Un blog escrito bajo severas dosis de etanol.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Por tres veces renegaste de mí


Como Pedro traicionando a Jesucristo, tres veces has renegado de mí.

A nadie has contado que quisiste casarte conmigo. Querías hacerlo, pero sin dar publicidad a tus intenciones, porque siempre esperabas una oferta mejor. Es lo que pasa cuando se es incapaz de sentir amor y se basa la felicidad en... ¿en qué, Teruky, en qué basa la felicidad alguien como tú? ¿Un marido con mejor sueldo? ¿Un marido con ambiciones económicas? Sí, Ter, es eso, tú y yo lo sabemos a estas alturas. En realidad tú siempre lo has sabido, y yo tardé en comprenderlo. Cuántas veces presumiste de haberte llevado a la cama a esos millonarios y famosillos, ¿damos nombres? No, no seré yo quien dé nombres, Ter, pero ten en cuenta que ellos se te follaban y ninguno se quedó contigo, y fíjate que te uniste a mí con verdadero amor, dentro de lo que tú puedes entender por amor. Hasta que decidiste que sabía demasiado sobre ti: tráfico de drogas, prostitución, estafas... Llegó el momento en que consideraste adecuado alejarte de mí, y destruirme. Lo lograste, maldita, lo lograste. Para una mujer como tú es fácil encontrar apoyos, pero no olvides, querida Teruky, que yo fui tu mejor ayuda. Con mi respetuoso silencio me convertí en tu mejor aliado, y en mi más encarnizado enemigo.

En el 2003 me presenté en tu casa con un ramo de rosas, era tu cumpleaños y por entonces me querías, aunque fuera de esa manera que tú puedes querer a alguien. En el 2004, cuando ya todo empezaba a irse a la mierda te sorprendieron, según supe, los de la floristería en aquel restaurante que tanto te gustaba. Tú misma me contaste que te echaste a llorar por la emoción. Era el mismo número de rosas rojas que años cumplías, y además en público. Debiste de sentirte una reina. Se suponía que estarías en tu casa, pero no te encontraron allí y llamaron al número que yo les había dado. Citaste al repartidor de la floristería en el restaurante donde estabas. Eso no estaba previsto, pero siendo tú es comprensible que te gustara el numerito.

Por entonces aún había esperanzas. Después vino todo lo demás. Me jodiste la vida a conciencia, y sé por qué lo hiciste, pero no quiero pensar en ello.
Luego vinieron los tres años en los que has renegado de mí:
En 2005 volví a enviarte flores por tu cumpleaños, aunque todo estaba perdido. Si las recibiste no lo sé, nunca obtuve confirmación. Será una de esas dudas que se mantienen y nos asaltan, quizás, en el momento de morir.

En 2006 te felicité tu cumpleaños por SMS. Tampoco obtuve respuesta. Puede que hayas cambiado de número.

En 2007, leal que es uno, he vuelto a hacerlo, pero esta vez con un día de retraso. ¿Puedes creer, amada Teruky, que me despisté y olvidé que era tu cumpleaños?
¿Sabes una cosa, Esther? He hablado mucho de ti en este diario de un cabeza de chorlito. Cada texto publicado habla de ti de un modo más o menos directo pero nunca, hasta hoy, me atreví a escribir tu nombre. No podía hacerlo, dolía tanto...
Hoy puedo empezar a hablar, Esther. Poquito a poco. ¿Te alegras por mí, mi niña?

martes, 18 de diciembre de 2007

Cien pesetas para Caronte


Voy a hablarles de una compañera a la que llamaré Sofía, o más bien de su padre, y también voy a pedirles, sin que sirva de precedente, que aparquen su escepticismo y se dejen llevar por la poesía que hay en la experiencia que Sofi me ha contado. Esta no es mi historia, ni siquiera es la historia de Sofía. Es, en verdad, el final de otra historia: la de su padre.

Sofía tiene ahora veinticuatro años. A los diecisiete se quedó huérfana porque en una carretera de Jerez sus padres murieron en uno de tantos accidentes de tráfico. Lo que hizo Sofía desde entonces hasta hoy no es asunto que nos interese. Digamos que supo sobrevivir. A mí Sofi no me cae demasiado bien. Les podría explicar por qué, pero tampoco eso es asunto que tenga que ver con la historia.

Sofía estuvo engañada todos estos años. Alguien le dio una versión falsa sobre el accidente que mató a sus padres. Ayer me hablaba de todo esto. No entramos en detalles sobre la versión que sus tías le contaron, pero deduzco que era una versión descafeinada, con muertes instantáneas y sin sufrimiento. Lo de siempre, ya saben. La muerte vestida de rosa. ¡Ja!

El caso es que Sofía acaba de leer el atestado policial y los informes médicos. Se ha enterado de que el accidente no fue exactamente como le dijeron. Ahora sabe que su madre no murió en el acto, aunque tampoco resistió tanto como su marido. Sofía ha descubierto que su padre tuvo una larga agonía, contrariamente a lo que le habían contado. Su padre permanecía vivo cuando ya estaban allí los de la Unidad de Cuidados Intensivos, la Guardia Civil y los bomberos con el equipo de descarcelación. Fueron muchos los testigos que lo vieron consciente en sus últimos minutos.

Dice el atestado de la Guardia Civil que el padre de Sofía tenía un puño cerrado cuando lo rescataron, ya cadáver, del amasijo de metal, y que ese puño ocultaba una moneda de cien pesetas. Dicen las tías de Sofía que su padre creía firmemente en el mito del barquero Caronte, ese tipo malencarado que te lleva al otro lado del río si tienes una moneda para pagar el viaje.

Sofía me contaba esto con genio, con mala leche. Supe que estaba a punto de echarse a llorar, esas cosas se notan. Y además sé que lo necesitaba. Me hubiera gustado abrazarla y darle mi hombro pero, no sé, no me atreví. Qué lástima no haberlo hecho.

Ahora no dejo de pensar en ese puño cerrado con una moneda dentro. Pienso en lo que significa. Pienso en lo que debió de sentir el moribundo mirando a su lado y viendo a su mujer agonizando y después muerta. Me imagino el esfuerzo sobrehumano que hizo para encontrar y sostener esa moneda en sus minutos finales. Se sintió morir y dedicó sus últimos momentos a cumplir con el ritual. Cualquier cosa antes que enfrentarse a Caronte sin una moneda para pagar el pasaje. Es más, aquel día la tarifa era de cincuenta pesetas, estoy seguro de ello. También estoy seguro de que el padre de Sofía tenía cambio, pero usó la moneda de cien porque quiso pagar los dos billetes: el suyo y el de su esposa. Eso es lo que se espera de un caballero, ¿no?

Este cabeza de chorlito que les habla, a pesar de su escepticismo, no puede evitar emocionarse al contarles esto. Reconozco que envidio algo a quienes, como el padre de Sofía, se fueron con alguna esperanza. Yo no hubiera tenido nada a lo que aferrarme en ese momento, y en un trance así, por escéptico que seas, estoy seguro de que viene bien creer en algo, y dadas las circunstancias poco importa que ese algo sea real o no lo sea. Les confesaré un secreto: el día que la Desnarigada me alcance, si me percato de Su Presencia, quiero creer en algo. En lo que sea. Quiero llevar mi moneda para Caronte. Puede que ése sea el único momento en que es bueno ser irracional.


domingo, 16 de diciembre de 2007

Paco es un cerdo


Alberto, Leónidas, Paco y yo nos preparamos a conciencia para la ocasión. Iba a ser una noche muy especial, sin duda. Estábamos ansiosos por cumplir nuestro sueño: tirarnos a Ángela Gutiérrez. Pero antes de hablarles de Ángela déjenme que les cuente algo sobre mis amigos y sobre mí mismo.

Alberto, de diecinueve años, era el más joven del grupo. Su padre era el director de una sucursal bancaria en nuestro pueblo, y su madre era una abogada de cierto prestigio en toda la provincia. El hermano mayor de Alberto era un pijo en toda regla, y se supone que Albertito debería haber seguido su camino. Al menos eso esperaban los snobs de sus papis, pero Alberto les salió rana, por eso se juntaba con nosotros. Era un chico listo y maduro, así que lo acogimos encantados. Además, siempre llevaba mucha pasta encima y básicamente él se hacía cargo de nuestros gastos comunes. Por ejemplo, la noche que nos follamos a Ángela fue él quien pagó las herramientas y el material que necesitábamos.

Leónidas era un militar de tropa. Era el único foráneo del grupo, y lo habíamos conocido unos meses antes en un bar de copas. Estaba recién destinado a un cuartel que hay en nuestro pueblo, y con sus veintitrés años era el más viejo del equipo y el que menos había conocido a Ángela. Se unió a nosotros porque no conocía a nadie, y nosotros lo admitimos porque... la verdad es que no sé por qué lo incluimos en el grupo. Simplemente nos parecía un tipo legal. Leo fue el encargado de aportar ropa de camuflaje y mochilas la noche que nos cepillamos a Ángela.

Paco, de veintidós años, era peón de albañil, y como supe la noche aquella, también era un cerdo del carajo. Paco nos caía bien a todos por su bonhomía a prueba de bombas y por su lealtad al grupo. Se hubiera dejado freír en aceite antes que hablar mal de cualquiera de los demás. Él se encargó de los trabajos de albañilería la noche que nos trajinamos a Ángela.

En cuanto a mí hay poco que decir. Por entonces tenía veinte años y acababa de comenzar la carrera de Psicología. Nunca la terminé, por cierto. Mi aportación a aquella noche de locura y sexo, perdónenme la inmodestia, fue la mejor: yo di la idea y esbocé el plan.

Se preguntarán quizás qué teníamos en común los cuatro. Pues bueno, los cuatro éramos feos de cojones. Supongo que eso también contribuyó a que nos uniéramos formando un buen equipo en el que cada miembro protegía a los otros. Éramos algo así como el espectáculo del pueblo. Un circo gratuito. "Ahí van los cuatro espantajos", decía la gente a nuestro paso. Nosotros preferíamos llamarnos Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Ya ven, una tontería, pero a nosotros nos gustaba.

Creo que ha llegado el momento de hablarles de Ángela y no sé por dónde empezar. ¿Cómo explicarles lo que sentíamos por Ángela si ni siquiera puedo estar seguro de lo que sentía cada uno de los otros Jinetes del Apocalipsis? Intentaré resumirlo:

Mi pueblo tenía treinta mil habitantes, aproximadamente la mitad de los cuales eran mujeres. Pues bien, sin duda alguna, Ángela era la mujer más guapa de entre quince mil. Para colmo era una chica inteligente, con sentido del humor y bondadosa. Su único defecto, si tenía alguno, era la promiscuidad y su perversa costumbre de mofarse de los hombres feos, y nosotros lo éramos con avaricia. Sí, ya sé que esto no la deja en buen lugar, pero lo cierto es que, a pesar de ello, Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis la amábamos. Adorábamos a esa zorra como el perro sumiso que lame la mano del dueño que lo azota.

Dios, en el momento de escribir esto estoy recordando tantas cosas... ¿Cómo pudimos dejarnos humillar mil y una veces sin sacarle las tripas a nadie? A Ángela, por supuesto, se lo perdonábamos todo, pero no entiendo cómo llegamos a perder la dignidad hasta el punto de permitir que algunos de los que se la follaban nos escupieran y nos insultaran. Qué paciencia tuvimos, dios mío, qué paciencia. Éramos feos, de acuerdo, pero cada uno de nosotros tenía otras virtudes que igualaban o superaban a las de los cabrones que se tiraban a Ángela. ¿Qué tenían ellos? Algunos eran guapos, otros tenían mucho dinero, y así iba Ángela por la vida, abriéndose de piernas por placer o por interés. Ángela, la pobre Ángela... era tan bella, tan perfecta... Y después pasó lo que pasó.

Ángela escondía en sus genes un amargo secreto que se hizo patente cuando ya tenía veintiún años. A los veintidós recién cumplidos el cáncer se la llevó para añadirla a su interminable colección de trofeos. Creo que no van a poder entenderlo, pero Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis nos sentimos aliviados el día que Ángela Gutiérrez murió. La amábamos cada uno a nuestra manera, pero cuando dejó de existir fue como si nos quitaran una pesada losa del pecho y por fin volvíamos a respirar.

Fue entonces cuando se me ocurrió la idea. Se la conté al grupo y todos estuvieron encantados, aunque Paco mostró ciertos reparos religiosos. Que si sería pecado, decía el muy cabrón. Qué cosas tenía el cerdo de Paco. Nuestras carcajadas casi hacen resucitar a Ángela.

La enterraron por la tarde. Su última morada, como suele decirse, era un nicho bastante humilde que pasaba desapercibido entre decenas más. Los hijos de puta que se follaban a esta linda perra no aportaron una peseta para darle una tumba en condiciones, y tampoco sus padres estaban pasando una buena racha económica porque en los últimos meses de la enfermedad habían gastado el poco dinero que tenían en curanderos. Ahí dejaron a Angelita, rico alimento para gusanos, pudriéndose a sus veintidós años tras haber fornicado con, al menos, 732 hombres diferentes, según el censo que habíamos elaborado pacientemente. Ninguno asistió al entierro, por cierto.

El nicho estaba a media altura. Alberto y yo sí asistimos a la inhumación de Ángela porque queríamos estar seguros de cuál era su sitio, comprendan que hubiera sido muy embarazoso equivocarnos de cadáver. Mientras tanto Leónidas obtenía por procedimientos nunca explicados cuatro uniformes de nuestras tallas, cuatro pares de botas de nuestro número, cuatro pasamontañas, otras tantas linternas y cuatro mochilas. Por su parte, Paco, que era el entendido en eso, compraba con el dinero de Alberto ladrillos, cemento y herramientas.

Después nos reunimos en casa de Leónidas, pues era el único de los Cuatro Jinetes que vivía solo. Allí concentramos todo el material. Cenamos, vimos una película malísima de zombis, comimos palomitas, y a medianoche salimos en dirección al cementerio, con nuestras mochilas cargadas de material de obra, herramientas y uniformes mimetizados. Cuando estuvimos alejados del pueblo metimos nuestra ropa en las mochilas y nos pusimos los uniformes y los pasamontañas. Desde ese momento abandonamos los caminos y en silencio seguimos avanzando campo a través hasta llegar a nuestro objetivo.

Saltar la tapia fue fácil para todos. También lo fue echar abajo el delgado tabique que cerraba el nicho de Ángela. Lo que no resultó tan fácil fue sacar el ataúd, nos lo esparábamos más liviano.

--A ver si es que esta guarra ha engordado durante las semanas que pasó en el hospital--, dijo alguno.

--Que no, coño, que el cáncer te deja muy flaco. Será la caja lo que pesa tanto--, recuerdo que respondí.

Cuando al fin tuvimos el féretro y su contenido a nuestro pies no pudimos abrirlo. Alberto se ponía nervioso:

--Ey, parece que han clavado la tapa. Bah, venga, lo volvemos a meter y nos vamos, joder.

--De eso nada. Ya que hemos llegado hasta aquí nos follamos a la zorripuerca--. Leónidas era dado a usar esa clase de palabras compuestas, zorripuerca, putigolfa, guarriputa y cosas así.

--Venga, Paco, coge el pico y rompe la puta caja--, ordené.

Paco agarró el pico, y antes de descargarlo sobre la tapa del ataúd, para sorpresa de todos, el tío se santiguó. Olé sus cojones. La tapa se despedazó sin demasiada resistencia, y antes de que nos agacháramos para retirar con las manos la madera astillada nos asaltó la fetidez.

--¡La leche! ¡Cómo apesta!--, exclamó Paco.

--Con lo bien que olía en vida, la muy cabrona--, dije yo.

--Pues a mí me gusta, es un olor así como dulzón. Si me estoy poniendo cachondo y todo, hostias--, nos confesó Alberto.

--Ah, se me había olvidado un detalle. Esperad, que tengo algo para todos--, decía Leónidas mientras buscaba en su mochila. Sacó un frasquito que a la luz de su linterna nos mostró y pudimos leer en la etiqueta "Vicks VapoRub".

Leónidas había visto en las películas que los investigadores policiales y los médicos forenses se ponían un poco de esa crema en el bigote, así enmascaraban la hediondez de los cadáveres putrefactos. Le hicimos caso y la cosa funcionó. Sin prestar mucha atención sacamos a Ángela del ataúd. Recuerdo que Alberto, en un surrealista acceso poético, dijo en ese momento: "Una bonita mariposa sale de su capullo". "Tú sí que eres un capullo", le respondió Leónidas. A Paco le dio la risa floja y dejó de sostener a Ángela por los hombros. La cabeza de la muerta chocó contra el suelo. CLOC.

--¡Tío, que la vas a matar!--, dije yo. Y entonces nos dio la risa a todos y dejamos caer a Ángela sobre la calle empedrada.

Nos reímos un buen rato y pensamos en follarnos a Ángela allí mismo, pero alguno se empeñó en que era mejor tirarla sobre el césped. Tenía razón, así que la llevamos a la zona ajardinada. Ángela no iba vestida. Estaba como embutida en un saco de tela de color gris que la cubría hasta los hombros. La sacamos de ese saco, advirtiendo a Alberto que se dejara de metáforas mariposiles. La verdad es que no hizo falta la advertencia, porque a esas alturas todos íbamos demasiado cachondos como para hacer poesía o chistes. Simplemente necesitábamos descargar los huevos.

Yo tenía razón, Ángela estaba muy flaca, pero seguía conservando unas proporciones perfectas. Me llamó la atención que su pubis estaba depilado formando un pequeño triángulo de vello muy corto, y me pregunté si eso sería cosa de la funeraria o de la familia. No me imaginaba a Ángela depilándose esa parte en sus horas de agonía, aunque como era tan coqueta igual fue capaz. No sé, es un detalle que nunca comenté con los demás.

--No le saquéis los tapones de algodón que tiene puestos. Están ahí para que no suelte líquidos apestosos por sus orificios. Le quitaremos sólo el tapón del coño--, aconsejó Leónidas.

--Pues yo me la quiero beneficiar por el culo, y me da igual lo que pueda salir por ahí. Seré el último, así no os molestará lo que salga--. Eso lo dije yo. Necesitaba meterle mi polla a Ángela por ese agujerito estrecho. Era algo así como derribar la última frontera, aunque estaba seguro de que muchos otros antes que yo lo habrían hecho cuando estaba viva. Aún así me excitaba enormemente la idea de ser el primero, y el único, que sodomizaría a Ángela más allá de la vida.

--Eh, chicos, a mí esto me da un poco de vergüenza-- decía Paco --y si no os importa yo seré el último. Me da igual que tenga el culo destaponado y que se haya cagado cuando me toque, de verdad que no me importa, pero dejadme ser el último, por favor.

Todos estuvimos de acuerdo en dejar que Paco fuera el último en follarse a Ángela. No queríamos discutir, sólo jodernos a esa perra por la que tantas pajas nos habíamos hecho. Leónidas fue el primero. Después fue Alberto. Luego yo, que lo hice por el coño y por el culo. Después repitió Leónidas. Alberto pasó de repetir y volví a hacerlo yo. Y así estuvimos mucho tiempo, hasta que se la cedimos a Paco. Alberto, Leo y yo estábamos satisfechos y alguno de nosotros volvió a gastar bromas:

--¿Hace falta que te sujetemos a Ángela, Paco, o podrás tú solo?

--Dejadme solo, cabrones, que no creo que esta niña oponga mucha resistencia. Os quiero lejos, que soy muy tímido para esto del sexo--. Y nos fuimos a fumar, alejados de Paco y de su "novia", durante mucho rato.

Estaba a punto de amanecer y decidí que había llegado el momento de interrumpir las tareas amatorias de Paco. Dejé a Leo y a Alberto y me acerqué a la parejita de tórtolos para recordarle a Paco que teníamos que devolver a Ángela a su nicho y levantar de nuevo el tabique que lo cerraría.

Fue entonces cuando comprobé que Paco es un cerdo. ¡Qué asco, joder, qué asco!

Nunca hablé, hasta ahora, de lo que hizo Paco. Alberto y Leónidas no supieron nada. Mejor para ellos.

Alberto murió dos años después en un accidente de tráfico.

Leónidas fue destinado a otro lugar y perdimos el contacto, aunque lo he buscado por Internet y sé que escribe un blog absurdo al que llama Diario de un Cabeza de Chorlito.

Paco... ¡Paco es un cerdo!

En cuanto a mí, pues bueno, llevo una vida más o menos normal, e intento olvidar que una vez vi a Paco besando en la boca a Ángela Gutiérrez.

viernes, 14 de diciembre de 2007

¿Fantasmas? (Segunda parte. La explicación)


Al día siguiente, con luz diurna y en horario de visitas, volví al cementerio municipal de Torrevieja. En esta ocasión el ambiente, lejos de parecer siniestro, resultaba incluso acogedor. Da gusto pasear por un cementerio y disfrutar de esa quietud... mmm, mortal. Eso es, quietud mortal.

Llegué hasta la puerta del panteón donde vi la misteriosa luz. Estaba cerrada, claro, pero podía ver a través del cristal. No recuerdo qué es lo que vi allí dentro, y si no lo recuerdo es porque no sería nada especial. Supongo que nichos y quizá flores secas. Ni velas ni rastros de cera en el suelo. La fantasmagórica presencia se había tomado el día libre, por lo visto.

Dudando de mi cordura desanduve el camino que de nuevo me llevaba a la puerta del cementerio. ¿Podía ser que lo que vi la noche anterior fuera producto de mi imaginación? ¿Acaso me sugestioné hasta el punto de ver algo que no ocurrió? ¿Quizá el aire de Torrevieja poseía propiedades alucinógenas? ¿Por qué hay gente que odia a Mr. Bean y a mí me cae tan simpático?

Me coloqué justo en el lugar desde donde había visto el inquietante fenómeno de apenas unas horas antes. Miré hacia el panteón y entonces, por fin, comprendí. Maldita sea mi estampa, qué ridículo me sentí en ese momento.

Como dije en la entrada anterior, una carretera de segundo orden y casi sin tráfico pasaba muy cerca del cementerio, pero no dije que había otra, mucho más lejana y transitada, que discurría a una distancia aproximada de un kilómetro. Al situarme mirando hacia la puerta de cristal del panteón daba la espalda a esa carretera, de modo que los coches, miniaturizados, se reflejaban en la cristalera. Durante la noche eran invisibles, salvo por los faros, cuya luz se veía deslizándose reflejada de un lado a otro del cristal, como si fuera la pequeña llama temblorosa de una vela, temblor debido a las leves imperfecciones del vidrio. Como además, esos vehículos estaban muy lejos, no se alcanzaba a oír el ruido de sus motores, lo que contribuía a disociar las enigmáticas luces con el tráfico.

Y eso era todo: el tráfico lejano reflejado en un cristal. La falta de luz y la imaginación desbocada de un adolescente hicieron lo demás. Ahora pregúntense cuántas apariciones marianas, avistamientos de ovnis, visiones de fantasmas y otras paranormalidades tendrán tan sencilla explicación como la que cuenta esta entrada.

"Los enigmas no deben ser desvelados", decía aquel mentirosillo misteriosillo. ¡Y una polla como una olla!, digo yo. Con cada misterio resuelto, con cada enigma desvelado, con cada duda resuelta, con cada error corregido, cae una frontera...

...Y con cada frontera derribada nuestro mundo crece, se hace más rico y más culto. Se hace, simplemente, mejor.

martes, 11 de diciembre de 2007

¿Fantasmas? (Primera parte. La aparición)


En mi adolescencia, supongo que como todo el mundo, hice cosas rarísimas. Hoy no me explico de dónde sacaba ánimos para tanta extravagancia. Por ejemplo, hubo un verano en que me dio por escribir cuentos de terror, y no se me ocurrió mejor manera de inspirarme que ir a escribirlos a la puerta de un cementerio... y de madrugada. Sí, ya les he dicho que hacía cosas rarísimas.

No se crean que era tarea sencilla. Primero tenía que esperar a que mis padres se durmieran, y a continuación ingeniármelas para salir de casa sin hacer ruido, caminar dos kilómetros por caminos oscuros y solitarios, realizar mi "trabajo" y volver a casa, escondiéndome de vecinos insomnes que, por estar de vacaciones, se pasaban las noches de fiesta. Entre la fuga del hogar paterno y el rato de cementerio dándole a la imaginación se conseguía un estado de nervios que era ideal para la autosugestión, o para la pura paranoia. Menos mal que en aquellas escapadas no fumaba porros, porque entonces... bueno, es que si hubiera fumado porros no habría llegado nunca al cementerio.

Era en Torrevieja, Alicante, y el cementerio se encuentra, como dije, a un par de kilómetros del piso que mis padres usan para veranear. En aquel tiempo, finales de los ochenta o principios de los noventa, esa zona de Torrevieja apenas estaba urbanizada. Las viviendas más cercanas al cementerio estarían, calculo, a unos quinientos metros, en cambio pasaba una carretera secundaria muy cerca de la puerta, pero casi nadie transitaba por allí a esas horas. Los pocos que me vieron allí, sentado en plena madrugada sobre un banco de piedra junto a la puerta enrejada del camposanto, iluminado por la única farola de la fachada, debieron de pensar que veían un alma en pena, un resucitado, un... yo qué sé.

Llegaba allí, me sentaba en el banco de piedra, abría mi cuaderno, y bajo la luz de aquella solitaria farola me ponía a escribir relatos tétricos que nunca terminaba. Era emocionante, créanme que lo era. Fue intensa sobre todo la primera noche de actividad lunáticoliteraria, cuando me encontré al fantasma.

Tras escribir unas líneas decidí interrumpir el relato y mirar a través de la reja que a esas horas cerraba la entrada al cementerio. Podía ver unas cuantas lápidas y muchos cipreses. Frente a mí, al otro lado de la verja, se extendía una calle estrecha que iba a parar a un mausoleo con una puerta acristalada. Entonces lo vi. Lo vi sin ninguna duda.

Dentro de aquel panteón había alguien, o algo, paseándose con una vela. La oscuridad dentro de ese monumento funerario era total, salvo por la trémula llama de la vela. No podía distinguir figura alguna, pero veía perfectamente la pequeña luz desplazarse de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Quedé estupefacto contemplando aquello. El cementerio estaba cerrado, y allí no vivía un sepulturero ni ningún otro empleado, lo sé porque anteriormente había estado allí en horario de visita para inspeccionar la zona y para mirar lápidas, (¿a quién no le gusta pasearse por las calles de un cementerio y disfrutar con esas brevísimas y bellas historias que son los epitafios?)

¿Quién, o qué, había allí dentro? Lo primero que pensé, por supuesto, es que se trataba de algún ingenio mecánico que hacía moverse una vela con fines ornamentales, pero no, no era eso. Me quedé un buen rato, a pesar de mi inquietud --¿inquietud?, bah, reconoceré que era miedo--, para cronometrar el tiempo que la luz tardaba en cruzar la puerta acristalada y con qué frecuencia lo hacía, por si podía desprenderse de esa observación alguna pauta. Me fue imposible. Unas veces cruzaba la puerta en uno o dos segundos, otras veces mucho más deprisa. Podía aparecer cuatro, cinco, diez veces en un minuto, o desaparecer durante minutos enteros. ¿Qué estaba ocurriendo dentro de ese mausoleo?

Hay sinvergüenzas que viven del misterio, y tienen la desfachatez de decir que "los enigmas no deben ser desvelados". Podría haber seguido esa malintencionada orden y terminar aquí la entrada sin tener nada más que contarles de este asunto. Voy a terminar, en efecto, esta entrada, pero tengo más que contar en la siguiente, porque yo quise desvelar el enigma, ¿y saben una cosa?, fue muy fácil.

martes, 4 de diciembre de 2007

Cositas cuarteleras. (Contadas por mi gato Gusifluky)




Hoy, festividad de Santa Bárbara, patrona de los artilleros españoles, mi papá me ha llevado al cuartel donde trabaja para que yo pudiera ver un desfile militar por primera vez en mi vida.

Francamente, ha sido una mierda. Muchas trompetas, tutitún titán tintín, y muchos señores serios cargados de medallas. Tantas medallas llevaban algunos que iban encorvados por la edad y por el peso de toda esa chatarra. A mí me daban ganas de decirle a algunos que a esa edad no se debe cargar peso, pero por otra parte, ¿cómo convences a unos ancianos que aún juegan a soldaditos? También había muchos tambores, pon pon pon porompón, y un tío llevaba dos tapacubos que no dejaba de entrechocar, tachín tachín tachán, chunda chunda, tachín tachín tachán. También había un nota, que yo no sé cómo pagan a ese vago, que lo único que ha hecho es golpear un trasto, clin clin, piticlín, y ya está. Pero sobre todo había muchos airgamboys con escopetas, y algunas airgamboyas pequeñitas, también con escopetas más grandes que ellas. A veces unos airgamboys daban gritos como si estuvieran muy enfadados por algo, y cuando eso sucedía el resto de los airgamboys y las airgamboyas se movían todos a la vez. Y luego dice el hipócrita de mi papá que no sea borrego y no me comporte como si formara parte de un rebaño.

Cuando terminó todo el espectáculo del piticlín piticlán, chunda chunda, pon pon catapón, mi papá me ha dicho que teníamos que asistir a un vino. Allí se ha brindado por el primer soldado de España, y por un momento he pensado que se trataba de mi padre, porque se ha puesto muy rojo y con cara de circunstancias, pero era porque estaba aguantando un eructo, eructo que ha soltado tras acabar el brindis y que ha sonado así: ¡Broooorrrrrrrp!

Al final ha resultado que ese famoso primer soldado de España es el Rey. A mí, la verdad, ese asunto del brindis me trae sin cuidado porque no me gusta el vino. Todo el mundo se ha puesto a comer como cerdos y yo me preguntaba de dónde sale el dinero para pagar esas comilonas. También me preguntaba por qué no estaban invitados los airgamboys y las airgamboyas con sus escopetas. Otra pregunta que me hacía es por qué aparecían allí señoras con la cara pintada cogidas del brazo de los vejestorios encorvados por la edad y las medallas. ¿De qué iba todo ese circo? ¿Dónde estaban los airgamboys? Me sentía muy incómodo en ese ambiente que no entendía, y para colmo tampoco estaban los señores de las trompetas, tatitún titín titotí, ni los de los tambores, pumba pon pompón, ni el de los tapacubos, chunda chunda chinchín. Por no estar no estaba ni el vago del chisme que hizo en todo el día: plin plin piticlín.

Menos mal que mi papá se bebió su copa de vino y me sacó pronto de allí. De vuelta a casa le hice muchas preguntas. Padre, esos señores llenos de medallas, ¿ganaron muchas batallas? Ninguna, me ha respondido mi papá. ¿Han estado en muchas guerras?, volví a preguntar. En ninguna, dijo mi padre. Entonces, ¿por qué esas medallas? Aquí es cuando a mi papá le ha dado una risa muy rara, una risa que me dio miedo, y he comprendido que era mejor no preguntar por la ausencia de los airgamboys, ni por la presencia de señoras pintarrajeadas, ni por mis amiguitos los músicos, chunda ponporompón, plin, plin, titutatá, tatá, tatí.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Marta


Marta no podía llamarse Marta, pero desconozco el nombre oficial que consta en su D.N.I. Marta no tenía un cuerpo bonito, pero sí tenía unos ojos verdes pícaros y una boca de miedo. Su sonrisa era tan encantadora que uno intentaba hacer reír constantemente a Marta para no perder la erección. Marta era peluquera. Marta era transexual.

Me caía muy bien Martita. Sólo estuve con ella unas horas durante una noche. Marta atraía demasiadas miradas de personas curiosas y poco discretas que notaban algo raro en ella, y a mí no me gusta nada ser observado, quizá porque tengo algo que esconder.

Con Marta aprendí mucho en un rato. Me contó cosas que nadie más me ha contado. Marta era más femenina que muchas de las otras mujeres que he conocido. Marta se atrevía a hablarme de su sexualidad sin tapujos. Me enseñó mucho, ya les digo. Y yo aprendí. Aprendí sin prejuicios y con verdaderas ganas de descubrir.

Después, ¿saben?, me porté mal con Marta, pero ésa es una historia de cobardía que hoy no contaré. Digamos solamente que no fui lo bastante hombre como para poner a prueba mi masculinidad. Yo me entiendo.

Marta, digan lo que digan los tontos inexperimentados de siempre, era una mujer. Era una mujer y muy mujer. Muchas harían bien en aprender de ella, para saber cómo se conquista a un hombre y cómo se le pone cachondo.

Besar a Marta no fue ni mejor ni peor que besar a otras, sólo fue un beso más. Hoy cuento esto porque estoy harto de discutir con machitos que sólo se han tirado a una o dos mujeres en su vida y pretenden darme lecciones. Callaos y aprended, gilipollas. Cuando uno está tan seguro como yo de su hombría puede permitirse ciertas licencias, le joda a quien le joda.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Twitter, blogueros de nivel avanzado y rasmia femenina


Ahora veo la cuchilla de afeitar sobre mi escritorio. Estaba a punto de usarla para cortarme las venas cuando he decidido postergar esa tarea para escribir esto. ¿Dije postergar?, perdón, quise decir procastinear, o procastinar, o como cojones se diga eso.

El caso es que he descubierto que existe algo llamado blogueros de "nivel avanzado", y no sé muy bien lo que será tal cosa, pero estarán de acuerdo conmigo en que suena chuli. ¡Jopetas, yo quiero ser un bloguero de nivel avanzado!, le he comentado a mi gato. Gusifluky me ha mirado muy serio y ha dicho que no soy más gilipollas porque no me entreno. Tiene esas cosas, no es un gato que sepa consolar a las personas afligidas.


Sabrán ustedes lo que es Twitter
, y si no lo saben es porque no son blogueros de nivel avanzado, en cuyo caso, además de darme pena, no deberían seguir leyendo esto porque no se merecen que yo, el nuevo bloguero de nivel avanzado, escriba para ustedes. Ea, ea, chusma, fuera de mi blog chachipiruli de nivel avanzado. Yo, gracias a Marmota, me he enterado de qué va esto del Twitter, y a pesar de no verle el menor interés he decidido que también lo quiero en DCC, porque como dice un tal Sergio del Molino, es cosa de blogueros de nivel avanzado. En la columna de la derecha podrán ver mi Twitter a partir de hoy y hasta nueva orden. Espero que les guste.

Ya puestos, y hablando de Sergio del Molino, les contaré que es un periodista que dice cosas como "rasmia femenina" para hablar de las mujeres que escriben blogs, ¿a que mola? Joder, es que me dan ganas de ser mujer sólo para que digan de mí algo tan... tan así. También dice de una señora que es "una bloguera que antes que bloguera es madre (...)", lo cual me parece muy razonable, pero me quedo con la duda de si eso le impedirá ser una bloguera de nivel avanzado. Bueno, aquí pueden ver entero su artículo sobre la rasmia femenina en la blogosfera. Está muy bien, yo he leído un trozo. Debo reconocer que el amigo Sergio Del Molino al decir lo de nivel avanzado lo entrecomilla, así que cabe la posibilidad de que, después de todo, este tipo esté de coña.


miércoles, 28 de noviembre de 2007

Ha muerto Jaime Cámara


Casi ninguno de ustedes lo conoció, pero era, hasta la madrugada pasada, mi compañero y enlace en uno de los lugares en los que tengo que trabajar. Fue un buen compañero, y casi siempre nos despedíamos con un abrazo. Los militares, vistiendo el uniforme, no debemos abrazarnos. Es una falta de decoro, dicen, pero casi siempre le tendía los brazos al acabar el trabajo que temporalmente nos unía. Era una broma entre nosotros. Era uno de esos abrazos que se dan más por provocar que por otra cosa. Jaime nunca rechazó mi abrazo. Es más, se entregaba efusivamente a él.

No era mi amigo. Jamás compartimos nada que no fueran unas charlas insustanciales en la cantina y unas horas de trabajo juntos, pero es porque no tuvimos oportunidad de nada más. Jaime tenía 28 años, creo. No conozco a su familia, salvo a su esposa... su viuda, ahora es su viuda, aunque haya algo impropio en llamar así a una muchacha de vientitantos. Ella también es compañera, pero casi no la he tratado. Jaime no era mi amigo según lo que yo entiendo por un amigo, ya les digo que no tuvimos oportunidad de serlo, pero era muy agradable llegar al campo de camarinas y verlo, sabiendo que estaba en sus manos la descarga del material bélico que le llevaba.

La última vez que lo vi, hace unos meses, los dos estábamos muy ocupados. Fue durante un ejercicio de artillería, nos cruzamos, nos saludamos, y seguimos nuestros caminos, él pendiente de posibles fallos en los cañones y yo pendiente de lo mío. Unos días más tarde Jaime tuvo un accidente con su moto del que quedó en coma hasta hace unas horas. No fui a visitarlo al hospital en el que vegetaba. Tampoco lo lamento. Jaime, en verdad, ya había muerto.

Tatiana Argüello, una de las pocas mujeres militares dignas que he conocido, se llevaba bien con él, aunque apenas se conocían. Ahora ella está en otro lugar, haciendo otras cosas, y no sé si debería llamarla para darle la noticia o dejar que siga sin conocerla. Eso es lo único que ahora me preocupa.

Hace unas horas que Jaime ha muerto. A ustedes no les importa, pero a mí sí.

martes, 27 de noviembre de 2007

Epílogo excepcional al tratado puteril


Ella tiene veinte años y los ojos muy grandes. Lo mencionó, como si yo no me diera cuenta, en una de las últimas veces que nos hemos visto, y les prometo que es cierto.

La vamos a llamar Nuria, como podríamos llamarla María, Aurora o Petra. En realidad no conozco su nombre, y si lo conozco lo he olvidado. Siempre me dirijo a ella por el apellido, que es lo que veo en su uniforme. Ella ni tan siquiera me puede llamar por el apellido, y usa para dirigirse a mí la fórmula profesional que le enseñaron, que le enseñamos, que Turi le enseñó. A Turi dediqué una entrada en esta bitácora, pero tuve que borrarla por esas cosas de la vida.

A Nuria la veo cada cierto tiempo. Me siento unido a ella por el simple hecho de que Turi fuera su instructor. Me gusta verla, porque como ella dice, tiene veinte años y los ojos muy grandes. A Nuria también le gusta verme, porque, supongo, soy un enlace con otros lugares y con tiempos mejores.

Nuria está apunto de ser expulsada del Ejército, ¿saben? La verdad es que Nuria no es una buena Soldado, seamos sinceros. Es rebelde y contestona, indisciplinada e impredecible. Exactamente como tantos otros Soldados. Pero ella es mujer, y no es una golfa que se baja las bragas, literalmente, ante el superior jerárquico. Así que lo tiene chungo.

Nuria está sola en el mundo. No tiene padres ni otros parientes cercanos, sólo veinte años y los ojos muy grandes.

Nuria es militar durante el día, pizzera por las noches y camarera los fines de semana. Tiene veinte años, los ojos muy grandes y, antes se me olvidó decirlo, también tiene un novio que merece siete tiros al amanecer. Con tres trabajos y casi no le llega para mantener el alquiler, la letra del coche y al holgazán de su novio.

Me decía todo esto hace unos días. Llego adonde ella está, me sonríe con una de esas sonrisas que se saben francas y sin trampa, y me pregunta qué tengo que contarle, pero ella y yo sabemos que no le interesa mi vida y que sólo es una cortesía antes de empezar ella a contarme la suya. Me gusta escucharla, quizá porque tiene veinte años y los ojos muy grandes.

Nuria se quejaba porque tras varios arrestos por llegar tarde al cuartel la echaban del ejército. Se lamentaba de eso y se lamentaba de su trabajo en Telepizza y se lamentaba de su otro trabajo como camarera. Se lamentaba de todo pero sonriendo como sólo las personas valientes pueden hacer. Indiscreto de mí que le pregunté por qué no colaboraba más su novio. Nuria, con sus veinte años y sus ojos grandes, agachó la cabeza, y cuando volvió a levantarla me dijo con firmeza:

--¿Sabe una cosa, mi Primero? No tengo que aguantar esto, ¡que yo tengo veinte años y los ojos muy grandes!

No sé qué será de sus años venideros ni lo que Nuria hará con sus grandes ojos, pero sé qué fue de los veinte años y de los ojos grandes que tuvo, y debo reconocer que sí, que hay excepciones... y que alguna vez no todas las mujeres fueron putas.

Tratado puteril. Capítulo seis. Protéjase del puterío


En DCC creemos que el puterío, puesto que es consustancial a la mujer, y por lo tanto a la humanidad, no puede ser erradicado si no es con la extinción de la especie. La idea de extinguirnos nos parece harto recomendable, pero no la vemos factible a corto plazo. En cambio podemos adoptar unas medidas dirigidas a atenuar las perniciosas consecuencias del puterío.

Para empezar debemos entender que sólo mediante la unión de todos los hombres podremos lograr avances significativos. Actuando todos a una, con perseverancia y firmeza, conseguiremos que la mujer sea más humilde y menos puta. Habrá disidentes, traidores viles... que deberán ser pasados a cuchillo. Proponemos unas sencillas medidas que han de ser aplicadas sin tibieza ni mano temblorosa a cuanta mujer tengamos cerca. Recordarán que en el capítulo dos de este tratado se habló del efecto Diosa, el cual consiste en la antinatural creencia por parte de la mujer de ser superior al hombre. Saquémoslas de su error, buscando siempre la igualdad y, de vez en cuando, dándoles algún que otro disgusto que les sirva de escarmiento y les recuerde su condición de humildes mortales:

1) Nunca diremos a una mujer que es guapa, ni siquiera levemente atractiva, pero siendo caballerosos tampoco mencionaremos detalles de mal gusto como, por ejemplo, que tiene más bigote que una gamba. Podemos conseguir el equilibrio con la técnica que en DCC llamamos "de la buena amiga", por haberla observado en las propias mujeres cuando se tratan entre ellas. Consiste en emplear inocentes comentarios en apariencia, pero que son interpretados por las mujeres como verdaderas puñaladas. Unos ejemplos: "Oh, cariño, cuánto tiempo sin verte. Qué bien se te ve y qué sanota, parece que has cogido unos kilitos, eh". "Ay, cielo, no sabía que estabas embarazada. Con ese barrigón serán gemelos por lo menos, ¿no? Estarás ilusionadísima". "¿Te has lesionado? Te lo pregunto porque como cojeas..." "Qué envidia me da verte tan joven... si pareces una adolescente, con tantos granos y todo". "Qué buena persona eres. Se nota que llevas la belleza por dentro". En fin, cositas así. Se trata de usar la imaginación y de sacar nuestro lado femenino.

2) Nada de regalos. En las salidas con una mujer se pagará todo escrupulosamente a medias, e incluso en los restaurantes le pasaremos la cuenta a la mujer, más que nada para ver la cara que se le queda.

3) Cuando hable con una mujer manténgale la mirada. No sucumba a la tentación de mirarle las tetas, pues éstas ejercen un poder hipnótico en los hombres que daría al traste con nuestras intenciones. Aproveche las ocasiones en las que hable con una mujer para alabar las virtudes de otras. Actúe así con todas, de modo que cada una de ellas se sienta inferior a las demás.

4) Cuando vaya por la calle y se encuentre de frente con una tipa de buen ver mírela descaradamente de arriba abajo con gesto de divertida sorpresa, como si viera algo inauditamente ridículo, y suelte una pequeña carcajada al cruzarse con ella. El resultado es mano de santo para minar la confianza de la mujer más engreída.

5) Si usted tiene uno de esos coches de lujo que tantas bragas mojan aprovéchese y no permita abusos. No sea calzonazos ni acabe convertido en el taxista gratuito de una pelandusca. Actúe, en cambio, así: admita en su vehículo a cuanta zorrilla se le ponga a tiro, llévesela a un lugar solitario y alejado de cualquier posibilidad de auxilio, fóllesela por las buenas o por las malas, después abandónela, desnuda y sin un céntimo. Mejor si está lloviendo y hace un frío del carajo. Tampoco estaría de más que antes de abandonarla a su suerte le dé usted una buena paliza, por puta. Tras una experiencia así ella valorará más a su novio fiel y humilde, o se morirá de frío. Tanto en un caso como en otro, los hombres ganamos. (Consejo: use placas de matrícula falsas para la ocasión).

Ya sólo nos queda añadir que, si ha tenido la santa paciencia de tragarse todo este tratado puteril, ha ganado una tostadora y dos entradas para un concierto de mi prima rebuznando. Desde DCC le damos las gracias.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Tratado puteril. Capítulo cinco. Profesión frente a vocación, ¿competencia desleal en el puterío?

El puterío ha derivado en múltiples formas y estilos. Existe desde el puterío ligero de la adolescente que le come la boca al macarrilla de su barrio a cambio de una vuelta en la moto, hasta el puterío de altos vuelos como el que en su día llevó a cabo Anna Nicole Smith. Era inevitable que antes o después, más bien antes que después, apareciera el puterío como profesión. Hablemos un poco de él:

El puterío profesional consiste en que una mujer se abra de piernas y se deje follar por un perfecto desconocido a cambio de un precio modesto previamente establecido y durante un tiempo limitado. Para que se hagan una idea podemos decir que, aproximadamente, la tarifa viene a ser de unos 60 € por hora en un prostíbulo medio. También hay putas profesionales callejeras con las que se puede regatear y suelen ser mucho más baratas, aunque el cliente ha de aportar la cama o, más habitualmente, el vehículo. Las putas profesionales de la calle no ofrecen garantías de salubridad y en DCC no las recomendamos en absoluto. También hay otro tipo de puta profesional que trabaja a domicilio. Este servicio es muy cómodo pero arriesgado, porque el cliente encarga el trabajo por teléfono y no sabe si llegará a su casa una bella muchacha o una anciana gonorreica. Confiamos en que los nuevos servicios de telefonía con imagen contribuyan a mejorar el mercado y eviten las estafas al consumidor. Apuntaremos también, como curiosidad, que cada vez es más difícil encontrar una puta profesional ibérica. Las negrazas africanas, las indias colombianas y ecuatorianas, y las irreales rubias del Este de Europa han saturado el mercado, expulsando sin piedad a la profesional española, que ahora se ve obligada a fregar escaleras o a ingresar en el ejército. Si usted quiere aprender algo sobre culturas extranjeras y no puede permitirse viajar, desde DCC le recomendamos que se vaya de putas.

Las putas profesionales no son casi nunca mujeres espectacularmente bellas, y las que lo son duran poco en la profesión porque siempre aparece alguien que las retira mediante el matrimonio. Estas señoritas profesionales son, a su retorcida manera, honestas. Al menos no quieren ocultarnos que buscan el dinero y no el amor. Es por eso que merecen nuestra simpatía, pero sin olvidar que no dejan de ser putas. Existe toda una leyenda acerca de esclavitud sexual que en DCC negamos rotundamente en lo que a España se refiere, y sobre este asunto no nos extenderemos, pero para el lector curioso recomendamos la lectura de Esas Señoritas, de un tal Leónidas Kowalski.

Las otras putas, las meramente vocacionales que no se han profesionalizado, o sea, todas las demás mujeres, son bastante más difíciles de tratar. Con estas nunca sabemos de antemano la tarifa que cobran, llevándonos con frecuencia desagradables sorpresas a la hora de abonar la factura. No es extraño encontrar en nuestra sociedad casos de hombres arruinados porque no supieron prever la minuta que se les echaba encima. Se trata de pobres infelices que se han quedado sin casa, sin hijos, sin pareja, y sin un duro en el bolsillo. Para colmo de males, no podrán emparejarse nunca más porque como ya se ha explicado, al carecer de dinero, no pueden interesar a dama alguna, salvo a ciertos ejemplares de señoras de provecta edad, feas, gordas y poco limpias.

¿Existe una competencia entre las putas profesionales y las putas vocacionales? Sinceramente creemos que no. Trabajan artículos diferentes en circunstancias bien distintas. Las primeras se encargan de satisfacer un deseo sexual puramente animal por un rato, las segundas trabajan con otros deseos más duraderos y profundos, como el amor de los hombres y su necesidad de compañía y atención. Por otra parte, en innumerables casos son indistinguibles las unas de las otras, o cambian su papel de un tipo de puterío al otro con tal rapidez que se hace imposible determinar a qué clase de puterío pertenecen. Esto hace que sea muy confuso catalogar adecuadamente a las putas, pero sí hemos observado que la sociedad en general desprecia a las putas que ganan poco dinero y en cambio presenta como digno ejemplo a las putas que se hacen multimillonarias ofreciendo el coño. Nos damos cuenta de que la sociedad materialista en la que estamos inmersos al final lo que valora es la pasta, sin importar por qué medios ha sido obtenida. En el capítulo anterior se expusieron unos ejemplos de furcias bellas unidas a deportistas o empresarios, pero ocurre lo mismo cuando se trata de gangsters, traficantes o ladrones. Lo que importa es la cantidad de dinero que haya en juego, y nunca su procedencia.

Al final todas lo mismo. Currantes de burdel, modelos de pasarela, bailarinas de barra americana, famosas de revista, soldados de tetas con medallas, camareras de sonrisa por cubata, niñas de minifalda y pintalabios, señoras con abrigo de visón... todas igualmente putas son. Ya lo decía el gran Quevedo con su Poderoso Caballero es Don Dinero, y nosotros nos vamos a permitir esta breve paráfrasis:

Fuerte dama es Doña Pasta,

que hace puta a la más casta.

(PRÓXIMO CAPÍTULO, Y FINAL: Protéjase del puterío).


sábado, 24 de noviembre de 2007

Tratado puteril. Capítulo cuatro. El cornudo consentido y el puterío, ¿indignidad o pragmatismo?


En este proceloso mundo puteril hay una figura masculina que influye notablemente, más que por su acción por su omisión. Con su inactividad y conformismo da consentimiento tácito al puterío. Nos referimos al cornudo consentido, ese señor que ve cómo la mujer amada se le va detrás de alguien con más dinero que él y se queda tan fresco.

Algún lector puede pensar que su caso no es ése, que él jamás toleraría tal cosa. Ese mismo lector, casi seguro, es gilipollas además de cornudo. Ya hemos aclarado en capítulos anteriores que todas las mujeres son más o menos putas, y mal que nos pese debemos ser humildes y aceptar que por la misma razón todos los hombres somos unos cornudos, o cuando menos, unos cornudos potenciales. Volverá otra vez a negarlo el lector de antes, u otro cualquiera, argumentando que a él jamás le han puesto los cuernos, y que si se los pusieran no se lo tomaría nada bien. Dirémosle a este tonto lector dos cosas: la primera, que no esté tan seguro de la ausencia de sus cuernos; la segunda, que nos gustaría fiarnos de su palabra en cuanto a su actitud rebelde ante la posibilidad de ser cornificado, pero que sus actos le quitan la razón. Expliquemos esto más detenidamente:

Imagine que tiene usted una bola de cristal que funciona de verdad y puede adivinar el futuro sin duda alguna. Imagine que la bola le dice que un tal Alberto Sinosiaín va a matar a puñaladas a su hijo, y además le da la dirección de ese asesino futuro. Usted, ni corto ni perezoso se dirige al domicilio de ese tipo. Llama a su puerta. Y entonces, cuando Sinosiaín abre, usted se lanza sobre él y... lo abraza, le da palmaditas en la espalda, le pide un autógrafo, se hace fotos junto a él, y lo anima a seguir por ese camino diciéndole, además, que es un tío grande y que es su ídolo. Pues eso, exactamente eso, es lo que hace usted todos los días con los millonarios que si no se están follando a su mujer es simplemente porque es demasiado fea para ellos o porque no la conocen. Pero usted siga aplaudiéndoles, so gilipollas. So cornudo. ¿Es que no se da cuenta, pedazo de carne con ojos, que todos esos futbolistas, o banqueros, o políticos corruptos, o tantos otros a los que usted adora, se le estarían percutiendo a la perica si quisieran? ¿Cómo que les ríe las gracias y sin embargo se hace el digno contándome que su mujer es suya y sólo suya? Usted lo que es, es un tío mierda al que le debe de poner cachondo la posibilidad de que otro hombre le pise a su hembra, pero le da vergüenza reconocerlo.

A veces, cada vez menos, DCC se mezcla con el mundo. Entramos a bares y sitios así, y vemos a un grupo de mediohombres hablando con admiración de, casi siempre, futbolistas. Últimamente también se estilan mucho los vítores sobre un chófer de Fórmula Uno. Lo que vemos es a los machos débiles de una manada jaleando al macho alfa. Y nos da mucha pena. Y mucho asco. Nos gustaría que las personas fueran algo más complejas, algo menos animales y algo más personas. Nos gustaría que ellas no fueran tan putas y que ellos fueran más dignos, pero la Naturaleza manda, y en DCC la aceptamos, no nos queda otra opción.

Hay hombres que se consideran interesantes, o divertidos, o inteligentes, o guapos. Creen que eso les facilita el emparejarse, y no negaremos que es cierto, siempre y cuando estén dispuestos a emparejarse con las sobras que los millonarios les dejan. Ni siquiera queda el consuelo de ser el amante secreto de la furcia de un millonario, porque si a algo son fieles las mujeres es al dinero. Acéptelo, hombre, es usted un cornudo en potencia, si no lo es de facto. Y cada vez que aplaude el gol de uno de sus queridos futbolistas, además de cornudo, es usted un astado consentido.

Llegamos ahora al meollo de la cuestión: ¿esta actitud permisiva es indigna o pragmática? En DCC somos de la opinón de que los cuernos consentidos, aun siendo potenciales y no efectivos, constituyen una bajeza, pero admitimos que la posición más cómoda y saludable es la de aceptar el hecho, evitar pensar en ello y seguir dándole palmaditas en la espalda al millonario que nos puede quitar a la mujer con sólo chasquear los dedos. Cabe la posibilidad de que a fuerza de abyecto servilismo el ricachón se apiade de nosotros, nos tenga mucha pena y no se folle a nuestra mujer. Nos parece una posibilidad remota, pero posible al fin y al cabo.

La actitud de rebeldía, si bien es la que mantenemos en DCC (con absoluta inutilidad, por cierto), no nos parece recomendable, pues hemos comprobado directamente que conduce a sufrir ciertas patologías como: misoginia, depresión, frustración crónica, y SEHCT (síndrome de estar hasta los cojones de todo). Abogamos, más bien, por la humilde aceptación de la realidad, por el pragmatismo más descarnado y por el a joderse tocan. Lo que no podemos tolerar es que ustedes, además de ser cornudos consentidos, se hagan los dignos. Ya que han perdido la dignidad, sean al menos capaces de mantener la virtud de la sinceridad y reconozcan que la vida es más fácil siendo un mierdecilla que adula al poderoso. Admitan, caballeros, que ponen gustosamente a sus señoras a disposición del rico, y que también le pondrán a sus hijas en cuanto estén en edad. No pasa nada, señores, admitan eso como DCC admite que la vida de ustedes es mucho más feliz que la nuestra.




(PRÓXIMO CAPÍTULO: Profesión frente a vocación, ¿competencia desleal en el puterío?)

viernes, 23 de noviembre de 2007

Tratado puteril. Capítulo tres. Relación entre belleza y puterío


En este capítulo queremos explicar que el intrínseco puterío en la mujer tiene intensidad variable y el porqué de este hecho. Se conoce que no todas las mujeres son igual de putas, habiéndolas un poco putas, bastante putas, y putísimas redomadas. Así mismo no se pretende negar la existencia de raros ejemplares de mujer que, acaso por mutaciones genéticas, carecen totalmente de puterío, entre las cuales, sin duda alguna, se encuentran todas las lectoras de esta bitácora. Claro que sí. Desde luego que sería una increíble coincidencia, pero aún así nos la vamos a creer. En DCC somos la rehostia de magnánimos.


No es nuestra pretensión establecer verdades incontestables, pero entendemos que más de treinta años de sistemática observación del sexo femenino nos facultan para opinar con moderada autoridad. De estas observaciones se ha desprendido que hay una evidente relación proporcional entre belleza y puterío. Podemos sostener el axioma "cuanto más guapa, más puta" sin temer equivocarnos. La inteligencia, por contra, no parece guardar relación con el puterío, pudiendo encontrarse tontas muy putas y putas muy listas por igual.


Es un error muy común creer que la continencia del puterío obedece a causas morales y a la decencia. Pensar esto es como creer que la gente de sólidos valores morales no necesita comer. El que no come es porque no puede, sencillamente. De igual modo, la que no es puta es porque no la dejan. Hay mujeres más feas que pegarle a un padre y que a pesar de ello se empeñan con insufrible contumacia en argumentar contra mi tesis diciendo disparates como este: "Pues yo, cuando era joven, fui Miss Villacascajo de Abajo y, ya ves, me casé por amor con un muerto de hambre". Ante tales afirmaciones este humilde tratadista, que sobre todo es un caballero, opta por guardar silencio. Hoy, sin embargo, en honor a la verdad, debemos dejar a un lado la cortesía y hablar alto y claro: Señora, Usted, tanto antes como hoy, tiene toda la cara de Silvester Stallone jiñando cuando está estreñido, así que déjese de fantasías. Usted fue Miss Villacascajo de Abajo porque era la única mujer de esa aldea, y aún así tuvo que follarse a los doce miembros del jurado para que no le dieran la corona al travesti de un pueblo vecino. Coño ya con tanta fanfarronada.


La mujer bella, la chorvi guapísima, la tía buenorra de verdad, putea todo lo que puede. La expresión "no eres más puta porque no puedes" tiene un sentido más literal de lo que mucha gente cree.


Llegados a este punto, oportuno será hacer un inciso para desmentir uno de los grandes mitos de nuestra sociedad. La belleza es relativa, dicen. Ja, ja y ja, respondemos desde DCC. La belleza (y nos referimos, por supuesto, a la belleza física) es reconocible por todo el mundo cuando se tiene delante. Lo cierto es que hay mujeres hermosas cuya belleza nadie discute, y mujeres horripilantes que asustan hasta a los demonios. Entre unas y otras, eso sí, se encuentran la mayoría, y aquí admitimos que serán los particulares gustos de cada hombre los que tendrán la última palabra. Lo que está claro es que son las de belleza indiscutible las triunfadoras que alcanzan el objetivo y se casan con el multimillonario, las demás se reparten las migajas y se entretienen estudiando manuales feministas. (Existe una idea parecida a la anterior, según la cual ninguna es fea por donde mea, pero sobre esta última suposición no nos vamos a pronunciar).


Para terminar este capítulo nada mejor que ilustrar lo dicho con ejemplos gráficos, y luego digan que esas putas bellísimas se emparejan por amor. Amos, no me jodan:





Una putilla monísima con un tipo feo, pero millonario. Se trata de la modelo Elin Nordegran y del golfista (que practica el golf, no que se casó con una golfa, aunque también) Tiger Woods, quien según la revista Forbes fue el deportista mejor pagado de todos los tiempos con unos ingresos de 87 millones de dólares.





Un tipo con cara de sátiro casándose con una rubiaca buenorra. Son el futbolista Iván Zamorano y la modelo No Sé Qué Alberó.





Preciosidad liada con un saco de dientes. Hablamos esta vez de la modelo Cicarelli y del jugador de fútbol Ronaldo.



Una putilla sonriente y un pez con corbata. El de la cara de pez es el empresario Álex Corrías, la otra fue su esposa y se llama Inés Sastre.



Aquí vemos una fregona junto a una furcia espectacular. Se trata, cómo no, de otro futbolista, llamado Karembeu en esta ocasión, y la otra es una tal Adriana.



(PRÓXIMO CAPÍTULO: El cornudo consentido y el puterío, ¿indignidad o pragmatismo?)

jueves, 22 de noviembre de 2007

Tratado puteril. Capítulo dos. Las edades del puterío


Para seguir estudiando el puterío no estará de más exponer cómo y cuándo aparece, su desarrollo y las consecuencias que conlleva durante su evolución tanto para las mujeres como para los hombres.

En el capítulo anterior ya se respondió indirectamente a la cuestión de si la puta nace o se hace. Quedó patente que la puta es innata. Veamos ahora cómo se desarrolla:

Es a partir de la menarquia y del afloramiento de las tetas cuando aparecen los primeros signos de puterío. Ocurre alrededor de los doce años, aunque hay ligeras variaciones según la situación geográfica que parecen estar relacionadas con la cantidad de horas de luz solar. Para el hombre no avezado estos signos de inicial puterío pueden resultar entrañablemente simpáticos, y no es raro que haya padres insensatos que alientan en sus hijas la conducta puteril, grave error educativo por el que después pagarán otros. Las adolescentes adquieren conciencia del poder que sus incipientes tetitas ejercen en los hombres y se aprovechan de ello volviéndose caprichosas, manipuladoras y coquetas -¡qué me dices!, ¡aprendices de meretrices!-. Desde esa edad y hasta los veinte años aproximadamente ensayan técnicas de seducción y visten ropajes que no dejen lugar a dudas sobre su condición femenina, algunas incluso usan sujetadores con relleno postizo. La culpa, ya se sabe, es de los padres, que las visten como putas. También se maquillan como payasos a pesar de tener unas caritas perfectas y además de provocar alguna calentura por mostrar más carne de la debida provocan vergüenza ajena. En DCC somos firmes defensores de la paz y aborrecemos cualquier forma de violencia, pero consideramos que por el bien de la humanidad habría que ahogar a ciertos padres en ácido sulfúrico. Durante esta etapa de las jóvenes putillas es cuando experimentan con el sexo haciéndole pajillas al macarra del barrio y más adelante follándoselo vivo. Esto es, quizá, la única buena obra que hacen en sus vidas, pues está bien que el pobre muchacho tenga la oportunidad de descargar los huevos antes de ingresar en prisión. Sin embargo, manifestamos ciertas reservas en cuanto al altruismo de esos puteriles actos, y creemos más bien que ellas lo hacen como entrenamiento para el día en que cumplan su sueño, el cual a esa edad ya consiste en casarse con un hombre rico. Viven estos años enamoradas de presentadores de televisión homosexuales, de cantantes cocainómanos o de actores alcohólicos. Asisten, con sus mejores ropas de putones verbeneros, a conciertos en los que se matan entre ellas por acercarse al escenario con la esperanza de que el vocalista drogata de un grupo rockero o el cantante amariconado de moda se fije en ellas. Muchas son las que tras una actuación se han quedado preñadas de su ídolo y no le han vuelto a ver el pelo salvo por la tele. Después le cuentan a sus padres que el culpable es el Yosua (otro macarrilla de barrio, pero cuyo padre tiene una tienda de ultramarinos y así al menos el bebé podrá comer), por lo que Yosua y la putilla se casan de forma precipitada y el bastardo crecerá sin saber que su verdadero padre no es el Yosua, sino un artista de mierda que murió por sobredosis poco después de engendrarlo. Esta situación, debemos reconocerlo, nos provoca en DCC una malsana satisfacción y un poco de risa. Las putillas, durante la adolescencia, son muy calientapollas pero casi inofensivas. Salvo para el tontarra del Yosua, claro.

Entre los veinte y los treinta años alcanzan las mujeres su plena madurez puteril. Cuidado con ellas. Ya han refinado sus técnicas manipuladoras y en algún momento pasado olvidaron los escrúpulos, junto con las bragas, en el asiento trasero de un coche. Todas a esta edad tienen el mismo objetivo: casarse con un hombre guapo, fuerte, sano, responsable, fiel y rico; o en su defecto casarse con un hombre rico sin más. La mayoría, como cabía esperar, sucumbe ante la despiadada competencia y acaba casándose con cualquier pelagatos: ya dijimos en el capítulo anterior que hombres millonarios hay pocos; mujeres guapas, muchas. Durante esta etapa de su vida dejan de recordar que son humanas y van de diosas por la vida. A mayor belleza mayor es el endiosamiento (en otro capítulo se darán unas recomendaciones para evitar en lo posible el efecto Diosa). Dado que se creen diosas tratan a los hombres como a seres inferiores, salvo a los hombres ricos, ante los cuales se comportan como siervas. Una vez más, en DCC clamamos por la paz y el diálogo, pero con la sospecha de que dos buenas hostias a tiempo bajarían a muchas diosas de su altar.

Aquellas que llegan a los treinta años solteras se sienten acomplejadas y fracasadas. Cuanto más se acercan a los cuarenta más se les envenena el alma y con más desesperación buscan un marido adinerado (observen que ya no digo millonario). Usualmente han tenido que trabajar y son conscientes de la urgencia de encontrar un marido que las mantenga y las libere de la esclavitud de horarios y jefes, y ya de paso les garantice el alimento a ella y a sus retoños. Sabedoras de que se les acaba el tiempo ya no aspiran al ricachón que no consiguieron cuando aún tenían las tetas prietas e ingrávidas, así que ahora les vale cualquiera, preferiblemente con empleo fijo y razonablemente remunerado. Suelen follar bien y ser poco exigentes en lujos, pero muy infieles porque están en una época de búsqueda y comparación frenéticas.

Pasados los cuarenta años son excelentes amantes (gallina vieja hace buen caldo). Se vuelven humildes, aunque no mucho. Las que aún son solteras son horrorosas, o bien es que nadie las quiere de tan indisimuladamente putas como han demostrado ser en sus años anteriores. Saben que están a punto de ser expulsadas del mercado por las pujantes veinteañeras buenorras y esto las lleva a rebajar mucho su caché, llegando a darse de baratillo al primer postor que por allí pase. Son cosas de la ley de la oferta y la demanda, que puede ser casi tan puta como las propias mujeres. En cuanto a las cuarentonas casadas sólo apuntaremos que son siempre infieles de pensamiento y ocasionalmente de obra. También las hay chateadoras impenitentes quemando sus últimos cartuchos, por si acaso el millonario tan ansiado se esconde bajo un alias como, por ejemplo, Millonety_Soltero_Guapete.

De los cincuenta en adelante ya ni merece la pena hablar de ellas como mujeres, porque son más bien abuelas, y las abuelas, al igual que los ángeles, son seres asexuados.


(PRÓXIMO CAPÍTULO: Relación entre belleza y puterío).

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Tratado puteril. Capítulo uno. El puterío como condición natural de la mujer


Está bien, admitámoslo ya de una vez. Las mujeres son unas rameras debido a cuestiones puramente evolutivas. En su manera de proceder no hay perversión alguna, tan sólo el fiel seguimiento de un dictado natural contra el que poco podemos hacer, salvo conocerlo, comprenderlo, y evitarnos daños innecesarios pretendiendo el imposible de actuar contra natura.

Para entender a qué se debe esta característica debemos empezar hablando del humano neonato. El bebé es un ser débil, frágil, y totalmente dependiente de la madre durante bastantes años. Incapaz de alimentarse y protegerse solo, necesita de los cuidados maternos a tiempo completo. La madre, a su vez, queda durante esos años incapacitada para trabajar o cazar. De ahí la importancia de unirse con cierta fidelidad a un hombre protector. Esta fidelidad es relativa, pues bastará que otro hombre más protector se interese por ella para que cambie de pareja.

Ahora bien, ¿qué entendemos por un hombre protector? Un hombre protector, originalmente, era un macho fuerte y sano, buen cazador y responsable. Era un tipo que salía de casa al amanecer y a la hora de la cena estaba de vuelta con un mamut al hombro, sin entretenerse tomando cervezas con los amigotes. Hoy en día esto ha cambiado ligeramente, y ahora el macho protector ideal es aquel que tiene mucho dinero, con el que puede pagar a otros para que cacen por él mamuts y lo que se tercie. Los instintos en la hembra humana siguen siendo básicamente los mismos, por eso se sienten atraídas por los machos fuertes, pero adaptándose a los tiempos saben que el macho protector de hoy es el de la cartera de piel de cocodrilo y Ferrari en el garaje. Él es quien mejor puede garantizar la alimentación, la seguridad y el abrigo, tanto de la madre como de los hijos.

Centenares de milenios de evolución dejan honda impronta, y siendo consecuentes no podemos ahora pedirle a las mujeres que guíen sus pasos por el amor tal como lo entendemos los hombres. Somos animales, y el idealismo es cosa de transtornados que sufren defectos mentales.

Algún hombre especialmente ingenuo podrá argumentar en contra de lo expuesto aduciendo que su mujer (esposa, querida, amiga íntima, manceba, concubina o lo que sea) lleva unida a él largos y felices años a pesar de ser pobre de solemnidad. Ya. Y probablemente ella sea más fea que un pie. Hay que entender que hombres millonarios hay pocos; mujeres guapas, muchas. Sólo las más aptas (entendiendo por aptas las más apetecibles sexualmente) alcanzan el objetivo de unirse al actual macho alfa, el de la cartera de piel de cocodrilo y Ferrari, recuerden. Si de veras es usted pobre puedo asegurarle que su pareja no es un bombón precisamente. Esto no quita, claro que no, que para usted sea la mujer más guapa del mundo. Lo que pretendo decir (con mucho tacto), es que, a lo mejor, los señores millonarios no comparten sus gustos en cuanto a belleza, lo que sería una suerte para usted, porque, desengáñese, si su mujer gustara a un millonario no sería su mujer. Tampoco es que los millonarios sean unos hombres malos y envidiosos que le quieren quitar las mujeres a los pobres, que habrá de todo, y además no les hace falta, porque ya se encargan ellas de buscarlos. Ahora, por favor, no desprecie usted a su mujer, hombre, que ella no tiene la culpa de ser así de fea y de puta. Lo de la fealdad es cuestión de gustos (hagamos como que nos creemos eso) y lo del puterío es, como ya dijimos, un rasgo evolutivo.

Si bien es cierto que la mujer lleva el puterío en los genes, no menos cierto es que podría luchar un poco contra su instinto. A fin de cuentas vivimos en una sociedad que para seguir existiendo nos exige refrenar ciertos impulsos, y creo yo que de igual manera que la inmensa mayoría de los hombres no violamos a cuanta fémina bella nos cruzamos por la calle, también ellas podrían poner de su parte y ser algo menos putas. De todos modos, en DCC nos mostramos comprensivos con la puteril condición femenina, y somos de la opinión, usando jerga jurídica, de que la mujer no es una puta culposa ni dolosa, en tanto en cuanto no la creemos consciente de su venalidad, ni engaña a nadie al seguir unas pautas que le han sido impuestas por la Madre Naturaleza, esa misma Madre que tantos hijos de puta ha parido.

Y sigo abogando en descargo de la mujer al insistir en que ella no es consciente de estar en venta. Ellas, realmente, creen en el amor. Lo que pasa es que su amor no es igual que el del hombre, lo que por otra parte constituye un argumento más en contra de la seudoteoría del Diseño Inteligente: ¿qué clase de Dios tarado crearía dos sexos complementarios que tienen tan diferente concepto del amor? Cuando la mujer se abre de piernas ante un millonario siempre se justificará explicando que está enamoradísima de él, y el caso es que ellas mismas se lo creen. Pregúntenles si se hubieran enamorado del mismo hombre en caso de que fuera pobre, y les responderán ofendidas que por supuestísimo que sí, sin embargo, pónganles delante a otro hombre más rico y ya verán qué pronto se desenamoran del primero para "enamorarse" del segundo, y una vez más estarán convencidas de lo genuino de su amor. Amor que en DCC no nos atrevemos a poner en duda, pero expresando nuestra convicción de que el objeto de ese amor no es hombre alguno, sino su cuenta bancaria.


(PRÓXIMO CAPÍTULO: Las edades del puterío).

domingo, 18 de noviembre de 2007

A solas con el cucho



Vivir a solas con un gato tiene su cosita. Es más divertido que vivir en total soledad, e infinitamente más cómodo que vivir con familia, con amigos, o con cualquier otro ser humano no catalogable. También tiene, no se crean, sus desventajas. Una de ellas es la absoluta falta de intimidad. Me explico:

Si uno vive, pongamos, con su tía abuela, puede decirle "tía abuela, no entre en mi cuarto sin llamar porque suelo estar masturbándome y se va a llevar usted un soponcio", y en siete de cada diez casos la tía abuela respetará nuestra intimidad. En otro de cada diez casos la tía abuela no hará caso porque es sorda, y en los dos casos restantes se lo tomará como una invitación, pues es sabido que el veinte por ciento de las tías abuelas son algo rijosas y cochinas. Pues bien, nuestra prudente advertencia, en el caso de los gatos, funciona en cero casos de cada diez. Los gatos no tienen el menor sentido de la intimidad. De hecho, fíjense en ellos cuando se ponen a cagar. Observen que el gato adopta para ese menester una actitud muy digna y hasta se diría que una pose interesante. Esto ocurre porque a ellos les gusta que los miren en todo momento, hagan lo que hagan. De igual modo, creen que a nosotros los humanos también nos gusta ser observados en cualquier circunstancia.

Y hablando de cagar, cuando uno vive a solas con un gato se acostumbra a hacer caca bajo la atenta mirada del félido. Los primeros días puede resultar incómodo, porque estás esperando que cualquier inoportuno ruido, de los muchos que en esas actividades surgen, sobresalte al animal y éste nos brinque encima y se nos zampe el salchichón. A las mujeres, obviamente, no puede ocurrirles dicho percance. Bueno, si eres
Amor, la de Gran Hermano, también te puede pasar. El caso es que después uno se acostumbra y ya no puede ir al baño si no es acompañado del gato. Con la confianza llegan las bromas, y los juegos. A mí me gusta esperar a que esté medio dormido en el lavabo y entonces hago fuerza abdominal para obtener un sonoro pedo amplificado por la maravillosa acústica del váter. Es muy gracioso ver al gato pegar un salto y mover las orejas en todas direcciones. Creo que a él también le parece divertido porque nunca se marcha.

A las personas solitarias que vivimos con un gato es fácil reconocernos por la calle. Tenemos las manos arañadas, y a veces también la cara. Nuestra ropa parece siempre de invierno porque va cubierta de pelos. A mí, sin ir más lejos, una vez quisieron apalearme unos fundamentalistas de
PETA, acusándome de matar animales para hacerme prendas de abrigo. Es que ellos se hacen mucho los chulitos con el tema de proteger a los animales, pero no viven con un gato.

Cuando vives con un gato aceptas que la propiedad privada ha quedado abolida en casa. Aunque no le guste mi comida, él tiene que probarla o no me dejará comer en paz. Mis libros son sus libros, y aunque raramente los lee tiene la necesidad de morder las portadas para dejarlos marcados con su particular ex libris. Los ceniceros son para el gato fuente inagotable de sorpresas, y todo cuanto encuentra en ellos le parece un juguete excelente. Mis calcetines no son mis calcetines; son sus paños para tapar el comedero. Bolígrafos, relojes, teléfonos, carteras, monedas, llaveros... todo son juguetes para Gusifluky.

Quien vive con un gato no tarda en descubrir que no vale el viejo truco empleado con lo niños, ese de dejar los objetos fuera de su alcance. No, el gato lo alcanza todo, antes o después. Los gatos saltan, saltan mucho y muy alto, trepan, se arrastran, se estiran y se encogen, y si se lo proponen pueden abrir grifos, neveras y armarios. Algunos aprenden a abrir puertas y a usar llaves. A mi gato le encontré una vez en un bolsillo un juego de ganzúas, una revista porno, dos caramelos mentolados y una lata de atún. Me pregunto para qué querría el atún.

Las personas que vivimos a solas con un gato solemos morir jóvenes, por infartos casi siempre. Imagine que son las tres de la madrugada, usted se levanta a buscar un pañuelo para secarse el sudor que le ha provocado una reciente pesadilla, y al abrir el cajón donde están los pañuelos se encuentra con un inesperado gato que le salta a la cara. Usted, obviamente, muere para siempre por un infarto fulminante. Lo peor de todo es que, como vivía a solas con el gato, nadie se entera de su muerte hasta pasados dos meses, cuando los vecinos ya están hartos del mal olor que sale de su casa. Entonces es cuando aparece usted en España Directo, y sus vecinos también, repitiendo el tópico de "era una personal muy normal y educada, aunque casi no lo conocía". Cuando el gato es interrogado sobre su posible implicación en la desgracia, suele responder: "Yo no sé nada. Una noche me despertó bruscamente mientras yo dormía en el cajón de los pañuelos, y tenía muy mala cara. Se conoce que quiso pedirme ayuda, pero ya era tarde".

Otro caso parecido, e igualmente habitual, es cuando... Vuelva a imaginar, hágame el favor. Son, esta vez, las cuatro y cuarto de la madrugada. Usted se despierta con la imperiosa necesidad de echar una meada, pero no enciende la luz porque está medio dormido y no recuerda dónde está el interruptor. Va por el pasillo tenebroso, donde precisamente se encuentra su gato sentado justo en la mitad y meditando sobre cosas profundas. El gato lo ve a usted perfectamente y piensa que usted también puede verlo a él, así que no se aparta. Usted pisa la cola del gato. El gato da un chillido de esos que despiertan a toda la comarca y parte de las comarcas colindantes. Usted, una vez más, se muere para siempre de modo irremediable. Luego viene todo el circo del caso anterior, pero con el infame añadido de que, además, se habrá meado usted encima mientras palmaba.

También se cuentan por millares los casos de las personas que fallecieron desangradas en el intento de bañar a sus gatos. Esto les ocurrió mayormente por desinformación. Si tiene usted un gato y quiere bañarlo, le recomiendo que lea "
Instrucciones para bañar un gato", de Leónidas Kowalski.

Las personas que vivimos con un gato en un piso alto tenemos una preocupación constante: las ventanas. Nuestras viviendas son húmedas y huelen a caca de gato porque tenemos miedo de ventilar la casa y que el gato salte por una ventana. Desgraciadamente en los gatos es habitual lo que se ha dado en llamar, parece que con cierto humor cínico,
el síndrome del gato paracaidista. La obsesión por mantener cerradas las ventanas puede llegar a ser verdaderamente mórbida, y a mí me ocurre que voy a casa de un amigo y le cierro las ventanas en pleno mes de Agosto. Supongo que ese detalle, unido al hecho de beberme todo el whisky de mi amigo, es la razón por la que no me ha invitado más.

Quienes vivimos a solas con un gato tenemos la costumbre de hablarle, y si no llevamos cuidado también acabamos hablando con las plantas, con los insectos y con los muebles. De hecho, muchos seres humanos que vivieron con un gato durante años terminaron sus días encerrados en hospitales psiquiátricos, que es el nombre políticamente correcto para denominar a lo que siempre se ha llamado manicomio. Por cierto, el siempre claro y directo
DRAE nos dice que la palabra manicomio viene de manía y de cuidar, y la explica concisamente como "hospital para locos", lo que demuestra que los señores académicos no son nada gilipollas y mantienen el cada vez más difícil arte de llamar al pan, pan, y al vino, vino.

Los gatos son elegantes, juguetones y limpios. Usted, suponiendo que haya vacunado debidamente a su gato,y salvo que sea una mujer embarazada, no tiene que temer nada de contagios. Una vez más tengo que mencionar la excepción que supone Amor, la de Gran Hermano: aunque la ciencia avanza que es una barbaridad me parece a mí que esta chica no se va a quedar embarazada jamás, por lo que ella no tiene que temer nada en absoluto de los gatos. Las demás mujeres corren
un riesgo durante la gestación debido a la toxoplasmosis, pero basta con elementales medidas de higiene para que también ese peligro sea conjurado. La verdad es que, por triste que les pueda parecer, es mucho más fácil que sus propios hijos o esa pareja de dudosa moral con la que follan les transmitan a ustedes alguna enfermedad.

Y lo vamos a dejar ya, que nadie lee entradas tan largas, y además me espera mi gato Gusifluky.



NOTAS:

1- Cucho es un chilenismo para nombrar al gato.

2- Amor, la de Gran Hermano, me parece una mujer guapísima, digan lo que digan y a pesar de mis bromas.


sábado, 17 de noviembre de 2007

Ay, mi niño, que está malito...

A mí me pasa que tengo mi corazoncito, pequeño y casi invisible ante tantos centímetros de polla, pero corazoncito a fin de cuentas. Ciertas cosas me parecen enternecedoras y me hacen sonreír, como aquella vez que introduje en el recto de María Mercedes un paraguas y me empeñé en abrirlo cuando ya estaba dentro y ella gritaba y yo... Bueno, dejemos ese asunto.

Alguno de mis contumaces espameadores me ha enviado un vídeo que voy a colgar aquí. Simplemente porque me gusta y me hace sonreír cada vez que lo veo. Espero que a ustedes les pase lo mismo (son sólo catorce segunditos de nada):