Un blog escrito bajo severas dosis de etanol.

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miércoles, 22 de febrero de 2012

¡Bésame, tonto!


Ya sabe el chorlitiano lector -¿queda alguno, por cierto?- que este humilde cabeza de chorlito es el tonto de los gatos. Sí, me chiflan esos misteriosos y simpáticos animalejos, y cuanto más sé de ellos, más sorprendentes me resultan. Y con razón...

De niño tuve un gato al que escogí como mi mejor amigo durante años; después he convivido con otros gatos a los que he observado placentera e infatigablemente; he leído toda clase de artículos sobre gatos, desde los simplemente informativos, hasta los puramente científicos, pasando por algún desbarre magufo; he leído incluso algún ensayo escrito por un reputado científico experto en gatos; he apreciado la cuasimágica gracilidad de sus saltos y movimientos; he babeado viéndolos jugar con cualquier cosa; me he asombrado de sus exactos cálculos para dar precisos saltos empleando la energía necesaria que les permitiera no quedar un centímetro por defecto ni un centímetro por exceso; y muchos más detalles con los que no quiero aburrir al hipotético chorlitiano lector superviviente.

...PERO ESTO ME HA SORPRENDIDO HASTA A MÍ Y TENGO QUE PONERLO AUNQUE NO HAYA LECTORES EN DCC QUE LO PUEDAN APRECIAR:




Y luego dicen los contumaces ignorantes de siempre, los que ni saben ni quieren saber, que los gatos son ariscos.

viernes, 7 de octubre de 2011

martes, 26 de octubre de 2010

Vivir con Gusifluky


Hace casi tres años -¡
tempus fugit, pardiez!- publicaba una entradita humorística sobre cómo es vivir con un gato: A solas con el cucho, la llamé (léanla y dejen de masturbarse durante unos minutos). Pues bien, hace poco mi estimada Loreto -¡hola, Loreto, ¿qué tal?- me recordó los vídeos con los que Simon, un artista amante de los gatos, ilustra su convivencia con uno de ellos que ya es archifamoso en la Red.

Hoy me apetecía de nuevo hablar de lo divertida y sorprendente que puede ser la convivencia con un
felis catus, pero no me voy a molestar en teclear más de lo necesario, porque Simon la describe muy bien en sus vídeos de animación, vídeos que a pesar de su brevedad y de su humor están repletos de detalles realistas que el gatófilo sabrá reconocer, y en los que sabrá reconocer a su propio gato. Yo desde luego me siento identificado con el personaje humano de esas animaciones, y naturalmente veo a mi gato Gusifluky en cada fotograma. Con todos ustedes, ¡el gato de Simon!:





viernes, 27 de agosto de 2010

Inéditas imágenes de Gusifluky (¡desnudo!) (II)

(Aquí la primera parte).


Ya sabéis de qué va esto: otra vez fotitos del ser más lindo que ha parío mare. (Los que sois "más de perros" no hace falta que digáis nada, eh, que se puede estar calladito un rato como ejercicio para superar el afán de protagonismo. Y no lo digo por nadie en concreto; no vayamos a confundirnos, ¿visto?):




Si alguien encuentra algo más bonito que me lo haga saber.




¿A que le trae un aire a Clint Eastwood cuando entrecierra los ojos así?




Gusi hidratándose. Para el que no lo sepa explico que los gatos beben muy poca agua porque han evolucionado desde climas desérticos y están adaptados a la escasez de agua, y además la rechazan si está estancada. Un gato sólo bebe agua en un cuenco si no tiene más remedio que hacerlo así para sobrevivir; mientras puedan elegirán lamer un grifo que gotea o cualquier otra cosa que les proporcione agua corriente. Yo advertí que mi bidé tiene una imperceptible pérdida gracias a Gusifluky, quien sin embargo no tardó en descubrirla y desde entonces no ha vuelto a beber agua de ninguna otra manera. Es por eso que he renunciado a ponerle agua en cacharros y a reparar el ínfimo escape del bidé.




"Mmm... estoy tan cansado de no hacer nada..."




Si no está para comérselo que venga dios y lo vea.




Hoy tenemos para comer... ¡gato crudo de tamaño familiar!




Antes me salían cucarachas por el desagüe del fregadero, y ahora me salen gatos.




Más de Gusi en el fregadero. Quizá al lector fiel y con buena memoria le diga algo el nombre del comercio que se ve al fondo.



"Tengo la napia rosa".



"Ya no tengo la napia rosa".




A veces estoy en casa y me siento observado.




"Tengo más patas que malos pensamientos".




"¡Basta ya de fotos, joé!"

viernes, 20 de agosto de 2010

Inéditas imágenes de Gusifluky (¡desnudo!) (I)


Estreno nueva categoría en esta bendita bitácora:
Ailurofobia la he llamado, pues va especialmente dedicada, con todo mi cariño, a las simpáticas personas que padecen ese terror. Aquí iré publicando poco a poco -o mucho a mucho, según me dé- fotos del pequeño Gusi, entre otras cosas relacionadas con los gatos. Por que sí, porque él lo vale. Y porque es lo más lindo que ha parío mare. (Por cierto, quizá algún día de especial desvergüenza cuente por aquí cómo me libré de cierta... ejem, digamos dama, gracias a su ailurofobia y a la inestimable colaboración de Gusifluky).

Vaya pues este primer reportaje fotográfico:




Gusifluky, el Centinela de Occidente.



El Centinela de Occidente pensando que...



...bah, después de todo Occidente podrá apañarse solo.



"¿A que estoy sexi con la pata colgando?"



"Mmm, creo haber visto un lindo pajarito".



Fotografía tomada el día que Gusi rajó el sofá de cuero y estuve a punto de enviarlo a Siberia. Hasta empaquetado lo tenía ya.



Esto es lo que un gato entiende por una pose sugerente.



A veces estoy en casa y siento que me observan.



"A ver si así se me pone la panza morena como el lomo".



"¡Basta ya de fotos, joé!"

domingo, 18 de noviembre de 2007

A solas con el cucho



Vivir a solas con un gato tiene su cosita. Es más divertido que vivir en total soledad, e infinitamente más cómodo que vivir con familia, con amigos, o con cualquier otro ser humano no catalogable. También tiene, no se crean, sus desventajas. Una de ellas es la absoluta falta de intimidad. Me explico:

Si uno vive, pongamos, con su tía abuela, puede decirle "tía abuela, no entre en mi cuarto sin llamar porque suelo estar masturbándome y se va a llevar usted un soponcio", y en siete de cada diez casos la tía abuela respetará nuestra intimidad. En otro de cada diez casos la tía abuela no hará caso porque es sorda, y en los dos casos restantes se lo tomará como una invitación, pues es sabido que el veinte por ciento de las tías abuelas son algo rijosas y cochinas. Pues bien, nuestra prudente advertencia, en el caso de los gatos, funciona en cero casos de cada diez. Los gatos no tienen el menor sentido de la intimidad. De hecho, fíjense en ellos cuando se ponen a cagar. Observen que el gato adopta para ese menester una actitud muy digna y hasta se diría que una pose interesante. Esto ocurre porque a ellos les gusta que los miren en todo momento, hagan lo que hagan. De igual modo, creen que a nosotros los humanos también nos gusta ser observados en cualquier circunstancia.

Y hablando de cagar, cuando uno vive a solas con un gato se acostumbra a hacer caca bajo la atenta mirada del félido. Los primeros días puede resultar incómodo, porque estás esperando que cualquier inoportuno ruido, de los muchos que en esas actividades surgen, sobresalte al animal y éste nos brinque encima y se nos zampe el salchichón. A las mujeres, obviamente, no puede ocurrirles dicho percance. Bueno, si eres
Amor, la de Gran Hermano, también te puede pasar. El caso es que después uno se acostumbra y ya no puede ir al baño si no es acompañado del gato. Con la confianza llegan las bromas, y los juegos. A mí me gusta esperar a que esté medio dormido en el lavabo y entonces hago fuerza abdominal para obtener un sonoro pedo amplificado por la maravillosa acústica del váter. Es muy gracioso ver al gato pegar un salto y mover las orejas en todas direcciones. Creo que a él también le parece divertido porque nunca se marcha.

A las personas solitarias que vivimos con un gato es fácil reconocernos por la calle. Tenemos las manos arañadas, y a veces también la cara. Nuestra ropa parece siempre de invierno porque va cubierta de pelos. A mí, sin ir más lejos, una vez quisieron apalearme unos fundamentalistas de
PETA, acusándome de matar animales para hacerme prendas de abrigo. Es que ellos se hacen mucho los chulitos con el tema de proteger a los animales, pero no viven con un gato.

Cuando vives con un gato aceptas que la propiedad privada ha quedado abolida en casa. Aunque no le guste mi comida, él tiene que probarla o no me dejará comer en paz. Mis libros son sus libros, y aunque raramente los lee tiene la necesidad de morder las portadas para dejarlos marcados con su particular ex libris. Los ceniceros son para el gato fuente inagotable de sorpresas, y todo cuanto encuentra en ellos le parece un juguete excelente. Mis calcetines no son mis calcetines; son sus paños para tapar el comedero. Bolígrafos, relojes, teléfonos, carteras, monedas, llaveros... todo son juguetes para Gusifluky.

Quien vive con un gato no tarda en descubrir que no vale el viejo truco empleado con lo niños, ese de dejar los objetos fuera de su alcance. No, el gato lo alcanza todo, antes o después. Los gatos saltan, saltan mucho y muy alto, trepan, se arrastran, se estiran y se encogen, y si se lo proponen pueden abrir grifos, neveras y armarios. Algunos aprenden a abrir puertas y a usar llaves. A mi gato le encontré una vez en un bolsillo un juego de ganzúas, una revista porno, dos caramelos mentolados y una lata de atún. Me pregunto para qué querría el atún.

Las personas que vivimos a solas con un gato solemos morir jóvenes, por infartos casi siempre. Imagine que son las tres de la madrugada, usted se levanta a buscar un pañuelo para secarse el sudor que le ha provocado una reciente pesadilla, y al abrir el cajón donde están los pañuelos se encuentra con un inesperado gato que le salta a la cara. Usted, obviamente, muere para siempre por un infarto fulminante. Lo peor de todo es que, como vivía a solas con el gato, nadie se entera de su muerte hasta pasados dos meses, cuando los vecinos ya están hartos del mal olor que sale de su casa. Entonces es cuando aparece usted en España Directo, y sus vecinos también, repitiendo el tópico de "era una personal muy normal y educada, aunque casi no lo conocía". Cuando el gato es interrogado sobre su posible implicación en la desgracia, suele responder: "Yo no sé nada. Una noche me despertó bruscamente mientras yo dormía en el cajón de los pañuelos, y tenía muy mala cara. Se conoce que quiso pedirme ayuda, pero ya era tarde".

Otro caso parecido, e igualmente habitual, es cuando... Vuelva a imaginar, hágame el favor. Son, esta vez, las cuatro y cuarto de la madrugada. Usted se despierta con la imperiosa necesidad de echar una meada, pero no enciende la luz porque está medio dormido y no recuerda dónde está el interruptor. Va por el pasillo tenebroso, donde precisamente se encuentra su gato sentado justo en la mitad y meditando sobre cosas profundas. El gato lo ve a usted perfectamente y piensa que usted también puede verlo a él, así que no se aparta. Usted pisa la cola del gato. El gato da un chillido de esos que despiertan a toda la comarca y parte de las comarcas colindantes. Usted, una vez más, se muere para siempre de modo irremediable. Luego viene todo el circo del caso anterior, pero con el infame añadido de que, además, se habrá meado usted encima mientras palmaba.

También se cuentan por millares los casos de las personas que fallecieron desangradas en el intento de bañar a sus gatos. Esto les ocurrió mayormente por desinformación. Si tiene usted un gato y quiere bañarlo, le recomiendo que lea "
Instrucciones para bañar un gato", de Leónidas Kowalski.

Las personas que vivimos con un gato en un piso alto tenemos una preocupación constante: las ventanas. Nuestras viviendas son húmedas y huelen a caca de gato porque tenemos miedo de ventilar la casa y que el gato salte por una ventana. Desgraciadamente en los gatos es habitual lo que se ha dado en llamar, parece que con cierto humor cínico,
el síndrome del gato paracaidista. La obsesión por mantener cerradas las ventanas puede llegar a ser verdaderamente mórbida, y a mí me ocurre que voy a casa de un amigo y le cierro las ventanas en pleno mes de Agosto. Supongo que ese detalle, unido al hecho de beberme todo el whisky de mi amigo, es la razón por la que no me ha invitado más.

Quienes vivimos a solas con un gato tenemos la costumbre de hablarle, y si no llevamos cuidado también acabamos hablando con las plantas, con los insectos y con los muebles. De hecho, muchos seres humanos que vivieron con un gato durante años terminaron sus días encerrados en hospitales psiquiátricos, que es el nombre políticamente correcto para denominar a lo que siempre se ha llamado manicomio. Por cierto, el siempre claro y directo
DRAE nos dice que la palabra manicomio viene de manía y de cuidar, y la explica concisamente como "hospital para locos", lo que demuestra que los señores académicos no son nada gilipollas y mantienen el cada vez más difícil arte de llamar al pan, pan, y al vino, vino.

Los gatos son elegantes, juguetones y limpios. Usted, suponiendo que haya vacunado debidamente a su gato,y salvo que sea una mujer embarazada, no tiene que temer nada de contagios. Una vez más tengo que mencionar la excepción que supone Amor, la de Gran Hermano: aunque la ciencia avanza que es una barbaridad me parece a mí que esta chica no se va a quedar embarazada jamás, por lo que ella no tiene que temer nada en absoluto de los gatos. Las demás mujeres corren
un riesgo durante la gestación debido a la toxoplasmosis, pero basta con elementales medidas de higiene para que también ese peligro sea conjurado. La verdad es que, por triste que les pueda parecer, es mucho más fácil que sus propios hijos o esa pareja de dudosa moral con la que follan les transmitan a ustedes alguna enfermedad.

Y lo vamos a dejar ya, que nadie lee entradas tan largas, y además me espera mi gato Gusifluky.



NOTAS:

1- Cucho es un chilenismo para nombrar al gato.

2- Amor, la de Gran Hermano, me parece una mujer guapísima, digan lo que digan y a pesar de mis bromas.