Un blog escrito bajo severas dosis de etanol.
domingo, 9 de marzo de 2008
El accidentado voto del señor Kowalski
Hoy, a mis treinta y dos tacos, he votado por primera vez.
Hasta ahora había pasado de rollos, inánime por el mayor desprecio a nuestra clase política. Fue una conversación con Lola la que me hizo ver que se podía hacer algo, y eso he intentado hoy. Pues eso, lo he intentado.
Eran las seis y media de la tarde cuando he decidido salir en busca de mi colegio electoral. Para ello convenía quitarme el pijama previamente, y así lo he hecho. Después me he puesto a hacer caca, llevándome el libro que es preceptivo llevarme para esos momentos. Fue una mala decisión, porque andaba leyendo "El cerebro nos engaña", de F. J. Rubia, que es un coñazo inaguantable, pero resulta que ya estaba al final del libro, cuando se habla de la epilepsia, de las drogas alucinógenas y de la relación de todo esto con la religiosidad. O sea, que me he enganchado, porque es lo único interesante de este puto libraco. Así que ahí tienen a Leónidas, con los intestinos descargados y sentado en el trono, leyendo y leyendo.
Al terminar el libro me he dado una ducha. Después he buscado mi teléfono móvil para saber qué hora era (en mi casa sólo hay dos relojes: el del ordenador y el del teléfono móvil). Al descubrir que mi móvil estaba sin batería he puesto en marcha el ordenata. Mi ordenador está hasta arriba de virus y otras porquerías (es lo que pasa por ser un pornógrafo), así que tarda un huevo y medio en iniciarse. Mientras tando fui a vestirme.
Encontré un par de zapatos que no estaban demasiado rotos y un par de calcetines que había dentro de ellos. No me molesté en buscar calzoncillos y me fui directamente en busca de unos pantalones. Todos estaban demasiado sucios, y los que no estaban sucios estaban desgarrados por la entrepierna (yo es que tengo unos cojones que no me merezco). Tentado estuve de ponerme un chándal del ejército, pero eso me habría obligado a desechar los zapatos y buscar unas zapatillas deportivas, que uno será un desastre, pero tiene cierto estilo dentro del desastre, y las zapatillas de deporte las tengo todas en el cuartel. Opté, finalmente, por ponerme unos pantalones desgarrados por la huevera, prometiéndome a mí mismo que no me sentaría frente a nadie. Ponerme un jersey tampoco fue cosa sencilla, pues hube de buscar por el suelo hasta dar con algo decente, y les aseguro que buscar entre las montañas de ropa sucia que jalonan mi hogar no es cosa baladí. Tras mucho revolver ropa di con dos prendas aceptables: la primera fue descartada al comprobar que Gusifluky se había meado en ella, y la segunda fue la escogida, a pesar de las sospechosas manchas blanquecinas que la adornaban, como recuerdo de una paja que me hice algún día. Me fui a la cocina y derramé abundantemente ketchup sobre las manchas de semen reseco, porque prefiero que me llamen guarro a que me llamen guarro onanista.
Tras estas maniobras indumentarias fui al ordenador para consultar la hora. ¡Coño, eran las siete y cuarto! Sólo quedaban tres cuartos de hora para el cierre de los colegios electorales. Esta escasez de tiempo no hubiera sido un problema... si yo hubiera sido una persona normal que sabe dónde ha de votar. Ahora ponte a buscar el colegio. Llevo diez años en esta ciudad, pero sólo dos y medio empadronado en ella, y siempre me muevo en taxis cuando quiero llegar a cualquier sitio que no me suena, con lo cual no me preocupo por la manera de llegar a ninguna parte, ni por memorizar el nombre de las calles. Colegio Erytehia -o algo así-, sección 11, mesa B, según reza mi tarjeta electoral. Busca, Leo, vamos, busca, perrito bueno...
Antes de salir de casa consulto por Internet un plano de mi ciudad. El plano es una mierda, pero me da cierta idea de dónde estoy y de hasta dónde debo llegar. Salgo de casa. Tras caminar un rato me doy cuenta de que he olvidado en casa la tarjeta electoral donde aparece el nombre de la calle a la que me debo dirigir. Sé que es "Pintor no sé qué", pero recuerdo que en el plano aparecían cuatro calles de pintores, así que decido volver a casa y recuperar la tarjeta, por si me pierdo.
Recojo la tarjeta que me enviaron de la oficina censal y vuelvo a la calle. Intento orientarme y tras caminar durante un rato pregunto a un grupo de adolescentes que están de botellona:
-Disculpad, ¿podrías decirme cómo llegar al colegio Erytehia?
-Sí, ompare. Sigue como va y tra ese edifisio blanco tiene el colegio, pisha.
-Vale, gracias. ¿Y qué hora es, por cierto?
-Po mira, pisha, son la osho meno die.
¡Maldición! Las ocho menos diez y yo sin encontrar el colegio electoral. Minutos después encuentro a una chica paseando a un perro pequinés. La chica lleva como treinta "pirsins", cuarenta "tatus" y tres o cuatro relojes en cada muñeca. Le pregunto si voy bien para llegar al colegio de marras, y me dice que sí, que está ahí al lado. Se me ocurre preguntarle por la hora, y ella me dice que no tiene hora.
-¡Pero cómo! Niña, llevas ochocientos relojes encima.
-Sí, pero no funcionan. Los llevo por estética.
Echo a correr y me detengo cuando oigo la voz de la chica, que dice:
-¡Espera! Tengo un reloj que si lo meneo se pone a funcionar y a lo mejor...
No la dejo acabar. Reinicio mi loca carrera y llego, al fin, al puto colegio de los cojones. En la puerta está Manolo Benavides, ya es mala suerte. Manolo ahora es policía, pero nos conocemos desde que ambos coincidimos en el ejército.
-¡Tío! ¡Estás más gordo, cabrón!
-Hola, colega. Oye, mira que tengo que votar...
-¡Me cago en tus muertos! ¿Sigues escribiendo ese blog de mierda que no lee ni dios?
-Ey, Manolito, que tengo que votar. Hablamos luego si quieres.
-Pero qué maricón que eres, jodío. Oye, ayer vi a la tía esa tan buena que te follabas...
-¿Cuál, la Yoli?
-No, hostias, la otra. Esa que se había follado todo dios y que te cogió de pardillo y se quería casar contigo...
-¡Ah, sí, la puerca de la Sonia!
En fin, que nos enzarzamos en profunda conversación metafísica, hasta que llegó una niñata y dijo a Manolo:
-Disculpe, agente, hay que cerrar las puertas, que son las ocho.
Cómo me joden a mí los niñatos a los que dan un carguito, en este caso de presidente de mesa electoral, y se creen alguien. El caso es que se ha cerrado la puerta del colegio, y entonces dije yo, presa del terror:
-¿Y ahora qué pasa conmigo? ¿Ya no puedo votar?
-Na, hombre, tú estás dentro del cole y tienes derecho a votar. Lo dice la Ley Electoral.
Me metí en una de esas cabinas y escogí un montón de sobres y papeletas, que con eso de la coincidencia de las generales y de las autonómicas en Andalucía la cosa ha sido un follón. Busqué mi sección (la once) y mi mesa (la B), y me dispuse a votar.
Fue entonces cuando caí en la cuenta de que había olvidado mi cartera, con el DNI dentro.
(Bah, que es broma, que voté sin novedad. Gran parte de lo que se relata aquí es bromita, pero sólo una gran parte).
sábado, 8 de marzo de 2008
A esta entrada tampoco me sale de las pelotas poner título
Jugaba en la entrada anterior con la idea de palmar y no enterarme, vagando por la vida sin ser consciente de estar muerto. Evidentemente sólo estaba jugando con la imaginación, pero es que este asuntillo de la muerte y su relación con las bitácoras que escribimos me está dando qué pensar. Creo que la culpa es de Sergio, que murió sin avisarnos (aunque en realidad todo su blog era una advertencia), y MO y yo seguíamos preguntándonos por él meses después de su muerte. En una novela de Javier Marías el autor hace una interesante reflexión sobre eso de los muertos y sus conocidos que aún no se han enterado del fallecimiento. Ni recuerdo la novela (aunque hay muchas papeletas para que sea Mañana en la batalla piensa en mí) ni recuerdo la reflexión, pero sé que me gustó. Vaya un asco de lector estoy hecho, ¿de qué me sirve leer textos que me gustaron si no puedo recordar qué decían?
Bueno, sigo con lo mío:
Ahora sólo unas pocas veces al año me veo en esos trances, pero hubo un tiempo en que trabajaba casi todos los días metiendo mano a ingenios diseñados para destruir, descuartizar, mutilar, matar. Mi jefe directo disfrutaba con la especialidad que teníamos, y a mí también me fascinaba todo lo que él me estaba enseñando. Fue una extraña relación la de este hombre y yo. Apenas sabíamos nada el uno del otro en cuanto a nuestras vidas privadas, sin embargo formamos un buen equipo en el tajo, con bastante complicidad silenciosa, lo que facilitó que lleváramos a cabo algunos trabajos que no puedo contar aquí, pero que sin duda fueron los que más me enseñaron. En aquellos tiempos viví experiencias que me hacían pensar constantemente en la posibilidad de morir por una explosión, y me preguntaba entonces si sentiría algo o no habría tiempo para ello, y, sobre todo, me preguntaba si llegaría a ser consciente de que me moría.
Una década después y llevando una vida profesional mucho más segura (a aquel jefe lo vi por última vez hace más de diez años, con una pistola humeante en las manos tras haber vaciado el cargador sobre los trofeos y cuadros que adornaban un bar), me sigo haciendo preguntas sobre mi muerte, aunque ahora son diferentes.
Es muy posible que Leónidas Kowalski muera antes que yo, quizá algún día mate a ese cabroncete. Créanme que ganas no me han faltado en muchas ocasiones, pero, ¿y si yo muero antes? ¿Qué pasará con Leónidas? ¿Alguien sabe decirme si los blogs inactivos durante un tiempo desaparecen? ¿Quedará, en caso contrario, el Diario de un Cabeza de Chorlito amueblando la Red hasta que todo se vaya al carajo?
Se me ocurre que estaría bien confiar mi contraseña a alguien, para que sea él quien escriba la última entrada de este blog. ¿Recuerdan cuando yo hablaba de mis tres o cuatro lectores?, pues ahora son unos cuantos más. No muchos, tampoco se crean, pero sí muchos más de los que esperé al principio. A mí me gustaría que sepan que he muerto, porque si no... no sé, sería como tenerlos engañados o algo así.
Dándole vueltas a este asunto creo que debería buscar a alguien responsable, buen amigo, que me conozca personalmente y que sepa mantener su palabra. Además ha de tener el talento necesario para escribir mi epitafio bloguero con humor, sensibilidad, respeto y franqueza. Y creo que tengo a la persona adecuada, soy un tío afortunado.
Sí, tengo que darle mi contraseña al puto gordo. Por lo que pueda pasar.
viernes, 7 de marzo de 2008
No tengo ganas de poner título a esta entrada
Les decía en la anterior entrada que no puede quedarle mucho tiempo a mi abuela. Cualquier día me llamarán para decirme que ha muerto.
Y después me tocará escribir una entrada que no quiero escribir... como tantas otras que ya han sido escritas, y como tantas otras que se irán escribiendo, hasta que este blog se muera, o hasta que me muera yo y sea otro el que escriba la última entrada del Diario de un Cabeza de Chorlito, para comunicar mi muerte... O no, porque nadie conoce la contraseña para entrar aquí, y cuando me muera nadie podrá escribir mi epitafio como última y definitiva entrada. Las contraseñas nos las llevamos con nosotros, por eso nadie publicó en este blog que Sergio había muerto, y por eso me enteré tarde.
Tarde, siempre me entero tarde de todo. Igual un día me muero y no me entero a tiempo... Imagínense el problemón: yo andando por ahí, como si nada, jugando con Gusifluky, escribiendo aquí mis paridas, amando a gente que no lo merece, despreciando a personas estupendas, odiando a todos los que odio, sin saber que ya estoy muerto y que he perdido el derecho a sentir. Menuda jodienda cuando me descubra la policía de la vida y me pidan los papeles, la licencia de vida, la patente de existencia o lo que coño me pidan, y yo busque en la cartera, cada vez más desesperado, sin encontrar la documentación requerida. En algún momento se agotará la paciencia del policía vital, me mirará a los ojos y dirá, despiadado y burocrático:
-Caballero, está usted muerto. Acompáñenos, por favor. Mejor para todos si no opone resistencia.
Me llevarán a un lugar oscuro, me despojarán de todo, y entonces, siguiendo con el formalismo, me advertirán protocolariamente:
-Ahora tiene usted derecho a recordar algo, durante no más de cinco segundos. Después dejará usted de existir. Proceda. El tiempo empieza YA.
¿Y saben qué es lo más triste?, ¡QUE SÉ A QUIÉN RECORDARÉ Y NO SE LO MERECE!
La nena
Se llama Carmen, tiene 92 años pero en su barrio la conocen como "la nena". Es curioso esto de los motes de pueblo que permanecen así pasen... noventa y dos años. Carmen, La Nena, es mi abuela paterna.
La he visto hace unos días. Ella a mí me ha intuido más que visto. La he escuchado y le he gritado para hacerme oír. Dice que está mal, que no ve ni oye, aunque he comprobado que su apetito se mantiene juvenil. La contemplé mientras cenaba un plato de hervido, muy típico en Murcia, y después un segundo plato de trozos de pechuga de pollo con tomate, todo bien aderezado de mil pastillas para toda clase de males y férreamente controlado por mi tío Juan Antonio. Luego mi tío le sirvió un vaso de leche caliente con galletas, y le preguntó a gritos que cuántas galletas quería con la leche. Yo esperaba que mi abuela respondiera que dos o tres.
-No muchas -dijo mi casi centenaria abuela-, seis o siete.
Mi tío y yo nos reímos con ganas, felices de ese apetito gargantuesco, aunque la Nena no nos pudo oír. Le dije a mi abuela que una de sus cenas es lo que me da a mí para alimentarme durante dos días enteros, pero creo que no me oyó. Nos ha jodío, la vieja.
La Nena ha estado a punto de irse en más de una ocasión. Hace un par de años le perforaron el cráneo para drenar no sé qué líquido, y ella se quejaba porque le habían afeitado la cabeza. La estética es importante y el sufrimiento un estorbo, o algo así diría uno de los cínicos personajes de El Retrato de Dorian Grey, con el cual, por cierto, estoy de acuerdo, aunque me llamen ustedes superficial.
¿Saben una cosa? Hay una persona que quiere que me lleve mal con mi abuela, pero no va a poder ser, porque cuando esa persona me faltó (y fueron muchas veces y durante largos períodos) siempre estuvo ahí mi abuela, cubriendo su lugar. Y yo esas cosas no las olvido.
Algún día se me marchará la abuela siguiendo a su marido, y ese día me llamarán al teléfono y yo, como acostumbro, no cogeré la llamada. Me enteraré tarde, siempre me entero tarde de todo. Sólo espero que llegado el momento me dé tiempo de asistir al entierro, al menos eso. No sé, cuestión de lealtad, supongo.
jueves, 6 de marzo de 2008
¿De qué te ríes, malnacido?
Podría ser una entrada seria, meditada, con sesudas suposiciones sobre el porqué del maltrato a los gatos... pero no va a ser nada de eso:
Se te ve tan sonriente, tan contento, tan feliz en esas fotos... Qué enternecedor. Dan ganas de abrazarte, muchacho, para darte un buen rodillazo en los huevecillos y después, mientras te doblas de dolor, abofetearte con la mano abierta, como se ha de golpear, llegado el caso, a los afeminados que no pueden encajar un puñetazo.
Quieres mandar en tu tierra, quieres ser "alguien", quieres destacar... Lo último lo has conseguido sobradamente, repulsivo miedica, pero me parece a mí que tu familia no va a estar muy orgullosa de ti. Eres la vergüenza de un país, una ignominia para tus abuelos, una deshonra para tus padres, una infamia para tu tierra y una vileza para los ya de por sí viles políticos. ¡Eres indigno de que mi gato se cague en tus cenizas!
Jaimito, en el improbable caso de que recaigas por aquí y te sientas ofendido, botarate cobardón, a lo mejor tendrás la necesidad de pedir resarcimiento como no hace mucho lo hacían los caballeros. Para ello tienes a tu disposición mi correo electrónico en "A propósito de Leo...". Qué gustazo que te pusieras en contacto conmigo, y así, entre tú y yo, hablaremos de esto más de cerca. Cuanto más de cerca, mejor, que me muero de ganas por darte mis señas y a continuación las dos hostias que te mereces, sádico gallina. No temas de mi fuerza, que soy poquita cosa como tú, pero te juro por mis muertos que te lo voy a poner más difícil que esos gatos, canalla.
Hoy llora el pequeño Gusifluky... y nos mira a todos con desconfianza.
miércoles, 5 de marzo de 2008
Aquella rosa roja
Creo que fue en 1995, y sé que fue en Almería. El joven cabo Leónidas Kowalski está trabajando con un equipo de soldados en un depósito de munición. Recuento de pilas, comprobación de lotes, actualización de fichas, registro de temperaturas (máxima y mínima en las últimas veinticuatro horas), registro de humedad relativa... en fin, esas tareas que son la parte aburrida del trabajo del artificiero. Entonces aparece un soldado de la guardia de seguridad, que dice:
-Mi cabo, que lo buscan en la puerta del Polvorín.
-¿A mí para qué? Ahora no puedo ir, que estoy ocupado. ¿Quién me busca?
-No sé. Un tío civil que trae una rosa, y dice que se la tiene que entregar a usted.
Entonces caí en la cuenta. Claro, era el puto 14 de Febrero, y Chari era mucha Chari. Imaginen el cachondeíto entre los soldados, "uy, mi cabo, qué bonito eso de que le regalen flores..." Pero yo no podía dejar a medio lo que estaba haciendo, ni podía dejar toneladas de explosivos al cuidado de cualquiera, así que, rojo como mis galones dije:
-Bueno, que entreguen la rosa al soldado de plantón en puerta, que ya la recogeré yo. Ahora no puedo.
Y dicho esto seguí a lo mío, "ciento veintidós empaques, a mil cartuchos cada uno, son ciento veintidós mil cartuchos, más un pico de trescientos setenta y cinco hacen un total de ciento veintidós mil trescientos setenta y cinco cartuchos de 7´62 x 51 mm., ordinario, lote SB-03-88..." Así pasó más de una hora, hasta que acabé la faena en los depósitos de munición y volví a la zona de vida del Polvorín. Entonces me encuentro con el Alférez jefe interino que me ordena ir a la puerta del Polvorín porque (aún) hay alguien esperándome.
Llego a la puerta, donde el soldado de plantón conversa con un señor que sostiene una rosa roja delicadamente envuelta. Me presento, se me entrega la rosa, doy las gracias, y muerto de vergüenza me retiro. Horas más tarde, cuando se me pasó el sofocón, caí en la cuenta de que no había dado una mísera propina al señor de la floristería que perdió media mañana esperándome. Eso es algo que todavía hoy no me he perdonado.
En aquellos tiempos el cabo Leónidas Kowalski era... bueno, era ese milico robotizado, disciplinado y algo cabrón que han visto en tantas películas, y todo el mundo en el cuartel se enteró de que el cabo Kowalski recibía flores de una mujer. Los cachondeos fueron muchos y despiadados, claro. Pero... ¡qué coño! Si la demencia senil no me quita ese recuerdo, me lo voy a llevar hasta la muerte. Y cada vez que me venga a la memoria yo seguiré sonriendo.
Ay, aquella rosa de una época en la que todo podía ser de color rosa...
domingo, 24 de febrero de 2008
Pues ahora ya no me gusta tanto
Escucho poca música, y casi nada de lo que me invitan a oír me gusta, pero cuando azarosamente doy con algo que de veras me va puedo pasarme horas y horas escuchando la misma canción (conducta adictiva, sí, ya lo sé. Ahórrense los comentarios psicológicos). Eso me pasó con una canción en francés de la cual no entendía ni papa, pero es que en ese idioma se te pueden cagar en los muertos y te suena a gloria. La canción se llama (a ver si lo escribo bien): Quelqu'un m'a dit.
Me gustaba. Me gustaba mucho aunque no supiera de qué hablaba, porque hay cosas que no necesitas comprender para que te gusten, y me atreveré a decir que hay cosas que pueden gustarnos precisamente porque no las entendemos.
Me gustaba. Me gustaba mucho pero hoy he buscado la letra de esta canción, traducida al castellano, y ha resultado ser tan... bueno, quizás no era una buena traducción, pero sí me ha quedado claro que preferiría seguir oyéndola en franchute sin tener idea de lo que cuenta.
Pero da igual. Podría ser la mejor historia jamás contada y hoy habría dejado de gustarme. No sé por qué morbosa e innecesaria curiosidad me he fijado hoy en el nombre de la cantante, y resultó ser Carla Bruni.
Yo no sabía quién era la Bruni hasta hace unos días, pero ahora sí que lo sé. Sé quién es y, sobre todo, sé lo que es.
Mierda, mierda y mierda. Qué rabia. No sé si os he dicho, mujeres, que sois todas unas putas, pero si no os lo dije, aquí lo expreso: SOIS TODAS UNAS PUTAS. (Y me suda la polla que os siente mal, porque sé que si yo fuera el presidente de Francia me estaríais lamiendo todas el sudor del cipote, así que, que os compre quien no os conozca, zorrones).
sábado, 23 de febrero de 2008
Se puede enseñar a leer a un gato


Todas estas desgracias son consecuencia de inadecuadas lecturas, pero los gatos, por naturaleza, aprenden a leer con notable rapidez. A veces sospecho que ellos nacen sabiendo leer, pero que sólo leen en público cuando se les pide, no sé si por pudor o por modestia.
¿Cómo puede dudarse de la capacidad lectora de un animal que tiene esos ojazos? ¿Cómo puede pensarse que un animalito que mira al mundo de ese modo sabio e inquisitivo no puede leer? Los gatos no sólo leen, sino que además tienen buen criterio para escoger lecturas.
Mucho se habla de las bolas de pelo que vomitan los gatos, pero ellos y yo sabemos que los gatos vomitan tras leer a Coelho y a J.J. Benítez, entre otros autores que sólo escriben eso: bolas de pelo. Los gatos, tan delicados ellos, no pueden digerir ciertas tonterías, y acaban vomitándolas.
(Me van a perdonar el desastre de las palabras cortadas. Hasta que Gusifluky no se lea un buen tutorial para editar textos con imágenes en Blogger y después me lo resuma estas atrocidades seguirán sucediendo).
lunes, 18 de febrero de 2008
Esta vez me importó un carajo
Esta vez me ha importado un carajo. Un bledo, un pimiento, un pepino, un cojón de pato, un comino. Vamos, que me la suda. Me la trae floja, floja y pendulona, me la trae al fresco, o al pairo, me la pela, me la refanfinflota. O sea, que me da igual.
Hablo de la enésima escabechina en un país lejano, que esta vez se llama Afganistán como podría llamarse de cualquier otra manera, donde a otro hijo de puta le ha dado por volarse en cachitos y ya de paso llevarse puestas a diez, veinte o cien personas que pasaban por allí. Tampoco se crean ustedes que otras veces la carnicería me importa mucho, para qué nos vamos a engañar. Pero lo de ayer fue diferente: ¿pueden creerse que, casi casi, me he alegrado?
En esta ocasión el terrorista suicida igual podía ser un fanático religioso -de la religión que sea, que eso importa poco y los cristianos tienen mucho que callar- como un fundamentalista de eso que algunos llaman "derechos de los animales", y es que el petardazo se ha producido entre una muchedumbre que disfrutaba del abominable espectáculo que proporciona ver a dos perros peleándose. Por eso, decía, casi me alegro de que las huríes -esas putas del paraíso musulmán- tengan trabajo con el nuevo héroe. El desgraciado tuvo tino para escoger momento y lugar, reconozcámoslo.
Bueno, tampoco es para tanto -pensarán algunos de ustedes-, total, lo de las peleas de perros es una cosa cultural y tal. Folclore de la zona y todo eso. Hay que entenderlo.
Claro que sí. Ahí justamente quería yo llegar, al folclore aborigen, a las tradiciones y a la cultura de cada lugar... Bonita manera de enmascarar lo que es pura salvajada en demasiadas ocasiones, porque, convendrán conmigo, no es lo mismo irse de viaje con la familia a Asturias y coger una melopea de sidra que irse a Somalia y regalarle a Carmencita, de dos años, una preciosa ablación de clítoris con la excusa de que es lo tradicional, ¿verdad que no?
Pues aquí, en nuestra zapateril y rosa nación de naciones (arrojo confeti y doy saltitos de alegría, yupi yupi), también tenemos lo nuestro. Me he parado a pensar en ello por el asunto de la matanza durante la pelea de perros en ese país lejano. Inevitablemente he comparado al suicida talibán con uno de nuestros simpáticos muchachos etarras, y la pelea de perros con una de nuestras tan castizas corridas de toros. Y, oigan, me he quedado un poco asombrado de mis propias emociones al respecto.
Me jode que se mate a la gente, me jode mucho. Me jode que se mate a animales por diversión, me jode mucho, aunque no tanto como que se mate a personas. Dicho esto debo añadir que no me jode igual que se mate a unas personas como a otras, porque no todo el mundo es igual de inocente ni respeto por igual a cualquiera. Si un día ETA pone una bomba en una abarrotada plaza de toros y descuartiza a ochenta espectadores, yo lo sentiré mucho y volveré a llenarme, una vez más, de rabia e impotencia, pero... No sé si me estoy explicando. Resumiendo:
Si tengo que elegir, mil veces prefiero que maten al cobarde y sanguinario espectador de una corrida de toros que al desgraciado que espera en una parada de autobús, porque hay víctimas inocentes y víctimas que no lo son tanto.
Espero que haya quedado claro.
Ea, otro premio. El Nobel está a la vuelta de la esquina

Señoras, señores, piticanillos todos:
Gracias por acompañarme en un día tan importante para mí. El anhelado premio con el que hoy se me honra viene a unirse a los otros 378 que justamente me han otorgado en mi breve trayectoria bloguera, a razón de un premio cada día y medio aproximadamente. Tan acostumbrado estoy a estas celebraciones que este discurso lo escribe una de las secretarias que tengo contratadas para estos menesteres: me escriben los discursos, gestionan mi correo, me planchan la ropa, me chupan la pinga, me administran la agenda...
Pensarán ustedes que mi vida debe de ser fascinante con tanto premio. Sí, lo es. Ser yo es lo mejor que me ha pasado en la vida, y si yo no fuera yo, siendo en cambio alguno de ustedes, pues en ese caso yo sería otro, y el otro sería yo... y no sé qué carajo les quería contar. Olvidémoslo mejor.
Quizá parezca que Don Pedro Lucio me concede este premio por amistad, en una de esas abyectas y recíprocas comidas de polla a las que tan acostumbrados estamos en la blogosfera, pero yerran ustedes si creen tal cosa, porque Don Pedro y yo nos llevamos a matar.
La animadversión que Don Pedro y yo nos profesamos con ahínco surgió allá por 1946, cuando un joven Pedrito y este cabeza de chorlito estudiaban en un colegio religioso y ambos nos enamoramos del mismo cura. El cura, sorprendentemente, resultó ser heterosexual y no se avino a nuestros perversos deseos, argumentando el muy truhán que estaba enamorado de una monja, monja que por cierto estaba a su vez liada con la superiora de su convento.
Antes de conocer las oscuras tendencias del cura, Pedrito y yo nos batimos en duelo, o en singular gesta como diría el amigo Cervantes parodiando los libros de caballerías. Desde aquel enfrentamiento tengo una astilla de madera clavada en un hombro, pues nos batimos con espadas de palo a falta de mejor arma.
Hoy, tantísimos años después, este premio me parece sorprendente, merecido y tardío, pero igualmente digno de agradecimiento.
No obstante, fiel a mi costumbre, no seguiré la cadena; es mi norma no chupar más pollas de las estrictamente necesarias. Manías que tiene uno.
Eso sí, agradecimiento infinito y mis más efusivos saludos a Don Pedro Lucio, de cuyo nombre me acuerdo especialmente en los días húmedos, cuando la astilla me hace rabiar de dolor.
martes, 5 de febrero de 2008
Fui
Todo pasa, nada queda. Nuestro amor, tus ilusiones, mis esperanzas, vuestros miedos, sus risas, nuestras enfermedades, tus ideales, mis pensamientos, vuestras aspiraciones, sus fracasos, nuestra vergüenza, tu rencor, mis pesadillas, vuestro hastío, su locura, nuestra ambición... Todo, absolutamente todo desaparece algún día.
No es malo que todo pase. Tampoco es bueno que nada quede. Tan sólo es.
La foto de tu hijo, el premio de vuestra lotería, el ronroneo de mi gato, la colección de sellos de ese señor, los besos de los amantes, mis lágrimas, los suspiros de todos los que alguna vez estuvieron enamorados, las canas de mi barba y el tinte de tu melena, los disparos al aire y las balas que os alcanzaron, los relojes de arena con todos sus granos y las clepsidras con sus gotas de agua, nuestras cenizas, toda la sangre vertida, los gritos contenidos y el eco de los gritos que no se contuvieron, todas las cosas que fueron, todas las cosas que no pudieron ser, todas las cosas que serán... Todo, absolutamente todo desaparecerá algún día.
Y esto ni es malo ni es bueno.
Me gusta saber que moriré y me gusta saber que mi materia se descompondrá para que mis átomos formen sustancias nuevas, y me alegra saber que muchos de ellos se reagruparán, enlazándose con los tuyos, para dar vida a otros seres. Pero esto no es un sucedáneo de la inmortalidad porque los átomos no tienen conciencia de nosotros, y tampoco importa porque antes o después también ellos desaparecerán.
Y da igual. No es bueno ni malo; es.
En este momento, a las dieciséis horas y diecinueve minutos de un 5 de Febrero de 2008 según el horario y calendario de una parte de la humanidad, he pensado que tengo una increíble suerte por poder sentir lo que ahora siento, que ni es malo ni es bueno.
Solamente fue.
lunes, 4 de febrero de 2008
El Soldado Kowalski
Kowalski o Kowalsky, que de las dos maneras lo encontraremos, es un soldado estadounidense. En su honor me bauticé como Leónidas Kowalski cuando empecé a vomitar en la Red, y en su honor escribo ahora este panegírico. El muchacho se lo merece.
Hace ya bastantes años que conozco al soldado Kowalski. La verdad es que no tenemos mucho trato, pero cada vez que empiezo a olvidarme de él me lo encuentro sorpresivamente en una película o en una novela. O incluso en un videojuego. Confunde un poco su errática carrera militar, pues igual lo ves como Cabo en una peli, como años después te lo encuentras degradado a Soldado en un juego, para volver a encontrarlo a la semana siguiente en otra película ascendido fulgurantemente a Sargento. Debe de tener una peculiar Hoja de Servicios el amigo Kowalski, y un expediente personal de lo más complicado.
Como no lo he visto nunca es de oficial. Supongo que por ser hijo de inmigrantes polacos ha de conformarse con los empleos de tropa o, con suerte, los de la suboficialidad. A mí me cae bien, entre otras cosas, porque mi amigo Kowalski hace su vida entre lo más subordinado del ejército. No me es difícil empatizar con este soldado, y siempre lo reconozco, aunque cambie de cara y de galones. Cada vez que lo descubro en una nueva aventura tengo una peculiar sensación, entre alegría y desconcierto, como cuando nos encontramos inesperadamente a un conocido de nuestra tierra en una ciudad lejana. Él me mira desde la pantalla o desde las páginas, sonríe y me guiña con complicidad un ojo azul, o verde, o castaño. En estos casos entablamos un breve diálogo si la acción lo permite:
--¡Ey, Kowalski, qué alegría verte de nuevo!
--Yo también me alegro, Leo. Sabes que quiero pasarme por DCC, pero tío, ya ves cómo es esto. Siempre ando liado entre tiros, humo, explosiones y compañeros destripados. Eso cuando hay suerte y no soy yo el destripado, mwajajajajaja...
--Ya, hombre, no te preocupes.
--Échale güevos y vente tú a mi mundo, tío. Verás qué risa.
--Uy, quita, a mí eso me da un miedo... Mejor te espero yo a ti.
--Bueno, pues nos vemos, colega, pero ahora me largo, que oigo acercarse otra puta granada de mortero.
Y mientras corre empuñando su M-16 con una mano usa la otra para despedirse de mí. Nos volveremos a ver, pienso yo. Siempre volvemos a vernos, aunque a veces la granada de mortero, o la bala de un francotirador, o un lanzallamas, o lo que sea, lo deja seco.
Mi amigo el soldado Kowalski ha estado en infinidad de batallas. En algunas ha muerto incluso. Ese cabrón es un héroe de los de verdad. Apareció en una novela de Pérez-Reverte, por poner un ejemplo. Y también, aunque no se lo crean, participó en una secretísima expedición científico-militar, y puestos a hacer cosas raras también ha intervenido en una película de animación, y hasta en varios videojuegos, como Shellshock: Nam '67 o Gears of War, donde por cierto perdió una pierna que poco más tarde encontró. Es la metapolla, este Kowalski. Cuánto tendría que contar si se lo permitieran...
Hace tiempo que no nos encontramos, amigo Kowalski. Haz por verme pronto, que no quiero pensar que alguna vez, en el fragor de la batalla, palmes de verdad. Atormentado por la duda he revisado la lista de bajas, tanto en Irak como en Afganistán, y compruebo aliviado que tu nombre no aparece.
Tú sigue muriendo de mentirijillas, que es lo tuyo, y deja para otros morir de verdad.
sábado, 2 de febrero de 2008
Y pasó lo que tenía que pasar. (Breve cuento intrigoso)
Enrique cerró el libro a falta de unas pocas páginas para acabarlo. Si no fuera por lo que pasó después estoy seguro de que nos hubiera recomendado a todos leer Cañas y Barro, de Blasco Ibáñez. Ya estaba pensando en la siguiente novela que leería: El Malvado Carabel, de Wenceslao Fernández Flórez. Sin duda un acierto, pero lamentablemente no llegó jamás a leer una sola de sus páginas.
Sobrecogido aún por los acontecimientos que se desarrollaban en la novela de Blasco salió a comprar tabaco. Era Enrique un fumador compulsivo, aunque se olvidaba de su vicio cuando se metía de lleno en una buena historia, pero con todo y con eso tenía la costumbre de fumar un cigarrillo durante los finales de sus lecturas. Se le hacían así más intensos, o eso quería creer. Cuando la estanquera le dio los dos cartones de tabaco que había pedido se dio cuenta de que había olvidado la cartera. No importaba, Enrique era vecino del estanco y cliente fiel de años, así que se le fió la mercancía. Esa deuda jamás fue solventada.
De vuelta a su casa pensó en pasar por la churrería para dar un desayuno sorpresa a su esposa, pero cambió de opinión cayendo en la cuenta de que no llevaba dinero encima. Mejor lo dejaría para mañana, que era domingo y Gloria no saldría a hacer sus compras como hace todos los sábados, así podrían disfrutar más tranquilamente de los churros y de un chocolate casero bien espeso y tibio. Luego pasó lo que pasó, y ese domingo ni Gloria ni él, ni ninguno de sus vecinos a decir verdad, desayunó churros con chocolate.
A punto de coger el ascensor para subir hasta su piso se topó con el presidente de la comunidad de vecinos, a quien le recordó que había dos bombillas fundidas en su planta. El presidente prometió cambiarlas en breve. Jamás lo hizo.
Mientras Enrique entraba en su hogar sonó el teléfono. Vio en la pequeña pantalla de cristal líquido que se trataba de su cuñada, así que optó por apagar el timbre del teléfono y esperar a que Gloria se despertara para devolver la llamada a su hermana. Dado que los acontecimientos sucedieron de la manera que sucedieron, esa llamada no llegó a producirse nunca.
Al pensar en Gloria tuvo Enrique el súbito deseo de ir hasta el dormitorio para besarla, pero antes se entretuvo unos segundos metiendo el contenido del cesto de la ropa sucia en la lavadora. Si en lugar de haber hecho eso hubiera ido inmediatamente a despertar con besos a su esposa el final de este cuento los habría sorprendido entre besos y caricias. Desgraciadamente les va a llegar el final mientras Gloria duerme y Enrique sostiene en las manos un jersey de lana. Gloria sueña con un antiguo novio del instituto. Enrique se pregunta qué programa de lavado será conveniente para el jersey.
Esta historia podría tener una segunda parte donde se explicaría lo que falta por explicar, pero esa segunda parte no va a ser escrita jamás. Es una pena porque era muy interesante.
jueves, 31 de enero de 2008
Estoy ahí, por ahora
Llego a casa y él sale a recibirme cuando abro la puerta. Se afila las uñas en el felpudo haciendo como que no le interesa mi presencia. Después sigue afilando las uñas en mi ropa a la vez que se despereza. Desde que vive conmigo soy el militar más desastrado de la OTAN, y tener el uniforme arañado por mi gato es la mejor medalla que puedo lucir. ¡Gusi, déjame!
Luego voy al baño, y mientras meo él salta al lavabo, se yergue sobre sus patas traseras y apoya las delanteras en mi hombro. Lo miro, me mira, juntamos los hocicos y él empieza a ronronear. Su ronroneo se confunde con el chispeo de mi orina mojando el suelo. ¡Gusi, déjame!
A continuación voy al estudio, enciendo el ordenador y él salta al escritorio. Tira el lapicero y desparrama los bolígrafos. Mientras Windows arranca mi gato se entretiene desperdigando bolígrafos por todas partes. Yo lo dejo hacer, pensando que ya recogeré los trastos la semana que viene, pero él me mira con sus enormes ojos verdes llenos de sarcasmo y me dice que ya me conoce lo suficiente para saber que no recogeré nada, ni esta semana ni la que viene. ¡Gusi, déjame!
Huyo a mi cuarto para cambiarme de ropa, y él me persigue. Araña mis dedos cuando desato los cordones de las botas. Tira al suelo el teléfono que dejo sobre la mesita de noche. Tras el celular caen las monedas, el mechero, el paquete de tabaco y la cartera. ¡Gusi, déjame!
Vuelvo al baño, escoltado, claro, por el gato. Abro el grifo de agua caliente y me encierro en la bañera protegido por la mampara. Intento ducharme con tranquilidad sin hacer mucho caso del ruido que causan las zarpas de Gusi esforzándose en abrir la mampara. Siempre logra abrirla antes de que termine de ducharme, y entonces lo salpico con una buena rociada de agua, para que aprenda. Cuando salgo de la bañera él aprovecha y se mete dentro. Se empapa bien las patas y cuando voy a por él se me escabulle y se va por toda la casa, dando traspiés, deslizándose, poniéndolo todo perdido de agua jabonosa. ¡Gusi, déjame!
Me visto en mi cuarto, luchando por hacer el lazo de los zapatos sin que Gusi me ampute los dedos. Renuncio a regañarlo, porque cuando lo hago se mete en algún armario ropero y se dedica a tirar las prendas de sus perchas y a llenarlas de pelos. Mejor consentir que me arañe los dedos y me muerda los brazos mientras me visto. Él me mira y con su mirada me dice: "Jódete, chavalín, que cualquier otra opción es peor". ¡Gusi, déjame!
Después vuelvo al estudio, y con suerte Windows terminó de arrancar. En ese caso introduzco mi contraseña en el Messenger y me dispongo a ver las novedades en la bandeja de entrada del correo Hotmail. Puede ser que inicie una conversación por mensajería instantánea, y si es así seguro que Gusi salta sobre el teclado, y eso me hace enviar a mis contactos mensajes sesudos y profundos del tipo "sñdfljbgoan". ¡Gusi, déjame!
Cuando el gato decide calmarse se tumba sobre la impresora, tras haberla puesto en marcha pisando el botón de encendido, claro. Entonces se dedica a observarme con esa manera sabia y atenta que tienen los gatos de mirar, y me hace sentir cohibido. Yo le devuelvo la mirada. Nos sostenemos la mirada durante un buen rato, como en esos westerns donde el bueno y el malo se enfrentan para ver quién saca antes el revólver. Al cabo de un buen rato Gusi decide desenfundar y se estira para poner una pata sobre mi hombro. Clava las uñas en mi ropa y tira hacia sí. Juntamos, otra vez, los morros. Nos damos unos besitos. A continuación Gusifluky vuelca el cenicero, y siempre hay una colilla encendida que indefectiblemente cae cerca de algo inflamable. ¡Gusi, déjame!
Así transcurre nuestro día, entre besitos, caricias, carreras y peleas. Y llega la noche.
Me encierro en mi dormitorio. Gusi lloriquea un poco desde fuera, y yo le grito desde dentro que se joda, por gato malo. Pasan las horas. En lo mejor de mis sueños soy despertado por unos tenues maullidos y un suave roce sobre la puerta. Es Gusifluky, que sólo quiere saber que estoy ahí y asegurarse de que sigo vivo. Entonces, a las dos de la madrugada, a las cuatro o a las seis, yo digo: ¡Gusi, déjame!
Y con eso él se tranquiliza y se vuelve a dormir, porque Gusi sólo quiere saber que estoy ahí, que no lo he abandonado.
Gusifluky, no puedo prometerte qué pasará mañana. Te advierto que se nos vienen encima fechas inciertas, pequeño Gusi. Pero hoy sí, hoy estaré ahí. Si no me despiertas a la una, a las tres o a las cinco... tendré que ir a despertarte yo.
lunes, 28 de enero de 2008
Lo que esconde el nombre de mi gato
Gusifluky es el nombre de mi gato. Tal palabro no aparecía en Google hasta que yo empecé a hablar de él. La bellísima veterinaria que se encarga de su salud alucinó con el nombre. Se ha hecho famoso en mi trabajo y muchos son quienes me preguntan por el gato sólo por tener la oportunidad de pronunciar su nombre. Incluso hay graciosos que me llaman a mí Gusifluky, como si Gusi y yo fuéramos un único ente. También tengo un compañero que jugando con su hijo lo llama mediante esa palabra, lo que provoca en el niño inmediatas risas.
A mí, qué quieren que les diga, todo esto me gusta. Creo en el poder de las palabras, no sólo por su significado, sino también por su eufonía. Y reconocerán ustedes que Gusifluky suena a cosa que uno desea comerse a besos.
Existe otro gato en Alicante de cuyo pescuecito cuelga una chapa en la que se lee un número de teléfono (por si se pierde, criaturica) y su nombre: Ñulky. Lo siento, amigos, pero ahora toca hablar de Ñulky:
Sería el año 1999 ó 2000 cuando Chari rescató a ese gatito de la calle y me lo presentó al llegar yo a casa. Chari me tapó los ojos, me guió hasta el diminuto patio de la casa que teníamos alquilada, y entonces descubrió mis ojos mostrándome al nuevo miembro de la familia. Aquel pequeño gatito, o gatita según creíamos entonces, jugaba con un tampón. Jejeje, a Chari no se le había ocurrido otro juguete. Ahora me acuerdo y me parece tan... tan besuqueable la escena...
¿Qué nombre poner a ese pequeño bichejo? Chari se encargó de todo. Chari siempre se encargaba de todo. Chari es maravillosa. Lo llamó Ñulky.
Ñulky era una de esas palabras que no significan nada pero que lo dicen todo. Es una de las palabras (junto a Charipitruky, ñulky, truquiñuky...) con las que yo, cariñosamente, llamaba a Chari. Ella, en un inspirado momento de genialidad, llamó a esas palabras "cariñativos". Cariñativo... ¡esta palabra debería ser tenida en cuenta por los filólogos! Tomad nota.
A Chari le gustaba que yo la llamara por el cariñativo ñulky. Por eso llamó así a nuestro gato.
No les costará mucho hacer el razonamiento inverso: Tengo un gato llamado Gusifluky, porque me gustaría abrazar a una mujer que se mereciera ser llamada "mi pequeña gusifluky". Una linda gusifluky que no sea... bueno, en esta entrada no quiero escribir palabras malsonantes.
Y sí, ahora ya pueden vomitar, que ustedes, lectores de DCC, no están acostumbrados a tal empacho de azúcar. A veces necesito soltar lastre, ustedes me perdonarán.
Entiéndelas, si tienes cojones
Tenía un nombre árabe que no recuerdo, y me hizo una de las mejores mamadas que me han hecho en la vida. No era una chica guapa, pero tampoco era fea, y para mi gusto le sobraban algunos kilos. En uno de sus incisivos tenía incrustado un brillante o algo similar, y siempre pensé que el dentista que cometió esa ordinariez debería ser juzgado por saltarse el Código Deontológico del Médico.
Era una chica divertida, atrevida, juguetona, y una vez lloré ante ella mientras le hablaba de otra mujer. Me escuchó estoicamente y después se puso a decir payasadas para hacerme reír. No lo consiguió, pero yo supe que mientras le hablaba de mi corazón roto estaba rompiendo el suyo. Y ahora, fíjense, ni recuerdo su nombre. Sólo hace de aquello algo más de tres años, y yo ahora no puedo acordarme de su nombre. A veces me doy asco de mí mismo.
Aquella gloriosa mamada que me hizo una tarde (en su coche, junto a una playa, y tras haberle lamido a conciencia las tetas ante la azorada presencia de unas alumnas y un profesor de autoescuela que tuvieron a bien detener su coche junto al nuestro) estuvo bien cerca de ser La Mamada Por Antonomasia. Si no llegó a merecer ese nombre es porque no culminó con la preceptiva ingesta del semen, puesto que esta dama manifestaba ciertos remilgos en ese sentido, y apartando la cara en el último momento recibió la corrida, o engrudo vital que diría Cela, en el pelo. Más le hubiera valido aceptar mi descarga sobre los pechos, ya que tragársela no era plato de su gusto, y así hubiera sido más fácil la limpieza.
Pasó el tiempo, y por esas cosas que suceden en nuestras miserables vidas ocurrió que esta señorita de olvidado nombre me jugó una mala pasada que al contrario que su nombre no he olvidado. Yo, indignado, cabreado hasta el paroxismo, le dije por teléfono que quería meterle la cabeza en el váter mientras le metía mi polla por el culo. Así se lo dije, con esas palabras. No te atreverás, dijo ella. Lo haré con gusto, dije yo. Pues por increíble que parezca me pidió la dirección de mi casa (yo acababa de comprar la vivienda y ella no la conocía), y unas horas después estaba en mi casa, a mi merced, deseando que la humillara de cualquier modo que se me ocurriera.
En realidad acabé humillándola de un modo mucho peor, porque tras tomar una cerveza en la cocina la empujé hasta la puerta y la despedí. Mwajajaja... Con eso no contaba ella, la pobre.
El caso es que esta tarde le refería esto a una amiga, diciéndole que me parece asombroso amenazar a una mujer con meterle la cabeza en el váter y darle por el culo, y que ella se muestre encantada y hasta vaya a buscarlo. Pero mi asombro aún ha ido más lejos cuando mi amiga me ha respondido que lo entiende perfectamente, que esas cosas dan mucho morbo. Exactamente sus palabras fueron (tengo la buena costumbre de guardar mis conversaciones de Messenger): "Las mujeres van de romanticonas y ese rollo pero en el fondo les mola que las traten como a zorras (sexualmente hablando). Dan por hecho que lo del wc no lo vas a hacer, y que te follen por detrás da un morbo que flipas."
¿Saben una cosa? Me encanta tener amigas que hablan tan claro y que cuando tratan conmigo olvidan su papel de mujer melindrosa y estereotipada. Olé, olé y olé por las damas valientes que se pasan los convencionalismos sociales por el mismísimo coño. Y olé también por aquellas que conocen los secretos de una magistral felación, aunque después de todo este cabeza de chorlito olvide sus nombres.
domingo, 27 de enero de 2008
Viajera Solitaria y Gerardo sabían lo que hacían
Hoy toca agachar la cabeza. Viajera Solitaria me recomendaba leer a Patricia Highsmith. Y más concretamente, Gerardo García-Trío me recomendaba la lectura de Pequeños cuentos misóginos, de la misma autora. Ambos sabían lo que hacían, según veo.
Vino la cosa por una entrada en la que rajo de las mujeres escritoras: Sobre novelistas y novetontas. Viajera Solitaria me decía en los comentarios que si opinaba tan mal de las escritoras sería porque no he leído a Patricia Highsmith, y yo, que soy así de chulito y de imbécil algunas veces, le respondí que ni la había leído ni creía que lo fuera a hacer. Pues hoy me toca rectificar, que también sé hacerlo. Gerardo, yendo más lejos, me decía:
"Puedes empezar por sus encantadores, sinceros y provocadores Pequeños cuentos misóginos. Si no te gustan, me los como.
PD: Pero si te gustan, lo tienes que decir aquí."
Pues bien, ha llegado el momento de decirlo. Pliego velas, me la envaino, me bajo los pantalones. Es justo que ahora dé mi más que positiva opinión:
Pequeños cuentos misóginos es una colección de diecisiete relatos breves que perfectamente se pueden leer en unas pocas horas, muy pocas. Son una buena opción para un viaje o un día de guardia. Mordaces, concisos, libres de sentimentalismos, estos cuentos ponen de vuelta y media a diecisiete tipos de mujer que podemos relacionar con mujeres reales que hemos conocido personalmente. Los hombres tampoco quedan demasiado bien en alguno de los cuentos, pero en casi todos aparecen como unos tristes calzonazos, explotados por las hembras y muy, pero que muy pacientes y comprensivos. Mientras leía me daban ganas de abofetear y gritar a alguno "¡espabila, imbécil! , ¿no ves lo que esa tía está haciendo contigo?"
Uno de los cuentos, titulado Un objeto de cama transportable, me llegó al alma. Describe magistralmente a alguien que tuve la desgracia de conocer, y en él no pude encontrar la más mínima señal de humor. De hecho creo que doña Patricia, aunque cree situaciones esperpénticas, no pretendió bromear al escribir estos cuentos. Sospecho que más bien quería desahogarse. Para una mujer lúcida y justa debe de ser un calvario compartir identidad sexual con tanta zorra e hija de puta como hay en el mundo y luchar permanentemente por distinguirse de ellas. No es de extrañar que sean algunas mujeres precisamente las más acendradas misóginas. A los hombres misóginos nos ablandan las putigolfas, si se lo proponen, con una sonrisita y un coqueteo, porque el instinto se impone a nuestras convicciones, pero ese truco no les vale con otras mujeres. La prueba es Highsmith y sus cuentos misóginos.
Se me ocurre también que este librito es muy útil para los solteros recalcitrantes como yo. Bueno sería guardarlo bajo la almohada y releer alguno de sus relatos en esos días tontos en los que se nos olvida lo bien que estamos sin pareja.
Viajera, Gerardo: gracias, leeré más de doña Patricia. Además, a ella le gustaban los gatos...
jueves, 24 de enero de 2008
Cela, el cipote de Archidona, y un plagio al futuro
Jolines, lo que son las cosas. Recordará el chorlitiano lector que hace unos días vomité un cuento absurdo partiendo de un disparate de Don Camilo José Cela, y siguiendo la pista del vídeo con que ilustré el asunto me he encontrado otro vídeo que sería miserable por mi parte omitir mostrar a vuesas mercedes. No incrusto el vídeo, sino que lo enlazo, detalle que seguramente me agradecerá el lector de lenta conexión a Internet: ESTO ES UN ENLACE, VÍNCULO O HIPERVÍNCULO.
Y claro, una vez visto el vídeo, y tras reírme un cuarto de hora de esa manera que yo me río (sin mover los músculos de la cara), me ha picado la curiosidad. Parece ser que lo del cipote de Archidona es un acontecimiento verídico, y lo que a mí me sorprende es que se le diera tanta importancia a un hecho tan anodino. Pero bueno, eran otros tiempos. Aquí tienen más información acerca del suceso. (La palabra "aquí" también era un enlace, vínculo o hipervínculo).
Pues bien, siguiendo la pista de este glorioso episodio nacional, voy y descubro que Cela, el bueno de Cela, intentó imitarme escribiendo un poema sobre un cipote. El muy malandrín tenía tanto interés en ser como yo, en parecérseme al menos, que hasta descubrió la manera de adelantarse al futuro e imitar --cutremente por cierto-- lo que yo escribiría más de tres décadas después. ¡Hay que ser bandido!
Mi consuelo es que no me llegó ni a la suela de las botas. Comparen ustedes:
En ti mostró su boca vengativa
Hoy proclama la gloria de Archidona
Hoy el mundo en tu justo honor pregona
Vale, sí, lo de Cela es un soneto y lo mío es... otra cosa, ¿y qué? Joder, a ver si es que os creéis que ese tío es alguien por el ínfimo hecho de ganar el Nobel de Literatura. Tened en cuenta que el último Nobel fue para Doris Lessing, así que no os lo toméis tan en serio, eh.
miércoles, 23 de enero de 2008
Respuesta al Más Allá
Triste sería, mi pequeña y dulce Emperatriz, que acabáramos usando nuestras bitácoras para apuñalarnos. Triste sería, pero va a tener que ser.
Criaturica mía, te tengo un cariño que seguramente no percibes, y bien sabes que me he deshecho en halagos hablando de vos aquí mismo. ¿Crees realmente que me merezco tus ataques? Ay, con lo que yo te quiero...
Como no me permites comentar en tu blog --¡Viva la censura!-- y he olvidado tu correo electrónico, pero teniendo en cuenta que según parece tú sigues pasándote por DCC, que siempre será tu casa, voy a contestarte por aquí, públicamente, a esa entrada tuya que acabo de descubrir. Seré breve:
El poema es una mierda, puedes hacerlo mejor.
Me siento halagado por la dedicatoria.
No me parece justo que me guardes ese rencor por no haberte follado a tiempo.
Ya está, Belsy, he terminado. Si tienes algo que decir puedes hacerlo mediante los comentarios, que en DCC no se veta a ningún comentarista.
martes, 22 de enero de 2008
Manolín Galvín, el niño que quería ser como Cela
Cuando nació Manolín, su padre, don Manuel Galvín, se dijo que su retoño sería alguien grande en el mundo de las artes, preferiblemente en la Literatura. La madre de Manolín, doña Sergia Moribúndez, no se dijo nada porque, haciendo honor a su apellido, se estaba muriendo la pobre. De hecho se murió unos minutos más tarde, y aunque no tenga nada que ver con esta historia quiero añadir que el mundo no perdió gran cosa con el óbito de doña Sergia, pues además de tonta, puta y vieja, era doña Sergia coja, fea y guarra. Un premio de señora, vamos. Sería indiscreto decir que don Manuel se alegró por la muerte de su esposa, así que no lo diremos, pero sepan ustedes que así fue. Aunque yo no he dicho nada, eh, a mí que me registren.
Manolín era un bebito despierto, al menos mientras no dormía. Creció sano, fuerte, guapo, y tuvo cualquier lujoso capricho que se le antojó, pues don Manuel otra cosa no, pero dinero tenía mucho, fruto de su sacrificado y arriesgado trabajo como traficante de droga y armas, a lo que habría que añadir los réditos que varios lupanares de su propiedad le proporcionaban. Que Manolín quería una casa de muñecas con genuinas muñecas hinchables dotadas de auténtico vello púbico, pues la tenía; que Manolín quería un muerto de verdad para representar la crucifixión de Jesucristo Nuestro Señor, pues lo tenía; que Manolín quería un mucangrio como mascota, pues lo tenía. Cuentan los cronistas que hasta llegó a tener un tamagotchi de esos, punto éste sobre el que no me atrevo a hacer aseveraciones dado lo surrealista de la idea.
Don Manuel, no obstante, prestó mucha atención a la formación cultural y artística de su hijo. Le regalaba importantes obras literarias en su cumpleaños y el día de su santo. Los otros trescientos sesenta y tres días del año le regalaba lo mismo. En cambio, los días 29 de Febrero de los años bisiestos le regalaba libros de Coelho o de Dan Brown, para que el niño conociera la inmundicia literaria, aunque fuera un día cada cuatro años.
Manolín Galvín leía bastante, como pueden suponer. Cuando tenía doce años le dijo a su padre: "Papaíto, yo de mayor quiero ser como don Camilo José Cela". Semejante declaración llenó de orgullo a su padre, y hubo que practicarle una sangría para que tanto orgullo paterno tuviera salida y no acabara reventando al buen señor. "Ya sabía yo que mi niño sería alguien en la vida", le contaba don Manuel a las putas aburridas que trabajaban para él, ya que nadie más lo quería escuchar, hartos todos de la misma cantinela: mi niño se leyó el Quijote a los cuatro años, mi niño tiene seis años y ha escrito un ensayo acerca de la obra de Shakespeare, mi niño esto, mi niño lo otro... Pobres, pobres putas aburridas que cuando no estaban recibiendo polla estaban soportando a don Manuel, ese patrón de exaltado amor paterno.
Fue en esa época, a los doce años de Manolín, cuando su padre construyó un palacete para su hijo colindante con la suntuosa mansión familiar (fíjense que las mansiones siempre son suntuosas; no pueden ser lujosas o simplemente grandes; han de ser suntuosas, pero aprovecho esta pequeña digresión para sugerirles que cuando escriban un cuento no digan "suntuosa mansión", porque las mansiones pueden ser muchas más cosas, hasta pueden ser cochambrosas, y también pueden ser vetustas, viejas y antiguas, que viene a ser lo mismo. Lo que no puede ser una mansión es minúscula, porque entonces vaya mierda de mansión, que ni sería mansión ni nada. Tampoco puede una mansión ser simpática, ni egoísta, ni pendenciera, ni muchas otras cosas, pero aún así las mansiones pueden ser calificadas de variadas maneras sin caer en el archimanido "suntuosa", y una vez aclarado esto... Coño, ¿por dónde íbamos?) Ah, sí, lo del palacete de Manolín y tal. Pues eso, que Manolín ya tenía su palacete, llenito de libros escritos por insignes señores (¡y por insignas señoras, seamos paritarios!). Manolín se encerraba allí y leía algo, pero básicamente se hacía pajillas, pues como todos sabemos es lo que tiende naturalmente a hacer un muchacho de esa edad al que dejamos solo. Juventud, divino tesoro. Doce años, quién los pillara. Mi prima tiene ladillas. Mmm... ¿Mi prima tiene ladillas? Perdón, esto no venía aquí.
El caso es que cuando Manolín cumplió quince años, le dijo hierático a su padre... (A ver, un momento, esto hay que aclararlo, que el palabro lo merece. No es que le dijera a su padre "eres un hierático", así como si lo insultara, no, no es eso. Hierático es uno de esos adjetivos que molan un huevo, y va referido al propio Manolín, y quiere decir que Manolín se puso la hostia de solemne al hablar con su señor padre). Pues eso, le dijo hierático a su padre: "Papuchi, vas a flipar, pero ya soy como Cela". En ese momento don Manuel Galvín, conteniendo emocionadas lágrimas (las lágrimas suelen ser emocionadas, salvo cuando se te mete arenilla en los ojos, en cuyo caso el lagrimeo no obedece a cuestiones emotivas), pidió al hijo de su alma que se esperara un poco antes de hacer una demostración pública, y expuesta esa humilde solicitud se fue raudo y veloz (joder, soy la hostia, "raudo y veloz", qué bien suena y qué original soy) en busca de sus vecinos, empleadas, clientes y todos los mucangrios (es que, esto se me olvidó decirlo antes, el mucangrio que don Manuel Galvín regaló a su hijo resultó ser una mucangria que estaba preñada y ahora tenía don Manuel varios cientos de mucangritos). Una vez reunidos todos los convocados se dieron cuenta de que eran tantos que no cabían en la suntuosa mansión de los cojones, así que alquilaron el estadio Santiago Bernabeu. Allí sucedió todo.
"Estoy listo, padre", dijo Manolín al micrófono en mitad del campo de fútbol, ante la espectorante mirada de los allí reunidos. Don Manuel Galvín, embelesado y trémulo de puro amor filial, se sacó un pañuelo blanco del bolsillo, se sonó con él los mocos y luego lo agitó desde el palco presidencial, salpicando de viscosas partículas verdes a los espectadores de las gradas inferiores y dando así la señal para el inicio de la demostración.
"¿Nos recitará completo el diccionario?", se preguntaban algunos. "¿Dirá algo tan ingenioso que nunca antes oímos?", se preguntaban otros. "¿Me llegará el sueldo a fin de mes?", se preguntaba la mayoría. Apareció entonces un tipo corriendo que depositó una palangana junto a Manolín, y luego otro que vertió el contenido de una botella de agua, litro y medio, en la palangana. Los dos sirvientes se retiraron, dejando a Manolín Galvín como única estrella. Todos los focos concentrados en él, todas las miradas pendientes de su persona, todas las respiraciones interrumpidas por la intriga... Sí, docena y media de espectadores fallecieron asfixiados.
Manolín se baja los pantalones, se baja los calzoncillos, se pone en cuclillas sobre la palangana y --¡oh, apoteósico momento!-- absorve por el ano toda el agua de la palangana. Indescriptible la reacción de los congregados. La multitud, extasiada, enfervorecida, se pone en pie y grita: "¡CE-LA, CE-LA, CE-LA...!"




