Un blog escrito bajo severas dosis de etanol.

sábado, 27 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XIII)


-La verdad es que yo no tengo mucha fe en los psicólogos -dijo Silvia -. A veces me da la impresión de que son inguisti... imbistin... intindis... Joder, macho, vaya pedo llevo.

-¿Indistinguibles...?

-Eso, eso. In-dis-tin-gui-bles ¡de los charlatanes! -acabó triunfante Silvia Contreras con una beoda sonrisita.

-Si hubieras conocido al nuestro... habrías confirmado eso que dices. Justo una semana después, el 9 de abril, tuvimos la primera reunión con José Antonio Sepúlveda, psicólogo clínico y caro. Le contamos todo, ayudándonos con recortes de prensa donde se hablaba de los suicidios. Por cierto, en uno de aquellos artículos la autora, una tal Marta Franco, se había informado bien y sugería una extraña relación entre las muertes, pero solamente como anécdota casual.

»Pues bien, aquel tipo, Sepúlveda, nos dio unos cuestionarios para que se los devolviéramos respondidos pasados dos días. Ya sabes, que si escuchábamos voces en nuestra cabeza y que si sufríamos pesadillas y que si teníamos pensamientos suicidas. Preguntas de ese tipo.


»García nunca tuvo oportunidad de entregar su cuestionario.

-Ay, pobrecilla, con lo mona que era -dijo Silvia con un sorprendente tono de resentimiento. Fingí no haber oído ese despiadado comentario y continué narrando los acontecimientos.

-El jueves 10 de abril madrugamos mucho para trasladarnos con nuestra Unidad al campo de maniobras. Teníamos prácticas de explosivos y todo fue bien hasta la tercera carga. Como suele pasar en estas jornadas de instrucción el tiempo se nos echaba encima, porque quien planea los horarios desde un despacho nunca tiene en cuenta los mil pequeños imprevistos que se van acumulando: desde la reunión que tiene el capitán jefe de la batería de municionamiento donde se recoge el explosivo y que le impide firmar con rapidez los partes de salida de almacén hasta el capricho del oficial médico que decide detenerse a tomar un café antes de llegar al campo de maniobras, pasando por el soldado que no encuentra un sello que estampar en un documento o el suboficial que se equivoca al tomar una bifurcación. Entre unas cosas y otras al final las veinte explosiones previstas, de dos kilos cada una, se convierten en cinco prácticas apresuradas con ocho kilos de explosivo por vez. ¿Has hecho prácticas de explosivos alguna vez, Contreras?

-Sí, en mi anterior destino un par de veces, con esos bloques verdes, los P-1000, los P-250 y todos esos otros que ya no recuerdo.

-Ajá, trilita. Por cierto, la "P" indica que el petardo tiene forma prismática, y el número es la masa de explosivo expresada en gramos. Por eso los de cien gramos, que son cilíndricos, no se llaman P-100, sino C-100.

-Vale, Alburquerque, vale. Muy interesante, pero es mejor que vayas al grano, tío, que no sé el tiempo que podré mantenerme sin caer en coma etílico.

-De acuerdo, pasando de culturilla técnica. Aquel día estábamos empleando hexógeno plástico, que viene a ser el doble de potente que la trilita, más o menos. Preparábamos cargas bestiales de ocho kilos (equivalentes a dieciséis de TNT), y todo fue bien en las dos primeras cargas. Tras activar cada una nos íbamos a unos sesenta metros, nos ocultábamos tras un talud y ¡BUUUM! Por supuesto que con semejante cantidad de explosivo nos llovían pedruscos del cielo, pero por lo visto el teniente al mando debía de pensar que para eso se inventaron los cascos y los chalecos antifragmentos.

»Con la tercera carga las cosas se torcieron. Se torcieron mucho. Habíamos puesto mecha para dos minutos. La soldado García llevaba el cronómetro y nos iba cantando el tiempo a cada poco: "¡Un minuto! ¡Un minuto veinte segundos! ¡Un minuto y medio! ¡Un minuto cuarenta!..."

»De repente arrojó lejos el cronómetro, se empezó a reír con una risa rara y nerviosa, como si acabara de recordar un chiste muy gracioso pero muy grosero, y se lanzó a correr hacia los ocho kilos de hexógeno. Todos le gritamos ordenándole volver, pero no sirvió de nada. La explosión esparció por todas partes los cincuenta y tres kilos de carne, huesos y silicona que hasta ese momento habían compuesto el bonito cuerpo de la soldado Esther García Vivancos.

(CONTINUARÁ)

miércoles, 24 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XII)



-¿Pues tú qué crees que nos pudo decir ese santo varón? Lo que dicen todos: que si Dios prohíbe el suicidio; que si nos ama infinitamente pero nos condenará a una eternidad de sufrimiento como nos quitemos de en medio sin su beneplácito; que si con fe y rezos no hay nada que temer; que si las tentaciones diabólicas deben mantenerse a raya... Toda esa jerigonza mágica, ya te imaginarás.

Silvia miraba con atención el fondo ambarino de su vaso apretando los labios como una niña enfurruñada.

-Sí, compañero, claro que me lo imagino. Quizá alguna vez te hable de un despreciable catequista que me prometió el paraíso y sólo me dio un embarazo inorportuno a mis catorce años. A mi familia no le hizo mucha gracia, y a su mujer menos aún. Pero esta es tu historia, y de la mía ya hablaremos, que tiempo habrá para ello.

-O no, Silvia, o no.

Durante un par de minutos ninguno dijo nada. Decidí proseguir antes de que el pensamiento de Silvia se fuera demasiado lejos, tanto que no pudiera retomar mi relato.

-El caso es que cuando salimos del despacho que el páter tiene anexo a la capilla (¿se llama sacristía?) casi todos los del Club de los Probables Suicidas andábamos de capa caída. Quien más o quien menos se sentía defraudado, salvo Camúñez. Ese cabeza de alcornoque del páter no solo no nos había ayudado en nada, sino que encima despreciaba a nuestros compañeros muertos al considerarlos unos impuros cobardes que habían cedido a los influjos de un demonio inexistente más allá de su mentalidad.

»Para Camúñez fue diferente. Tendrías que haber visto a ese pobre infeliz. Estaba casi en éxtasis místico. "Conviértase, mi primero. Abra su corazón al amor de Dios", me pedía el desgraciado cuando nos despedimos esa tarde.

»A la mañana siguiente, dos de abril de 2008, un tren se detuvo por emergencia muy cerca de aquí. Era demasiado tarde cuando el maquinista accionó el freno. Los trozos de Camúñez se recolectaron a lo largo de más de doscientos metros de vía...

-¡Nada de detalles escabrosos! -me interrumpió una vez más mi compañera.

-De acuerdo, Silvia. Me salto los detalles y sigo: con la "renuncia" de Camúñez como socio del Club de los Probables Suicidas el club quedaba compuesto por Calahorro, Martínez, Sanz, García, Gil y yo. Esa misma tarde del dos de abril nos reunimos en mi casa. Gusifluky se revolucionó un poco porque...

-Perdona, ¿quién dices? -interrumpió otra vez Silvia.

-Gusifluky. Es mi gato.

-¡JA JA JA! ¡Qué nombre tan gracioso! -era la primera vez que veía a Silvia Contreras reír tan abiertamente, y me encantó.

-Ya, bueno. A mis compis del Club de los Probables Suicidas no les pareció tan gracioso mi puto gato, sobre todo cuando descubrieron que Gusi había marcado con orina el bolso de García, quien tuvo la imprudencia de dejarlo en el suelo del recibidor.

-Ay, qué simpático, como si fuera un niño que quiere llamar la atención. Eso va a ser que le hace falta una figura materna -aventuró Silvia.

-No, Contreras, no. Qué coño figura materna ni qué gaitas. Aquello fue simple instinto de territorialidad, y punto. Si no te importa dejemos al puñetero gato y centrémonos en lo que nos tenemos que centrar.

»De aquella reunión en mi casa salieron un bolso meado, unas zapatillas deportivas mordisqueadas, unos pantalones arañados y el firme compromiso de buscar un psicólogo que nos tratara a todos. Estábamos dispuestos a pagar cuanto hiciera falta, y acabamos pagando mucho por nada.

(CONTINUARÁ)

sábado, 20 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XI)


Al volver a nuestra mesa descubrí que Silvia había pedido otro par de copas. Nunca había visto a una mujer beber de esa manera, y puesto que me llevaba unos cuantos whiskys de ventaja no me importó que hubiera pedido para los dos.

-Pues bien, era viernes si mal no recuerdo -seguí contándole a Silvia -, y a eso de las ocho de la tarde Paco, el marido de Marta De Quevedo, cuando volvía de comprar tabaco se encontró un gran revuelo frente al bloque de pisos donde vive. O donde vivía, porque creo que después de aquello se mudó. Había una muchedumbre arremolinada en la acera y unos vecinos que lo conocían intentaron cerrarle el paso. Alguien gritó "¡no dejéis que la vea!", y entonces él supo que algo horrible acababa de pasarle a su mujer. Afortunadamente Paco no llegó a ver el cadáver de su mujer en ese estado. Gracias a la determinación de los vecinos lograron alejarlo de allí sin que pudiera ver el cuerpo de Marta destrozado tras caer desde el octavo piso.

-Entonces De Quevedo se suicidó como ha hecho hoy Calahorro, saltando al vacío.

-Sí, pero lo de la pobre Marta debió de ser algo tremendamente espantoso. Según me relató un testigo el cuerpo de la chica, al estrellarse contra el suelo, había expulsado el feto y...

-¡Ya! ¡CÁLLATE! -me interrumpió Silvia con un grito que asustó a camareros y clientela -. No quiero conocer esos putos detalles, Alburquerque, no quiero que me cuentes esas mierdas, joder. ¿Te enteras?

-Vale, vale, enterado. Perdona. Si quieres lo dejamos por hoy. Tal vez mañana aún siga vivo y pueda contarte el resto de la historia.

-No, no, querido mío, nada de eso. Yo hoy no me voy a la cama sin saber todo lo que haya que saber (excepto los detallitos chungos, claro).

-Como quieras. Después de la muerte de De Quevedo el Club de los Probables Suicidas convocamos una reunión de urgencia, supongo que para darnos ánimos más que nada. De aquella reunión salió el propósito de implicar de alguna manera a nuestros mandos, de pedirles ayuda. En cierto modo todo esto, esta cadena de suicidios, parecía estar relacionada con el servicio, aunque fuese por algún mecanismo psicológico que no terminábamos de comprender.

-Desde luego es lo que parece, aunque no tenga mucho sentido. Lo que está claro es que cuatro suicidios (porque van cuatro, ¿no?) en tres meses y entre miembros de una misma unidad militar es como para que el Jefe se preocupe y tome cartas en el asunto -apuntó con buen criterio Silvia Contreras.

-¿Tomar cartas? ¡Ja! Luego te contaré las cartas que se tomaron, pero antes te diré que elevé un informe a nuestro coronel, fechado el lunes 31 de marzo de 2008, apenas tres días después de lo de Marta De Quevedo. En ese informe exponía fríamente los hechos objetivos, sin conclusiones a priori ni nada, y lo concluía con la sugerencia de que los restantes componentes de aquella guardia, es decir, Calahorro, Martínez, Sanz, Camúñez, García, Gil y yo mismo, fuéramos sujetos a un seguimiento psiquiátrico por parte de los servicios de la sanidad militar. Por si las moscas, vamos.

-Buena idea. De hecho creo que se le debería haber ocurrido al coronel antes que a ti. Por cierto, ¿se trata del mismo coronel que he conocido hoy cuando me he presentado en la unidad? -dijo Contreras.

-No, qué va. Aquel coronel se llamaba Muriel, Ilustrísimo Señor Coronel Don José Antonio Muriel Gálvez. Y era un fundamentalista cristiano de lo peor.

-¡Con la Iglesia hemos topado! Algo muy común entre los jerarcas militares, por cierto.

-Así es, amiga Contreras, así es. La espada y la cruz, siempre unidas y siempre formando una peligrosísima combinación, que tantos millones de muertos ha provocado a la humanidad. Este coronel me mandó llamar a su despacho al día siguiente.

-Al menos se dio prisa.

-Sí, le urgía mucho encarrilar a lo que él consideraba un puñado de pecadores. Me ordenó que reuniera al Club de los Probables Suicidas y nos presentáramos ante el capellán. Pocas veces me he sentido tan insultado. Esas son las cartas que tomó el Mando. Flipante.

-¿Y fuisteis a ver al páter?

-En un primer momento le dije al coronel que soy un ateo convencido y que mi conciencia me impedía buscar apoyo o consejo de magos. Se lo tomó bastante mal y me dijo que así nunca ascendería a cabo mayor. Me costó aguantarme la risa. Pero cuando transmití la orden (del todo ilegal a mi manera de verla) al Club de los Probables Suicidas comprobé con horror que algunos de ellos, como García y Camúñez, estaban encantados con la idea de hablar con el páter. Al final acordamos reunirnos con el capellán, más que nada por cumplimentar la orden del coronel sin dar lugar a conflictos disciplinarios.

-¿Y qué os dijo el cura? -preguntó Silvia con una sonrisa entre socarrona y ebria.


(CONTINURÁ)

jueves, 18 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (X)


-Ajá, ya entramos en materia. Se me acaba de erizar el vello de los brazos. Mira, toca, toca- me invitó Silvia. Era cierto que tenía la piel de gallina, tan cierto como que al acariciar sus brazos a mí se me erizó lo que no era precisamente el pelo. Me esforcé por centrarme en el relato de los acontecimientos.

-Fue el seis de enero, día de Reyes de 2008. Los Reyes Magos le regalaron a Estévez una soga y él le encontró a ese regalo la poco recomendable utilidad de ahorcarse con él.

-No hables así, Alburquerque. Da miedo oírte ese cinismo.

-¿Qué quieres?, no es cinismo. O sí, no sé. Me lo tomo con... me lo tomo como puedo, Silvia, simplemente.

»Nos pareció una coincidencia curiosa que Estévez se quitara la vida tan poco después de que lo hiciera Núñez, una repugnante casualidad pero nada más que eso. El muchacho, que se supiera, no tenía ningún problema. Incluso quienes lo vieron en sus últimas horas afirman que parecía perfectamente normal y hasta bromista. Un muchacho de veinticuatro años feliz, sin problemas, jovial y con una novia que según dicen los que la conocen es una maravilla. Sin embargo, aproximadamente a las tres de la tarde de aquel día, algo dejó de funcionar correctamente en la cabeza de Estévez, cogió una soga que antiguamente su padre usaba para atar a un borrico y se colgó con ella de una encina a doscientos metros de la casa de Setenil de la Bodega, donde vivían sus padres. Fue precisamente su madre quien descubrió el cadáver cuando iba a comprar un roscón de reyes.

-¿Y ya está? ¿No se sabe nada más? ¿No habría algún asunto de deudas por drogas o vete a saber qué?

-Nada de nada. Fue así de sencilla y misteriosamente. Y es que los muertos, Contreras, nunca vuelven para dar explicaciones.

Silvia apagó su cigarrillo y se quedó mirando la colilla aplastada en el cenicero como si quisiera encontrar ahí una aclaración. Como ella no añadía nada seguí contándole.

-El día diecinueve de ese mismo mes de enero de 2008, sábado, el soldado Guerrero se reventó el pecho con una escopeta de caza. Lo hizo en la cocina de su hogar. La esposa estaba en el salón viendo el principio de una película. Le pidió a su marido que hiciera palomitas, y lo que ella cuenta es que entre el petardeo de los granos de maíz bajo el efecto del microondas oyó el petardazo del disparo. Y ya está, otro menos.

»A partir de ahí el resto de los que fuimos componentes de la guardia del treinta y uno de diciembre nos preocupamos lo bastante como para reunirnos fuera del cuartel y empezar a hablar de nuestros temores. Nos citamos en un bar de mala muerte que todos conocíamos porque estaba cerca del acuartelamiento. Es ese bar que ves al llegar al cuartel si vas a entrar por puerta falsa y que se llama Venta de San José, pero que todos llamamos Venta del Nabo por alguna oscura razón.

»Allí, entre bromas y veras, hablamos de los tres suicidios relacionados por un mismo servicio de guardia. Entre bromas y veras cada cual expuso una explicación derivada de las más variopintas hipótesis. De Quevedo, Calahorro, Martínez, Sanz, Camúñez, García, Gil y yo dijimos muchas gilipolleces. La tontería que no se le ocurría a uno la decía otro, y entre todos compusimos un glorioso memorándum de disparates.

»Creo que fue la cabo De Quevedo quien tuvo la idea de llamarnos El Club de los Probables Suicidas, en alusión al relato de R. L. Stevenson cuasi homónimo titulado El club de los suicidas. ¿Lo has leído, Silvia?

-Pues no. Yo es que leo poco, ¿sabes?

-Bueno, da igual. El caso es que entre bromas y veras los miembros del Club de los Probables Suicidas nos comprometimos a reunirnos semanalmente para darnos mutuo apoyo y exponer cualquier problema personal con el fin de atajar una eventual intención de suicidio. También nos intercambiamos los números de teléfono y prometimos estar siempre disponibles para cualquier socio del club que nos llamara, fuera la hora y momento que fuese.

»No sirvió de nada, Silvia, porque el viernes veintiocho de marzo la misma De Quevedo, inventora del Club de los Probables Suicidas, pasó de probable a efectiva. Tenía veintisiete años recién cumplidos y un embarazo de siete meses cuando la encontró muerta su marido.

-Diossss... ¿Y a ella qué le pasó?

-Ahora te lo cuento, querida Silvia, ahora te lo cuento. De momento permite que vaya al aseo.
(ESTO SIGUE EN CUANTO ACABE DE ORINAR)

martes, 16 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (IX)


-Salí del despacho con una sensación que te va a sorprender: alivio, Silvia, alivio es lo que sentía. Supongo que eso te parecerá monstruoso, ¿verdad?

-No sé qué pensar, Alburquerque, y paso de juzgarte. Además estoy demasiado bebida como para ponerme a cavilar.

-Todo había acabado al fin (eso creí entonces, aunque en realidad aquello fue el comienzo de nuestra pesadilla). Había sucedido lo que yo sabía que sucedería, y al menos en ese sentido perdí la inquietud que precede siempre a los hechos trascendentales. En fin, le ordené a Guerrero que no permitiera a nadie traspasar la puerta del despacho de Núñez bajo ningún pretexto. A continuación llamé por teléfono al capitán de cuartel, que estaba en su casa.

»-A sus ódenes, mi capitán. Soy el cabo primero Alburquerque, segundo comandante de la guardia. Perdón, mi capitán, corrijo: soy el comandante accidental de la guardia.

»-¿Qué tripa se le ha roto ahora al teniente?

»-Más que una tripa lo que se le ha roto ha sido el cráneo; se ha pegado un tiro, mi capitán.

»-¿Y cómo está? ¿Has avisado a emergencias?- el capitán empezaba a alarmarse.

»-Pues está bastante mal, mi capitán, de hecho la parte más grande de su cerebro se encuentra fuera de su cabeza y dentro del lavabo, que digo yo que ese no es su sitio.

»-¡Hazle la reanimación cardiopulmonar o lo que sea, rápido! ¡Voy para allá!- ahora sí que estaba alarmado.

»-No tenga prisa, mi capitán, que esta noche habrá mucho borracho en las carreteras y conviene conducir con precaución. Y sobre la reanimación esa que me dice, verá usted, no es cosa práctica. Como apriete el pecho del teniente le saco el corazón y los pulmones por el cogote. Desengáñese, mi capitán, el teniente ha dejado de fumar para siempre.

»-¡El teniente Núñez no fumaba, Alburquerque! ¡Tendría sus cosas pero no fumaba!- me respondió sinceramente ofendido aquel capitán, llevando así la conversación al colmo del surrealismo.

Silvia tenía las cejas arqueadas, la boca entreabierta y los ojos abiertos del todo. Presentaba un aspecto algo cómico, pero sobre todo me inspiraba un sentimiento de ternura impropio en mí.

-Mira que hay gente rara en el ejército. Estoy alucinando, tío.

-Ya te digo, Silvia, ya te digo. A veces pienso que los circos han quebrado porque todos los payasos estamos en el ejército. Pero hazte cargo, el capitán estaba en su casa y era la madrugada entre Nochevieja y Año Nuevo. Por muy de servicio que estuviera debería de llevar encima un par de copitas.

-Ah, claro, como yo ahora. Oye, Alburquerque, ¿sabes que me pareces un tío la mar de interesante? Bueno, no me hagas caso y sigue contando.

-De aquella guardia no hay mucho más que contar. Ya te imaginarás lo que vino después: un capitán de cuartel medio ebrio intentando parecer sobrio, un coronel despertado intempestivamente, policías, un juez, y muchas preguntas. Nada interesante.

»Lo interesante, amiga Contreras, lo que de verdad me interesa contarte, empezó días después, cuando Estévez, el conductor de aquella guardia, apareció colgado de una encina.
(CONTINUARÁ)

domingo, 14 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (VIII)


-¿Me das un cigarrillo? No fumo casi nunca, pero ahora me apetece.

-Claro, Silvia. Toma.

-Tú fumas mucho, ¿no?

-Sí, pero da igual. Me voy a morir pronto, estoy seguro de eso, y no va a ser por el tabaco. Seguiré el camino de Núñez y de todos los demás.

-¿Cuándo lo hizo?

-Fue minutos después de medianoche, cuando estrenábamos el año 2008. En la ciudad aledaña al cuartel Cascaperales se recibía el nuevo año con los habituales festejos y los consabidos espectáculos pirotécnicos. Entre las explosiones de cohetes y petardos sonó otra detonación más cercana, casi confundida con las otras. Sólo yo la percibí por estar más cerca del punto de origen. Me lo esperaba, la verdad. Fingí no haber oído ese ruido más parecido a un disparo que a otra cosa y me esforcé por aparentar normalidad. Seguí estudiando las obligaciones del comandante de la guardia (estaba claro que me iba a ser necesario conocerlas durante el resto de la guardia).

-¿Y te quedaste así, como si nada, sabiendo que el teniente se había pegado un tiro? Ya te vale, tío.

-Bueno, podrá parecerte raro, pero yo creo, o creía entonces, que eso de suicidarse es una cosa muy íntima, muy personal. No veía correcto intervenir tan pronto. Es como si tú estás cagando y en ese momento entra alguien al baño. No sé, hay cosas que deben hacerse sin la intromisión de extraños. Además, ¿y si me equivocaba? Acuérdate de que nos había prohibido entrar a su despacho.

-Pero en un caso así...

-Bah, Silvia, es que tú no le viste la cara cuando dio la orden de no entrar.

-Bueno, sigue. ¿Descubriste el pastel por la mañana, cuando llegó el relevo?

-No. Serían las dos de la madrugada pasadas cuando me atreví a mirar a través de la puerta acristalada del despacho del jefe. Como era de esperar estaba desierto. Hablé con Guerrero, que era el vigilante del cuerpo de guardia en ese momento.

»-¿Desde cuándo estás de plantón?

»-Pues yo creo que desde que hice la comunión, mi primero. Pero según mi reloj estoy aquí pasando frío solamente desde la una.

»-¿Has visto al teniente en todo ese tiempo?

»-Negativo, mi primero. Ese tío, además de usar bragas está gravemente estreñido. Durante mi turno no ha salido del baño, y ya estaba ahí cuando relevé a Gil.

Silvia Contreras me miraba mordiéndose las uñas entre calada y calada al cigarrillo. Le brillaban mucho los ojos y tenía las mejillas muy coloradas.

-Con esa información, querida Silvia, me atreví al fin a mirar hacia donde no quería. Por debajo de la puerta del aseo del teniente distinguí un charco color granate que se extendía hacia el despacho.

Mi compañera me miraba absorta. Había dejado de morderse las uñas y hacía rato que no le daba un tiento al vaso en el que se fundían los desatendidos cubitos de hielo.

-Sigue, Alburquerque, no te pares ahora.

-Entré al despacho y llamé a la puerta del aseo. Naturalmente no obtuve respuesta. Pedí a Guerrero que se retirara. No hizo falta decírselo dos veces. Abrí la puerta del baño y vi al teniente Núñez, y vi también sus sesos esparcidos por las paredes, por el suelo, por el techo... Un gran pedazo de sanguinolenta masa encefálica reposaba en el lavabo como si fuera una esponja con la que alguien hubiera limpiado la escena de un crimen especialmente aparatoso. El teniente estaba sentado en el váter, con la espalda reclinada sobre la cisterna y el cuello doblado de modo que Núñez miraba hacia el techo. Bueno, miraba hacia el techo con el ojo izquierdo, porque con el derecho miraba hacia el suelo, ya que le colgaba sobre la mejilla pendiente del nervio óptico.

Contreras se levantó de un salto tirando la silla y corrió al baño del bar. Tardó mucho en volver y cuando lo hizo estaba muy pálida. Ni rastro del color que había en su cara unos minutos antes. Para mi asombro pidió otro whisky.

-Mira, Alburquerque, una cosita te voy a decir muy en serio: esos detalles te los guardas. Otra burrada así y me voy pitando a la residencia.

-Vale, vale, perdona. Es que... joder, no se me va esa imagen de la cabeza.

-Ya, ya. Y ahora, gracias a ti, tampoco se me va a ir a mí. Eres un encanto. Anda, sigue antes de que me lo piense mejor.

(CONTINUARÁ PRONTO)

jueves, 11 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (VII)


-El teniente -le dije a Silvia mientras dejaba los vasos sobre la mesa- tampoco asistió a la cena. Supongo que para lo que le quedaba en el convento no le merecía la pena molestarse en comer. Fue durante el horario de cena cuando el plantón, que esta vez era Sanz, se dio cuenta de que el jefe estaba de nuevo en el aseo. Era el momento idóneo para asaltar por segunda vez el despacho, pero entonces Sanz fue relevado por García, la putilla de tetas de goma, y durante el relevo debió de producirse algún malentendido (lo que no me extraña, porque García era una inútil).

»Por lo visto esa chavalita entendió que el teniente estaba en el comedor, y a la muy desgraciada no se le ocurrió otra cosa que coger la bandera, entrar al despacho de Núñez, depositar la enseña en su lugar y gritar victoriosamente: "¡Misión cumplida! ¡Ya está la bandera en el despacho del marica!".

»Silvia, yo mismo pude oír aquello, y en ese instante supe que algo malo nos iba a pasar a todos. Estamos perdidos, me dije. Salí de mi cuarto justo a tiempo de ver a García apareciendo por la puerta del despacho de Núñez. La maldita inconsciente estaba sonriendo y caminaba contoneándose con su pose de estríper. Me dieron ganas de matarla, de verdad.

»-¿Qué has hecho, hija mía?- le pregunté desmayadamente.

»-Uy, mi primero, perdone. No tendría que haber dicho eso, ¿verdad? Ji ji ji...

» Deseé con todas mis fuerzas cargármela, compañera. Cargármela dos veces.

»-¿Tú sabes, alma de cántaro, que el teniente está en el aseo de su despacho?

»García abrió la boca como para decir algo, pero se lo pensó mejor y optó por lo que optan las chicas como ella en circunstancias similares. Esa mala puta se echó a llorar.

»-Bah, por mucho que llores esto ya no tiene arreglo. Si el teniente Núñez no te fusila, ya hablaremos tú y yo.

»Pero en realidad nunca hablamos de su metedura de pata, amiga Contreras. A fin de cuentas fue cosa mía el haberme empecinado en devolver la bandera al despacho del comandante de la guardia. Núñez, por cierto, no dio muestras de haberse enterado de nada, aunque estaba claro que habría oído la cagada de García.

»Nuestra suerte estaba echada.

»Horas después, a punto ya de entrar en el año 2008, Calahorro me pidió permiso para repartir entre los miembros de la guardia unas botellas de cava que había despistado de la cocina. Me negué en redondo. El horno no estaba para bollos aquella noche, Silvia.

»-Que no, Calahorro, que no. Estamos de guardia y punto. Me la sopla que sea Nochevieja, y además el teniente... bueno, tú ya sabes lo que hay con el teniente. Mañana, en vuestras casas, os imagináis que es fin de año y hacéis lo que os salga de la polla, pero esta noche nos aguantamos todos como campeones.

»No sé tú, Contreras, pero yo siempre he pensado que el transcurrir del tiempo no es precisamente motivo de celebración, sino más bien de lamentación. En cualquier caso, teniendo en cuenta que el teniente se levantó la tapa de los sesos un rato después, no creo que al día siguiente nadie tuviera ánimos para celebrar nada.

(CONTINUARÁ)

sábado, 6 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (VI)

-Así que el teniente se pegó un tiro con su propia pistola- dijo Silvia-. No era para tanto, creo yo. Con haber cambiado de destino hubiera bastado.

-No adelantemos acontecimientos, Contreras. Y recuerda que nuestro ejército es pequeño y todos nos conocemos. A este hombre lo hubiera perseguido la ignominia fuese adonde fuera. Yo no sé si la cosa era para suicidarse o no, pero desde luego no era para que "nos suicidara" a los demás.

-A mí eso me lo tienes que explicar mejor, Alburquerque. Termina tu whisky, que pido otros dos.

-No, yo sigo con este, gracias. La verdad es que no hay mucho que explicar, o al menos yo no tengo la explicación- proseguí mientras Silvia Contreras avisaba de nuevo al camarero-. Yo te puedo contar los hechos, pero la explicación la vas a tener que buscar en otra parte.

Guardé silencio mientras a Silvia le servían otro whisky con hielo. Cuando se retiró el camarero continué el relato.

-Al margen del chabacano episodio protagonizado por el teniente Núñez la guardia transcurrió sin sobresaltos. Como te dije hace rato la anécdota, por llamarla de alguna manera, se fue contando de boca en boca por todo el cuartel y en poco tiempo ni los gatos eran ajenos a ella. A media mañana pasó por allí el capitán de cuartel, y se encerró un rato en el despacho del teniente. Como la puerta es básicamente un cristal enmarcado en aluminio pude ver desde fuera al capitán gesticulando con muy mala cara, aunque peor era la cara del teniente, que aguantaba el chorreo en posición de firmes. Joder, se me ocurrió imaginar que en ese momento volvían a caérsele los pantalones al teniente delante del capitán, y me alejé de allí porque si tal cosa sucedía yo me volvería loco. Poco después supe por Gil, quien estaba de plantón en la puerta del cuerpo de guardia, que el capitán había salido de allí gritando "¡haremos lo posible para no darle un disgusto al general Núñez!". Recordarás, querida Silvia, que el padre del teniente era un general de división.

Silvia asintió mordiéndose una uña. Estaba muy guapa así, con los ojos brillantes por el alcohol, el dedo en la boca y el entrecejo fruncido. Intenté no pensar en guarradas y seguí con la historia.

-A la hora de comer el teniente no apareció por el comedor, como por otra parte era de esperar. Me planteé preguntarle si quería que le trajéramos algo, pero su amenza pudo más que mis buenas intenciones. Además no creo que tuviera mucho apetito, la verdad.

»Después empecé a pensar en el problema que se nos venía encima para arriar bandera. La bandeja en la que se deposita la bandera está en el despacho del comandante de la guardia, pero ya sabes que Núñez nos había prohibido bien claramente entrar ahí.

-Bueno, él tendría que salir para dirigir el acto de arriado- observó sensatamente Contreras-, y no tendría más remedio que dar la cara.

-Yo sospechaba, y no me equivoqué, que el teniente no iba a salir de su despacho (y de hecho nunca salió de allí, al menos vivo). Daba por hecho que yo asumiría su puesto en el arriado de bandera, recuerda que me ordenó que me encargara de todo. El problema era que la puñetera bandeja estaba en su despacho. Podría haber arriado bandera y usar cualquier cosa para depositarla, pero no se me ocurría qué. Además, la bandera se custodia en el despacho del jefe, y tras arriarla había que dejarla allí, sobre la bandeja. Por cierto, Silvia, algún día, si no me suicido antes, te contaré una divertida anécdota de una confusión entre las palabras bandera y bandeja.

-¡Alburquerque, por lo que más quieras, ve al grano!

-Sí, continúo, perdona. En fin, se me ocurrió resolverlo a las bravas. Como el soldado de plantón está a la entrada del cuerpo de guardia y desde allí se ve el despacho del teniente, y como en el despacho del teniente hay una puerta que da a un pequeño aseo, el soldado podría ver que el teniente entra ahí, y en ese momento...

-Vale, ya cojo la idea. El plantón aprovecharía para coger la bandeja y el teniente ni se enteraría- me interrumpió Silvia.

-Exacto, pero deja que te cuente a mi manera cómo di esas instrucciones. Reuní a los cabos, Calahorro y De Quevedo, y ya puestos a seguir con las rarezas de aquella guardia hice un poco el payaso:

»Amigos míos- les dije muy solemne yo-, las singulares circunstancias de este servicio para el que Dios nos ha llamado- aquí el cabrón de Calahorro soltó una carcajada- nos exigen unos sacrificios que van más allá del estricto deber. Es por eso, mis respetables cabos, que habréis de dar las oportunas órdenes para que desde este momento el soldado que esté en turno de plantón sustraiga la bandeja sobre la que se depositará nuestra gloriosa bandera tras ser arriada. El modo como ha de hacerse se caracterizará por el máximo sigilo y rapidez en el instante en que nuestro teniente vaya al aseo- "a cambiarse las bragas", dijo Calahorro, lo que provocó más risas en la cabo De Quevedo-. Por no crear vanas esperanzas debo añadir que es posible que el soldado que lo intente dé su vida por la patria, y que no habrá gloria para él, pues todo se efectuará en la clandestinidad. ¿Alguna pregunta?

»-¿Usted qué fuma, mi primero?- me preguntó con sincero interés De Quevedo.

»En fin, después de eso los despedí, y cosa de una hora después Calahorro entraba al despacho del segundo comandante de la guardia para darme novedades, con la bandeja en la mano.

»-¡A sus órdenes, mi primero! ¿Da su permiso?

»-Pasa, Calahorro, pasa- dije levantando la cabeza del libro que recogía las misiones del comandante de la guardia, porque a esas alturas más me valía estar empollado ya que era evidente que no se podía contar con el jefe.

»-Le comunico con satisfacción que hace unos segundos el soldado Camúñez ha cumplido con éxito la misión encomendada. Mientras el enemigo maniobraba internándose en el baño, el heroico soldado Camúñez dio un golpe de mano a su cuartel general haciéndose con el preciado botín.

»-Venga, Cala, ya vale, tío.

»-¡Pero si has sido tú el que ha empezado con las pamplinas!

»-Sí, eso es verdad, pero ahora estoy en plan formalito. Guarda la bandeja hasta la hora de arriar bandera, ¿quieres? Después, si podemos, haremos lo mismo para dejar la bandera en el despacho del teniente.

»-A la orden.

»-Oye, Calahorro, ¿cómo está la gente? ¿Está habiendo mucho cachondeo?

»-El normal en un caso como este, digo yo. O sea, que sí, que hay mucho cachondeo.

»-Procuremos que nadie ofenda al teniente, que tú no has visto su cara cuando me ha hablado. Por tus muertos, Calahorro, contrólame a la peña, que ese tío la va a liar parda a la más mínima.

»Calahorro se despidió diciéndome que estuviera tranquilo, que él sabía cómo llevar al personal, y sí, él lo hizo bien. Sería muy irreverente y muy sinvergüenza, y es verdad que abusaba de su veteranía, pero ante todo era un cabo profesional que sabía meter en cintura a los soldados díscolos. Además la cabo De Quevedo también era buena y tenía el carácter exigible a un cabo.

»Cuando al anochecer llegó la hora de arriar bandera el teniente seguía en su despacho. Tal como había supuesto tuve que encargarme de mandar yo ese acto. Ojalá hubiera sido más listo y tras arriarla hubiera custodiado la bandera en el despacho del segundo comandante de la guardia, en lugar de empeñarme en entregarla en el despacho del teniente Núñez. ¿Sabes, Contreras?, creo que mi obcecación los mató a todos, y que me va a matar también a mí.

Silvia Contreras, compasivamente, me acarició un hombro. Por increíble que parezca me puse cachondo.

-A ver, Alburquerque, ¿qué pasó después?

-Ahora voy a pedir otra copa. ¿Otra para ti, Silvia?

-Estoy bastante mal, pero sí, por favor.

(CONTINUARÁ CUANDO NOS TRAIGAN OTROS DOS WHISKYS)

jueves, 4 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (V)


Tardé poco en volver junto a mi nueva compañera, pero comprobé que no solamente nos habían servido otro par de copas sino que además Silvia ya le había dado unos buenos tragos a la suya.

-Contreras, a esa velocidad que bebes pronto vas a estar piripi y no te enterarás de lo que te estoy contando. Si quieres lo dejamos para otro día, aunque tal como está el panorama no puedo asegurarte que yo esté otro día.

-No, hombre, no; ahora no me voy a quedar con las ganas de saber el final. Tú sigue contando. Te has quedado por lo de que lo peor vino después.

-Ajá. El pobre hombre, con un movimiento muy marcial, como todo en él, o mejor dicho como casi todo en él, dobló el espinazo para llegar a los tobillos y subirse el pantalón, sin flexionar las piernas. Estando en esa postura casi de ángulo recto... Sería por lo forzado de la posición o por la vergüenza, vete a saber, el caso es que se le escapó un pedo largo y ruidoso como una ráfaga de ametralladora pesada. Podríamos llamarlo un pedo Browning de 12´70. Aquello fue un pedo superlativo que para colmo acabó con un sospechoso ruido líquido.

-¡NO!- gritó Contreras en ese punto de la narración, entre escandalizada y divertida.

-Pues sí, amiga Silvia, así fue. Estábamos todos como petrificados, yo aún en primer tiempo de saludo, porque mi estupefacción era tal que se me había olvidado bajar la mano. Intentábamos asumir el extraordinario suceso cuando Calahorro tuvo la infeliz idea de decir "mal empezamos la guardia, mi teniente". Y eso ya fue demasiado; nadie puede aguantar tanto, así que empezamos a reírnos como descosidos, como putos locos. Menos el teniente, claro.

-Pobre hombre.

-Sí, pobre hombre. Con los pantalones a medio subir se quiso batir en retirada hacia la seguridad de su despacho, pero es difícil correr con los pantalones por las rodillas. Se cayó se morros, sin apoyar las manos en el suelo por no soltar la rebelde prenda.

»-¡Toma carajazo! Ya está completo el espectáculo- dijo entre risas el cabrón de Guerrero lo bastante alto como para que lo oyéramos todos, incluido el desdichado teniente.

»Ahora pienso que fue una canallada muy cruel reírnos de todo aquel esperpento, pero qué quieres que te diga, ¿cómo evitarlo? El teniente Núñez, colorado como farolillo de prostíbulo, consiguió incorporarse y se metió en su despacho dando un portazo. Nosotros no podíamos parar de reír, y las ocurrencias que algunos iban soltando no ayudaban a la seriedad: "A mí me da igual que lleve bragas, pero lo del pedo ha sido una excesiva falta de respeto", decía uno; "es la primera vez que me reciben en bragas y tocando la trompeta. No soy digno de tal honor", decía otro. Cada vez que yo empezaba a dominarme alguien decía otro disparate similar y me volvía el ataque de risa. Así no había manera de poner orden. Pero en algún momento, no sé cómo, pude mandar romper filas y los cabos y yo pudimos iniciar el relevo de los salientes.

-Oye, ¿y los salientes también contemplaron el numerito?

-No, Contreras. Afortunadamente ellos estaban cada uno a lo suyo y se lo perdieron. Probablemente por eso están vivos. De todas maneras, como te imaginarás, a los pocos minutos ya estaban enterados del show. En verdad la noticia se distribuyó rápidamente por el cuartel, como te contaré más adelante.

»Cerca de la hipoxia por tanta risa fuimos ocupando nuestros puestos en aquella maldita guardia como buenamente pudimos. Cuando acabé de relevar al cabo primero saliente me enfrentaba al grave trance de ir al despacho de Núñez para pedirle instrucciones. No quería verlo porque temía empezar a reírme de nuevo en su cara, pero supuse que ese día el teniente me iba a necesitar más que nunca, y la lealtad al jefe es la lealtad al jefe, por muy rarito que sea.

»Armado de valor, apretando fuerte los dientes y concentrándome en no reír, abrí la puerta del despacho del comandante de la guardia.

»-A sus órdenes, mi teniente. ¿Da su permiso?

»Silencio. Núñez fingía leer la carpeta de órdenes como si su vida dependiera de la comprensión exacta de todas aquellas disposiciones. Aguardé varios segundos, firme, en el umbral. El teniente, sentado a su mesa, frente a mí, mantenía la mirada sobre los documentos, pero no movía los ojos. Simplemente estaba allí, envarado, con la cara aparentemente vacía de cualquier emoción.

»-Mi teniente, me gustaría saber si tiene alguna orden particular para la guardia de hoy.

»Silencio. Estaba a punto de retirarme con un taconazo cuando escuché al teniente. Habló con una perceptible inseguridad en la voz, y fue, por cierto, la última vez que la oí.

»-Encárgate de todo. Si alguien me molesta te juro que os vais a arrepentir todos. No quiero que ninguno de vosotros vuelva a cruzar esta puerta, pase lo que pase.

»A pesar de la rabia contenida que había en aquel hombre la verdad es que no gritó, ni siquiera se molestó en mirarme. Pero te diré una cosa, Silvia: nunca me he sentido tan amenazado. No me atreví a retirarme con la fórmula de rigor, ya sabes, lo de preguntar si ordenaba algo más y todo eso, sino que directamente pronuncié un discreto "a sus órdenes" y me largué de allí cerrando la puerta con alivio. Después me entrevisté con Calahorro y con De Quevedo para ponerlos al corriente de la singular orden del jefe. Hubo más chistes, más despiadadas burlas, sobre todo por parte de Calahorro, y algunas risas. Pero creo que los tres estábamos algo nerviosos, porque aquello pintaba mal. A efectos prácticos el teniente había dejado de mandar la guardia, y como comprenderás a mí no me hacía ni puta gracia quedarme al mando de nueve personas descojonándose de un hombre que parecía estar al borde del colapso emocional, y que además estaba armado, no olvidemos ese detalle.

(CONTINUARÁ)



domingo, 28 de febrero de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (IV)


Silvia se mordía las uñas entre trago y trago, aunque le daba más al bebercio que a la onicofagia, y pidió otro whisky. Yo me abstuve por el momento y continué el relato.

-Todos los entrantes, salvo el teniente, que ya debía de estar en el cuerpo de guardia relevando al oficial saliente, nos vimos en el punto de reunión habitual a las ocho y cuarto. Recuerdo que la cabo De Quevedo me preguntó si sabía quién nos tocaba de comandante de la guardia. A mí me daba igual uno que otro porque voy a las guardias para hacer mi trabajo, no para hacer amiguitos, pero se conoce que todo el mundo no es igual.

»-Pues no lo sé, de Quevedo, y la verdad es que me la pela.

»-¡Yo sí lo sé, yo sí lo sé! -canturreó Calahorro-. Te lo digo si me la chupas, que nunca me la ha chupado una preñada.

-¡Qué cerdo! Uy, perdón, que el pobre se acaba de suicidar. Venga, sigue.

-Es que Calahorro era así, pero nadie se lo tomaba muy en cuenta, ni siquiera De Quevedo. Martínez sacó de dudas a la cabo.

»-Mi cabo, con permiso del cabo Calahorro, le comunico que el oficial entrante es el teniente Núñez, según dicta la orden del acuartelamiento para hoy.

»-¿Y a ti quién te ha dado permiso para hablar, niñato?- dijo Calahorro.

-¡Coño con Calahorro! Perdóname pero es que me cae muy mal- volvió a interrumpirme Silvia Contreras acusando ya los efectos del whisky.

-Tú es que no lo conocías. Era su humor, y créeme que Martínez no se molestó por aquella salida de Calahorro; estaba acostumbrado. Se puso algo rojo, eso sí, pero más rojo se puso cuando la cabo le dio muy sonrientemente las gracias. Por ahí se rumoreaba que el tímido Martínez estaba loquito por ella, y quizá eso explique, al menos en parte, el poco tiempo que hubo entre la muerte de ella y la de él, pero vayamos por partes.

-Alburquerque, me estás matando. Termina ya de una vez, que estoy de los nervios con tanta muerte y tanto misterio.

-A ver, Contreras, la culpa es tuya que no paras de interrumpir. Anda bebe, calla, y escucha.

»Hubo lamentos por parte de algunos cuando supieron que esa guardia iba a estar comandada por el teniente Núñez. Me acuerdo especialmente del comentario que hizo Guerrero: "Cojonudo, Nochevieja de guardia y con el Núñez. ¿Algo puede salir peor?". Pues sí, las cosas podían salir peor, y de hecho así salieron.

»En fin, a las ocho y veinticinco estábamos frente al cuerpo de guardia. Volví a asegurarme de que todo el mundo llevaba las prendas reglamentarias, las botas limpias, la barba afeitada y el arma descargada, y me dispuse a...

-Ey, Alburquerquillo, que yo ya he hecho muchas guardias y todos esos pornemo... porneromes... ¡pormenores!, te los puedes saltar- interrumpió de nuevo Silvia ya claramente perjudicada por el alcohol. Se ve que no estaba habituada la criatura.

-Tú déjame ir a mi ritmo, que si no pierdo el hilo. Además, ya estamos a punto de llegar al meollo.

»Los dos cabos, los seis fusileros y el conductor estaban formados en fila frente al cuerpo de guardia, en posición de descanso tras la revista de armas. En ese momento salió del despacho del comandante de la guardia el teniente Núñez en persona. El auténtico, el genuino, el único. Y estaba a punto de llevarse el peor disgusto de su vida, pero aún no lo sabía. Mandé firmes, me encaré al teniente, saludé.

»-¡A sus órdenes, mi teniente! ¡Se presenta la guardia entrante sin novedad!

»Y entonces sucedió aquello, querida Silvia. Fue la visión más absurda y vergonzante, más ridícula y surrealista que hayan visto estos castos ojos que se ha de comer la tierra. No hay ni un solo día desde entonces que no me acuerde de lo que vi, de lo que todos los componentes de la guardia vimos: un espectáculo insólitamente patético cuya duración no pudo superar los cinco segundos. Pero fueron más que suficientes, vaya que si lo fueron.

-¿Pero que pasó?- preguntó la buena de Contreras con el alma en vilo.

-Me va a ser difícil describirlo, pero buscaré la manera. Tú imagínate a aquel joven y guapo oficial, de uniforme inmaculado, perfectamente planchado, con la camisola recortada para lucir el trasero respingón y marcar paquete, con el cuerpo vigoréxico casi hasta la exageración, en posición de firmes, saludando militarmente mientras recibe novedades, con su gesto imperturbable de machote... cuando de repente se le cae el pantalón y quedan a la vista unas robustas piernas cubiertas con medias y ligueros de encaje, ¡por no hablar de las bragas rosas de lencería fina!

-¿QUÉ?

-Lo que oyes, Silvia, lo que oyes. Algo verdaderamente espantoso. Nos quedamos todos petrificados, pensando que tal vez éramos objeto de una extraña broma o de un experimento psicológico. El propio Núñez estaba paralizado, allí en medio, en primer tiempo de saludo y con los pantalones por los tobillos y una mirada jodidamente chunga. Cuando al fin reaccionó vino lo peor.

-Ah, ¿pero todavía puede ser peor?- dudó Silvia, que estaba horrorizada y ya sin signos de etilismo.

-Sí, hija, sí. Pero déjame que vaya al servicio. Mientras tanto pide que nos llenen las copas, ¿quieres?

(CONTINUARÁ CUANDO VUELVA DE MEAR)


miércoles, 24 de febrero de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (III)


Intenté en ese momento de mi conversación (casi monólogo, es verdad) con Silvia pensar en un orden lógico que le hiciera fácil recordar a todos los protagonistas. Ella me apremiaba:

-¡Venga, Alburquerque, sigue!

-Espera, que tengo una idea para facilitarte el seguimiento de todo lo que viene ahora, ¿vale?

Pedí un lápiz al camarero, momento que Silvia Contreras aprovechó para pedir un whisky (solo pero con mucho hielo), y yo me uní pidiendo lo mismo. Nos mantuvimos en silencio hasta que nos sirvieron. A continuación cogí una servilleta de papel, y pegándome mucho a Silvia fui escribiendo en la servilleta:

"Cabo De Quevedo. Una mujer muy formal, recientemente casada y embarazada de cuatro meses del que debería ser su primogénito. Era una buena profesional que no usaba el incipiente bombo como excusa para eludir responsabilidades, y tenía la opinión de que a los niños se les educa con el ejemplo y cuanto antes mejor. Por lo tanto se tomaba su servicio de guardia muy en serio. Tenía 26 años en aquella fecha.

Cabo Calahorro. Entonces tenía 42 años. Irreverente y pasado de rosca, pero un veterano fiable a pesar de todo. Ascendió a cabo primero hace unos meses y es el compañero que esta mañana conociste y que se ha suicidado hace unas horas. Antiguo legionario, de aquellos que se hicieron permanentes cuando esa posibilidad era exclusiva de ciertos legías y paracas; un fósil viviente. Viviente hasta hoy.

Soldado Martínez. Un chavalito de 19 años. Tímido y muy disciplinado. No he llegado a saber mucho más de él, salvo que murió muy joven.

Soldado Sanz. Un catalán de 23 años que nadie se explica muy bien qué carajo hacía aquí. Todos sabíamos que trapicheaba con cocaína dentro del cuartel, pero nadie quiso o no pudo demostrarlo. Excluyendo eso, era un tipo competente y astuto que pasaba por ser un soldado ejemplar.

Soldado Camúñez. 26 años. Supe poco de él (todos supimos poco de él), porque estaba más tiempo de baja médica que activo. Lamentablemente para él, aquel día no estuvo de baja y participó en la guardia que, creo, le costó la vida.

Soldado García. La otra fémina además de la cabo De Quevedo. Solamente tenía 22 años y ya se había operado las tetas. Era alucinantemente guapa y extremadamente mala soldado. La típica soldado florero del todo inútil que subsiste en el ejército gracias a jefes babosos capaces de lo que sea por tener cerca a una tía buena que jamás se follarán por mucho que lo deseen. De día era soldado (por la estabilidad) y de noche era estríper (por el dinero, claro). Y no hablo más, que me pierdo.

Soldado Guerrero. Tenía 28 años, y su nombre pegaba con su trabajo pero no con su actitud. Era el típico pasota cuya aspiración era llegar a los 45 años para vivir tirado en la cama con la paguita de "reservista de especial disponibilidad". Y no, no llegó a los 45, ni mucho menos.

Soldado Gil. Tenía 30 años aquel día. A Gil todo el mundo lo llamaba "Gil y Pollas". La verdad es que no era un lince, ni siquera era un lince lobotomizado. Era un pobre lerdo que tuvo la suerte de ingresar en el ejército en esos años recientemente pasados de escasez de aspirantes, cuando cualquiera que no fuera en silla de ruedas y supiera expresar su nombre podía ingresar. Por cierto, además de eso, también era un excelente soldado y una buena persona a quien echo de menos.

Soldado Estévez. En aquella fatídica guardia del 31 de diciembre de 2007 él era el conductor. Un muchacho de 24 años del que no tengo nada más que decir".

Mientras yo escribía estas orientaciones para mi compañera Contreras tuve que tirar de varias servilletas, y con cada una que yo emborronaba más interesada parecía estar ella. Seguí hablándole:

-Toma estos nombres, Silvia, y préstales atención, porque junto a mí y al teniente Núñez, estas son las personas que formaron toda la guardia del acuartelamiento Cascaperales en el 31 de diciembre de 2007. Hoy todos, salvo yo, se han suicidado, pero no me cabe la menor duda de que falta poco tiempo para que también yo aplique la solución Hemingway.

-¿La solución Hemingway?- preguntaba Silvia con un hilillo de voz, pálida, erizado el vello.

-Algunas personas lo llaman así -le respondí-. Ernest Hemingway, el famoso premio Nobel de literatura, se voló la cabeza, y hay quien piensa que es una encomiable manera de hacer mutis de la gran escena vital. A mí me parece bien, pero ocurre que aún lo veo demasiado precipitado a mi edad. ¡Pero crea yo lo que quiera creer sé que me voy a suicidar pronto!

-¡No, no! Por favor, Alburquerque, no pienses así. Las cosas cambian y...

-¡Calla, Silvia, calla! No sabes nada todavía. Déjame que te cuente lo que pasó en aquella guardia.

(SEGUIRÉ SI ME DEJAN)

lunes, 22 de febrero de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (II)


Contreras me miraba atónita. Me miraba y me miraba sin decir nada, así que supuse que esa tremenda afirmación mía necesitaba una explicación.

-Sé que estás algo confusa, compañera, y lo entiendo. Si me dejas que te cuente toda la historia desde el principio... pero te advierto que me va a llevar un rato largo. Hay cosas que no pueden, o no deben resumirse.

Silvia estaba encantada de poder escuchar lo que prometía ser un relato cuando menos curioso y pidió un café con leche. Yo pedí otra tónica y comencé la narración con una pregunta:

-¿Te han hablado ya del teniente Núñez?

-No me suena- respondió dubitativa Contreras, más despistada a cada momento.

-Pensaba que ya te lo habrían contado, a pesar de tu breve presencia en la unidad. Si no te suena su nombre entonces tampoco has oído la historia de su suicidio, ni mucho menos la... ¿leyenda?... de la cadena de suicidios posteriores.

-Ni idea de lo que me hablas, tío. Me estás poniendo nerviosa.

-Soy yo quien tiene motivos para estar más que nervioso. Déjame que te cuente y presta atención, porque puede ser que muy pronto solamente tú quedes para recordar los extraños hechos que siguieron a aquella mañana del 31 de diciembre de 2007, cuando el teniente Núñez entró de guardia por última vez en su vida.

-Vale, vale, soy toda oídos- y no mentía al decirlo; no había más que ver su cara de asombrado interés.

-Empezaré hablándote del propio teniente, y luego, con menos detalle, te haré una reseña de los demás implicados. El teniente Núñez tendría veintiséis o veintisiete años y ya andaba rozando el ascenso a capitán. Era uno de esos milicos de la que entonces aún se llamaba escala superior y parecía sacado de una película. Metro noventa, extremadamente cachas, guapetón y varonil según decían las chicas del regimiento, hijo de un general de división en la reserva, y para colmo tenía un expediente de los de quitarse el sombrero: diplomado en operaciones especiales, curso de paraca, profesor de educación física, tirador selecto con fusil y pistola, primeraco de su promoción... En fin, el oficial casi perfecto. De hecho nunca comprendí cómo semejante portento vino a parar a este agujero que se llama Acuartelamiento Cascaperales.

-¿Por qué has recalcado tanto el "casi"?

-Bueno, el teniente Núñez tenía algo raro. No caía bien a nadie, la verdad. Y no era por los típicos celos o envidias profesionales, no. Había algo indefiniblemente repulsivo en Núñez. ¿No te ha pasado nunca que te topas con alguien por primera vez y sin conocerlo percibes algo que te tira para atrás?

-Sí, alguna vez.

-Pues eso pasaba con el teniente Núñez, solo que era una sensación unánime. Nadie lo quería. Nadie podía soportar mucho tiempo su cercanía. Y no te imagines que era arrogante ni nada de eso. Era, eso sí, disciplinado hasta decir basta; más papista que el papa; más manualista que los propios manuales; y sus interpretaciones del régimen disciplinario de las Fuerzas Armadas habrían asustado al más severo de los fiscales. Era famosa su mano de hierro al aplicar sanciones; no perdonaba ni el más mínimo desliz. Sin embargo, siendo justos, hay que reconocerle que él mismo se aplicaba todas las leyes, reglamentos y directivas con inquebrantable rigor. Pero esa absoluta perfección lo convertía, a ojos de los demás, en un ser humano imperfecto, porque los robots, querida compañera, por definición no pueden ser humanos perfectos.

»Te decía que no te lo imaginaras como alguien arrogante y debo insistir en ello. Núñez era un tipo tímido que nunca presumía de sus éxitos y que siempre hablaba en voz muy baja, como temeroso de hacerse notar. Pero había algo en él que... no sé, simplemente daba miedo, un miedo instintivo, irracional, atávico. Si yo creyera en el demonio le pondría la cara del teniente Núñez.

»Pues bien, aquel día, el último del año 2007, y también el último día de su vida, el teniente Núñez y yo coincidimos de guardia junto con otras nueve personas. Ahora, compañera, deja que te hable sumariamente de todas ellas.

(CONTINUAREMOS)

sábado, 20 de febrero de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (I)


Silvia Contreras es una mujer atractiva de 28 años, con modales educados y soltera. Había llegado destinada a mi batería esa misma mañana por su flamante ascenso a cabo primero, que la había sacado de su Valencia natal para traerla aquí. Me gustó esa damita desde el primer instante, y puse de mi parte todo lo que pude para convertirme en un atento anfitrión que además de enseñarle el acuartelamiento se ofreció para mostrarle la nueva ciudad, o por lo menos los garitos más interesantes por los que -le confesé- esperaría encontrarla con frecuencia.

Pero Silvia no podía suponer que aquella tarde no saldríamos del tranquilo bar en el que nos habíamos citado. Allí nos quedamos charlando. O mejor dicho, yo me quedé contando y ella escuchando.

La culpa del cambio de planes la tuvo el suicidio de Calahorro, pero vayamos por partes.

Cuando Silvia entró en el mesón La Terraza me vio con la cabeza escondida entre las manos, con los ojos enrojecidos y el pulso trémulo, al borde de la histeria. O del pánico. Ella sonrió al verme en un primer momento, pero mientras se acercaba a mí fue cambiando el gesto hasta mostrar una sutil cautela. Quizá pensó que yo estaba borracho, pero se equivocaba.

-Hola, Alburquerque- saludó-. Qué mala cara tienes. ¿Pasa algo? Si es porque llego tarde tengo excusa, porque...

-Calahorro se ha suicidado- dije cortante. No era momento de escuchar justificaciones de impuntualidad.

Durante unos segundos Silvia Contreras me miró con incredulidad, pero mi cara y mis movimientos nerviosos no dejaban lugar a dudas. Pensé que esa mañana le había presentado a mucha gente: superiores jerárquicos; compañeros de empleo; subordinados... Era normal que no supiera de quién le hablaba.


-El cabo primero Calahorro -intenté recordarle-, uno muy mayor que estaba vestido con chándal...

-¡Sí, sí! ¡El que me ha saludado de mala gana y se ha marchado como cabizbajo!

-Ese mismo.

-Joder, ¿y se ha suicidado? ¿Cuándo?- preguntaba Contreras con los ojos muy abiertos, como si hubiera rejuvenecido veinte años y volviera a ser la niña que una vez fue y para la que todo era una asombrosa novedad.

-Me ha llamado su hermano hace unos minutos. Por lo visto saltó de la azotea de su bloque hace unas tres horas. Después de comer más o menos.

-Vaya, lo siento mucho. Supongo que erais muy amigos -me consolaba Silvia amasándome un hombro.

Silvia Contreras no podía saber que Calahorro y yo nunca habíamos sido íntimos, y que mi pesar no era provocado por su pérdida, sino por lo que su muerte significaba para mi futuro; para un futuro que ojalá no fuera inmediato.

-Contreras, ¿tú crees en la magia?

-Pues no sé...

-Yo no. Pero, ¿sabes?, algo raro está pasando- expliqué mientras intentaba encender un cigarrillo tan temblorosamente que Silvia tuvo que ayudarme-. Algo tan raro como para que te asegure que soy feliz y que, sin embargo, sé que me voy a suicidar, y que además será pronto.

(SIGAMOS OTRO DÍA)

martes, 16 de febrero de 2010

Permitan que me presente


Hola. Soy El soldadito de plomo. Sí, ya sé que mi nombre no es tan divertido como el del malogrado (y siempre querido por mí) Don Leónidas Kowalski de Arimatea, insigne creador de esta bitácora. Ni mi nombre es tan gracioso ni lo soy yo, y a pesar de ello llego aquí con la atrevida intención de continuar la obra de Leo. ¡Cochina sabandija usurpadora!, pensarán quizá. Pues vale, piénsenlo si quieren, están en su derecho, pero tengo poderosas razones para creer que si Leónidas levantara la cabeza aprobaría mi presencia en la que fue su casa. También intuyo que los echaría de menos a ustedes.

De mí es poco y triste cuanto hay que decir, pero a mi manera sigo buscando una esquiva felicidad -¿puede que en forma de bailarina de papel?-. Bah, tiempo habrá para hablar de nosotros, si me acompañan. Hay tanto de lo que hablar, tantas bofetadas que dar y tantos cuentos por escribir...

Soy consciente de que mi irrupción en DCC tiene algo de sacrílego, pero confío en saber hacerme perdonar con el tiempo. Así mismo comprendo que mi acto de presencia suscita más preguntas de las que responde. Créanme que yo también me hago muchas preguntas al respecto, y ninguna respuesta de las que se me ocurren me convence. Digamos simplemente -haciendo una perdonable concesión mística- que el espíritu de Leónidas Kowalski vive en mí.

Hasta pronto.

lunes, 12 de octubre de 2009

Despedida y cierre


"¿Y cómo lo hacemos?", le pregunté a Leo cuando se vio gravemente enfermo y me dictó sus últimos deseos. "Pues yo qué sé, tío, hazlo en plan tradicional y sin demasiadas alharacas. Si eso me pones la carta de ajuste. Ya sabes, el cierre de emisión de la tele de antes. Me jode por lo de los reyes, porque yo soy antimonárquico desde que me dio por leer y aprender cositas, pero tampoco importa mucho, total... Lo que sí debes dejar claro es que me fui siendo ateo hasta el final: por nada del mundo dejes creer a nadie que me achanté en el último momento". "¡Espera, Leo, espera! Tienes más cosas que decir, lo sé. Sé que quieres hablar, que lo necesitas..." "Sí, Javi, hay pendiente mucho que decir, pero me leen personas que yo no quisiera que me leyeran, y en cambio quien yo quiero que me lea no me lee ni me leerá nunca (y si me leyera no me entendería). Es inútil persistir, querido Javi. El juego ha terminado, aceptémoslo".

Eso fue lo último que hablé con Leónidas, cuando su enfermedad se agravó advirtiendo un final cercano e irremisible. Hoy, cumpliendo sus deseos, comunico que:

Leónidas Kowalski de Arimatea ha fallecido esta tarde por un fallo multiorgásmico ante los ímprobos e inútiles esfuerzos del personal sanitario.

En ningún momento mientras tuvo conciencia durante su agonía apeló a divinidad alguna.

En sus últimos momentos de conciencia miró a su gato. El gato lo miró a él y comenzó a lamerse el pene. Leónidas sonrió, cerró los ojos y unos minutos más tarde se certificó su muerte.

El gato, Gusifluky de Kowalski y Sanabria, y yo, su alter ego, echaremos de menos al cabroncete de Leónidas.





martes, 29 de septiembre de 2009

A veces me acuerdo de aquel perro


Fue una mañana de hace casi una década, y se trató de un acontecimiento quizá anodino para muchas personas. Pero yo lo recuerdo con maravillada admiración, porque la vida —mi vida al menos— se compone de esos momentos intrascendentes en los que tras su aparente trivialidad puedo vislumbrar algo grande: una sonrisa inesperada en una persona de cuya simpatía desconfiaba; un sorprendente beso de ternero que me da la mujer que amo (jejeje, algún día puede que explique lo que es un beso de ternero, pero por ahora me lo guardo como un tesoro para mí solito); la comprensión de un fenómeno físico que me tenía intrigado; reconocer a un personaje secundario de una novela que es un viejo conocido por haberlo visto en otras novelas del mismo autor; darle las gracias por su servicio al personal de guardia saliente que despido y felicitar a los cabos —cuando lo creo conveniente—, y ver en sus caras satisfacción por el trabajo bien hecho y por el reconocimiento que humildemente puedo otorgarles; mirar con altivez a la cara de algunos sinvergüenzas y comprobar que desvían la mirada avergonzados; que un jefe me valore un esfuerzo extra; que empiece a llover cuando llevo corriendo varios kilómetros y me siento agotado...

Aquella mañana de hace casi una década yo esperaba bajo la luz de unas farolas —aún no había amanecido— a un compañero que me recogería para ir al tajo. Dejé mi bolsa de deporte sobre la acera, apoyé la espalda contra una fachada y medio dormido esperé que llegara mi compañero. Somnoliento vi por el rabillo del ojo que se aproximaba un señor con un perro. No le di más importancia y continué mi duermevela vertical, puesto que ni mi bolsa ni mi persona le cerrábamos el paso al señor y al perro. Sin embargo, cuando ambos estaban a medio metro de mí, se detuvieron. Dos estatuas, dos figuras hieráticas mirando al frente, dos seres vivos inmóviles, dos animales de notable inteligencia que no miraban el reloj y pacientemente esperaban. Esperaban porque así lo había decidido el perro, quien sabiamente percibió mi bolsa en la acera como un obstáculo para su dueño ciego.

Cuando me di cuenta de lo que sucedía retiré el obstáculo apresuradamente. Fascinado como estaba por la actitud de aquel excelente perro lazarillo no les di ni los buenos días, y ellos, tras la breve interrupción, continuaron su paseo como si nada, deslizándose ante mí en silencio, sin aspavientos ni recriminaciones.

Ahora, tanto tiempo después, no recuerdo al ciego pero sí al perro lazarillo. Era feo y amorfo, una mezcla de pastor alemán con vete a saber qué. Era feo y amorfo, y era también el perro más bonito que he visto nunca. Si alguna vez me quedo ciego, quiero tener conmigo un perro así de feo y así de amorfo.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Créame, señor inspector


A mí me parece que me voy a comer el marrón, señor inspector, pero yo le juro por mis hijos que no soy el que la mató. Soy inocente, se lo juro por estas que son cruces. Yo la conocía, sí que es verdad eso, pero no había nada serio. La conocí en la calle, al salir de un bar. Ella estaba allí, sola y contoneándose como se contonean las hembras cuando buscan un amiguito. Ni siquiera era bonita, pero parecía joven y sana, y me cegué. Usted es un hombre de mundo, señor inspector, y seguro que me entiende.


Sí, es verdad que he hecho mucho mal en la vida y que me he ganado mala fama, bien lo sabe usted, que ya me ha tenido otras veces en la comisaría y con razones, como aquella vez que le pegué unas cuantas hostias a la puta de mi mujer. Pero esta vez es distinto, de verdad. Alguien me quiere encalomar el marrón, pero esta vez yo no hice nada malo, se lo juro por lo más sagrado.

Es que, ¿sabe?, yo la vi ahí, sin un tío que la controlara, y tuve claro que iba a ser para mí. A mi mujer le iba a dar igual, porque ella hace mucho tiempo que pasa de mí. En parte fue por eso, señor inspector; yo pensé que era mi oportunidad de conseguir el cariño que la zorra de mi mujer no me daba, y me dije "esta me va a dar lo que necesito". Porque yo también necesito amor, ¿sabe usted? Llámelo amor o llámelo otra cosa, no sé.

Yo, se lo juro por mis muertos, no sabía que la estaban buscando. Y no, tampoco sabía que se llamaba Sandra y que pertenecía a la alta alcurnia, de verdad que no sabía nada. Para mí era otra más; yo no entiendo de esas cosas de ricos. Además ella, Sandra o como sea, era muy simpática y cariñosa conmigo. Yo creo que a ella le daba igual que yo fuera pobre, de verdad se lo digo. Nos entendíamos. No sé si usted me entiende, señor inspector.

Yo no le voy a negar que tuve una relación con ella. Eso no se lo niego, y usted ya sabe que muchos testigos nos vieron irnos juntos aquella noche, así que pa qué le voy a negar nada, señor inspector. Nos llevábamos bien, pero ya está, y la cosa duró poco. La guarra de mi santa esposa lo sabía todo, pueden preguntarle a ella si quieren. Hasta dejaba que me la subiera al piso y que me acostara con ella. Lo único que me pidió la parienta es que los críos no me vieran con Sandra, por eso me la llevaba a la cama de madrugada, cuando los zagales dormían.

Le juro por mi madre que yo no la he matado y que no sé quién puede haber hecho eso, pero el que haya sido es un hijoputa, eso sí que se lo digo. Yo veo CSI y sé que con todas esas modernuras de investigación ustedes encontrarán al culpable, pero yo no soy ese hombre, de verdad que no. Ojalá lo pillen pronto y lo metan en la trena, porque esos desalmados se merecen estar en la trena como estuve yo, señor inspector. La trena no es cosa guapa pero algunos se lo merecen, se lo digo yo que he estado allí, aunque mi caso es diferente porque yo no me merecía pasar cuatro años entre esos hijoputas solamente por tocarle las peras a una putita de catorce años, y es que ella me dijo al principio que tenía dieciocho, y luego pasó lo que pasó en el ascensor y entonces sí me dijo que tenía catorce, pero ya era tarde, porque no se puede encender a un macho y luego apagarlo como si fuera una vela, y le toqué las peras y nada más, aunque ella dijera la mentira de que le metí la polla en la boca. Los jueces se lo creen to, cojones.

Pues lo mismo está pasando con el rollo de la Sandra. Yo ya tengo mala fama y usted y todo el mundo cree que soy culpable, pero la verdad es que yo con la Sandra solo me daba paseos por el parque y alguna vez dormí con ella mientras la zorra de mi mujer miraba para otro lado. Soy el primero en lamentar su muerte, se lo juro por mi madre que en paz descanse.

Además, señor inspector, si me permite el atrevimiento le diré que se está montando demasiado pollo por una sucia perra de mierda. Vale que fuera una bulldog inglesa como usted me dice y que perteneciera a una familia de ricachones como demuestra el chip que tenía metido, pero para mí era una perra normal. Y además no tengo coche, así que no sé cómo cojones la pude atropellar, según usted.

jueves, 17 de septiembre de 2009

El descontento de mi gato


Gusifluky, mi gato, mi hijo, se acercó hasta el sofá donde yo leía El espejismo de Dios (lectura que recomiendo a cualquier forma de vida inteligente en este planeta). Llegó sigiloso y elegante, como flotando sobre el aire, y de repente me lo encontré sobre mis rodillas. Parecía haberse materializado ahí sin haber existido antes en ninguna parte. Cerré el libro y miré a mi hijo fijamente en silencio; por experiencia sé que es mejor dejar que hable él cuando así lo decida. Él me miraba también, creo que con curiosidad. Pero en algún momento me pareció notar en su mirada más desprecio que curiosidad; más sospecha que complicidad; más desconfianza que cariño. Al cabo de un par de minutos, justo cuando me dispongo a echarlo de mis rodillas y reabrir el libro, me sorprende su voz de gato mimado:


—Padre, ¿qué es el mundo?

—Umm... A ver, pequeño Gusi, ¿es una pregunta capciosa, una adivinanza, una duda filosófica, una cuestión científica, o qué coño me estás preguntando?

—Solo quiero saber qué debo entender por "mundo" cuando se dicen cosas como "todo el mundo es gilipollas", o "estoy hasta los cojones de todo el mundo" (aunque como bien sabe, amado padre, yo no puedo estar hasta los cojones de nada porque usted, en su infinita sabiduría, decidió hacerme castrar, loado sea su nombre, pedazo de cab... allero).

—Ejem, no me gusta hablar contigo del asunto de tu castración porque eres muy joven para entenderlo, pero estoy seguro de que algún día me lo agradecerás; no tienes ni idea de los problemas que te he ahorrado. En cuanto a lo otro, lo de qué es "el mundo", te puedo decir que en ese contexto en que tú lo planteas lo podemos traducir por "toda la gente".

Gusi se queda pensativo tras escucharme. Los gatos piensan mucho, pero piensan despacio y yo ya me he acostumbrado a ser paciente cuando mi hijo reflexiona. A pesar de ello me pongo nervioso y el corazón me late con fuerza, lo que me sirve para medir el tiempo mediante los latidos. He contado doscientos quince latidos cuando Gusifluky vuelve a hablar:

—Pero entonces, padre, "el mundo" tiene muchas caras, muchísimas.

—Así es, hijo mío. Unos cuantos miles de millones de caras. ¿Qué problema tienes con eso?

Gusi vuelve a ensimismarse con un preocupante y hosco gesto. Ochenta y dos latidos he contado hasta oír de nuevo su voz, que ahora no sonaba a gato mimado sino a felina furia contenida:

—Yo quisera que el mundo solo tuviera una cara.

—¿Para qué?

—¡Para poder partírsela, padre, para eso!

Mudo por el arranque de ira de mi hijo lo contemplo bajar de mis rodillas y alejarse con su caminar elegante y silencioso. Antes de salir del salón se detiene, me mira con sus ojos verdes de afiladas pupilas contraídas y me grita (me escupe), lleno de rencor:

—¡Nadie se libra, padre!— y añade apesadumbrado, bajando la cabeza— Tampoco usted, tampoco usted...

Se va. Lo oigo desenrollar varios metros de papel higiénico en el baño, y luego lo oigo tirando al suelo el bote de espuma de afeitar que olvidé guardar en el armario, y a continuación oigo que está lanzando por mi dormitorio todos los objetos que encontró en la mesita de noche (cartera, teléfono móvil, un libro, un paquete de pañuelos de papel, una cantimplora vacía...), y segundos después me llega el ruido de lo que ha encontrado en el escritorio y que está desperdigando por el estudio (el portalápices, un paquete de tabaco, el mechero, y el cenicero que, me temo, se ha roto al caer). Lo dejo desahogarse.

Me gustaría decirle que a mí, frecuentemente, también me dan ganas de partirle la cara al mundo.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Aburridas funciones de magia


Hace mucho tiempo leí Un chaleco de acero (Gustav Hasford, 1979), historia con toques autobiográficos que dio lugar a la famosa película de Stanley Kubrick La chaqueta metálica (1987). En ese libro los personajes hacen varias referencias a la asistencia a funciones de magia. Me costó darme cuenta de que se referían a lo que casi todo el mundo llama "misas". Hoy, sin embargo, no puedo evitar pensar en la misa como en una función de magia. Un espectáculo de magia soberanamente aburrido, por cierto.

Desde luego a la celebración de la eucaristía, que consiste en la transustanciación del pan y el vino respectivamente en la carne y la sangre de Cristo, le viene mucho mejor la palabra magia ("arte o ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, o con la intervención de seres imaginables, resultados contrarios a las leyes naturales", DRAE, vigésima segunda edición) que la palabra misa (del bajo latín missa, despedida).

Según el significado que el Diccionario de la Real Academia otorga a la palabra "magia" no hay nada ofensivo, creo yo, en llamar función de magia a la celebración eucarística o en llamar magos a los oficiantes. Lo que sí me parece ofensivo hacia su público es que dicha función se repita desde hace un par de milenios con algunas modificaciones pero con idéntico y fracasado éxito: a día de hoy aún no han logrado, ni siquiera aparentemente como hacen los ilusionistas, que el pan se convierta en carne y el vino en sangre. Y sin embargo es innegable que esta aburrida y contumaz función de magia ha sido todo un éxito en cuanto a público y obtención de beneficios. Ninguna obra de teatro ni espectáculo de ningún tipo ha durado tanto en "cartelera". Dos mil años estafando, y ahí siguen, imperturbables y con el rostro encementado, exhibiendo a diario su fallida representación de ilusionismo en infinidad de lugares por todo el planeta.

Comparen estas dos funciones de magia:








Yo diría que el público cristiano es muy poco exigente.

martes, 8 de septiembre de 2009

Menéame... menéame la chorra y hazlo con delicadeza


Jo, estoy impresionado. Hoy el número de visitas a este humilde blog aumentó aproximadamente en un... bah, es que me da miedo calcular el porcentaje. Digamos que he tenido mil trillones de visitas, y eso es redondeando por lo bajo.


Verdaderamente estoy que no quepo en el pellejo, porque mi mayor sueño desde que era chiquitillo consistió en salir en la tele, o en su defecto salir en Menéame. Y hoy, amigos y vecinos, he salido en Menéame (cáguese la perra). Las razones que me han llevado a figurar entre la infinita sabiduría de ese oráculo de la intennés llamado Menéame se escapan a mi ignorante entendimiento: ¿fue un error de los dioses?; ¿una juerga divina acabada en melopea?; ¿un dios se pasó esnifando ese polvo blanco que se empeña en llamar "maná"?...

Sea como fuere yo me he sentido la rehostia de orgulloso al recibir mil trillones de visitas, e inmediatamente he llamado a mi señora madre. Dada la importancia histórica del acontecimiento —mil trillones de visitas no las recibe cualquiera, caramba— he grabado la conversación con la mujer que me parió, sabedor de que en la Historia del Mañana esto constituirá un documento de inenarrable realismo, así como un Cojoncio Auténtico del Quince:

—¿Mamá? ¿Se me escucha, mamá?

—¡Hola, hijo! Se te escucho. ¿Estás bien? ¿Cómo andas de ese resfriado?

—Muy bien, mamá. Oye, que he salido en Menéame...

—¡A tu madre no le hables así, Leónidas! Que te la menee tu novia o quien sea, pero a tu madre no le hables así.

—Joer, mamá, que digo que he salido en una página de internet que me ha dado mil trillones de visitas en un solo día.

—Muy bien, hijo. ¿Estás mejor del resfriado?

—Joder, mamá, que estoy perfectamente, y que he recibido mil trillones de visitas.

—¿Te abrigas? ¿Quieres que te lleve unas mantas cuando vayamos a verte?

—Hostia puta, mamá, déjate de rollos. ¡Mil trillones de visitas, mamá!

—Uy, sí, qué bien. Hijo mío, ¿estás comiendo bien? Mira que te vi algo flaco la última vez...

—Cojones ya... Oye, mamá, que tu hijo es famoso, a ver si te enteras.

—Sí, claro, es que tú siempre has sido muy guapo. Te voy a mandar unos manteles que hizo tu abuela antes de irse la pobretica y...

—¡Mamá, hostias, mil trillones de visitas! ¿Lo entiendes? ¡Mil trillones de visitantes!

—Ay, Leo, hijo mío, tu piso es bastante grande, pero yo no sé si vais a caber todos.

—Joder, mamá, que se trata de visitantes virtuales. No se presentan realmente en mi casa. Mamá, tienes que entenderlo.

—Yo de estas cosas modernas no entiendo, pero si no van a tu casa por algo será, guarro, que eres un guarro. ¿Qué te cuesta limpiar un poco o pagar para que una mujer te limpie?

—¡Mil trillones de visitas, mamá!

—Sí, sí. ¿Y los pelos del gato cómo te los quitas de la ropa? Regala ese gato a algún amigo, o a algún restaurante chino, que me ha contado mi amiga la Josefina que en los restaurantes chinos te compran al gato sin pedir papeles.

—Mamá, por dios, que Gusifluky tiene sus papeles en regla.

—¡Ay, tonto, pues pide más dinero por él!

—Joder, mamá, que me estás quemando. ¡Te digo que he recibido mil trillones de visitas! ¡MIL TRILLONES DE VISITAS EN MI PUTO BLOG!

—Ay, qué importante es mi hijo. Si ya se lo dije yo a la Serafina y a la Grabiela: "mi hijico va a llegar más lejos que la astronauta rusa esa que se llamaba Laika".

—Mamá, mil trillones de visitas, mil trillones de visitas... Piénsalo. Solo en publicidad me voy a forrar, mami. ¿Me sugieres algún anuncio especial?

—Ay, sí, hijico mío. Mira, toma nota de esto que me da mucha risa: diariodeuncabezadechorlito.blogspot.com, que yo no sé quién lo escribe pero me hace mucha más gracia que cualquiera de las mierdillas que veo en Menéame. net.

—Vale, mamá, he tomado nota. Y además, qué coño, es que prefiero a mis tres o cuatro lectores de siempre que a los cientos de desconocidos de la mafia del Menéame. Cuestión de principios, supongo.

O de lealtad, madre, o de lealtad.