah, y lo de Gusifluky no es nada serio, de hecho el mismo e impresionable veterinario alabó su saludable aspecto. Gracias.

martes, 20 de abril de 2010

Gusi está malito


El pequeño y casquivano Gusifluky está enfermo. Desde que lo heredé no había dado el menor problema de salud, hasta ahora. Dejen que les hable de ello, porque necesito desahogarme y también porque ustedes, si tuvieran el honor de relacionarse conmigo en vivo, me obligarían a ver las fotos de sus hijos (son ustedes unos pesados) y yo las vería como si me importaran algo.

Esta mañana, mientras me afeitaba, Gusifluky hizo una caquita con un color más claro de lo habitual y con una pestilencia muy superior a la deseable (a Gusi le gusta cagar y comer ante mi presencia; yo creo que así se siente más seguro) . Estaba terminándome de perfilar la perilla, como si yo fuera un italiano cualquiera, y ya no he soportado más las hediondez. Al ver la preciosa caca de Gusi con su nuevo aspecto y su intenso aroma los he achacado a que ayer precisamente le cambié el tipo de pienso, y probablemente se deba a eso. Sin embargo, cuando me dispuse a retirar el pegote color de hoja otoñal vi dos pequeños objetos blancos sobre el zurullo, alargados y planos, casi bidimensionales, y comprobé que uno de esos objetos cuya longitud no alcanzaría el centímetro se movía.

Con cierto cargo de conciencia -yo es que me encariño pronto con cualquier forma de vida que no sea humana- he separado al mojón y a sus dos residentes del gel de sílice donde Gusifluky hace sus cositas y he arrojado por el retrete a morada y moradores; temía que Gusi, muy aficionado a todo lo que se mueve, se pusiera a jugar con sus nuevos amiguitos planos.

Esta tarde tengo consulta con el pediatra de Gusi, más conocido como veterinario del puto gato, y confío en que me dé una rápida solución.

Ainsss, estoy tan preocupado...

Eran tan lindos esos bichillos blancos, jo. Se les veía así como buena gente, sin maldad ninguna, y yo los he arrojado por el inodoro. A veces pienso que soy una mala persona.

lunes, 19 de abril de 2010

Sigue viva esa maldita Bestia Negra



Por esos azares de la puerca vida he dado con esta fotografía de alguien que a ustedes importará una mierda, pero a mí no. La muy zorra ha envejecido aunque se la ve relativamente saludable. Para mí que esa mala puta tiene un pacto con el diablo.

No te preocupes, Mari Carmen, ya no sueño con estrangularte. Mi rencor es finito y hay demasiada gentuza entre la que repartirlo, así que tocáis a poco. Salud y suerte. (Pero por si acaso procura no cruzarte en mi camino, no sea que me cojas de malas y tengamos un disgusto).

viernes, 16 de abril de 2010

Invitación


La unidad militar donde tengo el honor de ganarme el pan, el Regimiento de Artillería de Costa número 4 (RACTA-4), cumple dentro de unos días 300 años de Historia, siendo el regimiento de artillería más antiguo de España y el único con aptitud artillera de costa. Con motivo de su tricentenario se está llevando a cabo una serie de actos en colaboración con la ciudad que nos acoge, San Fernando, entre los cuales se encuentra una jornada de puertas abiertas en el acuartelamiento de Camposoto precisamente mañana sábado día 17. Desde las diez y media de la mañana hasta las seis y media de la tarde todos seréis bienvenidos.

Mis compañeros de las baterías de armas expondrán sus obuses de 155/52 mm. y harán durante el día varias exhibiciones de entrada en posición de fuego. Yo no participo en nada de eso, pero una amiga civil con ardor guerrero se ha empeñado en que le haga de cicerone.

Así que ya sabéis, chorlitianos lectores, si estáis cerca y sentís curiosidad por lo que hacemos los militares en nuestro trabajo mañana es un buen día para descubrirlo. Yo estaré encantado de veros por Camposoto.

Actualización (17-04-10, a las 20:57): El evento fue suspendido a las cuatro de la tarde por unas gotas de lluvia. Me gustaría decir lo que opino de eso, pero la disciplina militar me lo impide. Lo que deseo es tener la suficiente memoria para no volver a anunciar en esta bitácora nada relacionado con unos militares que tienen tan poca palabra. Me siento avergonzado, con esa vergüenza ajena de la que no eres culpable pero sí víctima. Los mismos que han decidido suspender las exhibiciones por unas gotas de lluvia son quienes me mandan a mojarme durante semanas enteras de maniobras mientras ellos están en sus casas o alojados en una residencia. No sigo hablando porque cualquier cosa que diga podría ser considerada constitutiva de falta disciplinaria. Mierda, cada día me cuesta más sentirme orgulloso de ser militar.

jueves, 15 de abril de 2010

¡Ey, picha! Permíteme decirte...


Más de cinco años después he vuelto a verte. En este tiempo me he preguntado qué sería de tu vida muchas veces, pero no tantas como debiera. Has engordado y envejecido demasiado. Pero estás vivo, cabronazo, estás vivo y eso me alegra porque, ¿sabes?, te quiero un huevo.

No te hubiera reconocido si no fuera por esos inconfundibles ojos azules en los que se concentra toda la expresividad que no puedes manifestar de ninguna otra manera; en los que hay tanta vida; en los que bullen mil historias que -¡no!- nunca podrás contar. Tú, claro, no me reconociste a mí.

Llegaste y esperaste, sin decir nada. Te reconocí y te di las buenas tardes mientras sentía que algo se me retorcía por dentro. Tú, por supuesto, no respondiste. Edu, que te conoce, te sirvió un café con leche y sumergió en él una pajita. Tío, creo que eres la única persona que conozco que se toma el café con pajita.

Cuando acabaste con el café te marchaste sin ninguna despedida. Algo seguía retorciéndoseme por dentro.

"Edu, ponme otra cerveza. Quiero celebrar un encuentro", dije.

Después, demasiado tarde como siempre, me di cuenta de que lo que se retorcía en mi interior eran las ganas de abrazarte, amigo. Y una vez más otro abrazo se fue adonde van los abrazos que no supimos dar a tiempo.

lunes, 12 de abril de 2010

Al principio de todo


Era el verano de 1988. Por entonces el pequeño Soldadito de Plomo tenía trece años y ya había leído dos o tres novelas de las de adultos. Ahora no puede estar seguro pero cree que fueron: Embajador en el infierno, de Torcuato Luca de Tena; La noche de los generales, de Hans Hellmut Kirst; y Valle del Jarama, de Enrique Barco Teruel. Como correspondía a un joven soldadito las tres novelas trataban temas bélicos, aunque la segunda era más bien policíaca. Las tres novelas las sustrajo el Soldadito de Plomo de la biblioteca de su tío Antonio.

Había nacido un lector.

Hoy en día, tanto tiempo después, el Soldadito de Plomo acaba de comprobar que las tres novelas que robó hace más de veinte años a su tío Antonio -ya desencuadernadas y apolilladas- están presentes en su pequeña biblioteca. El Soldadito de Plomo se ha complacido por ello. Pero volvamos al año 1988: el Soldadito de Plomo pasaba el verano de aquel año entre Torrevieja, donde veraneaba con sus padres, y La Torre de la Horadada, donde compartía el resto del verano con sus tíos y sus primos. En ese último lugar nuestro pequeño soldadito de trece años estaba enamoriscado de una niña de la misma edad llamada María Jesús, que era de Santa Pola pero que también pasaba los veranos en la Horadada. Aquella niña se iba a sitios oscuros por las noches, en la playa, para fumar, y se llevaba con ella al joven soldadito. El soldadito se dejaba hacer y para complacer a su amada empezó a fumar.

Había nacido un fumador.

En una de aquellas noches del verano de 1988 la niña besó, casi por la fuerza, al inocente soldadito. Era la primera vez que el Soldadito de Plomo sentía una lengua enrollándose a la suya, y la verdad es que se asustó un poco cuando notó la mano de la niña sobarle la entrepierna. El soldadito adolescente, paralizado por la emoción que sentía, no se atrevió a corresponder a las caricias de su amada. De aquella noche el Soldadito de Plomo recuerda el sabor a tabaco en la boca de María Jesús, el olor del mar y el ruido de las olas.

Había nacido un enamorado.

Días más tarde nuestro soldadito volvió a Murcia. Se había acabado el verano mágico del año 1988, y con él se acabó la infancia del soldadito. Cuando llegó a Murcia sentía que su experiencia con la niña María Jesús no podía caer en el olvido; era algo demasiado grande para eso. Por aquel año 1988 al soldadito le hubiera sonado a chino que le hablaran de internet, y los blogs ni existían. Encontró un viejo cuaderno y un bolígrafo, y se puso a escribir contando lo maravillosa que era María Jesús y lo feliz y a la vez desgraciado que se sentía él.

Había nacido un bloguero, aunque por entonces no pudiera saberlo.

Hoy, casi veintidós años después, el Soldadito de Plomo sigue leyendo (otras cosas), sigue fumando (la misma marca de veneno), y sigue amando (a otra mujer).

Pero, en esencia, sigo siendo el mismo soldadito inocente que una vez se asustó, hace más de veinte años, cuando inesperadamente la mujer-niña que amaba me acarició.

martes, 29 de septiembre de 2009

A veces me acuerdo de aquel perro


Fue una mañana de hace casi una década, y se trató de un acontecimiento quizá anodino para muchas personas. Pero yo lo recuerdo con maravillada admiración, porque la vida —mi vida al menos— se compone de esos momentos intrascendentes en los que tras su aparente trivialidad puedo vislumbrar algo grande: una sonrisa inesperada en una persona de cuya simpatía desconfiaba; un sorprendente beso de ternero que me da la mujer que amo (jejeje, algún día puede que explique lo que es un beso de ternero, pero por ahora me lo guardo como un tesoro para mí solito); la comprensión de un fenómeno físico que me tenía intrigado; reconocer a un personaje secundario de una novela que es un viejo conocido por haberlo visto en otras novelas del mismo autor; darle las gracias por su servicio al personal de guardia saliente que despido y felicitar a los cabos —cuando lo creo conveniente—, y ver en sus caras satisfacción por el trabajo bien hecho y por el reconocimiento que humildemente puedo otorgarles; mirar con altivez a la cara de algunos sinvergüenzas y comprobar que desvían la mirada avergonzados; que un jefe me valore un esfuerzo extra; que empiece a llover cuando llevo corriendo varios kilómetros y me siento agotado...

Aquella mañana de hace casi una década yo esperaba bajo la luz de unas farolas —aún no había amanecido— a un compañero que me recogería para ir al tajo. Dejé mi bolsa de deporte sobre la acera, apoyé la espalda contra una fachada y medio dormido esperé que llegara mi compañero. Somnoliento vi por el rabillo del ojo que se aproximaba un señor con un perro. No le di más importancia y continué mi duermevela vertical, puesto que ni mi bolsa ni mi persona le cerrábamos el paso al señor y al perro. Sin embargo, cuando ambos estaban a medio metro de mí, se detuvieron. Dos estatuas, dos figuras hieráticas mirando al frente, dos seres vivos inmóviles, dos animales de notable inteligencia que no miraban el reloj y pacientemente esperaban. Esperaban porque así lo había decidido el perro, quien sabiamente percibió mi bolsa en la acera como un obstáculo para su dueño ciego.

Cuando me di cuenta de lo que sucedía retiré el obstáculo apresuradamente. Fascinado como estaba por la actitud de aquel excelente perro lazarillo no les di ni los buenos días, y ellos, tras la breve interrupción, continuaron su paseo como si nada, deslizándose ante mí en silencio, sin aspavientos ni recriminaciones.

Ahora, tanto tiempo después, no recuerdo al ciego pero sí al perro lazarillo. Era feo y amorfo, una mezcla de pastor alemán con vete a saber qué. Era feo y amorfo, y era también el perro más bonito que he visto nunca. Si alguna vez me quedo ciego, quiero tener conmigo un perro así de feo y así de amorfo.

lunes, 31 de agosto de 2009

La combinación de la jerezana: su coño, el sueldo del novio y mi esperma


Hace ya años de esto y creo que ha llegado el momento de contarlo, de hecho no sé cómo he podido esperar tanto. Es una de las situaciones más disparatadas que he vivido y creo que merece la pena contarla, especialmente para aquellos defensores a ultranza de la tan cacareada "bondad femenina". (Sí, sigo con mi puntito misógino a pesar de estar estrenando una relación seria con un peaso mujer):


Un día conocí a cierta damita de diecisiete años. Monísima, rubia, piel morena, esbelta... un bombón, vamos. Un bombón casi analfabeto, por cierto. Un pedazo de carne con ojos, si lo prefieren. No era la mujer más culta del mundo, válgame dios que no, pero era lista a más no poder, con esa listeza que es fácilmente confundible con lo que podríamos llamar mentalidad criminal. Nos caímos bien; ella a mí porque estaba buena y yo a ella porque le parecí "inteligente" (esto último demuestra que no andaba en sus cabales).

Fuimos intimando —"intimidando" hubiera dicho ella— poco a poco. Me preguntó por mis ingresos, como hacen casi todas antes o después, y yo le planté en la cara una suerte de declaración de la renta; como empleado público que soy mis ingresos son del conocimiento de cualquiera. Le pareció poco dinero, porque su novio —obrero de la construcción antes de que la construcción se fuera a la mierda— ganaba el doble que yo. Pues muy bien, ¿y qué?, me preguntaba yo.

Días después esta chica, jerezana para más señas, me pidió que me acostara con ella. Así, a bocajarro: "¿Quieres follar conmigo?" Obviamente acepté, ¿por qué no habría de aceptar? Yo andaba solito por el mundo (ni a mi gato Gusifluky tenía por aquel entonces), y además estaba muy resabiado por la reciente experiencia con la Hija de Satanás, así que me pareció de perlas la idea de enchufarle el nuflo a esta zorrita. Pero me impuso unas condiciones, JA:

Debía tirármela a pelo y eyacular dentro de ella hasta que se quedara embarazada. Mientras tanto ella se acostaría con su novio usando preservativos. Cuando se quedara embarazada (de mí) haría creer a su novio que los condones habían fallado. Se casarían y ella sería una excelente madre y ama de casa mientras el cornu... el marido trabajaba como un cabr... como un desgraciado para mantener a su esposa y a mi hijo. Prometió esta elegante dama que jamás me reclamaría la paternidad de la criatura (fíate de estas promesas, y más ahora cuando es probable que el corn... currito de la construcción esté en paro).

Yo era por aquellos tiempos un cabeza de chorlito, sí, pero no tanto como para aceptar tan tremendas condiciones. Después la zorr... la dama desapareció, imagino que en busca de otro pardillo. Acaba así esta lamentable historia, pero antes de despedirme permítanme una pregunta retórica:

¿Cuántos bastardos habrá en el mundo fruto de componendas similares, ya fueran tan descaradas o más disimuladas? Es más, ¿quién nos asegura que no somos producto de tales apaños?

En fin, piensen en ello, y sobre todo piénsenlo cuando se les venga a la cabeza esa idea de la "bondad femenina".

domingo, 16 de agosto de 2009

Lo que haría con la varita mágica


Charlaba con una conocida mediante Messenger, con una de esas cuasiadolescentes cuyo fin en la vida es ponerse más piercings, ensuciar su piel con más tatuajes e implantarse prótesis de silicona para lucir más pecho. Era divertido hablar con ella porque se trataba de una niña que estaba aprendiendo a descubrir el mundo y me pedía consejos sobre cómo debe portarse con un hombre (¡como si yo lo supiera!).


Hablando de todo esto y de mucho más me dijo que le gustaría tener una varita mágica para cambiar el mundo (el mismo sueño de todos, joder, qué poco original). Le pregunté qué haría con la mágica varita en caso de tenerla a su disposición, y su respuesta me pilló en bragas, lo admito. Esperaba este cabeza de chorlito una respuesta en plan "me gustaría que me crecieran las tetas", o "haría que todos los futbolistas estuvieran locos por mí", pero no. Su respuesta ha sido la más inteligente y generosa que se me puede ocurrir:

"crearia una energia infinita, limpia e inacabable, que pudiera conseguirse muy facilmente y gratis".

Que esto lo diga una chiquilla sin interés aparente por la ciencia, sin conocimientos de Física y preocupada por su talla de sujetador, me resulta grande, muy grande. (Y qué similitud su deseo con el asunto de la fusión fría, por cierto).

A veces este cabeza de chorlito mete la pata juzgando a las personas. Lo siento.

miércoles, 29 de julio de 2009

La explicación definitiva


Me ha costado lo mío entender todos los misterios del Universo, pero hoy, casualmente, mientras mantenía una conversación telefónica con un adorable ser humano de sexo femenino, he visto la luz. De repente lo he comprendido todo:


YO: Pero vamos a ver, ¿cómo puedes hablar por teléfono conmigo mientras te comes una ensalada?

ELLA: Es que no tiene lechuga.

¡Acabásemos! Haber empezado por ahí, mujer.