Me encuentro hoy con unos parrafitos de Luis María Ansón en El Imparcial, bajo el título "Me aburren los ateos". Viene a decir que los ateos somos obsesos y dogmáticos -tiene huevos que un beatillo llame dogmático a un ateo- y que es mentira que se esté perdiendo la religiosidad.
A mí este señor, el tal Ansón, me cae bastante gordo desde que le leí un libraco titulado Don Juan, libro del que se dice que es objetivo e imparcial, como se dice siempre de estos libros, y como si no supiéramos de qué pie cojea Don Luis María. Sin embargo fue más tarde cuando se me hizo realmente insoportable el personaje, al enterarme de que varias veces formó parte del jurado de Miss España, ese concurso en el que un puñado de selectas putillas pugnan por demostrar quién es la más putilla. Patético el espectáculo de ver a un provecto miembro de la Real Academia Española haciendo de viejo verde, como si fuera Fernando Esteso, pero culto y más anciano, en una de aquellas películas de los setenta que tanto nos han avergonzado a dos generaciones de españoles.
Pues me sale hoy el evaluador de golfillas diciendo que le aburren los ateos. Me parece muy bien, pues no creo que en las intenciones de ningún ateo esté incluida la de entretener a este señor, que para bufones ya están él y su recua de misses. Lo que no me parece tan bien es que entre la sarta de tonterías que contaba hoy Luis Mari se le haya colado ésta:
"Pero también es verdad que todos los templos españoles se abarrotarán, sobre todo de gente joven, durante los oficios de Semana Santa".
¿Sobre todo de gente joven, dice usted? Pues me va a perdonar, pero yo eso si no lo veo no me lo creo. La falta de fe del aburrido y dogmático ateo, ya sabe.
Me hace gracia -cuando no me encabrona- esto del lenguaje no sexista, igualitario y megaprogre.
Hace unos días me dejé enredar por cierta personita para presentar una solicitud de participación a la Oficina del Voluntariado de la Expo de Zaragoza. Tres semanas haciendo el cimbel lejos de mi vida me pareció una idea atrayente, y así, ya de paso, le doy la oportunidad a Marta Marmota para que me parta la cara, que sé que me tiene ganas por mis entradas misóginas. Pues bien, hoy he recibido un correo de la mentada Oficina para preguntarme si quiero recibir la formación básica mediante el sistema on-line (curiosamente no se me propone un medio alternativo, así que he interpretado el mensaje así: "O recibes la formación on-line o no hay formación que valga". Evidentemente les he respondido que estaré encantado de recibir la formación, on-line o como a ellos les dé la gana).
El caso es que me he reído un rato, unos dos segundos aproximadamente, con el encabezamiento de la misiva, que dice así:
Estimada persona voluntaria
Es que algunos son la hostia con el cuidadito que ponen en ser paritarios... que, dicho sea de paso, no viene de paridad, sino de soltar paridas. Un sencillo "estimado voluntario" podría soliviantar a las feminiotas, deben de haber pensado estas personas gestoras de la Oficina del Voluntariado. Y ya ven cómo lo han arreglado.
¿Pues saben qué les digo?, ¡que no estoy contento y que me parecen unos bastardos sexistas! Yo, puestos a ser retorcidos, exijo ser un estimado persono voluntario. Ea. De todos modos, ante todo, quiero ser dialogante con talante (y ya me pueden dar por detrás y por delante), por lo que propongo otros encabezamientos a los correos que la Oficina del Voluntariado envíe:
Estimado ser humano -sin importar sexo- voluntario. (Esta versión es muy elocuente. Tiene carácter).
Estimado o estimada homo u homa sapiens sapiens voluntario o voluntaria. (Esta forma suena científica, aunque eso de homa... no sé yo).
Estimado/a sr./a. voluntario/a. (Un clásico de la tontuna).
Yo, Leónidas Kowalski de Arimatea, en el papel de fiscal, propongo condena para:
Todos aquellos que presumen de su astucia para evadir impuestos.
Los gobernantes que se venden promoviendo leyes ventajosas para el rico.
Los compañeros que me echan a perder el café a las diez y media de la mañana debatiendo sobre si tal club de fútbol hizo bien comprando o vendiendo a tal jugador (qué triste es veros en ese ridículo simulacro de millonarios, y no digo nada de las connotaciones esclavistas).
Esos vendedores de misterios que se enriquecen a costa de fomentar la ignorancia.
Quienes pervierten la autoridad para humillar.
Las mujeres que hacen de su sexo una profesión.
La gente que guarda silencio cuando debe señalar una injusticia.
La gente que grita cuando debe callar.
Las personas que se llenan la boca apelando al compañerismo y traicionan a los compañeros.
Los bocazas que hablan mucho y no dicen nada.
Los dirigentes que mandan a matarse a sus seguidores y no se atreven a empuñar un fusil.
Todos quienes cogen un fusil sin hacerse preguntas.
Los traficantes de influencias.
Quien me robó tres libros en un autobús mientras yo tomaba café.
Los políticamente correctos, más preocupados por las apariencias que por la sinceridad.
Esos jefes que no me devuelven el saludo.
Los chivatos.
Los pelotas.
Los cocorocos, los calandracas y los wakiflakis que -¡malditos hijos de puta!- declararon la guerra a los gusiflukis.
Finalmente me condeno a mí mismo por algunas de todas estas razones y por otras que me callo.
Versión leída por Gusifluky, para esos lectores vagos:
Versión para personas normales, o para los vagos que no tengan altavoces:
Al principio todo era perfecto en Mundoguay. Los gusiflukis que allí habitaban eran guapos, sanos y felices, y se dedicaban mayormente a la cría del mucangrio doméstico (Mucangris Patidifusae). Luego todo se complicó.
La primera señal de alarma llegó cuando recibieron un mensaje del Gran Visir de los cocorocos. La nota oficial, escueta y amenazante, decía así:
"Los cocorocos declaramos la guerra a los gusiflukis porque somos así de chulos, y ya está.
Os vais a cagar.
Fdo: Alfandrake Rustiok, Gran Visir de los cocorocos".
Los pacíficos gusiflukis, nada duchos en las artes guerreras, pidieron ayuda a los wakiflakis. Estos respondieron con el siguiente mensaje:
"Debemos desestimar y desestimamos su solicitud de ayuda. Los cocorocos nos propusieron antes que ustedes una alianza y la hemos aceptado gustosamente para poder violar a las hembras gusiflukis, que están de toma pan y moja.
Os vais a cagar, dos veces.
Fdo: Rubinska Kirinsky, Presidente de los wakiflakis".
Desesperados, los gusiflukis recurrieron a los calandracas aunque en todo Mundoguay eran despreciados por oler mal. Los calandracas tardaron en responder, pero cuando finalmente lo hicieron fue para decir:
"Tras mucho darle vueltas al asunto hemos logrado marearlo, en consecuencia nos aliamos con los cocorocos y con los wakiflakis porque son más que vosotros y porque van a ganar la guerra. En el impensable caso de que la perdieran esperamos que nos perdonéis y nos consideréis de nuevo vuestros hermanos. Mientras tanto estamos del lado de vuestros enemigos.
Os vais a cagar, tres veces.
Fdo: Ñulky Trulky, Caudillo de los calandracas".
Aunque aterrados, los pobres gusiflukis se enfrentaron al enemigo con tenacidad y con el firme propósito de defender su estilo de vida. La batalla fue inconmesurablemente chunga. Gracias a su inquebrantable voluntad, los gusiflukis pudieron resistir algo más de dos minutos.
Cuando los lamentos de los heridos se silenciaron, cuando el eco de los cañonazos se extinguió, cuando todo acabó, el espectáculo era dantesco. También podría haber sido una escena infernal, o un paisaje desolado, pero esta vez fue un espectáculo dantesco, y si no les gusta se van ustedes a otro blog.
Los mucangrios (Mucangris Patidifusae) corretearon despavoridos por Mundoguay hasta que fueron exterminados por la alianza de cocorocos, wakiflakis y calandracas.
Hoy en día:
Se considera a los mucangrios especie extinguida.
Alfandrake Rustiok, Ex-Gran Visir de los cocorocos, ha pegado un braguetazo casándose con una prostituta muy cotizada y ahora se dedica a sus labores.
Rubinska Kirinsky, Ex-Presidente de los wakiflakis, se ha dado a las drogas y prostituye a su hija de quince años para pagarse su dosis diaria.
Ñulky Trulky, Caudillo de los calandracas, acaba de morir apestado por el hedor de sus propios pies, pero antes dirigió y presentó bajo pseudónimo un programa televisivo.
Entre los gusiflukis sólo hay un superviviente, que para pasar desapercibido se hace llamar Gusifluky. Vive enclaustrado en un piso de San Fernando (Cádiz, España), junto a un humano que se dedica a escribir disparates y publicarlos en Internet.
Beretta lo miró con su único ojo negro y le preguntó:
-¿Estás seguro, David?
-No, por eso vamos a hacer esto deprisa. Además, no quiero preguntas de última hora. Ya lo hemos hablado.
-Pero...
-¿No me oyes? Joder, déjame en paz, no quiero más preguntas, ni busco más respuestas. Acabemos ya, por favor.
Beretta se acerca a David. Intenta besarlo en la boca pero David la lleva a su sien. Se acabaron los besos, y además así es más seguro. David empieza a presionar con el índice de su diestra cuando surge la última queja:
-¡Piénsalo, por favor, piénsalo! Tenemos toda la noche. Acabémonos juntos la botella de whisky y hablemos sobre esto. Deja que salga el sol y vuelve a mirarme -y añade Beretta llorando-: ¡Me verás diferente entonces!
Es tarde. David no quiere más amaneceres, más botellas, más noches de llanto frente a Beretta... Aumenta un poco más la presión de su dedo, y los vecinos se despiertan por el estampido, que suena como un NO rotundo.
El aliento metálico de Beretta perfora el cráneo de David, licua su cerebro y esparce buena porción sobre la pared. Pena de cuadro, pensará la esposa de David, ¡con lo que costó!
David cae al suelo, convulsionándose y salpicando sangre. Pena de alfombra, pensará la esposa de David, ¡con lo que costó!
La pistola Beretta queda en la cama, llorando finas volutas de humo por su único ojo negro, manchando de aceite el edredón... ¡con lo que costó!
Juncal del Hoyo (nombre ficticio) era un compañero extraño. A veces tan dulce y mimoso -nunca conmigo- que llegué a pensar por momentos que era homosexual. Son prejuicios, lo sé, y ahora ya tengo la suficiente experiencia en la vida como para haber desechado esos juicios simplones, erróneos, y además innecesarios. Por cierto, era uno de los mejores compañeros que tuvimos los químicos artificieros de la decimoséptima promoción del Instituto Politécnico Nº 2 del Ejército.
Juncal nunca se enfadaba en serio ni era capaz de guardar rencor. Muy infantil para ciertas cosas, pero muy maduro para otras que descubrí en tercer curso. Por cercanía alfabética de apellidos Juncal y yo compartimos camareta durante gran parte de aquellos tres años de internado militar, y a pesar de ello nunca fuimos amigos. Hoy lo lamento. Él iba por su camino y yo por el mío. Éramos tan diferentes...
Juncal era un caso raro en el Politécnico. Su padre era ingeniero de cierta empresa aeronáutica, lo que convertía a Junqui -soy dado a los diminutivos acabados en i o en y, cada cual tiene sus ñoñeces- en algo así como un niño pijo, pero él no permitía que eso lo distinguiera de los demás. Jamás hizo ostentación de nada.
Un día, mientras estábamos de prácticas en el laboratorio, el Teniente Cerdán, nuestro tutor, lo llamó a solas. Al cabo de un rato Juncal volvió con los ojos húmedos y nos explicó que su padre había sufrido un infarto y estaba en coma.
Pasaron un par de meses en los que Juncal siguió siendo el de siempre. Pasaron un par de meses en los que se impuso la orden nunca dictada de no preguntar por el padre de Juncal.
Una mañana, tras sonar diana y escuchar por megafonía la atronadora voz del sargento de cuartel -¡Venga, en pie, que salgo de la oficina y me lío a pedir notas!-, el sargento añadió algo más con otra voz:
-Juncal del Hoyo... Juncal del Hoyo... Preséntate en la oficina urgentemente.
Juncal se vistió muy deprisa, como siempre. Hizo su cama y fue a la oficina. Unos minutos después todos los químicos, junto a los administrativos y algunos electrónicos, bajábamos de la tercera planta para asistir a la formación y recuento ante las puertas del enorme comedor donde más de mil personas nos alimentábamos. A la altura de la segunda planta, donde estaba la oficina del sargento de cuartel, Juncal se incorporó al río humano. Ya he dicho que no éramos íntimos, pero nadie parecía entender el significado de aquel requerimiento intempestivo ("preséntate urgentemente en la oficina", a las siete de la mañana), así que, temiendo lo peor, me las arreglé para llegar hasta él y le pregunté qué le habían dicho. Lo estoy viendo ahora. No me miró, sólo dijo, con toda la naturalidad del mundo:
-Pues nada, me han dicho que ha pasado lo que tenía que pasar.
No hubo lágrimas. Nada de aspavientos. Sólo la constatación desapasionada de la inevitabilidad. Supongo que después Juncal, ese adolescente mimoso, lloró a solas, donde y cuando nadie lo pudo ver. Sin consuelo.
Virgen santísima, cómo las gastaban nuestros abuelos.
Las sevicias que a continuación publico están extraídas de las Reales Ordenanzas de Carlos III, vigentes desde el año 1768 y hasta 1978 (aunque algunos de sus artículos fueron derogados a medida que la sociedad se iba haciendo más culta), año en que entran en vigor las actuales Reales Ordenanzas (radicalmente diferentes a las de Carlos III, a pesar de lo cual ya están desfasadas por el rápido proceso de modernización de nuestros ejércitos):
Blasfemias
El que blasfemare el santo nombre de Dios, de la Virgen, o de los Santos, será inmediatamente preso, y castigado, por la primera vez con la afrenta de ponerle una mordaza dentro del Cuartel, por el término de dos horas por la mañana, y dos por la tarde, en ocho días seguidos, atándole a un poste; y si reincidiere en esta culpa, se le atravesará irremisiblemente la lengua con un hierro caliente por mano del Verdugo, y se le arrojará ignominiosamente del Regimiento, precediendo Consejo de Guerra.
Robo de Vasos Sagrados
El que robare, ocultare maliciosamente, u ocasionare que otro robe Custodia, Cáliz, patena, Copón, o cualquiera otro Vaso Sagrado, así en Paz, como en Guerra, y tanto en mis Dominios, como en Países Estrangeros, o de enemigos, será ahorcado, y descuartizado; y si por las circunstancias que huvieren intervenido en el hurto, se verificare haverlo ejecutado con profanación del Santísimo Sacramento, serán quemados (después de ahorcados) los delincuentes en tan enorme delito, en cualquiera número que fueren sin que les releve de esta pena el raro accidente de que no sean Catholicos; pues teniendo prevenido, que no se admita en mi servicio Soldado, que no sea Catholico Apostólico Romano, es mi voluntad, que el que se delata, o se averigue ser de otra Religión, en el caso de hallarse reo, padezca (sin excepción) el castigo, que para el crimen en que incurriere, prescriben mis Ordenanzas.
Ultrage a Imágenes Divinas
El que con irreverencia, y deliberación conocida de desprecio, ajare de obra las Sagradas Imágenes, Ornamentos, o cualquiera de las cosas dedicadas al Divino Culto, o las hurtare, será ahorcado.
Y digo yo: ¿Qué pasa con el perdón, con la piedad, y con esas otras virtudes magnánimas que, al menos en teoría, promueve la religión cristiana? ¡Cuánta hipocresía y cuánta irracionalidad! El día en que la humanidad se desembarace de este lastre religioso qué libres seremos, qué sabios, qué grandes...
Hoy, a mis treinta y dos tacos, he votado por primera vez.
Hasta ahora había pasado de rollos, inánime por el mayor desprecio a nuestra clase política. Fue una conversación con Lola la que me hizo ver que se podía hacer algo, y eso he intentado hoy. Pues eso, lo he intentado.
Eran las seis y media de la tarde cuando he decidido salir en busca de mi colegio electoral. Para ello convenía quitarme el pijama previamente, y así lo he hecho. Después me he puesto a hacer caca, llevándome el libro que es preceptivo llevarme para esos momentos. Fue una mala decisión, porque andaba leyendo "El cerebro nos engaña", de F. J. Rubia, que es un coñazo inaguantable, pero resulta que ya estaba al final del libro, cuando se habla de la epilepsia, de las drogas alucinógenas y de la relación de todo esto con la religiosidad. O sea, que me he enganchado, porque es lo único interesante de este puto libraco. Así que ahí tienen a Leónidas, con los intestinos descargados y sentado en el trono, leyendo y leyendo.
Al terminar el libro me he dado una ducha. Después he buscado mi teléfono móvil para saber qué hora era (en mi casa sólo hay dos relojes: el del ordenador y el del teléfono móvil). Al descubrir que mi móvil estaba sin batería he puesto en marcha el ordenata. Mi ordenador está hasta arriba de virus y otras porquerías (es lo que pasa por ser un pornógrafo), así que tarda un huevo y medio en iniciarse. Mientras tando fui a vestirme.
Encontré un par de zapatos que no estaban demasiado rotos y un par de calcetines que había dentro de ellos. No me molesté en buscar calzoncillos y me fui directamente en busca de unos pantalones. Todos estaban demasiado sucios, y los que no estaban sucios estaban desgarrados por la entrepierna (yo es que tengo unos cojones que no me merezco). Tentado estuve de ponerme un chándal del ejército, pero eso me habría obligado a desechar los zapatos y buscar unas zapatillas deportivas, que uno será un desastre, pero tiene cierto estilo dentro del desastre, y las zapatillas de deporte las tengo todas en el cuartel. Opté, finalmente, por ponerme unos pantalones desgarrados por la huevera, prometiéndome a mí mismo que no me sentaría frente a nadie. Ponerme un jersey tampoco fue cosa sencilla, pues hube de buscar por el suelo hasta dar con algo decente, y les aseguro que buscar entre las montañas de ropa sucia que jalonan mi hogar no es cosa baladí. Tras mucho revolver ropa di con dos prendas aceptables: la primera fue descartada al comprobar que Gusifluky se había meado en ella, y la segunda fue la escogida, a pesar de las sospechosas manchas blanquecinas que la adornaban, como recuerdo de una paja que me hice algún día. Me fui a la cocina y derramé abundantemente ketchup sobre las manchas de semen reseco, porque prefiero que me llamen guarro a que me llamen guarro onanista.
Tras estas maniobras indumentarias fui al ordenador para consultar la hora. ¡Coño, eran las siete y cuarto! Sólo quedaban tres cuartos de hora para el cierre de los colegios electorales. Esta escasez de tiempo no hubiera sido un problema... si yo hubiera sido una persona normal que sabe dónde ha de votar. Ahora ponte a buscar el colegio. Llevo diez años en esta ciudad, pero sólo dos y medio empadronado en ella, y siempre me muevo en taxis cuando quiero llegar a cualquier sitio que no me suena, con lo cual no me preocupo por la manera de llegar a ninguna parte, ni por memorizar el nombre de las calles. Colegio Erytehia -o algo así-, sección 11, mesa B, según reza mi tarjeta electoral. Busca, Leo, vamos, busca, perrito bueno...
Antes de salir de casa consulto por Internet un plano de mi ciudad. El plano es una mierda, pero me da cierta idea de dónde estoy y de hasta dónde debo llegar. Salgo de casa. Tras caminar un rato me doy cuenta de que he olvidado en casa la tarjeta electoral donde aparece el nombre de la calle a la que me debo dirigir. Sé que es "Pintor no sé qué", pero recuerdo que en el plano aparecían cuatro calles de pintores, así que decido volver a casa y recuperar la tarjeta, por si me pierdo.
Recojo la tarjeta que me enviaron de la oficina censal y vuelvo a la calle. Intento orientarme y tras caminar durante un rato pregunto a un grupo de adolescentes que están de botellona:
-Disculpad, ¿podrías decirme cómo llegar al colegio Erytehia?
-Sí, ompare. Sigue como va y tra ese edifisio blanco tiene el colegio, pisha.
-Vale, gracias. ¿Y qué hora es, por cierto?
-Po mira, pisha, son la osho meno die.
¡Maldición! Las ocho menos diez y yo sin encontrar el colegio electoral. Minutos después encuentro a una chica paseando a un perro pequinés. La chica lleva como treinta "pirsins", cuarenta "tatus" y tres o cuatro relojes en cada muñeca. Le pregunto si voy bien para llegar al colegio de marras, y me dice que sí, que está ahí al lado. Se me ocurre preguntarle por la hora, y ella me dice que no tiene hora.
Echo a correr y me detengo cuando oigo la voz de la chica, que dice:
-¡Espera! Tengo un reloj que si lo meneo se pone a funcionar y a lo mejor...
No la dejo acabar. Reinicio mi loca carrera y llego, al fin, al puto colegio de los cojones. En la puerta está Manolo Benavides, ya es mala suerte. Manolo ahora es policía, pero nos conocemos desde que ambos coincidimos en el ejército.
-¡Tío! ¡Estás más gordo, cabrón!
-Hola, colega. Oye, mira que tengo que votar...
-¡Me cago en tus muertos! ¿Sigues escribiendo ese blog de mierda que no lee ni dios?
-Ey, Manolito, que tengo que votar. Hablamos luego si quieres.
-Pero qué maricón que eres, jodío. Oye, ayer vi a la tía esa tan buena que te follabas...
-¿Cuál, la Yoli?
-No, hostias, la otra. Esa que se había follado todo dios y que te cogió de pardillo y se quería casar contigo...
-¡Ah, sí, la puerca de la Sonia!
En fin, que nos enzarzamos en profunda conversación metafísica, hasta que llegó una niñata y dijo a Manolo:
-Disculpe, agente, hay que cerrar las puertas, que son las ocho.
Cómo me joden a mí los niñatos a los que dan un carguito, en este caso de presidente de mesa electoral, y se creen alguien. El caso es que se ha cerrado la puerta del colegio, y entonces dije yo, presa del terror:
-¿Y ahora qué pasa conmigo? ¿Ya no puedo votar?
-Na, hombre, tú estás dentro del cole y tienes derecho a votar. Lo dice la Ley Electoral.
Me metí en una de esas cabinas y escogí un montón de sobres y papeletas, que con eso de la coincidencia de las generales y de las autonómicas en Andalucía la cosa ha sido un follón. Busqué mi sección (la once) y mi mesa (la B), y me dispuse a votar.
Fue entonces cuando caí en la cuenta de que había olvidado mi cartera, con el DNI dentro.
(Bah, que es broma, que voté sin novedad. Gran parte de lo que se relata aquí es bromita, pero sólo una gran parte).
Jugaba en la entrada anterior con la idea de palmar y no enterarme, vagando por la vida sin ser consciente de estar muerto. Evidentemente sólo estaba jugando con la imaginación, pero es que este asuntillo de la muerte y su relación con las bitácoras que escribimos me está dando qué pensar. Creo que la culpa es de Sergio, que murió sin avisarnos (aunque en realidad todo su blog era una advertencia), y MO y yo seguíamos preguntándonos por él meses después de su muerte. En una novela de Javier Marías el autor hace una interesante reflexión sobre eso de los muertos y sus conocidos que aún no se han enterado del fallecimiento. Ni recuerdo la novela (aunque hay muchas papeletas para que sea Mañana en la batalla piensa en mí) ni recuerdo la reflexión, pero sé que me gustó. Vaya un asco de lector estoy hecho, ¿de qué me sirve leer textos que me gustaron si no puedo recordar qué decían?
Bueno, sigo con lo mío:
Ahora sólo unas pocas veces al año me veo en esos trances, pero hubo un tiempo en que trabajaba casi todos los días metiendo mano a ingenios diseñados para destruir, descuartizar, mutilar, matar. Mi jefe directo disfrutaba con la especialidad que teníamos, y a mí también me fascinaba todo lo que él me estaba enseñando. Fue una extraña relación la de este hombre y yo. Apenas sabíamos nada el uno del otro en cuanto a nuestras vidas privadas, sin embargo formamos un buen equipo en el tajo, con bastante complicidad silenciosa, lo que facilitó que lleváramos a cabo algunos trabajos que no puedo contar aquí, pero que sin duda fueron los que más me enseñaron. En aquellos tiempos viví experiencias que me hacían pensar constantemente en la posibilidad de morir por una explosión, y me preguntaba entonces si sentiría algo o no habría tiempo para ello, y, sobre todo, me preguntaba si llegaría a ser consciente de que me moría.
Una década después y llevando una vida profesional mucho más segura (a aquel jefe lo vi por última vez hace más de diez años, con una pistola humeante en las manos tras haber vaciado el cargador sobre los trofeos y cuadros que adornaban un bar), me sigo haciendo preguntas sobre mi muerte, aunque ahora son diferentes.
Es muy posible que Leónidas Kowalski muera antes que yo, quizá algún día mate a ese cabroncete. Créanme que ganas no me han faltado en muchas ocasiones, pero, ¿y si yo muero antes? ¿Qué pasará con Leónidas? ¿Alguien sabe decirme si los blogs inactivos durante un tiempo desaparecen? ¿Quedará, en caso contrario, el Diario de un Cabeza de Chorlito amueblando la Red hasta que todo se vaya al carajo?
Se me ocurre que estaría bien confiar mi contraseña a alguien, para que sea él quien escriba la última entrada de este blog. ¿Recuerdan cuando yo hablaba de mis tres o cuatro lectores?, pues ahora son unos cuantos más. No muchos, tampoco se crean, pero sí muchos más de los que esperé al principio. A mí me gustaría que sepan que he muerto, porque si no... no sé, sería como tenerlos engañados o algo así.
Dándole vueltas a este asunto creo que debería buscar a alguien responsable, buen amigo, que me conozca personalmente y que sepa mantener su palabra. Además ha de tener el talento necesario para escribir mi epitafio bloguero con humor, sensibilidad, respeto y franqueza. Y creo que tengo a la persona adecuada, soy un tío afortunado.
Sí, tengo que darle mi contraseña al puto gordo. Por lo que pueda pasar.
Les decía en la anterior entrada que no puede quedarle mucho tiempo a mi abuela. Cualquier día me llamarán para decirme que ha muerto.
Y después me tocará escribir una entrada que no quiero escribir... como tantas otras que ya han sido escritas, y como tantas otras que se irán escribiendo, hasta que este blog se muera, o hasta que me muera yo y sea otro el que escriba la última entrada del Diario de un Cabeza de Chorlito, para comunicar mi muerte... O no, porque nadie conoce la contraseña para entrar aquí, y cuando me muera nadie podrá escribir mi epitafio como última y definitiva entrada. Las contraseñas nos las llevamos con nosotros, por eso nadie publicó en este blog que Sergio había muerto, y por eso me enteré tarde.
Tarde, siempre me entero tarde de todo. Igual un día me muero y no me entero a tiempo... Imagínense el problemón: yo andando por ahí, como si nada, jugando con Gusifluky, escribiendo aquí mis paridas, amando a gente que no lo merece, despreciando a personas estupendas, odiando a todos los que odio, sin saber que ya estoy muerto y que he perdido el derecho a sentir. Menuda jodienda cuando me descubra la policía de la vida y me pidan los papeles, la licencia de vida, la patente de existencia o lo que coño me pidan, y yo busque en la cartera, cada vez más desesperado, sin encontrar la documentación requerida. En algún momento se agotará la paciencia del policía vital, me mirará a los ojos y dirá, despiadado y burocrático:
-Caballero, está usted muerto. Acompáñenos, por favor. Mejor para todos si no opone resistencia.
Me llevarán a un lugar oscuro, me despojarán de todo, y entonces, siguiendo con el formalismo, me advertirán protocolariamente:
-Ahora tiene usted derecho a recordar algo, durante no más de cinco segundos. Después dejará usted de existir. Proceda. El tiempo empieza YA.
¿Y saben qué es lo más triste?, ¡QUE SÉ A QUIÉN RECORDARÉ Y NO SE LO MERECE!
Se llama Carmen, tiene 92 años pero en su barrio la conocen como "la nena". Es curioso esto de los motes de pueblo que permanecen así pasen... noventa y dos años. Carmen, La Nena, es mi abuela paterna.
La he visto hace unos días. Ella a mí me ha intuido más que visto. La he escuchado y le he gritado para hacerme oír. Dice que está mal, que no ve ni oye, aunque he comprobado que su apetito se mantiene juvenil. La contemplé mientras cenaba un plato de hervido, muy típico en Murcia, y después un segundo plato de trozos de pechuga de pollo con tomate, todo bien aderezado de mil pastillas para toda clase de males y férreamente controlado por mi tío Juan Antonio. Luego mi tío le sirvió un vaso de leche caliente con galletas, y le preguntó a gritos que cuántas galletas quería con la leche. Yo esperaba que mi abuela respondiera que dos o tres.
-No muchas -dijo mi casi centenaria abuela-, seis o siete.
Mi tío y yo nos reímos con ganas, felices de ese apetito gargantuesco, aunque la Nena no nos pudo oír. Le dije a mi abuela que una de sus cenas es lo que me da a mí para alimentarme durante dos días enteros, pero creo que no me oyó. Nos ha jodío, la vieja.
La Nena ha estado a punto de irse en más de una ocasión. Hace un par de años le perforaron el cráneo para drenar no sé qué líquido, y ella se quejaba porque le habían afeitado la cabeza. La estética es importante y el sufrimiento un estorbo, o algo así diría uno de los cínicos personajes de El Retrato de Dorian Grey, con el cual, por cierto, estoy de acuerdo, aunque me llamen ustedes superficial.
¿Saben una cosa? Hay una persona que quiere que me lleve mal con mi abuela, pero no va a poder ser, porque cuando esa persona me faltó (y fueron muchas veces y durante largos períodos) siempre estuvo ahí mi abuela, cubriendo su lugar. Y yo esas cosas no las olvido.
Algún día se me marchará la abuela siguiendo a su marido, y ese día me llamarán al teléfono y yo, como acostumbro, no cogeré la llamada. Me enteraré tarde, siempre me entero tarde de todo. Sólo espero que llegado el momento me dé tiempo de asistir al entierro, al menos eso. No sé, cuestión de lealtad, supongo.
Podría ser una entrada seria, meditada, con sesudas suposiciones sobre el porqué del maltrato a los gatos... pero no va a ser nada de eso:
Eres un hijo de puta, así de claro te lo digo. Me dicen que te llamas Jaime Ferrero y que tienes veleidades políticas. Me da igual cuál sea tu nombre y lo que vayas a hacer con tu vida, y en cualquier caso lo que has perpetrado es igualmente repugnante te llames como te llames y te dediques a lo que te dediques, aunque me temo que ya se te han acabado las aspiraciones políticas, puto psicópata de mierda.
Se te ve tan sonriente, tan contento, tan feliz en esas fotos... Qué enternecedor. Dan ganas de abrazarte, muchacho, para darte un buen rodillazo en los huevecillos y después, mientras te doblas de dolor, abofetearte con la mano abierta, como se ha de golpear, llegado el caso, a los afeminados que no pueden encajar un puñetazo.
Quieres mandar en tu tierra, quieres ser "alguien", quieres destacar... Lo último lo has conseguido sobradamente, repulsivo miedica, pero me parece a mí que tu familia no va a estar muy orgullosa de ti. Eres la vergüenza de un país, una ignominia para tus abuelos, una deshonra para tus padres, una infamia para tu tierra y una vileza para los ya de por sí viles políticos. ¡Eres indigno de que mi gato se cague en tus cenizas!
Jaimito, en el improbable caso de que recaigas por aquí y te sientas ofendido, botarate cobardón, a lo mejor tendrás la necesidad de pedir resarcimiento como no hace mucho lo hacían los caballeros. Para ello tienes a tu disposición mi correo electrónico en "A propósito de Leo...". Qué gustazo que te pusieras en contacto conmigo, y así, entre tú y yo, hablaremos de esto más de cerca. Cuanto más de cerca, mejor, que me muero de ganas por darte mis señas y a continuación las dos hostias que te mereces, sádico gallina. No temas de mi fuerza, que soy poquita cosa como tú, pero te juro por mis muertos que te lo voy a poner más difícil que esos gatos, canalla.
Hoy llora el pequeño Gusifluky... y nos mira a todos con desconfianza.
Gracias a Tesa y a Jotica, gatófilos, que se acordaron de mí cuando se enteraron de esta sevicia y me pusieron en alerta. Más información aquí: uno, dos, tres, y mucho más si se molestan en buscar.
Creo que fue en 1995, y sé que fue en Almería. El joven cabo Leónidas Kowalski está trabajando con un equipo de soldados en un depósito de munición. Recuento de pilas, comprobación de lotes, actualización de fichas, registro de temperaturas (máxima y mínima en las últimas veinticuatro horas), registro de humedad relativa... en fin, esas tareas que son la parte aburrida del trabajo del artificiero. Entonces aparece un soldado de la guardia de seguridad, que dice:
-Mi cabo, que lo buscan en la puerta del Polvorín.
-¿A mí para qué? Ahora no puedo ir, que estoy ocupado. ¿Quién me busca?
-No sé. Un tío civil que trae una rosa, y dice que se la tiene que entregar a usted.
Entonces caí en la cuenta. Claro, era el puto 14 de Febrero, y Chari era mucha Chari. Imaginen el cachondeíto entre los soldados, "uy, mi cabo, qué bonito eso de que le regalen flores..." Pero yo no podía dejar a medio lo que estaba haciendo, ni podía dejar toneladas de explosivos al cuidado de cualquiera, así que, rojo como mis galones dije:
-Bueno, que entreguen la rosa al soldado de plantón en puerta, que ya la recogeré yo. Ahora no puedo.
Y dicho esto seguí a lo mío, "ciento veintidós empaques, a mil cartuchos cada uno, son ciento veintidós mil cartuchos, más un pico de trescientos setenta y cinco hacen un total de ciento veintidós mil trescientos setenta y cinco cartuchos de 7´62 x 51 mm., ordinario, lote SB-03-88..." Así pasó más de una hora, hasta que acabé la faena en los depósitos de munición y volví a la zona de vida del Polvorín. Entonces me encuentro con el Alférez jefe interino que me ordena ir a la puerta del Polvorín porque (aún) hay alguien esperándome.
Llego a la puerta, donde el soldado de plantón conversa con un señor que sostiene una rosa roja delicadamente envuelta. Me presento, se me entrega la rosa, doy las gracias, y muerto de vergüenza me retiro. Horas más tarde, cuando se me pasó el sofocón, caí en la cuenta de que no había dado una mísera propina al señor de la floristería que perdió media mañana esperándome. Eso es algo que todavía hoy no me he perdonado.
En aquellos tiempos el cabo Leónidas Kowalski era... bueno, era ese milico robotizado, disciplinado y algo cabrón que han visto en tantas películas, y todo el mundo en el cuartel se enteró de que el cabo Kowalski recibía flores de una mujer. Los cachondeos fueron muchos y despiadados, claro. Pero... ¡qué coño! Si la demencia senil no me quita ese recuerdo, me lo voy a llevar hasta la muerte. Y cada vez que me venga a la memoria yo seguiré sonriendo.
Ay, aquella rosa de una época en la que todo podía ser de color rosa...
Escucho poca música, y casi nada de lo que me invitan a oír me gusta, pero cuando azarosamente doy con algo que de veras me va puedo pasarme horas y horas escuchando la misma canción (conducta adictiva, sí, ya lo sé. Ahórrense los comentarios psicológicos). Eso me pasó con una canción en francés de la cual no entendía ni papa, pero es que en ese idioma se te pueden cagar en los muertos y te suena a gloria. La canción se llama (a ver si lo escribo bien): Quelqu'un m'a dit.
Me gustaba. Me gustaba mucho aunque no supiera de qué hablaba, porque hay cosas que no necesitas comprender para que te gusten, y me atreveré a decir que hay cosas que pueden gustarnos precisamente porque no las entendemos.
Me gustaba. Me gustaba mucho pero hoy he buscado la letra de esta canción, traducida al castellano, y ha resultado ser tan... bueno, quizás no era una buena traducción, pero sí me ha quedado claro que preferiría seguir oyéndola en franchute sin tener idea de lo que cuenta.
Pero da igual. Podría ser la mejor historia jamás contada y hoy habría dejado de gustarme. No sé por qué morbosa e innecesaria curiosidad me he fijado hoy en el nombre de la cantante, y resultó ser Carla Bruni.
Yo no sabía quién era la Bruni hasta hace unos días, pero ahora sí que lo sé. Sé quién es y, sobre todo, sé lo que es.
Mierda, mierda y mierda. Qué rabia. No sé si os he dicho, mujeres, que sois todas unas putas, pero si no os lo dije, aquí lo expreso: SOIS TODAS UNAS PUTAS. (Y me suda la polla que os siente mal, porque sé que si yo fuera el presidente de Francia me estaríais lamiendo todas el sudor del cipote, así que, que os compre quien no os conozca, zorrones).
No es difícil conseguir que un gato aprenda a leer, basta con algo de paciencia y con seleccionar buenas lecturas que puedan interesarle. Se sabe de muchos gatos que tras aprender a leer eligieron mal sus lecturas o fueron inadecuadamente aconsejados, y en consecuencia se negaron a volver a leer nada: Un gato llamado Feliponcio, de Zahara de los Atunes (Cádiz), fue obligado por el sádico de su dueño a leer una novela de un tal Dan Brown. El dueño fue denunciado por una sociedad protectora de animales y cumplió veinte años de condena en Alcatraz, pero eso no ha impedido que Feliponcio desarrolle tal fobia a la lectura que ahora huye de cuanto signo gráfico encuentra en su camino. Los ratones, que son muy listos y muy hijoputas, martirizan al pobre Feliponcio envolviéndose en papel de periódico y paseándose frente a él. Otro gato, llamado Judas y natural de Algezares (Murcia), leyó un cuento de Paulo Coelho y se arrancó los ojos para no tener que enfrentarse nunca más a la lectura. El gato Jeremías, de Pinos Puente (Granada), leyó varios reportajes de ufología firmados por un tal J. J. Benítez. Jeremías se suicidó lanzándose al paso de un tren porque no podía soportar un ataque de risa que le duraba ya dos meses. Todas estas desgracias son consecuencia de inadecuadas lecturas, pero los gatos, por naturaleza, aprenden a leer con notable rapidez. A veces sospecho que ellos nacen sabiendo leer, pero que sólo leen en público cuando se les pide, no sé si por pudor o por modestia.
¿Cómo puede dudarse de la capacidad lectora de un animal que tiene esos ojazos? ¿Cómo puede pensarse que un animalito que mira al mundo de ese modo sabio e inquisitivo no puede leer? Los gatos no sólo leen, sino que además tienen buen criterio para escoger lecturas.
Mucho se habla de las bolas de pelo que vomitan los gatos, pero ellos y yo sabemos que los gatos vomitan tras leer a Coelho y a J.J. Benítez, entre otros autores que sólo escriben eso: bolas de pelo. Los gatos, tan delicados ellos, no pueden digerir ciertas tonterías, y acaban vomitándolas.
La próxima vez que su gato vomite en mitad del salón, piense en esto que le cuento y revise su biblioteca, que a lo mejor la culpa es de usted.
(Me van a perdonar el desastre de las palabras cortadas. Hasta que Gusifluky no se lea un buen tutorial para editar textos con imágenes en Blogger y después me lo resuma estas atrocidades seguirán sucediendo).
Esta vez me ha importado un carajo. Un bledo, un pimiento, un pepino, un cojón de pato, un comino. Vamos, que me la suda. Me la trae floja, floja y pendulona, me la trae al fresco, o al pairo, me la pela, me la refanfinflota. O sea, que me da igual.
Hablo de la enésima escabechina en un país lejano, que esta vez se llama Afganistán como podría llamarse de cualquier otra manera, donde a otro hijo de puta le ha dado por volarse en cachitos y ya de paso llevarse puestas a diez, veinte o cien personas que pasaban por allí. Tampoco se crean ustedes que otras veces la carnicería me importa mucho, para qué nos vamos a engañar. Pero lo de ayer fue diferente: ¿pueden creerse que, casi casi, me he alegrado?
En esta ocasión el terrorista suicida igual podía ser un fanático religioso -de la religión que sea, que eso importa poco y los cristianos tienen mucho que callar- como un fundamentalista de eso que algunos llaman "derechos de los animales", y es que el petardazo se ha producido entre una muchedumbre que disfrutaba del abominable espectáculo que proporciona ver a dos perros peleándose. Por eso, decía, casi me alegro de que las huríes -esas putas del paraíso musulmán- tengan trabajo con el nuevo héroe. El desgraciado tuvo tino para escoger momento y lugar, reconozcámoslo.
Bueno, tampoco es para tanto -pensarán algunos de ustedes-, total, lo de las peleas de perros es una cosa cultural y tal. Folclore de la zona y todo eso. Hay que entenderlo.
Claro que sí. Ahí justamente quería yo llegar, al folclore aborigen, a las tradiciones y a la cultura de cada lugar... Bonita manera de enmascarar lo que es pura salvajada en demasiadas ocasiones, porque, convendrán conmigo, no es lo mismo irse de viaje con la familia a Asturias y coger una melopea de sidra que irse a Somalia y regalarle a Carmencita, de dos años, una preciosa ablación de clítoris con la excusa de que es lo tradicional, ¿verdad que no?
Pues aquí, en nuestra zapateril y rosa nación de naciones (arrojo confeti y doy saltitos de alegría, yupi yupi), también tenemos lo nuestro. Me he parado a pensar en ello por el asunto de la matanza durante la pelea de perros en ese país lejano. Inevitablemente he comparado al suicida talibán con uno de nuestros simpáticos muchachos etarras, y la pelea de perros con una de nuestras tan castizas corridas de toros. Y, oigan, me he quedado un poco asombrado de mis propias emociones al respecto.
Me jode que se mate a la gente, me jode mucho. Me jode que se mate a animales por diversión, me jode mucho, aunque no tanto como que se mate a personas. Dicho esto debo añadir que no me jode igual que se mate a unas personas como a otras, porque no todo el mundo es igual de inocente ni respeto por igual a cualquiera. Si un día ETA pone una bomba en una abarrotada plaza de toros y descuartiza a ochenta espectadores, yo lo sentiré mucho y volveré a llenarme, una vez más, de rabia e impotencia, pero... No sé si me estoy explicando. Resumiendo:
Si tengo que elegir, mil veces prefiero que maten al cobarde y sanguinario espectador de una corrida de toros que al desgraciado que espera en una parada de autobús, porque hay víctimas inocentes y víctimas que no lo son tanto.
Una vez más he sido víctima de uno de esos memes blogueriles en los que unos amigachos se reparten premios mutuamente. Esta vez el culpable ha sido Pedro Lucio con su blog El Tirador Solitario, muy recomendable para quienes estén interesados en armamento militar y Defensa. Al premio Marmota y a la mención Quercus Pyrenaica debo unir ahora el premio Arte y pico (acabo de encargar una estantería bien grande para colocar tanto galardón). Aunque nunca sigo las "normas" de estos premios, que consisten básicamente en seguir la cadena, sí que tengo mis propias normas, que consisten básicamente en no seguir las normas y en agradecer, eso sí, el reconocimiento que se me dispensa. La verdad es que mola saber que alguien pasa buenos ratos leyéndote, así que ahí va mi:
Discurso de agradecimiento
Señoras, señores, piticanillos todos:
Gracias por acompañarme en un día tan importante para mí. El anhelado premio con el que hoy se me honra viene a unirse a los otros 378 que justamente me han otorgado en mi breve trayectoria bloguera, a razón de un premio cada día y medio aproximadamente. Tan acostumbrado estoy a estas celebraciones que este discurso lo escribe una de las secretarias que tengo contratadas para estos menesteres: me escriben los discursos, gestionan mi correo, me planchan la ropa, me chupan la pinga, me administran la agenda...
Pensarán ustedes que mi vida debe de ser fascinante con tanto premio. Sí, lo es. Ser yo es lo mejor que me ha pasado en la vida, y si yo no fuera yo, siendo en cambio alguno de ustedes, pues en ese caso yo sería otro, y el otro sería yo... y no sé qué carajo les quería contar. Olvidémoslo mejor.
Quizá parezca que Don Pedro Lucio me concede este premio por amistad, en una de esas abyectas y recíprocas comidas de polla a las que tan acostumbrados estamos en la blogosfera, pero yerran ustedes si creen tal cosa, porque Don Pedro y yo nos llevamos a matar.
La animadversión que Don Pedro y yo nos profesamos con ahínco surgió allá por 1946, cuando un joven Pedrito y este cabeza de chorlito estudiaban en un colegio religioso y ambos nos enamoramos del mismo cura. El cura, sorprendentemente, resultó ser heterosexual y no se avino a nuestros perversos deseos, argumentando el muy truhán que estaba enamorado de una monja, monja que por cierto estaba a su vez liada con la superiora de su convento.
Antes de conocer las oscuras tendencias del cura, Pedrito y yo nos batimos en duelo, o en singular gesta como diría el amigo Cervantes parodiando los libros de caballerías. Desde aquel enfrentamiento tengo una astilla de madera clavada en un hombro, pues nos batimos con espadas de palo a falta de mejor arma.
Hoy, tantísimos años después, este premio me parece sorprendente, merecido y tardío, pero igualmente digno de agradecimiento.
No obstante, fiel a mi costumbre, no seguiré la cadena; es mi norma no chupar más pollas de las estrictamente necesarias. Manías que tiene uno.
Eso sí, agradecimiento infinito y mis más efusivos saludos a Don Pedro Lucio, de cuyo nombre me acuerdo especialmente en los días húmedos, cuando la astilla me hace rabiar de dolor.
Todo pasa, nada queda. Nuestro amor, tus ilusiones, mis esperanzas, vuestros miedos, sus risas, nuestras enfermedades, tus ideales, mis pensamientos, vuestras aspiraciones, sus fracasos, nuestra vergüenza, tu rencor, mis pesadillas, vuestro hastío, su locura, nuestra ambición... Todo, absolutamente todo desaparece algún día.
No es malo que todo pase. Tampoco es bueno que nada quede. Tan sólo es.
La foto de tu hijo, el premio de vuestra lotería, el ronroneo de mi gato, la colección de sellos de ese señor, los besos de los amantes, mis lágrimas, los suspiros de todos los que alguna vez estuvieron enamorados, las canas de mi barba y el tinte de tu melena, los disparos al aire y las balas que os alcanzaron, los relojes de arena con todos sus granos y las clepsidras con sus gotas de agua, nuestras cenizas, toda la sangre vertida, los gritos contenidos y el eco de los gritos que no se contuvieron, todas las cosas que fueron, todas las cosas que no pudieron ser, todas las cosas que serán... Todo, absolutamente todo desaparecerá algún día.
Y esto ni es malo ni es bueno.
Me gusta saber que moriré y me gusta saber que mi materia se descompondrá para que mis átomos formen sustancias nuevas, y me alegra saber que muchos de ellos se reagruparán, enlazándose con los tuyos, para dar vida a otros seres. Pero esto no es un sucedáneo de la inmortalidad porque los átomos no tienen conciencia de nosotros, y tampoco importa porque antes o después también ellos desaparecerán.
Y da igual. No es bueno ni malo; es.
En este momento, a las dieciséis horas y diecinueve minutos de un 5 de Febrero de 2008 según el horario y calendario de una parte de la humanidad, he pensado que tengo una increíble suerte por poder sentir lo que ahora siento, que ni es malo ni es bueno.
Kowalski o Kowalsky, que de las dos maneras lo encontraremos, es un soldado estadounidense. En su honor me bauticé como Leónidas Kowalski cuando empecé a vomitar en la Red, y en su honor escribo ahora este panegírico. El muchacho se lo merece.
Hace ya bastantes años que conozco al soldado Kowalski. La verdad es que no tenemos mucho trato, pero cada vez que empiezo a olvidarme de él me lo encuentro sorpresivamente en una película o en una novela. O incluso en un videojuego. Confunde un poco su errática carrera militar, pues igual lo ves como Cabo en una peli, como años después te lo encuentras degradado a Soldado en un juego, para volver a encontrarlo a la semana siguiente en otra película ascendido fulgurantemente a Sargento. Debe de tener una peculiar Hoja de Servicios el amigo Kowalski, y un expediente personal de lo más complicado.
Como no lo he visto nunca es de oficial. Supongo que por ser hijo de inmigrantes polacos ha de conformarse con los empleos de tropa o, con suerte, los de la suboficialidad. A mí me cae bien, entre otras cosas, porque mi amigo Kowalski hace su vida entre lo más subordinado del ejército. No me es difícil empatizar con este soldado, y siempre lo reconozco, aunque cambie de cara y de galones. Cada vez que lo descubro en una nueva aventura tengo una peculiar sensación, entre alegría y desconcierto, como cuando nos encontramos inesperadamente a un conocido de nuestra tierra en una ciudad lejana. Él me mira desde la pantalla o desde las páginas, sonríe y me guiña con complicidad un ojo azul, o verde, o castaño. En estos casos entablamos un breve diálogo si la acción lo permite:
--¡Ey, Kowalski, qué alegría verte de nuevo!
--Yo también me alegro, Leo. Sabes que quiero pasarme por DCC, pero tío, ya ves cómo es esto. Siempre ando liado entre tiros, humo, explosiones y compañeros destripados. Eso cuando hay suerte y no soy yo el destripado, mwajajajajaja...
--Ya, hombre, no te preocupes.
--Échale güevos y vente tú a mi mundo, tío. Verás qué risa.
--Uy, quita, a mí eso me da un miedo... Mejor te espero yo a ti.
--Bueno, pues nos vemos, colega, pero ahora me largo, que oigo acercarse otra puta granada de mortero.
Y mientras corre empuñando su M-16 con una mano usa la otra para despedirse de mí. Nos volveremos a ver, pienso yo. Siempre volvemos a vernos, aunque a veces la granada de mortero, o la bala de un francotirador, o un lanzallamas, o lo que sea, lo deja seco.
Mi amigo el soldado Kowalski ha estado en infinidad de batallas. En algunas ha muerto incluso. Ese cabrón es un héroe de los de verdad. Apareció en una novela de Pérez-Reverte, por poner un ejemplo. Y también, aunque no se lo crean, participó en una secretísima expedición científico-militar, y puestos a hacer cosas raras también ha intervenido en una película de animación, y hasta en varios videojuegos, como Shellshock: Nam '67 o Gears of War, donde por cierto perdió una pierna que poco más tarde encontró. Es la metapolla, este Kowalski. Cuánto tendría que contar si se lo permitieran...
Hace tiempo que no nos encontramos, amigo Kowalski. Haz por verme pronto, que no quiero pensar que alguna vez, en el fragor de la batalla, palmes de verdad. Atormentado por la duda he revisado la lista de bajas, tanto en Irak como en Afganistán, y compruebo aliviado que tu nombre no aparece.
Tú sigue muriendo de mentirijillas, que es lo tuyo, y deja para otros morir de verdad.
Enrique cerró el libro a falta de unas pocas páginas para acabarlo. Si no fuera por lo que pasó después estoy seguro de que nos hubiera recomendado a todos leer Cañas y Barro, de Blasco Ibáñez. Ya estaba pensando en la siguiente novela que leería: El Malvado Carabel, de Wenceslao Fernández Flórez. Sin duda un acierto, pero lamentablemente no llegó jamás a leer una sola de sus páginas.
Sobrecogido aún por los acontecimientos que se desarrollaban en la novela de Blasco salió a comprar tabaco. Era Enrique un fumador compulsivo, aunque se olvidaba de su vicio cuando se metía de lleno en una buena historia, pero con todo y con eso tenía la costumbre de fumar un cigarrillo durante los finales de sus lecturas. Se le hacían así más intensos, o eso quería creer. Cuando la estanquera le dio los dos cartones de tabaco que había pedido se dio cuenta de que había olvidado la cartera. No importaba, Enrique era vecino del estanco y cliente fiel de años, así que se le fió la mercancía. Esa deuda jamás fue solventada.
De vuelta a su casa pensó en pasar por la churrería para dar un desayuno sorpresa a su esposa, pero cambió de opinión cayendo en la cuenta de que no llevaba dinero encima. Mejor lo dejaría para mañana, que era domingo y Gloria no saldría a hacer sus compras como hace todos los sábados, así podrían disfrutar más tranquilamente de los churros y de un chocolate casero bien espeso y tibio. Luego pasó lo que pasó, y ese domingo ni Gloria ni él, ni ninguno de sus vecinos a decir verdad, desayunó churros con chocolate.
A punto de coger el ascensor para subir hasta su piso se topó con el presidente de la comunidad de vecinos, a quien le recordó que había dos bombillas fundidas en su planta. El presidente prometió cambiarlas en breve. Jamás lo hizo.
Mientras Enrique entraba en su hogar sonó el teléfono. Vio en la pequeña pantalla de cristal líquido que se trataba de su cuñada, así que optó por apagar el timbre del teléfono y esperar a que Gloria se despertara para devolver la llamada a su hermana. Dado que los acontecimientos sucedieron de la manera que sucedieron, esa llamada no llegó a producirse nunca.
Al pensar en Gloria tuvo Enrique el súbito deseo de ir hasta el dormitorio para besarla, pero antes se entretuvo unos segundos metiendo el contenido del cesto de la ropa sucia en la lavadora. Si en lugar de haber hecho eso hubiera ido inmediatamente a despertar con besos a su esposa el final de este cuento los habría sorprendido entre besos y caricias. Desgraciadamente les va a llegar el final mientras Gloria duerme y Enrique sostiene en las manos un jersey de lana. Gloria sueña con un antiguo novio del instituto. Enrique se pregunta qué programa de lavado será conveniente para el jersey.
Esta historia podría tener una segunda parte donde se explicaría lo que falta por explicar, pero esa segunda parte no va a ser escrita jamás. Es una pena porque era muy interesante.