Un blog escrito bajo severas dosis de etanol.

sábado, 12 de abril de 2008

Sin calefacción en el Puerto de la Mora


Ahora me gusta más que antes viajar desde Cádiz a Murcia. Este es el origen de mi cambio:

Desde Cádiz hasta Granada el viaje matinal en autobús había sido agradable, con pocos viajeros y mucha lectura, dos asientos sólo para mí, sol y la tranquilidad de haber dejado a mi gato en buenas manos. En Granada hicimos un alto de cuarenta minutos para almorzar. Cuando volví a ocupar mi plaza en el bus el panorama no era tan agradable.

La fría tarde granadina, con su cielo nublado y su tormenta lejana, se hizo más inconfortable aún cuando nos habló el conductor, un instante antes de proseguir el viaje:

- Señores viajeros -era uno de esos raros chóferes educados-, tengo que comunicarles que se ha estropeado la calefacción, y por circunstancias que desconozco no podemos cambiar de coche. Les aconsejo que se abriguen, y les recuerdo que al llegar a Murcia tienen a su disposición las hojas de quejas. Yo las pediría.

Hubo murmullos de fastidio, pero lo que más claramente recuerdo fue la extemporánea risa de una mujer en la que hasta entonces no había reparado. Estaba sentada un par de filas de asientos tras de mí, y fuimos varios los que giramos la cabeza sorprendidos por esa risa ante lo que parecía ser una mala noticia, una muy mala noticia en verdad, como sabrán quienes hayan pasado el Puerto de la Mora nevado y sin calefacción.

Lo que más me sorprendió al mirar a aquella mujer fue el hecho de no haberme fijado antes en ella. Supongo que iniciaba su viaje desde la estación de Granada, de lo contrario estoy casi seguro de que me habría llamado la atención. Era morena, delgada, con melena recogida en larga cola de caballo que se echaba displicentemente sobre uno de sus pechos. Tenía esa edad indefinida de algunas mujeres maduras que tanto puede ser mediada la treintena como cercana a la cincuentena; esa edad de mujer guapa y completa que a ningún hombre importa porque sólo vemos la belleza que trasluce.

Unos minutos después de iniciar la marcha me maldije por mi falta de previsión al haber dejado la ropa de abrigo en el equipaje que estaba en la bodega del autobús. De cintura para arriba sólo me cubría una camiseta interior y una fina camisa. Aunque no es recomendable dormirse en situaciones de frío extremo pensé que la situación no llegaba a ser peligrosa, y tal vez dormitando se me haría el gélido viaje más llevadero. Me acurruqué en mi asiento y con la somnolencia que da la digestión no tardé en quedarme traspuesto.

No pasaría mucho tiempo, porque aún no habíamos llegado al Puerto de la Mora, cuando la mujer de la risa impertinente me zarandeó con delicadeza, y al verme abrir los ojos dijo:

-Perdona, ¿puedo sentarme a tu lado? Es que soy muy friolera y...

Anonadado, medio dormido, y con una de esas incómodas a la vez que placenteras erecciones que no me faltan en las siestas, balbuceé halagado algún comentario de dudosa inteligibilidad. La dama debió de entender mi situación, o simplemente la daba por sentada. En cualquier caso comprendió mi beneplácito, como saben las mujeres comprender lo que les interesa, pues sin más palabras se sentó a mi lado, invadiendo mi espacio de fragancia de mujer limpia y sin perfumes enmascaradores.

Vi entonces que mi compañera de viaje calzaba botas de tacón y caña alta, hasta casi la rodilla. Las piernas, esbeltas pero no huesudas, metidas en ajustados y desgastados pantalones vaqueros. Tenía una cintura estrecha de la que sin duda -y con razón- se sentía orgullosa, porque un fino jersey de lana no la cubría, dejando a la vista piel bronceada sin estrías ni el menor pliegue de grasa superflua. En cambio no iba escotada mi nueva amiga, pero en rápido, experimentado y discreto examen me hice una idea: "Tamaño manzana; firmes (aunque nunca se sabe, que los sujetadores son muy engañosos); marcando pezones, luego el sostén es sin relleno y debe de ser cierto que tiene frío".

Sin pedir permiso, haciendo uso de esa prebenda que sólo las mujeres muy seguras de sí mismas saben usar, retiró el reposabrazos que separaba nuestros asientos. A continuación se pegó a mí, mucho más de lo que podríamos llamar decoroso, y dijo en voz baja, inaudible para nadie más que para mí:

-Uy, qué calentito estás, chico.

"No lo sabes tú bien, mi niña", me hubiera gustado responderle, pero en ese momento mi único pensamiento era: "¡Javi, joder, que pareces un adolescente! Intenta relajarte y que este pedazo de hembra no note los latidos de tu corazón. No lo eches a perder todo por parecer un crío asustadizo".

-Me llamo María del Mar. Ahora que vamos a pasar unas horas juntos, ¿me dices tu nombre?- añadió con susurros, acercando mucho su boca a mi oreja derecha, de modo que su aliento me hacía cosquillas... y ya saben ustedes lo que pasa con esa clase de cosquillas; mi excitación ya amenazaba con una eyaculación no solicitada.

-Encantado, María del Mar. Yo soy Javier... y me alegra que estés aquí- añadí en un arranque de osadía.

Entonces María del Mar, la dama de risa que no viene a cuento, rió otra vez (creo que halagada), sacó de su bolsa de viaje una de esas mantas que llaman "americanas" -finas y fácilmente plegables-, la desdobló y nos cubrió a ambos con ella.

-¿Siempre viajas con una de estas mantas, niña?- A algunas mujeres les sabe a rayos que las llamen "niñas", pero en Andalucía occidental es muy común y me consta que a la mayoría le gusta, así que me arriesgué. Y no me salió mal la apuesta:

-No, pero al salir de casa supe que compartiría viaje contigo y que tendrías frío, y volví a por la manta. Es que soy un poco bruja, tonto.

Y dicho eso me cogió la mano bajo la manta, la llevó a su regazo y la colocó sobre sus muslos, sin dejar de acariciarla. Pensé entonces que mejor sería seguir dormitando antes que provocar un escándalo, y me limité a quedarme quietecito y hacerme el dormido, ¡cómo dormir de verdad con el pene convertido en una barra de acero!

También seguí ignorando las maniobras de María del Mar cuando se llevaba, lenta y casi imperceptiblemente, mi mano a sus pechos, apoyando su cabeza en mi hombro, haciéndome sentir su respiración en mi cuello. Esto no puede estar pasando -me decía yo-, tranquilo y no te embales, Javierillo.

Imagino que mi pasividad la defraudó, y por eso al cabo de un rato, ya cruzando el Puerto de la Mora, guió mi mano bajo su ropa y me hizo sentir directamente sus pechos. Normal que me hubiera percatado de sus pezones intentando perforar el jersey; Mari Mar no llevaba sujetador. Aún así tenía unas tetas firmes, tiesas, duras. Diría que eran pétreas, pero eran demasiado cálidas para ser piedra.

Cuando su otra mano, la que no sostenía mi diestra, se me puso en la entrepierna y comenzó a sobarme bajo la manta decidí que tenía que hacer algo, so pena de quedar como un apocado efebo. Busqué la boca de María del Mar y no encontré resistencia para lamer su lengua. Era una lengua díscola y hábil, y toda esa boca sabía a... no sé cómo definirlo, creo que podría valer si digo que el sabor de aquella boca era el de la juerga, la despreocupación y el desenfreno.

Nos besamos con ganas, protegiéndonos del frío con el calor de nuestros cuerpos, y harto ya de hacerme el reprimido desabroché sus pantalones y hurgué entre el vello púbico hasta llegar a su sexo, mojado, ardiente.

-No, esto ahora no- dijo María del Mar mientras sacaba mi mano de entre sus muslos-. Llevo unos vaqueros muy ajustados y me estás haciendo daño. Déjame que te dé gusto yo a ti.

-Pero yo quiero que tú goces, mi niña- protesté entre jadeos de excitación.

-Soy feliz haciendo que un macho se corra. Calla y desahógate- me dijo susurrando Mari Mar a la vez que me sacaba la polla y la empezaba a menear bajo la manta.

No puede aguantar mucho, en verdad apenas medio minuto, hasta que derramé un abundante chorro de semen que manchó su mano, su manta y mi orgullo.

-Lo siento, niña, es que estaba tan caliente que...

-Shhhh, lo sé, cielo, lo sé- me interrumpió ella -.Lo importante es que sigas teniéndola bien dura y podamos seguir jugando un rato más.

Por eso no hubo problemas. La situación era tan excitante que yo hubiera podido alcanzar diez orgasmos y mantener la erección. En aquellos momentos todo yo era polla, y los latidos que se podían notar en el pene no parecían provenir del corazón, sino de la misma verga. Si María del Mar quería jugar manoseando dura polla no iba a tener motivos de queja.

Así anduvimos, usando nuestras lenguas como sondas de exploración, mientras yo manoseaba los pechos de María del Mar y ella me masturbaba furiosa, hasta hacerme daño en algunos momentos. La segunda vez que me iba a correr la previne:

-¡Joder, que me corro otra vez, chiquilla! ¡Para, que te voy a poner perdida la manta!

-Venga, cerdo, escupe tu leche y ensúciamelo todo- respondió ella arreciando en los vaivenes y obligándome a morder su cuello para que el dolor le hiciera disminuir los meneos. Cuando notó que dejaba de eyacular siguió apretándome el pene con movimientos más lentos pero fuertes, desde la base de mi polla hasta el capullo, como queriendo exprimirme.

-Uhm, así, cabrón, vacíate bien los cojones- dijo mi complaciente compañera de viaje soltando mi polla y comenzando a sobarme los huevos.

Tras esta segunda corrida yo estaba más relajado, aunque igualmente erecto, y quería un poco de paz. Como Mari Mar no dejaba de sobarme los testículos le pedí que nos diéramos un descanso, pero ella -me lo temía-, se negó.

-¡Nada de descansos! ¿Es que eres poco macho para mí? Piensa en lo que te gustaría tener mi coño en tu boca y beberte todo mi jugo; en lo que disfrutarías follándome y escupiendo tu leche dentro de mi coño; en lo bien que te sentirías si tuvieras esta polla tan dura follándome el culo...

Con palabras tan elocuentes me quedé sin argumentos. Así estuvimos durante unas cuatro horas. Llegó un momento en que mis corridas no eran acompañadas por eyaculación alguna. Simplemente no me daba tiempo a regenerar ni un poquito de semen entre orgasmo y orgasmo.

Cuando llegamos a Murcia, yo con el pene hecho una piltrafa y María del Mar, supongo, con el brazo dolorido, la ayudé a sacar su equipaje de la bodega. Cuando se lo iba a entregar la encontré besando apasionadamente un hombre que había ido a recogerla. Dejé la maleta de María del Mar junto a ellos y me marché sin decir nada.

Horas más tarde descubrí una nota en el bolsillo de mi camisa. Sólo decía: "María del Mar. Tfno: xxxxxxxxx. Llámame cuando vengas a Murcia".

Por eso ahora voy a Murcia más que antes.

viernes, 11 de abril de 2008

Cisma (por mí que no quede, y allá cada cual con sus culpas).


Pues nada, ahora toca mirar las cosas desde el otro lado. Aseguré que, llegado el caso, haría esto que ahora voy a hacer, y poco más tengo que añadir. En verdad sí me gustaría mencionar un par de detalles, pero estoy convencido de que si los menciono serán manipulados, y no merece la pena. Mejor dejo las cosas así, que a buen entendedor pocas palabras bastan.

Primero
aquí y después aquí di mi opinión sobre el asunto de la película Fitna, que se resume en no admitir su censura y gritar bien fuerte ante el miedo que algunos quieren imponer. También dije -en los comentarios, creo- que haría lo mismo con un vídeo que dijera algo similar con respecto a la religión cristiana. Pues eso, que ahora toca:



Ya ven los problemas que yo tengo con eso de la neutralidad religiosa...

miércoles, 9 de abril de 2008

Jesucristo sigue fumando


He vuelto a coincidir con Jesucristo apenas hace un par de horas. Quizá no sepan de qué les hablo, y probablemente tampoco les interese, pero este es mi territorio y aquí decido yo de qué, cómo y cuándo se habla. Usted, lector habitual o circunstancial que ha venido a parar a este chorlitesco diario puede optar por:

a) Largarse de aquí. ¡Zaaape!

b) Seguir leyendo sin entender nada.

c) Leer esta otra entrada ahora mismo, que le facilitará entender las cosas.

d) Masturbarse mientras grita "¡oh, Leónidas, te deseo como nunca deseé a ningún otro cabeza de chorlito!"

Les decía que he vuelto a encontrarme con mi viejo amigo Jesucristo. Hacía tiempo que no lo veía, pero hoy su divina presencia ha reaparecido, y es bueno saber que Él no nos ha abandonado.

Debo comunicar que Jesucristo ha engordado. Sí, amigos, el Hijo de Dios se está poniendo hecho una foca. Esto lo interpreto como un mensaje para que no demos tanta importancia a la superficialidad de las apariencias, y para que recibamos con agrado los males del sobrepeso. A mí siempre me decía mi madre que estaba muy flaco, mujer sabia ella. Ahora me dice que estoy bien así y que no engorde más, la muy cabrona. Si viera cómo está Jesucristo seguro que volvería a decirme que me faltan unos kilitos, veinte o treinta. O más si son pequeños.

El caso es que este humilde y chorlito mortal se estaba tomando... una mirinda, ejem, en la baguetería La Isla (no se pierdan la carne al toro que preparan, cosa fina), cuando allí que entra Su Divinidad. Majestuoso, gordito y tan gorrón como siempre, se ha apalancado en la barra a un metro de mí, y lo primero que ha hecho ha sido pedirme un cigarrillo. Está el precio del tabaco como para regalarlo, pero claro, ¿cómo le niegas nada a Jesucristo en persona? Después va El Tío y me pide fuego. Yo le hubiera ofrecido mis pulmones también, pero doy por hecho que Él, en su infinita omnisciencia, sabe que soy donante de órganos y debe de haber decidido que mis vísceras respiratorias tienen mejor destino. Destino, por cierto, que será el de ser exprimidas y alquitranar con el producto resultante varios kilómetros de autopista, porque otra cosa...

Hoy, por si aún quedaban dudas, se ha confirmado que Este Sujeto es verdaderamente Jesucristo, y lo demuestra el inapelable hecho de la extraordinaria consumición que el Hijo de Dios ha pedido: una jarra de agua del grifo, con hielo.

Y se la han puesto. Le han servido una jarra de agua, con hielo. Ahora díganme, si tienen valor, que Ese Individuo no es Jesucristo.

Ha saciado su sed parsimoniosamente, mientras se fumaba tres cigarrillos gorroneados a sendos clientes. Después, con la elegancia y clase que caracteriza al Personaje, se ha marchado sin despedirse. Yo he echado en falta alguna frase sentenciosa, del tipo "darás de beber al sediento y de fumar al vicioso", pero bueno, yo, vil mortal, no soy quién para opinar sobre la conducta de Jesucristo. Faltaría más.

Me alegra, y lo digo en serio, que Este Señor haya cambiado el alcoholismo por la dipsomanía hídrica. También me alegra, no lo ocultaré, eso de escribir "dipsomanía hídrica", así como si supiera de qué carajo hablo. Molo un montón cuando me tiro estos pegotes, ¿a que sí? (Digan que sí o muéranse siete veces, que por cierto es un número muy bíblico).

Pues ya está. Sólo me queda decir que me replantearé mi ateísmo, ante tantas evidencias de sobrenaturalidad. Coñe, es que eso de la jarra de agua del grifo, que no un vaso, me ha calado hondo.

martes, 8 de abril de 2008

Me dicen... (Hija de Satanás)


Me dice una chica que es seria, y me acuerdo de que eso mismo intentaba venderme la Otra mientras se andaba follando a toda polla que tuviera cerca.

Me dice una chica que es formal, y me acuerdo de que eso mismo me contó la Otra antes de saber yo que durante cinco años estuvo buscada por la policía por cierto delito, del que se escapó siguiendo los consejos de su "novio", quien por cierto era un policía que acabó en la cárcel por un delito que ahora no voy a contar.

Me dice una chica que es fiel, y me acuerdo de cómo la Otra aparentó fidelidad con el apoyo de sus amantes, muy interesados ellos en darme palmaditas en la espalda mientras me felicitaban por la gran novia que tenía.

Me dice una chica que será una gran madre, y me acuerdo de la Otra, que hasta que yo me puse serio llevaba a su hijo de dos años dando bandazos como si fuera un fardo en el asiento trasero de su coche, y al que le daba a probar el whisky "para que el niño viera que eso no le gustaba".

Me dice una chica que no le interesan los millonarios, y me acuerdo de la Otra, que eso mismo me dijo mil veces, y poco después de abandonarme por confusas razones se estaba acostando con cierto millonario famoso que hoy no identificaré (déjenme guardarme alguna baza).

Me dice una chica que nunca me traicionará, y me acuerdo de la Otra que intentó, por todas las armas que a su alcance tuvo, incluida la mentira, dar una falsa imagen de mí que nunca podré lavar, pues contó con mi silencio cómplice, convirtiéndome yo mismo en el peor de mis enemigos.

Me dice una chica que es una profesional, y me acuerdo de la Otra, que era una gran profesional gracias a coquetear con los jefes o a acostarse con ellos cuando era preciso.

Me dice una chica que tiene sentido del humor, y me acuerdo del sentido del humor de la Otra, que era muy gracioso cuando al reírte podías obtener privilegios.

Me dice una chica que es inteligente, y me acuerdo de la Otra, cuya inteligencia estaba al servicio del poderoso, si entendemos por "poderoso" esa triste idea del poder que tenía la Otra.

Me dice una chica que me quiere, y pienso en las muchas veces que a la Otra le oí decir lo mismo para que cada uno de sus actos desmintiera sus palabras.

Me dice una chica que... y antes de que termine de decirlo ya estoy yo llamándola mentirosa. Llega un momento en que todo te suena a mentira, y más si viene de una mujer. Quizá hago pagar a justas por pecadoras, pero... nadie me ha engañado desde entonces, y si algo me he perdido tampoco he tenido pruebas de haberlo perdido.

Nadie podrá quererme, porque de nadie me fío. Debe de ser difícil querer a quien no confía en ti, pero más difícil es querer a quien ya te traicionó.

(Esta entrada, o post, o como quieran llamarlo los gilipuás de turno, es un claro ejemplo de lo que sale del puto y negro corazón de un bloguero mierdoso que necesita soltar lastre, mierda autocompasiva y caca de la vaca. Que el Monstruo de Espagueti Volador nos dé bien por el saco a todos, que nos lo merecemos, por subnormales. Ustedes y yo).

lunes, 31 de marzo de 2008

Y se quitó de fumar


La conoció allí, junto al estanque del agua verde y los peces naranjas, hace ya quince años exactos.

Hace más de trece años que no la ve, pero siempre, cada 31 de Marzo por la noche, Francisco vuelve al estanque y se deja acariciar por la brisa húmeda. Desde que la perdió no ha faltado nunca a esa cita secreta con el vacío, a esa reunión enfermiza con la nada. Cuando el amor de Ella se fue a ese lugar adonde van los amores que no pudieron ser, dejando a Francisco convertido en un muerto viviente, en un corazón que late sin saber para qué y sin ganas de seguir haciéndolo, la vida no ha sido nada hospitalaria para él. No quiso tener más amigos y se distanció de los pocos que tenía. No pudo divertirse, pero tampoco lo intentó, así que deberíamos decir mejor que no quiso divertirse. Bebía como un cosaco y fumaba como un carretero, deseando que así la parca lo encontrara pronto, siguiendo el rastro de alcohol y humo, ya que él no se había atrevido aún a forzar el encuentro más expeditivamente.

Francisco lo intentó todo para recuperarla, pero sólo llegó a saber -y esto tras gastar todos sus ahorros en detectives- que Ella vivía en otro país, con otro hombre, y que parecía feliz. Fue entonces cuando rescató de un baúl olvidado, lleno de trastos viejos, el revólver heredado de su padre. Cada 31 de Marzo Francisco se guardaba el arma cargada en un bolsillo de la chaqueta y volvía al estanque del agua verde y los peces naranjas.

A Francisco le dolía la vida. Soñaba con tener el valor suficiente para, algún 31 de Marzo, pegarse un tiro junto al estanque, caer muerto en el agua verde y ser comido por los peces naranjas. Cada aniversario llegaba allí, unos años borracho y otros sobrio, acariciaba amorosamente el revólver e incluso alguna vez lo amartilló, oyendo el clic con alivio -le atormentaba pensar que llegada la hora de la verdad fallara el arma-. Pero nunca se decidía.

Cada 31 de Marzo por la noche, Francisco volvía a su casa, llorando de rabia y sintiéndose el más pusilánime de los cobardes. Guardaba el arma y se despedía de ella diciendo: "A ver si el año que viene hay más suerte y me quito de fumar definitivamente". Y así año tras año, 31 de Marzo tras 31 de Marzo...

Hoy Francisco lo ha logrado.

Ha llegado, como cada noche de tal día como hoy desde hace trece años. Se ha plantado ante el estanque, con su desgarbada figura, las manos en los bolsillos de la chaqueta y una colilla humeando desde sus labios.

He visto el ascua de su cigarrillo apagarse y he sabido lo que vendría a continuación. Supongo que podría haber intervenido, pero... no lo he hecho.

Francisco ha escupido la colilla sobre el agua verde y decenas de peces naranjas han acudido a picotearla. Con la mano derecha ha sacado el revólver... que ha seguido el camino de la colilla. He oído a Francisco reír quedamente, y cuando ya se iba se ha vuelto de nuevo al estanque de aguas verdes, y sacando del bolsillo la mano izquierda ha arrojado a los peces naranjas un paquete de cigarrillos. Juro que cuando se ha marchado tenía un animado gesto que no le he visto en quince años.

Este 31 de Marzo, el muy jodío lo ha logrado. Y yo, pues bueno, no saben lo que me alegro por él.

sábado, 29 de marzo de 2008

¡¡¡COBAAAAAAAAAAAAARDES!!!


Sois una panda de tíos mierdas. Casi todos lo sois. Os encanta poner el grito en el cielo cuando se trata de ser políticamente correctos, y capaces sois de promover toda clase de campañas en defensa de cualquier gilipollez mientras sea bonita y no altere a nadie, pero a la hora de la verdad, a la hora de plantar los cojones encima de la mesa y gritar ¡basta!, os llega el canguelo. Me dais asco.

Todo esto viene por la entrada que publiqué ayer, sobre la película Fitna y tal. Ha acabado imponiéndose el miedo, la cobardía, la censura... Ahora ese cuarto de hora ya no es visible en la página LiveLeak, porque, según dicen los responsables, han recibido amenazas. Se acojonaron, los pobrecitos. Genial, punto para el fanatismo, que es precisamente lo que ese vídeo quería combatir.

Lo han logrado, esos cerdos lo han logrado. Ya ni siquiera podemos mostrar imágenes de los cuerpos descuartizados por el atentado del 11-M y mencionar la relación que eso guarda con el fanatismo islámico. No, hay que callar y mirar a otro lado, porque aquí no ocurrió nada, y los doscientos muertos nos los hemos inventado.

Me cago en todos vosotros. No tengo palabras para expresar el asco que os tengo. Menos mal que no tengo hijos, salvo a Gusifluky, que, casi con seguridad, no habrá de sobrevivirme. Asco de mundo, asco de gentuza cobarde.

Parece mentira. Tanta sangre derramada, tanto sufrimiento, tanta lucha, para que hoy, en el año 2008, unos salvajes nos pongan esparadrapo en la boca. Pero nos lo merecemos, claro que nos merecemos eso y más, por...



¡¡¡COBAAAAAAAARDES!!!
Y ahora, hijos de mala madre, seguid callando. No se os ocurra levantar la voz, que no tenéis vocación de mártires ni huevillos para hablar de aquello que no sea el último correo encadenado que os llegó de Jenny, vuestra prima, donde os comunica, muy alarmada ella, de cuántas maneras os van a robar la contraseña del programa Messenger.
Hoy, más que nunca, me apetece mandaros a todos a la mierda, pero antes, otra vez, dejad que os recuerde que sois unos...
¡¡¡COBAAAAAAAARDES!!!
(Agradeceré infinitamente que cualquier lector me indique cómo poder publicar, de nuevo, la película Fitna. Si es subtitulada o doblada al español tanto mejor, pero ya me da igual; como si está en chino mandarín)
Actualización: Ante las dificultades que encuentro para publicar una versión mejor, me quedo con ésta que encuentro en Youtube, aunque le faltan varios minutos. Me parecía increíble que Youtube la tuviera alojada y no me molesté en buscar, pero Supersantiego me ha sacado del error. Mientras dure, aquí la dejo:

Segunda actualización: Víctor me indica otra dirección que aloja el vídeo que tantos quebraderos de cabeza me está provocando. Espero que se mantenga quietecito ahí el dichoso vídeo, pero como soy lo más torpe que ha parido madre y no sé cómo incrustar el vídeo me conformaré, a mi pesar, con dejer EL ENLACE. Joer, a ver si así...

viernes, 28 de marzo de 2008

Fitna


Sabrán ustedes que un tal Geert Wilders, parlamentario holandés, ha realizado una breve película (quince minutos de duración) bastante crítica con el Corán. Se llama Fitna, que es una palabra árabe traducida como división o guerra en el seno del Islam, según leo en la Wikipedia.

Como era de suponer, el propio gobierno holandés se ha cagado de miedo ante lo que se le puede venir encima, temiendo que se repita algo similar a lo que ocurrió cuando el famoso asunto de las viñetas de Mahoma danesas. No sé nada del señor Wilders, no conozco sus motivaciones para hacer esa película ni sus tendencias políticas o religiosas. No tengo, por tanto, el menor interés en apoyarlo personalmente, sin embargo creo que el miedo al Islam (como a cualquier otra religión) y a las posibles reacciones violentas de la masa irracional no nos hacen ningún bien.

Contra quienes pretenden imponer su voluntad por la fuerza y mediante el miedo sólo queda gritar, por eso cuelgo aquí los quince minutos de la película Fitna. Me queda la duda de si no estaré ayudando a llevar a cabo alguna sucia maniobra por parte de Wilders, pero ante la duda he optado por poner mi granito de arena contra la sinrazón de los fanáticos religiosos. Mi intención no es -me gustaría que esto quede claro- provocar enfrentamientos, sino evitar el silencio cómplice, que facilita la labor de los que quieren imponer sus dogmas violentamente.

La versión que he encontrado está subtitulada en inglés, pero agradecería cualquier indicación para poder publicarla aquí en español.

martes, 18 de marzo de 2008

Pues a mí me da usted risa, señor Ansón


Me encuentro hoy con unos parrafitos de Luis María Ansón en El Imparcial, bajo el título "Me aburren los ateos". Viene a decir que los ateos somos obsesos y dogmáticos -tiene huevos que un beatillo llame dogmático a un ateo- y que es mentira que se esté perdiendo la religiosidad.

A mí este señor, el tal Ansón, me cae bastante gordo desde que le leí un libraco titulado Don Juan, libro del que se dice que es objetivo e imparcial, como se dice siempre de estos libros, y como si no supiéramos de qué pie cojea Don Luis María. Sin embargo fue más tarde cuando se me hizo realmente insoportable el personaje, al enterarme de que varias veces formó parte del jurado de
Miss España, ese concurso en el que un puñado de selectas putillas pugnan por demostrar quién es la más putilla. Patético el espectáculo de ver a un provecto miembro de la Real Academia Española haciendo de viejo verde, como si fuera Fernando Esteso, pero culto y más anciano, en una de aquellas películas de los setenta que tanto nos han avergonzado a dos generaciones de españoles.

Pues me sale hoy el evaluador de golfillas diciendo que le aburren los ateos. Me parece muy bien, pues no creo que en las intenciones de ningún ateo esté incluida la de entretener a este señor, que para bufones ya están él y su recua de misses. Lo que no me parece tan bien es que entre la sarta de tonterías que contaba hoy Luis Mari se le haya colado ésta:

"Pero también es verdad que todos los templos españoles se abarrotarán, sobre todo de gente joven, durante los oficios de Semana Santa".

¿Sobre todo de gente joven, dice usted? Pues me va a perdonar, pero yo eso si no lo veo no me lo creo. La falta de fe del aburrido y dogmático ateo, ya sabe.

Hoy se ha cubierto usted de gloria, campeón.


Leónidas K. de A.
del Real Diario de un Cabeza de Chorlito

lunes, 17 de marzo de 2008

Estimada persona lectora de este blog...


Me hace gracia -cuando no me encabrona- esto del lenguaje no sexista, igualitario y megaprogre.

Hace unos días me dejé enredar por cierta personita para presentar una solicitud de participación a la Oficina del Voluntariado de la Expo de Zaragoza. Tres semanas haciendo el cimbel lejos de mi vida me pareció una idea atrayente, y así, ya de paso, le doy la oportunidad a Marta Marmota para que me parta la cara, que sé que me tiene ganas por mis entradas misóginas. Pues bien, hoy he recibido un correo de la mentada Oficina para preguntarme si quiero recibir la formación básica mediante el sistema on-line (curiosamente no se me propone un medio alternativo, así que he interpretado el mensaje así: "O recibes la formación on-line o no hay formación que valga". Evidentemente les he respondido que estaré encantado de recibir la formación, on-line o como a ellos les dé la gana).

El caso es que me he reído un rato, unos dos segundos aproximadamente, con el encabezamiento de la misiva, que dice así:

Estimada persona voluntaria

Es que algunos son la hostia con el cuidadito que ponen en ser paritarios... que, dicho sea de paso, no viene de paridad, sino de soltar paridas. Un sencillo "estimado voluntario" podría soliviantar a las feminiotas, deben de haber pensado estas personas gestoras de la Oficina del Voluntariado. Y ya ven cómo lo han arreglado.

¿Pues saben qué les digo?, ¡que no estoy contento y que me parecen unos bastardos sexistas! Yo, puestos a ser retorcidos, exijo ser un estimado persono voluntario. Ea. De todos modos, ante todo, quiero ser dialogante con talante (y ya me pueden dar por detrás y por delante), por lo que propongo otros encabezamientos a los correos que la Oficina del Voluntariado envíe:

Estimado ser humano -sin importar sexo- voluntario. (Esta versión es muy elocuente. Tiene carácter).

Estimado o estimada homo u homa sapiens sapiens voluntario o voluntaria. (Esta forma suena científica, aunque eso de homa... no sé yo).

Estimado/a sr./a. voluntario/a. (Un clásico de la tontuna).

Anda y que os den, gilipollas. O gilipollos.

domingo, 16 de marzo de 2008

Yo condeno


Yo, Leónidas Kowalski de Arimatea, en el papel de fiscal, propongo condena para:

Todos aquellos que presumen de su astucia para evadir impuestos.


Los gobernantes que se venden promoviendo leyes ventajosas para el rico.

Los compañeros que me echan a perder el café a las diez y media de la mañana debatiendo sobre si tal club de fútbol hizo bien comprando o vendiendo a tal jugador (qué triste es veros en ese ridículo simulacro de millonarios, y no digo nada de las connotaciones esclavistas).

Esos vendedores de misterios que se enriquecen a costa de fomentar la ignorancia.

Quienes pervierten la autoridad para humillar.

Las mujeres que hacen de su sexo una profesión.

La gente que guarda silencio cuando debe señalar una injusticia.

La gente que grita cuando debe callar.

Las personas que se llenan la boca apelando al compañerismo y traicionan a los compañeros.

Los bocazas que hablan mucho y no dicen nada.

Los dirigentes que mandan a matarse a sus seguidores y no se atreven a empuñar un fusil.

Todos quienes cogen un fusil sin hacerse preguntas.

Los traficantes de influencias.

Quien me robó tres libros en un autobús mientras yo tomaba café.


Los políticamente correctos, más preocupados por las apariencias que por la sinceridad.

Esos jefes que no me devuelven el saludo.

Los chivatos.

Los pelotas.

Los cocorocos, los calandracas y los wakiflakis que -¡malditos hijos de puta!- declararon la guerra a los gusiflukis.

Finalmente me condeno a mí mismo por algunas de todas estas razones y por otras que me callo.

viernes, 14 de marzo de 2008

Guerra en Mundoguay

Versión leída por Gusifluky, para esos lectores vagos:


Versión para personas normales, o para los vagos que no tengan altavoces:


Al principio todo era perfecto en Mundoguay. Los gusiflukis que allí habitaban eran guapos, sanos y felices, y se dedicaban mayormente a la cría del mucangrio doméstico (Mucangris Patidifusae). Luego todo se complicó.

La primera señal de alarma llegó cuando recibieron un mensaje del Gran Visir de los cocorocos. La nota oficial, escueta y amenazante, decía así:

"Los cocorocos declaramos la guerra a los gusiflukis porque somos así de chulos, y ya está.

Os vais a cagar.

Fdo: Alfandrake Rustiok, Gran Visir de los cocorocos".

Los pacíficos gusiflukis, nada duchos en las artes guerreras, pidieron ayuda a los wakiflakis. Estos respondieron con el siguiente mensaje:

"Debemos desestimar y desestimamos su solicitud de ayuda. Los cocorocos nos propusieron antes que ustedes una alianza y la hemos aceptado gustosamente para poder violar a las hembras gusiflukis, que están de toma pan y moja.

Os vais a cagar, dos veces.

Fdo: Rubinska Kirinsky, Presidente de los wakiflakis".

Desesperados, los gusiflukis recurrieron a los calandracas aunque en todo Mundoguay eran despreciados por oler mal. Los calandracas tardaron en responder, pero cuando finalmente lo hicieron fue para decir:

"Tras mucho darle vueltas al asunto hemos logrado marearlo, en consecuencia nos aliamos con los cocorocos y con los wakiflakis porque son más que vosotros y porque van a ganar la guerra. En el impensable caso de que la perdieran esperamos que nos perdonéis y nos consideréis de nuevo vuestros hermanos. Mientras tanto estamos del lado de vuestros enemigos.

Os vais a cagar, tres veces.

Fdo: Ñulky Trulky, Caudillo de los calandracas".

Aunque aterrados, los pobres gusiflukis se enfrentaron al enemigo con tenacidad y con el firme propósito de defender su estilo de vida. La batalla fue inconmesurablemente chunga. Gracias a su inquebrantable voluntad, los gusiflukis pudieron resistir algo más de dos minutos.

Cuando los lamentos de los heridos se silenciaron, cuando el eco de los cañonazos se extinguió, cuando todo acabó, el espectáculo era dantesco. También podría haber sido una escena infernal, o un paisaje desolado, pero esta vez fue un espectáculo dantesco, y si no les gusta se van ustedes a otro blog.

Los mucangrios (Mucangris Patidifusae) corretearon despavoridos por Mundoguay hasta que fueron exterminados por la alianza de cocorocos, wakiflakis y calandracas.

Hoy en día:

Se considera a los mucangrios especie extinguida.

Alfandrake Rustiok, Ex-Gran Visir de los cocorocos, ha pegado un braguetazo casándose con una prostituta muy cotizada y ahora se dedica a sus labores.

Rubinska Kirinsky, Ex-Presidente de los wakiflakis, se ha dado a las drogas y prostituye a su hija de quince años para pagarse su dosis diaria.

Ñulky Trulky, Caudillo de los calandracas, acaba de morir apestado por el hedor de sus propios pies, pero antes dirigió y presentó bajo pseudónimo un programa televisivo.

Entre los gusiflukis sólo hay un superviviente, que para pasar desapercibido se hace llamar Gusifluky. Vive enclaustrado en un piso de San Fernando (Cádiz, España), junto a un humano que se dedica a escribir disparates y publicarlos en Internet.



miércoles, 12 de marzo de 2008

La amante de David


Beretta lo miró con su único ojo negro y le preguntó:

-¿Estás seguro, David?

-No, por eso vamos a hacer esto deprisa. Además, no quiero preguntas de última hora. Ya lo hemos hablado.

-Pero...

-¿No me oyes? Joder, déjame en paz, no quiero más preguntas, ni busco más respuestas. Acabemos ya, por favor.

Beretta se acerca a David. Intenta besarlo en la boca pero David la lleva a su sien. Se acabaron los besos, y además así es más seguro. David empieza a presionar con el índice de su diestra cuando surge la última queja:

-¡Piénsalo, por favor, piénsalo! Tenemos toda la noche. Acabémonos juntos la botella de whisky y hablemos sobre esto. Deja que salga el sol y vuelve a mirarme -y añade Beretta llorando-: ¡Me verás diferente entonces!

Es tarde. David no quiere más amaneceres, más botellas, más noches de llanto frente a Beretta... Aumenta un poco más la presión de su dedo, y los vecinos se despiertan por el estampido, que suena como un NO rotundo.

El aliento metálico de Beretta perfora el cráneo de David, licua su cerebro y esparce buena porción sobre la pared. Pena de cuadro, pensará la esposa de David, ¡con lo que costó!

David cae al suelo, convulsionándose y salpicando sangre. Pena de alfombra, pensará la esposa de David, ¡con lo que costó!

La pistola Beretta queda en la cama, llorando finas volutas de humo por su único ojo negro, manchando de aceite el edredón... ¡con lo que costó!

martes, 11 de marzo de 2008

Juncal del Hoyo y su padre


Juncal del Hoyo (nombre ficticio) era un compañero extraño. A veces tan dulce y mimoso -nunca conmigo- que llegué a pensar por momentos que era homosexual. Son prejuicios, lo sé, y ahora ya tengo la suficiente experiencia en la vida como para haber desechado esos juicios simplones, erróneos, y además innecesarios. Por cierto, era uno de los mejores compañeros que tuvimos los químicos artificieros de la decimoséptima promoción del Instituto Politécnico Nº 2 del Ejército.

Juncal nunca se enfadaba en serio ni era capaz de guardar rencor. Muy infantil para ciertas cosas, pero muy maduro para otras que descubrí en tercer curso. Por cercanía alfabética de apellidos Juncal y yo compartimos camareta durante gran parte de aquellos tres años de internado militar, y a pesar de ello nunca fuimos amigos. Hoy lo lamento. Él iba por su camino y yo por el mío. Éramos tan diferentes...

Juncal era un caso raro en el Politécnico. Su padre era ingeniero de cierta empresa aeronáutica, lo que convertía a Junqui -soy dado a los diminutivos acabados en i o en y, cada cual tiene sus ñoñeces- en algo así como un niño pijo, pero él no permitía que eso lo distinguiera de los demás. Jamás hizo ostentación de nada.

Un día, mientras estábamos de prácticas en el laboratorio, el Teniente Cerdán, nuestro tutor, lo llamó a solas. Al cabo de un rato Juncal volvió con los ojos húmedos y nos explicó que su padre había sufrido un infarto y estaba en coma.

Pasaron un par de meses en los que Juncal siguió siendo el de siempre. Pasaron un par de meses en los que se impuso la orden nunca dictada de no preguntar por el padre de Juncal.

Una mañana, tras sonar diana y escuchar por megafonía la atronadora voz del sargento de cuartel -¡Venga, en pie, que salgo de la oficina y me lío a pedir notas!-, el sargento añadió algo más con otra voz:

-Juncal del Hoyo... Juncal del Hoyo... Preséntate en la oficina urgentemente.

Juncal se vistió muy deprisa, como siempre. Hizo su cama y fue a la oficina. Unos minutos después todos los químicos, junto a los administrativos y algunos electrónicos, bajábamos de la tercera planta para asistir a la formación y recuento ante las puertas del enorme comedor donde más de mil personas nos alimentábamos. A la altura de la segunda planta, donde estaba la oficina del sargento de cuartel, Juncal se incorporó al río humano. Ya he dicho que no éramos íntimos, pero nadie parecía entender el significado de aquel requerimiento intempestivo ("preséntate urgentemente en la oficina", a las siete de la mañana), así que, temiendo lo peor, me las arreglé para llegar hasta él y le pregunté qué le habían dicho. Lo estoy viendo ahora. No me miró, sólo dijo, con toda la naturalidad del mundo:

-Pues nada, me han dicho que ha pasado lo que tenía que pasar.

No hubo lágrimas. Nada de aspavientos. Sólo la constatación desapasionada de la inevitabilidad. Supongo que después Juncal, ese adolescente mimoso, lloró a solas, donde y cuando nadie lo pudo ver. Sin consuelo.


Sin palmaditas en la espalda.

Con un par de cojones.

lunes, 10 de marzo de 2008

El que blasfemare...


Virgen santísima, cómo las gastaban nuestros abuelos.

Las sevicias que a continuación publico están extraídas de las Reales Ordenanzas de Carlos III, vigentes desde el año 1768 y hasta 1978 (aunque algunos de sus artículos fueron derogados a medida que la sociedad se iba haciendo más culta), año en que entran en vigor las
actuales Reales Ordenanzas (radicalmente diferentes a las de Carlos III, a pesar de lo cual ya están desfasadas por el rápido proceso de modernización de nuestros ejércitos):


Blasfemias

El que blasfemare el santo nombre de Dios, de la Virgen, o de los Santos, será inmediatamente preso, y castigado, por la primera vez con la afrenta de ponerle una mordaza dentro del Cuartel, por el término de dos horas por la mañana, y dos por la tarde, en ocho días seguidos, atándole a un poste; y si reincidiere en esta culpa, se le atravesará irremisiblemente la lengua con un hierro caliente por mano del Verdugo, y se le arrojará ignominiosamente del Regimiento, precediendo Consejo de Guerra.

Robo de Vasos Sagrados

El que robare, ocultare maliciosamente, u ocasionare que otro robe Custodia, Cáliz, patena, Copón, o cualquiera otro Vaso Sagrado, así en Paz, como en Guerra, y tanto en mis Dominios, como en Países Estrangeros, o de enemigos, será ahorcado, y descuartizado; y si por las circunstancias que huvieren intervenido en el hurto, se verificare haverlo ejecutado con profanación del Santísimo Sacramento, serán quemados (después de ahorcados) los delincuentes en tan enorme delito, en cualquiera número que fueren sin que les releve de esta pena el raro accidente de que no sean Catholicos; pues teniendo prevenido, que no se admita en mi servicio Soldado, que no sea Catholico Apostólico Romano, es mi voluntad, que el que se delata, o se averigue ser de otra Religión, en el caso de hallarse reo, padezca (sin excepción) el castigo, que para el crimen en que incurriere, prescriben mis Ordenanzas.

Ultrage a Imágenes Divinas

El que con irreverencia, y deliberación conocida de desprecio, ajare de obra las Sagradas Imágenes, Ornamentos, o cualquiera de las cosas dedicadas al Divino Culto, o las hurtare, será ahorcado.

(Aquí más).



Y digo yo: ¿Qué pasa con el perdón, con la piedad, y con esas otras virtudes magnánimas que, al menos en teoría, promueve la religión cristiana? ¡Cuánta hipocresía y cuánta irracionalidad! El día en que la humanidad se desembarace de este lastre religioso qué libres seremos, qué sabios, qué grandes...


domingo, 9 de marzo de 2008

El accidentado voto del señor Kowalski


Hoy, a mis treinta y dos tacos, he votado por primera vez.

Hasta ahora había pasado de rollos, inánime por el mayor desprecio a nuestra clase política. Fue una conversación con Lola la que me hizo ver que se podía hacer algo, y eso he intentado hoy. Pues eso, lo he intentado.

Eran las seis y media de la tarde cuando he decidido salir en busca de mi colegio electoral. Para ello convenía quitarme el pijama previamente, y así lo he hecho. Después me he puesto a hacer caca, llevándome el libro que es preceptivo llevarme para esos momentos. Fue una mala decisión, porque andaba leyendo "El cerebro nos engaña", de F. J. Rubia, que es un coñazo inaguantable, pero resulta que ya estaba al final del libro, cuando se habla de la epilepsia, de las drogas alucinógenas y de la relación de todo esto con la religiosidad. O sea, que me he enganchado, porque es lo único interesante de este puto libraco. Así que ahí tienen a Leónidas, con los intestinos descargados y sentado en el trono, leyendo y leyendo.

Al terminar el libro me he dado una ducha. Después he buscado mi teléfono móvil para saber qué hora era (en mi casa sólo hay dos relojes: el del ordenador y el del teléfono móvil). Al descubrir que mi móvil estaba sin batería he puesto en marcha el ordenata. Mi ordenador está hasta arriba de virus y otras porquerías (es lo que pasa por ser un pornógrafo), así que tarda un huevo y medio en iniciarse. Mientras tando fui a vestirme.

Encontré un par de zapatos que no estaban demasiado rotos y un par de calcetines que había dentro de ellos. No me molesté en buscar calzoncillos y me fui directamente en busca de unos pantalones. Todos estaban demasiado sucios, y los que no estaban sucios estaban desgarrados por la entrepierna (yo es que tengo unos cojones que no me merezco). Tentado estuve de ponerme un chándal del ejército, pero eso me habría obligado a desechar los zapatos y buscar unas zapatillas deportivas, que uno será un desastre, pero tiene cierto estilo dentro del desastre, y las zapatillas de deporte las tengo todas en el cuartel. Opté, finalmente, por ponerme unos pantalones desgarrados por la huevera, prometiéndome a mí mismo que no me sentaría frente a nadie. Ponerme un jersey tampoco fue cosa sencilla, pues hube de buscar por el suelo hasta dar con algo decente, y les aseguro que buscar entre las montañas de ropa sucia que jalonan mi hogar no es cosa baladí. Tras mucho revolver ropa di con dos prendas aceptables: la primera fue descartada al comprobar que Gusifluky se había meado en ella, y la segunda fue la escogida, a pesar de las sospechosas manchas blanquecinas que la adornaban, como recuerdo de una paja que me hice algún día. Me fui a la cocina y derramé abundantemente ketchup sobre las manchas de semen reseco, porque prefiero que me llamen guarro a que me llamen guarro onanista.

Tras estas maniobras indumentarias fui al ordenador para consultar la hora. ¡Coño, eran las siete y cuarto! Sólo quedaban tres cuartos de hora para el cierre de los colegios electorales. Esta escasez de tiempo no hubiera sido un problema... si yo hubiera sido una persona normal que sabe dónde ha de votar. Ahora ponte a buscar el colegio. Llevo diez años en esta ciudad, pero sólo dos y medio empadronado en ella, y siempre me muevo en taxis cuando quiero llegar a cualquier sitio que no me suena, con lo cual no me preocupo por la manera de llegar a ninguna parte, ni por memorizar el nombre de las calles. Colegio Erytehia -o algo así-, sección 11, mesa B, según reza mi tarjeta electoral. Busca, Leo, vamos, busca, perrito bueno...

Antes de salir de casa consulto por Internet un plano de mi ciudad. El plano es una mierda, pero me da cierta idea de dónde estoy y de hasta dónde debo llegar. Salgo de casa. Tras caminar un rato me doy cuenta de que he olvidado en casa la tarjeta electoral donde aparece el nombre de la calle a la que me debo dirigir. Sé que es "Pintor no sé qué", pero recuerdo que en el plano aparecían cuatro calles de pintores, así que decido volver a casa y recuperar la tarjeta, por si me pierdo.

Recojo la tarjeta que me enviaron de la oficina censal y vuelvo a la calle. Intento orientarme y tras caminar durante un rato pregunto a un grupo de adolescentes que están de botellona:

-Disculpad, ¿podrías decirme cómo llegar al colegio Erytehia?

-Sí, ompare. Sigue como va y tra ese edifisio blanco tiene el colegio, pisha.

-Vale, gracias. ¿Y qué hora es, por cierto?

-Po mira, pisha, son la osho meno die.

¡Maldición! Las ocho menos diez y yo sin encontrar el colegio electoral. Minutos después encuentro a una chica paseando a un perro pequinés. La chica lleva como treinta "pirsins", cuarenta "tatus" y tres o cuatro relojes en cada muñeca. Le pregunto si voy bien para llegar al colegio de marras, y me dice que sí, que está ahí al lado. Se me ocurre preguntarle por la hora, y ella me dice que no tiene hora.

-¡Pero cómo! Niña, llevas ochocientos relojes encima.

-Sí, pero no funcionan. Los llevo por estética.

Echo a correr y me detengo cuando oigo la voz de la chica, que dice:

-¡Espera! Tengo un reloj que si lo meneo se pone a funcionar y a lo mejor...

No la dejo acabar. Reinicio mi loca carrera y llego, al fin, al puto colegio de los cojones. En la puerta está Manolo Benavides, ya es mala suerte. Manolo ahora es policía, pero nos conocemos desde que ambos coincidimos en el ejército.

-¡Tío! ¡Estás más gordo, cabrón!

-Hola, colega. Oye, mira que tengo que votar...

-¡Me cago en tus muertos! ¿Sigues escribiendo ese blog de mierda que no lee ni dios?

-Ey, Manolito, que tengo que votar. Hablamos luego si quieres.

-Pero qué maricón que eres, jodío. Oye, ayer vi a la tía esa tan buena que te follabas...

-¿Cuál, la Yoli?

-No, hostias, la otra. Esa que se había follado todo dios y que te cogió de pardillo y se quería casar contigo...

-¡Ah, sí, la puerca de la Sonia!

En fin, que nos enzarzamos en profunda conversación metafísica, hasta que llegó una niñata y dijo a Manolo:

-Disculpe, agente, hay que cerrar las puertas, que son las ocho.

Cómo me joden a mí los niñatos a los que dan un carguito, en este caso de presidente de mesa electoral, y se creen alguien. El caso es que se ha cerrado la puerta del colegio, y entonces dije yo, presa del terror:

-¿Y ahora qué pasa conmigo? ¿Ya no puedo votar?

-Na, hombre, tú estás dentro del cole y tienes derecho a votar. Lo dice la Ley Electoral.

Me metí en una de esas cabinas y escogí un montón de sobres y papeletas, que con eso de la coincidencia de las generales y de las autonómicas en Andalucía la cosa ha sido un follón. Busqué mi sección (la once) y mi mesa (la B), y me dispuse a votar.

Fue entonces cuando caí en la cuenta de que había olvidado mi cartera, con el DNI dentro.



(Bah, que es broma, que voté sin novedad. Gran parte de lo que se relata aquí es bromita, pero sólo una gran parte).

sábado, 8 de marzo de 2008

A esta entrada tampoco me sale de las pelotas poner título


Jugaba en la entrada anterior con la idea de palmar y no enterarme, vagando por la vida sin ser consciente de estar muerto. Evidentemente sólo estaba jugando con la imaginación, pero es que este asuntillo de la muerte y su relación con las bitácoras que escribimos me está dando qué pensar. Creo que la culpa es de Sergio, que murió sin avisarnos (aunque en realidad todo su blog era una advertencia), y MO y yo seguíamos preguntándonos por él meses después de su muerte. En una novela de Javier Marías el autor hace una interesante reflexión sobre eso de los muertos y sus conocidos que aún no se han enterado del fallecimiento. Ni recuerdo la novela (aunque hay muchas papeletas para que sea Mañana en la batalla piensa en mí) ni recuerdo la reflexión, pero sé que me gustó. Vaya un asco de lector estoy hecho, ¿de qué me sirve leer textos que me gustaron si no puedo recordar qué decían?

Bueno, sigo con lo mío:

Ahora sólo unas pocas veces al año me veo en esos trances, pero hubo un tiempo en que trabajaba casi todos los días metiendo mano a ingenios diseñados para destruir, descuartizar, mutilar, matar. Mi jefe directo disfrutaba con la especialidad que teníamos, y a mí también me fascinaba todo lo que él me estaba enseñando. Fue una extraña relación la de este hombre y yo. Apenas sabíamos nada el uno del otro en cuanto a nuestras vidas privadas, sin embargo formamos un buen equipo en el tajo, con bastante complicidad silenciosa, lo que facilitó que lleváramos a cabo algunos trabajos que no puedo contar aquí, pero que sin duda fueron los que más me enseñaron. En aquellos tiempos viví experiencias que me hacían pensar constantemente en la posibilidad de morir por una explosión, y me preguntaba entonces si sentiría algo o no habría tiempo para ello, y, sobre todo, me preguntaba si llegaría a ser consciente de que me moría.

Una década después y llevando una vida profesional mucho más segura (a aquel jefe lo vi por última vez hace más de diez años, con una pistola humeante en las manos tras haber vaciado el cargador sobre los trofeos y cuadros que adornaban un bar), me sigo haciendo preguntas sobre mi muerte, aunque ahora son diferentes.

Es muy posible que Leónidas Kowalski muera antes que yo, quizá algún día mate a ese cabroncete. Créanme que ganas no me han faltado en muchas ocasiones, pero, ¿y si yo muero antes? ¿Qué pasará con Leónidas? ¿Alguien sabe decirme si los blogs inactivos durante un tiempo desaparecen? ¿Quedará, en caso contrario, el Diario de un Cabeza de Chorlito amueblando la Red hasta que todo se vaya al carajo?

Se me ocurre que estaría bien confiar mi contraseña a alguien, para que sea él quien escriba la última entrada de este blog. ¿Recuerdan cuando yo hablaba de mis tres o cuatro lectores?, pues ahora son unos cuantos más. No muchos, tampoco se crean, pero sí muchos más de los que esperé al principio. A mí me gustaría que sepan que he muerto, porque si no... no sé, sería como tenerlos engañados o algo así.

Dándole vueltas a este asunto creo que debería buscar a alguien responsable, buen amigo, que me conozca personalmente y que sepa mantener su palabra. Además ha de tener el talento necesario para escribir mi epitafio bloguero con humor, sensibilidad, respeto y franqueza. Y creo que tengo a la persona adecuada, soy un tío afortunado.

Sí, tengo que darle mi contraseña al puto gordo. Por lo que pueda pasar.

viernes, 7 de marzo de 2008

No tengo ganas de poner título a esta entrada


Les decía en la anterior entrada que no puede quedarle mucho tiempo a mi abuela. Cualquier día me llamarán para decirme que ha muerto.

Y después me tocará escribir una entrada que no quiero escribir... como tantas otras que ya han sido escritas, y como tantas otras que se irán escribiendo, hasta que este blog se muera, o hasta que me muera yo y sea otro el que escriba la última entrada del Diario de un Cabeza de Chorlito, para comunicar mi muerte... O no, porque nadie conoce la contraseña para entrar aquí, y cuando me muera nadie podrá escribir mi epitafio como última y definitiva entrada. Las contraseñas nos las llevamos con nosotros, por eso nadie publicó en este blog que Sergio había muerto, y por eso me enteré tarde.

Tarde, siempre me entero tarde de todo. Igual un día me muero y no me entero a tiempo... Imagínense el problemón: yo andando por ahí, como si nada, jugando con Gusifluky, escribiendo aquí mis paridas, amando a gente que no lo merece, despreciando a personas estupendas, odiando a todos los que odio, sin saber que ya estoy muerto y que he perdido el derecho a sentir. Menuda jodienda cuando me descubra la policía de la vida y me pidan los papeles, la licencia de vida, la patente de existencia o lo que coño me pidan, y yo busque en la cartera, cada vez más desesperado, sin encontrar la documentación requerida. En algún momento se agotará la paciencia del policía vital, me mirará a los ojos y dirá, despiadado y burocrático:

-Caballero, está usted muerto. Acompáñenos, por favor. Mejor para todos si no opone resistencia.

Me llevarán a un lugar oscuro, me despojarán de todo, y entonces, siguiendo con el formalismo, me advertirán protocolariamente:

-Ahora tiene usted derecho a recordar algo, durante no más de cinco segundos. Después dejará usted de existir. Proceda. El tiempo empieza YA.

¿Y saben qué es lo más triste?, ¡QUE SÉ A QUIÉN RECORDARÉ Y NO SE LO MERECE!

La nena


Se llama Carmen, tiene 92 años pero en su barrio la conocen como "la nena". Es curioso esto de los motes de pueblo que permanecen así pasen... noventa y dos años. Carmen, La Nena, es mi abuela paterna.

La he visto hace unos días. Ella a mí me ha intuido más que visto. La he escuchado y le he gritado para hacerme oír. Dice que está mal, que no ve ni oye, aunque he comprobado que su apetito se mantiene juvenil. La contemplé mientras cenaba un plato de hervido, muy típico en Murcia, y después un segundo plato de trozos de pechuga de pollo con tomate, todo bien aderezado de mil pastillas para toda clase de males y férreamente controlado por mi tío Juan Antonio. Luego mi tío le sirvió un vaso de leche caliente con galletas, y le preguntó a gritos que cuántas galletas quería con la leche. Yo esperaba que mi abuela respondiera que dos o tres.

-No muchas -dijo mi casi centenaria abuela-, seis o siete.

Mi tío y yo nos reímos con ganas, felices de ese apetito gargantuesco, aunque la Nena no nos pudo oír. Le dije a mi abuela que una de sus cenas es lo que me da a mí para alimentarme durante dos días enteros, pero creo que no me oyó. Nos ha jodío, la vieja.

La Nena ha estado a punto de irse en más de una ocasión. Hace un par de años le perforaron el cráneo para drenar no sé qué líquido, y ella se quejaba porque le habían afeitado la cabeza. La estética es importante y el sufrimiento un estorbo, o algo así diría uno de los cínicos personajes de El Retrato de Dorian Grey, con el cual, por cierto, estoy de acuerdo, aunque me llamen ustedes superficial.

¿Saben una cosa? Hay una persona que quiere que me lleve mal con mi abuela, pero no va a poder ser, porque cuando esa persona me faltó (y fueron muchas veces y durante largos períodos) siempre estuvo ahí mi abuela, cubriendo su lugar. Y yo esas cosas no las olvido.

Algún día se me marchará la abuela siguiendo a su marido, y ese día me llamarán al teléfono y yo, como acostumbro, no cogeré la llamada. Me enteraré tarde, siempre me entero tarde de todo. Sólo espero que llegado el momento me dé tiempo de asistir al entierro, al menos eso. No sé, cuestión de lealtad, supongo.



jueves, 6 de marzo de 2008

¿De qué te ríes, malnacido?


Podría ser una entrada seria, meditada, con sesudas suposiciones sobre el porqué del maltrato a los gatos... pero no va a ser nada de eso:

Eres un hijo de puta, así de claro te lo digo. Me dicen que te llamas Jaime Ferrero y que tienes veleidades políticas. Me da igual cuál sea tu nombre y lo que vayas a hacer con tu vida, y en cualquier caso lo que has perpetrado es igualmente repugnante te llames como te llames y te dediques a lo que te dediques, aunque me temo que ya se te han acabado las aspiraciones políticas, puto psicópata de mierda.


Se te ve tan sonriente, tan contento, tan feliz en esas fotos... Qué enternecedor. Dan ganas de abrazarte, muchacho, para darte un buen rodillazo en los huevecillos y después, mientras te doblas de dolor, abofetearte con la mano abierta, como se ha de golpear, llegado el caso, a los afeminados que no pueden encajar un puñetazo.


Quieres mandar en tu tierra, quieres ser "alguien", quieres destacar... Lo último lo has conseguido sobradamente, repulsivo miedica, pero me parece a mí que tu familia no va a estar muy orgullosa de ti. Eres la vergüenza de un país, una ignominia para tus abuelos, una deshonra para tus padres, una infamia para tu tierra y una vileza para los ya de por sí viles políticos. ¡Eres indigno de que mi gato se cague en tus cenizas!



Jaimito, en el improbable caso de que recaigas por aquí y te sientas ofendido, botarate cobardón, a lo mejor tendrás la necesidad de pedir resarcimiento como no hace mucho lo hacían los caballeros. Para ello tienes a tu disposición mi correo electrónico en "A propósito de Leo...". Qué gustazo que te pusieras en contacto conmigo, y así, entre tú y yo, hablaremos de esto más de cerca. Cuanto más de cerca, mejor, que me muero de ganas por darte mis señas y a continuación las dos hostias que te mereces, sádico gallina. No temas de mi fuerza, que soy poquita cosa como tú, pero te juro por mis muertos que te lo voy a poner más difícil que esos gatos, canalla.

Hoy llora el pequeño Gusifluky... y nos mira a todos con desconfianza.

Gracias a Tesa y a Jotica, gatófilos, que se acordaron de mí cuando se enteraron de esta sevicia y me pusieron en alerta. Más información aquí: uno, dos, tres, y mucho más si se molestan en buscar.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Aquella rosa roja


Creo que fue en 1995, y sé que fue en Almería. El joven cabo Leónidas Kowalski está trabajando con un equipo de soldados en un depósito de munición. Recuento de pilas, comprobación de lotes, actualización de fichas, registro de temperaturas (máxima y mínima en las últimas veinticuatro horas), registro de humedad relativa... en fin, esas tareas que son la parte aburrida del trabajo del artificiero. Entonces aparece un soldado de la guardia de seguridad, que dice:

-Mi cabo, que lo buscan en la puerta del Polvorín.

-¿A mí para qué? Ahora no puedo ir, que estoy ocupado. ¿Quién me busca?

-No sé. Un tío civil que trae una rosa, y dice que se la tiene que entregar a usted.

Entonces caí en la cuenta. Claro, era el puto 14 de Febrero, y Chari era mucha Chari. Imaginen el cachondeíto entre los soldados, "uy, mi cabo, qué bonito eso de que le regalen flores..." Pero yo no podía dejar a medio lo que estaba haciendo, ni podía dejar toneladas de explosivos al cuidado de cualquiera, así que, rojo como mis galones dije:

-Bueno, que entreguen la rosa al soldado de plantón en puerta, que ya la recogeré yo. Ahora no puedo.

Y dicho esto seguí a lo mío, "ciento veintidós empaques, a mil cartuchos cada uno, son ciento veintidós mil cartuchos, más un pico de trescientos setenta y cinco hacen un total de ciento veintidós mil trescientos setenta y cinco cartuchos de 7´62 x 51 mm., ordinario, lote SB-03-88..." Así pasó más de una hora, hasta que acabé la faena en los depósitos de munición y volví a la zona de vida del Polvorín. Entonces me encuentro con el Alférez jefe interino que me ordena ir a la puerta del Polvorín porque (aún) hay alguien esperándome.

Llego a la puerta, donde el soldado de plantón conversa con un señor que sostiene una rosa roja delicadamente envuelta. Me presento, se me entrega la rosa, doy las gracias, y muerto de vergüenza me retiro. Horas más tarde, cuando se me pasó el sofocón, caí en la cuenta de que no había dado una mísera propina al señor de la floristería que perdió media mañana esperándome. Eso es algo que todavía hoy no me he perdonado.

En aquellos tiempos el cabo Leónidas Kowalski era... bueno, era ese milico robotizado, disciplinado y algo cabrón que han visto en tantas películas, y todo el mundo en el cuartel se enteró de que el cabo Kowalski recibía flores de una mujer. Los cachondeos fueron muchos y despiadados, claro. Pero... ¡qué coño! Si la demencia senil no me quita ese recuerdo, me lo voy a llevar hasta la muerte. Y cada vez que me venga a la memoria yo seguiré sonriendo.

Ay, aquella rosa de una época en la que todo podía ser de color rosa...