Un blog escrito bajo severas dosis de etanol.

miércoles, 28 de mayo de 2008

El día que cagué verde


Esta, probablemente, sea la entrada más seria que haya publicado en este bendito blog. Si ustedes se han acostumbrado a mis tonterías mejor dejen de leer, porque esta vez hablo en serio.

Voy a hablarles de la fatídica mañana en la que me levanté más temprano de lo habitual, como cosa de un cuarto de hora más temprano.

Me puse el chándal y metí el uniforme de campaña en la bolsa. El uniforme es negro, caqui y marrón, y además lleva bordado mi nombre. La bolsa que usaba esta mañana era negra, caqui y marrón, y además lleva bordado mi nombre.

Como me sobraba tiempo y me estaba cagando hice lo más lógico en tales circunstancias: cagar.

Hasta aquí todo es normal y de una aburrida cotidianeidad. Lo que no fue normal es ver que mi mierda era de color verde, verde militar, verde caqui.

Fue una mierda blanda y abundante, de sorprendente color verde, inexplicable por la pigmentación de los últimos alimentos ingeridos. Fue una mierda rebelde que se negó a aceptar su natural color marrón.

Fue una mierda de color caqui.

Fue un líquido zurullo verdoso.

Fue una pastelada que de haber sido más sólida bien se hubiera confundido con una esmeralda enorme de trescientos gramos.

Fue una ñorda que quiso camuflarse en el camuflaje de mi uniforme.

Fue una caca caqui.

Al menos -oh, dichoso de mí- la mierda no llevaba bordado mi nombre, porque eso ya hubiera sido excesivo.

domingo, 25 de mayo de 2008

Los cuentos que dibujé para mi hermana


Me gusta que mi hermana pequeña venga a visitarme. Dentro de unos días cumple diez preciosos añitos rubios desde los que mira al mundo con curiosa y asombrada mirada azul. Es una niña guapa y muy despierta que será una gran mujer, no lo dudo.

Se llama Alejandra pero la llamo Ali, y es sordomuda.

Desde niño disfruté inventando historias que contaba a un grupo de amigos en el cole. Yo ya era mayor cuando mis padres, a una edad arriesgada, decidieron tener a mi hermana. Ali nació totalmente sorda y nada se ha podido hacer por solucionar ese defecto. Su sentido del oído funciona perfectamente, en realidad. Es su cerebro lo que falla; una lesión congénita impide que el cerebro pueda reconocer los sonidos. En palabras del neurólogo que la trató: "Para la niña el mundo sonoro es un ruido blanco, como lo que oímos en la radio cuando no hay sintonizada ninguna emisora".

Para mí fue frustrante no poder contarle cuentos a mi hermana pequeña. O mejor dicho, fue frustrante que ella me mirara con su carita de eterno asombro sin reírse, sin estremecerse, sin entender nada de lo que yo le contaba. Hasta que tuve la acertada idea de dibujar para ella cuentos.

Al principio eran unas viñetas burdas, apenas esbozos de personajes y lugares. Poco a poco desarrollé una desconocida habilidad para el dibujo, y noté que Ali disfrutaba cada vez más con mis cuentos gráficos.

Son cuentos que dibujo en blocs de notas, con una viñeta en cada página. Si ella los mira a solas no es divertido, porque están pensados para que sólo se pueda comprender la historia si yo la ayudo gesticulando, como un silencioso mimo cuentacuentos.

Cada vez que mi hermana ríe hasta saltársele las lágrimas con mis alocadas historietas yo me siento bien. En la gloria. Me siento GRANDE.

Nuestros padres están empezando su jubilación con muchos viajes, y es frecuente que dejen a Ali en mi casa hasta que vuelven. Como vivo solo y adoro a mi hermanita a mí eso me parece de perlas.

Ahora suelo dibujar para ella breves cuentos de pocas viñetas en las que sólo aparecen hombres y mujeres desnudos haciendo toda clase de guarradas. Para que Ali se meta mejor en la historia me desnudo ante ella y la obligo a desnudarse. Después, para aumentar el realismo, hacemos lo que se ve en mis dibujos.

A veces llora. Eso me gusta aún más que cuando se ríe. De hecho ya casi nunca ríe por nada.

Cuando chupo su coñito impúber me siento GRANDE. Cuando eyaculo en esa boquita incapaz de pronunciar palabras me siento GRANDE. Cuando le penetro el ano me siento GRANDE.


A veces llora, y entonces yo me siento GRANDE.

Ahora ando ocupado dibujando una historia en la que aparece una niña rubia con tres hombres. En la siguiente me gustaría dibujar también un perro, pero por ahora me salen fatal los perros.

Aunque... no sé, creo que Ali ya es mayor para cuentecitos, quizá debería pasar a las películas X. Total, a mí no me gusta dibujar.

domingo, 18 de mayo de 2008

Recuerdo desenterrado


(Nota del cabeza de chorlito: Publiqué la mitad de este cuento el viernes. Finalmente he decidido eliminar esa entrada y publicar aquí el relato completo porque creo que se puede leer de una vez sin ocupar demasiado tiempo).


Un lugar de España. Año 1938.

Lo peor era el barro. Al menos eso era lo peor cuando la artillería enemiga dejaba de tronar. Bueno, también estaban los piojos. Y el olor inmundo de los cadáveres en descomposición. Tampoco hay que olvidar el hambre. Y el miedo. Ahora que lo pienso, todo era lo peor en aquellos días.


Otro lugar de España. Año 1988.

Como hoy. Hoy todo vuelve a ser lo peor. Hoy ha muerto mi nieto, ¿saben? Acabo de conocer los detalles de su muerte, y supongo que estoy conmocionado, porque en lugar de llorar estoy recordando cosas. Casi las estoy viviendo de nuevo.


Un lugar de España. Año 1938.

Estaban locos. Estaban verdaderamente majaras al ordenarnos aquellas carnicerías sin sentido. Cegados por el miedo y borrachos de sangre nuestros jefes ordenaban asaltos suicidas sin ton ni son. El enemigo hacía lo mismo, y cuando les tocaba a ellos jugar a soldaditos valientes nosotros sólo teníamos que apuntar desde nuestras trincheras y apretar el gatillo viéndolos caer entre el estrépito de las ametralladoras y los fusiles. Cuando abatíamos al último y las armas volvían a su amenazante silencio negro con olor a aceite caliente venía lo peor... aunque ya he dicho que aquellos días todo era lo peor: los gritos de los heridos en tierra de nadie; las llamadas de auxilio, "¡me han dado, me han dado, ayudadme!", "¡camilleeeeeros, aquí, aquí, rápido, que siento que me voy!"; los delirios de los más graves, "¡madre, madre, mamaíta, ven, por dios te lo pido!", "¿dónde está mi juguete? ¡Devolvedme mi juguete!"; las peticiones de los más realistas, que querían dejarlo todo atado antes de morirse, "¡Cañedo! ¿Me oyes, Cañedo? ¡Fui yo el que te robó la baraja! ¡Anda, ven a buscarla si tienes huevos, y que sepas que tu novia es una golfa y se la ha follado media compañía!", "¡Teniente Gámez, es usted un cabrón!" (por entonces hasta para agraviar usábamos el usted), "Por favor, compañeros, decidle a mi novia que lo de Margarita no fue nada, ella entenderá".

No es agradable recordarlo, pero la verdad es que llega un momento en que todo da igual, y debo confesar que a veces rematábamos a los heridos que se arrastraban en la tierra de nadie, tanto a los del bando enemigo como a los nuestros. Auxiliarlos era imposible, y soportar sus desvaríos y sus llantos día tras día mientras se morían de sed o se desangraban era inaguantable. Los mejores tiradores se entretenían rematándolos y les hacían un favor a ellos y a nosotros. Ustedes no lo comprenderán, pero eso es porque ustedes no estaban allí.


Otro lugar de España. Año 1988.

Mi nieto acaba de morir y sólo tiene... tenía doce años. Era un niño lleno de curiosidad y muy inteligente. "Abuelito, cuéntame cosas de la guerra civil", solía pedir cuando sus padres lo traían a verme. Yo, claro, me inventaba para él mil y una batallas donde todo era perfecto y había mucho honor, mucha dignidad y mucho heroísmo. La verdad no es cosa para un niño de doce años. La próxima vez le contaré que un día, bajo el bombardeo de la aviación enemiga, un grupo de soldados liderados por mí... No. Se me olvida. Se me olvida que no habrá próxima vez. Estoy chocho y conmocionado, eso es lo que pasa. Ya no tiene sentido seguir inventando cuentos para un niño de doce años. Ahora sólo me viene a la miente el asqueroso plato de la verdad cruda con su guarnición de inmundicia y horror.


Un lugar de España. Año 1938.

Aquel día estábamos casi sin munición y la infantería enemiga estrenaba unos morteros. Ahora nos machacaban a placer sin tener que salir de sus madrigueras gracias a la trayectoria curva de esas armas. El miedo nos paralizaba, el hambre nos tenía debilitados, y a cada paso en las trincheras nos hundíamos más en el barro. Nuestro abastecimiento estaba bloqueado desde hacía semanas, y aunque recuperábamos de los bolsillos y de las cartucheras de los muertos cercanos a nuestra trinchera toda munición y condumio aprovechable, la situación era más que desesperada. En esas circunstancias lo razonable hubiera sido un repliegue táctico, una retirada técnica, una huida estratégica o como puñetas llamen los estrategas a salir corriendo dándonos patadas en el culo.

Pero aquel día de 1938, en aquel lugar, nada guardaba el menor parecido con lo razonable, así que se nos ordenó asaltar las trincheras enemigas. De perdidos al río.

Salté a la tierra de nadie con el sabor agrio del miedo en la boca, con más odio hacia mis jefes que hacia el enemigo, con cuatro cartuchos en mi Máuser, y con el tiempo justo para ver al Sargento Máiquez pegarle un tiro en la cabeza al Soldado Cruz por no atreverse a salir de la trinchera.

Nos barrieron. El absurdo intento de asalto duró como mucho treinta segundos, y perdimos en ese tiempo a cuarenta y dos compañeros. "¡Volved, volved a la posición anterior! ¡¡POR VUESTRA MADRE, ATRÁS!!", gritaba como loco el Teniente Oviedo, que unos instantes después cayó con la cabeza reventada por un balazo. Con él perdimos al mando más sensato de la compañía. Dios lo tenga en su Gloria.


Otro lugar de España. Año 1988.

Dicen que mi yerno se va a poner bien, que lo suyo son heridas superficiales. Qué tontería creer que se curará. Cicatrizarán las heridas de la piel, eso sí, pero no se va a poner bien nunca. Un padre que ve a su hijo morir de esa manera no puede ponerse bien jamás. La madre, mi hija, no sé ni cómo está. Ella no fue a la excursión, menos mal. Espero poder abrazarla pronto, pero me dicen todos que por ahora es mejor que me quede en la residencia, que no es bueno a mi edad recibir ciertas impresiones. Qué sabrán ellos de recibir impresiones fuertes...


Un lugar de España. Año 1938.

Tras aquella mala imitación de asalto que tantos litros de sangre derramó en vano volvimos a nuestra trinchera, a comer barro y a dejarnos descuartizar por los morteros Valero de 50 milímetros. ZZZZZZZBOUM, una nube de humo negro espeso, unos segundos de silencio más espeso aún, y otra vez los gritos. Recuerdo al pelirrojo Tamayo, sin piernas y cubierto de sangre, chillando sin parar "¿quieres morcilla? ¡toooooma morcilla!", hasta que paró para siempre. O hasta que alguno de nosotros lo paró, no me acuerdo. Era un buen muchacho de un pueblo andaluz, y no sabemos qué quiso decir con aquel último ofrecimiento gastronómico. Supongo que teníamos tanta hambre que hasta en las últimas pensábamos en comida.

El barro. Cuánto barro había allí, coño. El terreno estaba tan blando que algunas granadas de mortero se clavaban en el suelo sin detonar, asomando sobre la superficie las colas con las aletas estabilizadoras de color verde. Parecían pequeñas lechugas, o eso se me figuraban a mí. El hambre, ya saben.

Cuando teníamos algo de calma hincábamos una estaca junto a las granadas que no explosionaban, y de la estaca pendía un trapo rojo. Esto servía para que nadie pisara el ingenio inadvertidamente, y para que después lo pudieran localizar los de ingenieros, quienes lo harían volar de modo seguro.


Otro lugar de España. Año 1988.

Tuve dos hijos, Jorge y María. Jorge murió a los dos años de tuberculosis. María sólo ha tenido un hijo, que se llama como yo, Paco. Lo llamamos Paquito simpre. No, no ,no. Otra vez se me ha ido la cabeza. Quiero decir que lo llamábamos Paquito, y como Paquito lo recordaremos porque ya nunca llegará a ser Don Francisco.

Quizá yo pude haber evitado su muerte, treinta y ocho años antes de que naciera.


Un lugar de España. Año 1938.

El hambre, el agotamiento, el miedo, el desorden y la derrota inevitable nos hacían ser descuidados. Oí el zumbido de una de aquellas malditas granadas al cruzar el aire y pensé que eso sería lo último que oiría, pero no fue así. CHOF, eso es lo que oí a continuación cuando la granada se hundió en el barro a medio metro de mis pies. Estaba demasiado débil como para alegrarme de mi suerte y sentí más indiferencia que otra cosa. Sabiendo como sabía que era cuestión de minutos abandonar nuestras posiciones en una retirada definitiva dejé aquel cacharro medio enterrado en el fango, sin preocuparme de señalizarlo.


Otro lugar de España. Año 1988.

Paquito me llamó ayer. Estaba emocionado porque su padre le había prometido que hoy lo llevaría a visitar el escenario donde su abuelo luchó durante la Guerra Civil. "¿Vendrás con nosotros, abuelito? ¡Dime que sí!" Le dije que no. Le dije que me dolían las piernas y que estaba muy cansado. Para pasear con mi nieto nunca me duelen las piernas ni estoy cansado, pero la verdad es que yo no quería volver allí. Debería haber ido. A lo mejor podría haberle salvado la vida hoy, ya que no lo hice hace cincuenta años.

No me han contado muchos detalles, pero yo desgraciadamente me los imagino vivamente porque vi a mucha gente morir por efecto de las granadas de mortero. Cuando lo socorrieron decía mi yerno antes de perder el conocimiento que su hijo estaba desenterrando algo del suelo y que entonces se produjo la explosión. Eso es lo que saben todos.

Yo sé algo más. Yo sé que aquello que mi nieto desenterraba parecía una pequeña lechuga metálica, y sé que me estaba esperando a mí desde hace medio siglo. Al final ha logrado su objetivo, la muy perra. Me ha dejado sin descendencia. Mis genes ya están extinguidos. Hoy me siento muerto.

Hoy todo vuelve a ser lo peor.

domingo, 11 de mayo de 2008

Y luego me dirán que no son unos salvajes


Hace poco publiqué un par de entradas (una y dos) donde sostenía que los musulmanes son, dentro de la irracionalidad que acompaña a toda creencia religiosa, más salvajes que los cristianos. Dicho así la aseveración me parece incorrecta, así que matizo:

En los países de tradición musulmana hay más salvajismo y menos respeto por la vida que en los países de tradición cristiana (ahora sí me convence la afirmación). Las razones para que esto sea así no serán únicamente religiosas, desde luego, pues el islam es en esencia muy parecido al cristianismo, lo que pasa es que por otras causas culturales los países islámicos se han quedado colgados en una eterna Edad Media. Sea por lo que sea, me quedo con nuestra forma de vida.

Ya, ya sé que los megaprogres, en sus continuas contradicciones se empeñan en respetar por igual cualquier cosa, y mientras por un lado te están diciendo que hay que respetar cualquier manera de pensar, por otro te están imponiendo su modelo de pensamiento. Me gustaría a mí que los ilusos defensores de la Alianza de Civilizaciones me explicaran cómo cojones compatibilizan la igualdad de hombres y mujeres con el respeto por otras culturas. Pondré un ejemplo concreto: lean esta ABERRANTE NOTICIA.

Y ahora, si tienen cojones, me dicen que los musulmanes son tan civilizados como yo.

viernes, 9 de mayo de 2008

Dos cositas rápidas


He acabado cediendo a la presión de Javi y me he puesto a leer Amor se escribe sin h, de Enrique Jardiel Poncela. Tengo la novela casi terminada y puedo decirles que me ha hecho reír a carcajadas en algún momento, y eso es mucho, porque yo tengo la lágrima más fácil que la risa. Si les gusta el humor absurdo o las cosas bien escritas se harán un favor leyendo esta magnífica parodia de las novelas románticas.

Si prefieren leer blogs eruditos y humorísticos no se pierdan Humoradas, que por cierto lo escribe un tal Enrique Gallud Jardiel, nieto del mencionado E. Jardiel Poncela.

Ya puestos a hacer recomendaciones, y por asociación de ideas con la anterior entrada que este cabeza de chorlito les sirvió, quiero recomendarles la lectura de "Flores para Algernon", de Daniel Keyes. Hay quien la engloba en el género de ciencia ficción, y también hubo imbéciles que la incluyeron en el apartado de Literatura Infantil (hay que ser bruto e insensible para pensar que esta brevísima novela es un relato infantil). Es de los pocos libros que me hicieron llorar sin estar borracho. Léanla, léanla... y después, si quieren, hablemos de ella.

Sería todo.

domingo, 4 de mayo de 2008

El famoseo me la sopla


A mí los famosos y los borregos que los ponen en ese pedestal me la sopláis. Así de claro.

Me refiero, por supuesto, a esos famosos que lo son por una cara bonita o por hacer el payaso sin sentido del ridículo. Hay otro tipo de famosos, los "grandeshermanos" y las putipuercas (y algún putipuerco) que alcanzan la fama contando cómo se follaron a tal o a cual, pero es que a esos no los conozco ni de nombre, así que no son objeto de este vómito. También están los famosos de, a mi juicio, merecida fama, como ciertos escritores o científicos. Estos últimos me inspiran simple y puro respeto, así que tampoco serán objeto del desahogo que estoy pariendo.

Como no veo apenas la tele y tampoco voy al cine las únicas actrices cuyas caras me suenan son las porno, por las que siento desprecio pero me sirven para hacerme pajas. Seguramente me habré cruzado con muchos famosos, pero es difícil que yo los reconozca, lo que supone que su fama es para mí cuando menos relativa. Si no voy con alguien que me los señale ni me entero. Recuerdo con vergüenza ajena la noche que me crucé con Esther Arroyo, hace una década y en Tarifa. Fue en un estrecho callejón de los habituales en esa ciudad, y mis dos acompañantes se pusieron casi histéricos. "¡Mira, mira, es Esther Arroyo! ¿Le decimos algo? ¿La saludamos?"

Qué vergüenza. Una tía alta y rubia, y ni siquiera muy bella. Joder, ya por entonces me había follado a tías más guapas. ¿A qué venía tanto revuelo? Nada, es que era "famosa". Pasé junto a ella, casi rozándola, mi cabeza alta y la mirada al frente. No la miré. Sólo deseaba que mis acompañantes no la cagaran, porque no tenía la menor intención de esperar mientras pedían autógrafos chorreando abyectas babas. Lo que sí tenía muy claro es que en ese caso yo, con chulería y absoluta seriedad, le hubiera dado MI autógrafo a la Arroyo. El número de teléfono sólo si me lo hubiera pedido de rodillas. Menudo soy yo para estas tonterías. Afortunadamente pasamos de largo, creo que porque temieron que este cabeza de chorlito les montara un número ante su diosa.

Lo de Manuel Reyes fue peor si cabe. Llegué a sentir ganas de pegarle, en serio. Un momento, ¿que no saben quién es Manolito Reyes?, lo comprendo, pero si usan el enlace, que para eso lo he puesto, verán que sí que lo conocen.

Fue la tarde de un frío y lluvioso Domingo en San Fernando, hará unos seis años. Yo bebía algo que no sería una Mirinda cuando el camarero, señalando a través de los cristales de la puerta del bar, dijo:

-Ira, ahí está el Pozí retratándose.

En efecto, al otro lado de la calle, el archifamoso Pozí se dejaba fotografiar (previo pago) junto a unos reclutas. No vestían uniforme, pero eran alumnos del Centro de Instrucción y Movilización Número 2, lo sé porque son todos idénticos e inconfundibles. "Pues bueno", le dije yo a mi vaso. Me la suadaban bastante el Pozí y sus fans, pero es que después aquel grosero se metió en el bar. EN MI BAR.

Imagínense el ambiente cuando este tipo irrumpe: cuatro parroquianos (un viejo Comandante de Infantería de Marina en la Reserva, su hija con síndrome de Down, un anciano que habla con el anterior sobre las vicisitudes y problemas de cuidar de una adolescente que padece ese síndrome, y este cabeza de chorlito que estaba al margen de la conversación, más concentrado en reaccionar adecuadamente a los continuos piropos que la chica me lanzaba y ante los que no sabía qué responder). Ese era el panorama, casi familiar y cómplice, cuando entra Don Manuel Reyes.

No saludó, cosa que se puede disculpar en ciertos ambientes, pero no en aquel tan... hogareño. Dejó la puerta abierta de par en par, y les recuerdo que afuera hacía frío y estaba lloviendo. Mientras el gran Pozí se sentaba a una mesa yo me levanté de mi taburete para cerrar la puerta y a mi vuelta aproveché para echarle una mirada asesina al señor Reyes. No pareció acusarla, supongo que cuando se es famoso las miradas asesinas de los mindundis como yo resultan inofensivas.

A gritos, interrumpiendo la conversación de los venerables señores, exigió un anís que pagó con las monedas obtenidas vendiendo su patética imagen. No contento con todo esto, mediado su vaso de anís, gritó hacia nosotros:

-¡Lo que estáis diciendo son tonterías!

Ay, qué ganas me dieron de pegarle. El viejo Comandante lo miró, con una de esas miradas superficiales y llenas de desprecio que sólo la edad y la experiencia se pueden permitir, y tranquilamente reanudó su conversación, como si no hubiera pasado nada.

Pero yo sé una cosa, y es que jamás me fotografiaré junto a Manuel Reyes.

viernes, 2 de mayo de 2008

Adolfo Ortiz Benjumea


Se llamaba Adolfo. Al menos así se llamó en vida. Cuando falleció se le nombraba en documentos y misas como "el difunto Adolfo". La realidad, no obstante, es que todos lo hemos conocido siempre, tanto en vida como cuando pasó a ser nutriente gusanero, como "ese hijoputa".

Ese Hijoputa y yo fuimos todo lo amigos que pueden ser un cabeza de chorlito y un hijoputa. En los mejores tiempos de nuestra amistad, siendo adolescentes, él me dejaba follarme a su hermana retrasada, a cambio de lo cual yo lo dejaba partirle las patas a mi gato. Ahora, haciendo memoria, creo que nuestra amistad empezó a requebrajarse el día que se le fue la mano y mató a mi gato. Yo, en justa reciprocidad, le maté a su hermana la tonta.

Para evitar males mayores llegamos al siguiente acuerdo: Yo diría que mi gato se había suicidado, y él diría que había asesinado a su hermana.

-No sé yo... algo no me cuadra en ese trato-. Dijo Ese Hijoputa.

-Que sí, tonto. Es lo mejor para todos. Mi gato era mío, y tu hermana era tuya. Uno puede hacer lo que quiera con lo que es suyo, así que mi plan es perfecto.

-No, si dicho así vas a tener razón-. Concedió Ese Hijoputa, que como habrán notado, además de hijoputa era bastante lerdo.

-Vale, ahora sellemos nuestro pacto con sangre. Pégate un tajo, venga.

Se cortó en la muñeca con un cuchillo oxidado y me lo tendió después:

-Te toca. Córtate.

-¡Anda! Acabo de acordarme de que soy hemofílico. Si me corto me desangro. Mejor córtate tú otra vez y así será como si los dos lo hubiéramos hecho.

Y el muy tontarra volvió a cortarse. Buen chico, Ese Hijoputa.

La policía, inexplicablemente, no estuvo de acuerdo con nuestro plan. Ese Hijoputa fue internado en un centro para menores díscolos, acusado de matar a su hermana la tonta, y el muy capullo se mantuvo fiel a nuestro juramento. Jamás me delató en los diez años que pasó allí, pero casi todos los días me escribía emotivas cartas como esta:

"Querido cabeza de chorlito:

Espero que en el momento de leer la presente estés bien disfrutando de la libertad que a mí se me niega.

Yo estoy bien, aunque algunos compañeros me pegan y otros me dan por culo. Yo prefiero a los segundos, porque al menos así obtengo algo de amor. Bueno, perdona que me ponga cursi, que sé que no te gustan estas sensiblerías mías.

Vivir aquí es chungo. Cuando no me están dando por el culo me están pegando. Ya no tengo dientes por tantas hostias como me he llevado. Los funcionarios que me cuidan dicen que estoy mejor así porque no les daño la picha al chupársela. Lo bueno es que aquí nadie me llama Ese Hijoputa, me llaman Sindy, de sin dientes. Son muy simpáticos.

Algunos días sangro mucho por el culo, pero siempre hay algún funcionario que me pone pomadita en el ojete y me dice al oído amorosas palabras. Es por momentos así por los que pienso que tampoco se está tan mal aquí, y entonces resisto la tentación de faltar a nuestro pacto de sangre y contarlo todo.

Espero que te sientas orgulloso de mí. Yo siempre me sentiré orgulloso de ti. Joder, tío, cada vez que me acuerdo de cómo le partiste el cuello a mi hermana... ¡tú sí que eres un machote, no como estos maricas!

Esta carta es la número 377 que te envío, y aún no he obtenido ninguna respuesta tuya. Supongo que me han intervenido las comunicaciones y que no me llegan tus cartas porque en todas ellas me expones infalibles planes para escapar. Deseo que dentro de ocho años, cuatro meses, dos semanas y tres días estés en la puerta de este lugar esperando mi libertad como yo la espero.

Gracias por todo, Chorli.

Siempre tuyo, Adolfo, alias Ese Hijoputa, alias Sindy".

Comprenderán que yo con cada una de esas cartas me emocionara una barbaridad. Desde que empecé a recibirlas mi familia ahorró una pasta en papel higiénico. Alguna vez estuve a punto de responder a Ese Hijoputa, pero bah. Cuando saliera ya hablaríamos.

Y salió. Irreconocible, pero Ese Hijoputa salió. Estaba flaco, tuberculoso y enfermo de sida. Naturalmente, después de lo que "le hizo" a su hermana nadie en su familia quiso acogerlo, por lo que recayó sobre mí cuidar de él. Era un engorro, pero para eso están los amigos.

Le monté una tienda de campaña y lo enseñé a ganarse la vida poniendo el culo en oscuras esquinas de polígonos industriales. Obviamente, en concepto de gastos le cobraba una pequeña comisión del cien por cien de sus ingresos, y a cambio le daba un bocadillo cada dos o tres días. Ese Hijoputa, desagradecido como lo fue siempre el muy canalla, se murió a los pocos meses, provocándome con ello una sustanciosa merma en mis ingresos.

Hoy, dos de Mayo de 2008, Ese Hijoputa hubiera cumplido 28 años, y yo, que soy así de leal con mis amigos, he querido escribirle este homenaje.

jueves, 1 de mayo de 2008

Ustedes no saben quién es Bárbara


Bárbara es una publicista que está haciendo un master para especializarse en diseño gráfico. Ya ven, Bárbara es una chica que nos va a engañar a todos, ¿qué otra función tiene un publicista?

Además de eso Bárbara es alguien que, como el cazador cazado, se siente engañada. Desde mi ignorante punto de vista nadie la engaña más que la propia Bárbara. Temo que vea enemigos donde no los hay, y de eso intento hablar con ella con tacto pero con firmeza. Flaco favor le haría si le diera la razón en todo.

Bárbara tiene un nombre bonito y sonoro, y a mí esa chica me cae bien por muchas razones. Es joven, guapa, inocente y fuerte. Bárbara es más fuerte de lo que ella cree, pero está hundida e intenta salir adelante con las armas que ella aún desconoce poseer y con las que ya conoce.

Si ustedes, hombres, tuvieran una novia que los espera mientras se van a pasar meses en tierras lejanas, querrían que esa novia fuera como Bárbara. Si ustedes, hombres, perdieran la vida en esas tierras lejanas, querrían que la novia que les llora fuera como Bárbara.

Bárbara es la novia de un compañero caído en Kosovo. No conocí al Cabo Antonio Jesús Bonilla, pero sé ciertas cosas. Sé, por ejemplo, lo que Bárbara está haciendo por su recuerdo, que es más de lo que harían por la mayoría de nosotros. Sé también que Bárbara se queja, y con razón, por que tras tantos meses el Ministerio de Defensa no ha facilitado los resultados de la autopsia de Antonio Jesús.

Ella debe saberlo, pero por si acaso le recuerdo que estoy aquí, para seguir discutiéndole ideas erróneas y para apoyarla en todo aquello que me parezca legítimo.

¿DÓNDE ESTÁ LA AUTOPSIA DE ANTONIO JESÚS?

(Léase esto otro, que no me escondo)

miércoles, 30 de abril de 2008

Sublimes aromas y refinadas damas


A veces este cabeza de chorlito no tiene más remedio que sorprenderse por las rarezas de algunas personas:





Y seguro que luego te las ves en un restaurante, muy finas ellas, levantando el meñique mientras a breves sorbitos se toman una copa del mejor vino que el sumiller pudo ofrecerles.

sábado, 26 de abril de 2008

¡Hasta luego, Lucas!


Se acordarán ustedes de aquella epidemia durante la cual media España imitaba a Chiquito de la Calzada. Parece que ya está remitiendo, aunque debo reconocer que a mí me ha quedado como secuela mencionar al "Doctor Grijánder" cada vez que puedo. Otra de las memorables gracietas de Chiquito fue aquella de "¡hasta luego, Lucas!", y de una curiosa anécdota relacionada con eso es de lo que hoy me da la gana de hablarles.

Pónganse en situación: Bosnia, año 2001. Un grupo de militares españoles, pertenecientes al SNSE XVII viaja en una furgoneta desde Mostar hasta Sarajevo. El motivo de la expedición es llevar al capellán castrense de la Unidad destacada en Mostar para que oficie la misa dominical en la base Butmir, Cuartel General de las fuerzas de la OTAN en Sarajevo. Con el páter y el conductor sobraban siete plazas en la furgoneta, y puesto que el domingo era el único día de asueto para unas tropas que estaban seis meses acuarteladas en tierra extranjera se aprovechaba para hacer lo que llamábamos "japoneseo", esto es hacer turismo en Zona de Operaciones armados con videocámaras que, si el nivel de alerta lo permitía, sustituían a los fusiles.

Aquel domingo del que hablo vuestro Cabo Primero Leónidas Kowalski formaba parte de la excursión. Íbamos desarmados porque entonces las cosas estaban tranquilas. Los croatas empezaban a olvidar la intervención de un banco que poco tiempo antes nos había costado a los españoles la quema de dos Nissan Patrol, y todavía no habíamos llegado al 11-S que cambiaría tantas cosas en el mundo.

Estábamos contentos. Aquel viaje era el primero a Sarajevo para casi todos nosotros, y además nos veíamos desprendidos del armamento por fin, lo que no era cosa insignificante acostumbrados como estábamos a salir siempre de la Base Mostar armados hasta los dientes, normalmente para ir a Trebinje, donde debíamos abastecer a los colegas de Infantería de Marina. Aquello fue una excursión sin armas y con muchos marcos alemanes para comprar regalos y gangas en los PX de Sarajevo.

Por entonces el control de accesos a la Base Butmir lo efectuaba el ejército turco. Entramos tras pasar los rigurosos controles de seguridad, y el páter ofició su misa para católicos de varias naciones mientras los excursionistas hacíamos compras en los bazares libres de impuestos. En la Base Butmir, de jefatura estadounidense, tomé conciencia del enorme poder logístico de los Estados Unidos. A día de hoy no he conocido restaurante alguno, por muy caro que sea, que pueda acercarse a la variedad de alimentos que nos ofrecía el comedor de aquella Base; sólo escoger el tipo de pan que ibas a comer te llevaba un buen rato, tal era la variedad. Y no hablemos de ensaladas.

Finalmente, a media tarde, volvíamos a Mostar. Al salir de Butmir, un soldado turco (me sorprendió que fuera rubio y de ojos azules), miró la matrícula española de nuestro vehículo, nos franqueó el paso, y cuadrándose con marcial saludo, gritó en claro español:

-¡Hasta luego, Lucas!

Para ustedes esto, seguramente, sea una gilipollez. Para nosotros, después de tres o cuatro meses en tierra de lengua desconocida, ver a un turco en Bosnia despedirnos con una broma española fue algo grande. Esta clase de gestos unen a la gente, sea de donde sea. Quizá otro día les hable de mis relaciones con los militares marroquíes.

Hasta luego, Lucas.

viernes, 25 de abril de 2008

Soy Gusifluky, ¡y estoy vivo!


Aprovechando la ausencia de mi padre, y viéndome en la desagradable situación en la que me ha puesto con su última entrada, voy a dejar claras algunas cosas.

Para empezar, y como podéis ver, estoy vivito y coleando. Más a gusto que un arbusto.

Mi padre a veces tiene unos accesos de humor que no sé cómo definir. Creo que podría decirse que se trata de humor hijoputesco, aunque él lo llama humor leonidiano. Se llame como se llame comprenderé perfectamente que a muchos de vosotros no os haga maldita la gracia.

Lamento mucho el malestar causado a mis admiradores, aunque debo reconocer que me ha alegrado descubrir que soy tan querido. A mi padre se lo llevan los celos, pero anda y que se joda, que bien merecido se lo tiene por usarme para sus retorcidos juegos.

Ahora, cómo no, debo dar las gracias a algunas personas. Inspeccionando las comunicaciones de mi padre veo que cinco supuestos seres humanos han contactado con él para preguntar por mi estado de salud. Así que ahí va mi agradecimiento a Lucía, Lola, Dani, Reve y Pedro Lucio. Yo también os quiero, aunque, obviamente, no tanto como vosotros a mí.

En fin, que ya sabéis que estoy bien. Dejad de llorar, que parece que se ha muerto Chanquete, ¡otra vez!

lunes, 21 de abril de 2008

Pequeño Gusi, linda cosita


Aunque muchos lo oculten, yo sé que quienes siguen esta bitácora adoraban a mi gato Gusifluky. Quizá no deberían leer esta entrada, y allá ellos si lo hacen. Va a ser la última que aparecerá en la categoría de Diálogos con mi gato. No podrá haber más diálogos, al menos no con Gusi.

El pequeño Gusifluky ha muerto hoy a las 16 horas y 37 minutos.

Cuando esto se publique yo ya habré sido denunciado por maltrato de animales domésticos. Maldita bruja la vecina que ha ido a denunciarme. Como si yo no tuviera bastante con la muerte de Gusi, encima me van a hacer pagar el pato. O el gato, vamos.

Nunca soporté a esa arpía, pero hoy me he sentido pletórico de generosidad, de buenrollismo vecinal, y le he ofrecido una jarra de gazpacho que acababa de preparar pensando en ella, porque sé que le gusta mucho. Ahí es cuando todo se ha ido a la puta mierda. Dejen que lo cuente desde el principio:

He llegado a casa sobre las 15 horas, cansado, cabreado y hasta los huevos del mundo. Gusifluky, jugando con los cordones de las botas mientras yo los desanudaba, me arañó los dedos. Impaciente le di una patada y lo hice volar.

Gusi, estrellado contra la cómoda y asustado, me miró con esa carita entre lastimera y agresiva de animal acorralado que ponía en estas ocasiones.

-¿Mmñgrrr?- preguntó con desconcierto.

-Lo siento, hijo, lo siento. Perdóname. Me enfado mucho cuando me haces daño con esas uñas tan afiladas. El mal humor me lleva a la violencia, pero de verdad que me arrepiento inmediatamente.

-Padre, ¿ya no me quiere? Soy un gato adulto, si no me quiere con usted, abra la puerta y deje que me busque la vida. Será duro, pero sobreviviré un par de años más, creo. Hasta que me atropellen o algún humano medio psicópata como usted me dé una patada demasiado fuerte...

Me jodió siempre que Gusi dijera esas cosas, me dolía cuando me hablaba de esa manera. No es que se pusiera victimista ni autocompasivo; es que él era así y lo decía en serio. Y además tenía razón, por eso siempre acababa provocándome remordimientos.

-¡Calla, gato malo! No dejaré que te marches. No puedo dejarte solo... ni quedarme solo.

-Así que es eso, padre. Egoísmo, puro egoísmo...

Se ha marchado al transportador, su ilusorio refugio, dejándome más a solas que nunca tras sus palabras acusadoras. El envenenado reproche ma ha hecho sentir la necesidad ineludible de compensarlo de alguna manera, y he recordado entonces que a Gusi le gustaba meterse en la bañera conmigo. Pensaba darme una ducha rápida, pero qué coño, podía permitirme un baño largo jugando con mi hijo gatuno; nadie me esperaba, salvo él, que lo esperaba todo de mí.

Lo saqué del transportador por la fuerza. Después de la patada estaba reticente y se ha quejado un poco:

-¡Mmmjjjjjjjjjjjjgggrrrr!

-Shhhh, tranqui, mi niño. Vamos a darnos un bañito. Verás qué rico.

Una vez en el cuarto de baño, que ya estaba lleno de vapor, se tranquilizó, y pataleando me pidió que lo dejara en el suelo. Empinado para ver el interior de la bañera, y comprobando que no había demasiada agua (al pobre le daba miedo si no hacía pie) giró su cabecita hacia mí, y ya sin rastro de rencor pidió permiso para zambullirse:

-¿Ñiu?

-Claro, hijo, adelante. Es para ti.

Con mucho cuidado se subió al borde de la bañera, su piscina. Lentamente, con ese equilibrio felino tan suyo, ha tanteado el agua con las patas delanteras, en imposible postura que parecía contravenir la gravedad. La temperatura era de su agrado y se dejó caer en el colchón de agua con delicadeza; no le gustaron nunca los chapoteos.

Después me metí yo en la bañera. Recuerdo que me arrodillé frente a él, lo mojé con agua tibia y comencé a enjabonarlo. No sé qué pasó exactamente a continuación. Supongo que le metí gel en los ojos, pero no estoy seguro. Lo cierto que sentí un fuerte pinchazo en un muslo, y que sentí mucho dolor.

Como ya dije antes, hoy no estaba de buen humor, y eso me pone violento, así que no fue buena la ocasión elegida por Gusi para clavarme las uñas en los muslos.

Agarrando a Gusi por el cuello hundí su cabeza en el agua. Él me arañaba los antebrazos. Se risistía con fiereza, pero la verdad es que fue más fácil y breve de lo que podría pensarse. Yo calculo que menos de un minuto.

Cuando lo he sacado del agua estaría en coma, supuse, no muerto del todo. Me acordé de eso que dicen de las siete vidas del gato, y temí que si resucitaba su venganza sería, como suele decirse, terrible. Por si las moscas lo he llevado a la cocina, con la intención de meterlo en la Thermomix, pero no cabía. Mientras pensaba qué hacer ante ese inconveniente lo he introducido en el microondas, a máxima potencia durante unos pocos segundos, los justos para que no estallara mi pequeño gatito querido, pero suficientes para que se le derritieran los ojos. Siempre pensé que los ojos de Gusifluky destilarían un líquido de color pipí, pero han supurado una especie de leche aguada. Decidí trocearlo sobre la tabla de cortar carne e ir metiéndolo a cachos en la Thermo. Eran las 16 horas y 37 minutos.

La Thermomix es un cacharro muy versátil, pero debo decir en su contra que no le ha sido fácil pulverizar los huesos de mi gato. Aumenté progresivamente la velocidad de las cuchillas, zum... zum... ZUM... ZUM ZUM ZUM ZUMZUMZUM..., pero a veces, entre el ZUMZUM, se oía un ¡CRAC! y volvía el silencio. Entonces tenía que parar la máquina, y con una cucharilla desatascaba un hueso duro que había logrado bloquear el poderoso motor de la Thermomix. Finalmente puse la velocidad turbo, y entonces sólo se oía un potente ¡SSFIUSSSSSFIUSSSSSSFIUSSSSSS! Repetí la operación tres veces en total, hasta acabar con todos los despojos de Gusifluky, que fui vertiendo en una jarra de dos litros. No cupo todo el licuefacto gato en ese recipiente, así que he guardado varios vasos en el congelador con el producto sobrante, a los que he añadido unos chorritos de whisky. La idea es sorprender a los invitados con algo nuevo.

Respecto a los dos litros de Gusi que quedaron en la jarra... Bueno, ya se podrán imaginar que el color y la textura parecían los de un gazpacho, y entonces me he acordado de mi vecina y de lo mucho que le gusta ese brebaje. He puesto algo de hielo en la jarra y, ni corto ni perezoso, le he hecho una visita y una ofrenda a mi vecina la arpía.

Emocionada la buena señora me ha agradecido infinitamente el detalle, y me ha propuesto sellar nuestra incipiente amistad bebiendo juntos un vaso de gazpacho. "Qué buena pinta tiene", ha dicho la bruja. Luego lo ha probado, ha vuelto a escupirlo en el vaso y ha gritado:

-¿QUÉ MIERDA ES ESTO?

-Ey, sin ofender, que es mi gato licuado, señora- he respondido candorosamente.

En cuanto he dicho eso la vieja furcia ha salido disparada a denunciarme. No sé que puñetas voy a hacer yo solito con tanto gazpacho. Esto... ¿ustedes gustan?

viernes, 18 de abril de 2008

Aquí me tenéis, beneméritos compañeros


Admirados compañeros de la Guardia Civil:

Acabo de enterarme de esta noticia, según la cual se os ordena investigar a militares que escriben un blog y tratan asuntos profesionales. Es una pena, ¿verdad, compañeros? Tantos delitos impunes por falta de medios y personal, y vosotros dedicándoos a estas bagatelas... En fin, el que manda, manda, y nosotros siempre nos hemos distinguido por obedecer sin discutir.

No creo que este diario, escrito por un cabeza de chorlito, os pueda interesar en lo más mínimo, ni a vosotros ni a nuestros jefazos políticos, pero el caso es que está incluido en ese nuevo campo de investigación, según la noticia referida (militar, bloguero, y que trata asuntos militares). Por si acaso, y como estamos entre compañeros, os lo voy a poner fácil.

Aunque una brevísima búsqueda os bastará para saber cuál es el verdadero nombre de Leónidas Kowalski de Arimatea, no quiero que perdáis vuestro tiempo mientras los malos se os escapan, así que abreviemos: me llamo Francisco Javier Pineda Alburquerque. El resto de datos (destino, empleo, expediente...) ya sabéis cómo obtenerlos.

Me gustaría facilitar aún más las cosas, y se me ocurre enlazar todas las entradas en las que toqué temas militares, pero comprenderéis, queridos compañeros, que se hace muy tedioso revisar casi quinientas entradas. Os propongo algo mejor, más sencillo y directo:

En el perfil de Leónidas tenéis mi dirección de correo electrónico. Yo supongo que tenéis una metodología, pero, coño, ¡que estamos entre compañeros y contáis con mi total colaboración! No perdáis tiempo ni recursos; escribidme exponiendo vuestros intereses y yo os dirijo directamente a los textos leonidianos que coincidan con vuestras espectativas. Y si se me tiene que empurar, pues se me empura, y aquí paz y después gloria.

Pues sin más que añadir, os dejo con vuestra nueva y trascendental misión de investigar a milicos blogueros.

Ánimo y suerte.

Fdo: F. J. Pineda Alburquerque, militar y autor de un blog insignificante.

miércoles, 16 de abril de 2008

Diálogo pasteloso entre enamorados


ELLA (compungida): Últimamente te noto triste, vida mía. ¿Ya no estás bien conmigo?

ÉL (ofendido): ¡Cómo dices eso, mi cielo! Naturalmente que estoy bien contigo, lo que pasa es que... Bah, no importa. Lo único importante es que te amo sobre todas las cosas.

ELLA: Ya, ya sé que me amas de verdad, y nunca pondré en duda ese amor, corazón mío. Sin embargo... a ti te pasa algo.

ÉL: Cariño, estoy bien. No te preocupes, de verdad.

ELLA: No me pidas eso, mi amor. Pídeme lo que quieras, pero no me pidas que deje de preocuparme por la persona que más quiero en el mundo.

ÉL (hosco): Bueno, pues preocúpate, hala.

ELLA (mimosa): Pues eso estoy haciendo, tontín. Anda, cuéntale a tu cuchurrupí qué es lo que te pasa.

ÉL (a punto de ceder): Me pasa que... No, mejor no hablemos de ello. Déjalo, muñequita. Ya se me pasará.

ELLA (insinuante): Anda, cuéntale a tu pequeña zorrita. Seguro que hay algo que yo pueda hacer por ti, pedacito de cielo.

ÉL (avergonzado): Es que... amor mío... no sé cómo decírtelo sin herirte. Prefiero callarme y ser yo quien sufra en silencio.

ELLA (escandalizada): ¿Qué? ¡De eso nada, monada! Aquí sufrimos los dos, y si alguien ha de sufrir en silencio seré yo, que para eso soy tu amante entregada; tu incondicional esclava.

ÉL: Verás, cosita linda, esto es difícil para mí. No quisiera ofenderte de ninguna manera.

ELLA: ¡No me puede ofender aquel de cuyo amor no dudo! Habla, amorcito, habla sin temor.

ÉL: Tú sabes, reina mora, que yo te amo por encima de todas las cosas, pero... En fin, que yo soy un hombre muy macho y tengo mis necesidades. Ea, ya lo he soltado.

ELLA (confundida): ¿Necesidades? Pero si lo tienes todo, azucarillo lindo. Eres guapo, sano, rico, todo el mundo te adora... ¿qué le falta a mi pichita?

ÉL: Pues me falta... eso. Tú ya sabes.

ELLA (más confundida aún): Mmm... No, no lo sé. De verdad que no sé por dónde vas, cuchi-cuchi.

ÉL (un poco hastiado de tanta pamplina): ¡Que quiero sexo, nena!

ELLA (aliviada): Ah, era eso. Pensé que había otra mujer en tu vida. Qué tontería, eh, cariñito.

ÉL: No, mi niña, no la hay, al menos de momento. Pero la habrá si esto sigue así.

ELLA (inocente): Si esto sigue cómo.

ÉL: ¡Pues así, a palo seco! Yo tengo mis necesidades viriles. Necesito descargar, ya me entiendes.

ELLA: Pero... ya sabes que no podemos, ángel mío.

ÉL (impaciente): ¡Hazme una paja al menos, niña!

ELLA: ¿Cómo podría hacerte eso, vida mía? ¿Es que no me ves? ¡No puedo hacerte eso que me dices! Ojalá pudiera.

ÉL (recuperando el tono conciliador): Amorcito, si pones interés seguro que puedes hacerlo.

ELLA (apesadumbrada): Ayyyy, ya ves cómo estoy. Desde que el año pasado me empujaste sobre la vía al paso de un tren y perdí los brazos... ¡Y que conste que no te culpo! Sé que fue uno de tus amorosos juegos... pero salió mal. El fatídico destino y esas cosas que tú me cuentas, amor mío.

ÉL: No, si yo eso lo comprendo, sorbito de almíbar, pero creo que si tú quisieras...

ELLA: Olvídalo. Has de aceptar con resignación el fatídico destino. Eso me lo enseñaste tú, mi amado, mi dios.

ÉL: Sí, pero es que yo estaba pensando que podrías hacerme la paja con la boca. Vamos, si tú quieres, eh, que aquí nadie obliga a nadie.

ELLA (con lágrimas brotando): ¡Yo quisiera! Qué digo quisiera: ¡yo quiero! A pesar de mis deseos de satisfacerte -oh desgraciada de mí- no puedo contener las náuseas cuando me metes eso en la boca. Acuérdate de aquella vez que lo intenté y...

ÉL (interrumpiendo los lamentos de ella): ¡Sí, sí, me acuerdo! Tienes razón, mejor no me la chupes, que me das asco cuando vomitas sobre la polla.

ELLA (llorando a moco tendido): ¡No me hables así! Me pones muy triste, y además no hace falta que me recuerdes lo mucho que te molestó mi involuntario vómito, porque tengo el cuerpo lleno de cicatrices que ya me lo recuerdan. Sí, Leónidas, esas cicatrices que me han dejado marcada tras la paliza que me diste.

ÉL (furioso): ¡Paliza! ¿Qué paliza, pedazo de puta?

ELLA (temblorosa por el miedo): ¡Perdona, perdona, perdona! Escogí mal la palabra. Quise decir castigo, tu castigo. ¡Y bien merecido que me lo tenía, mi amor! Ay, soy tan inútil... Lamento mucho no ser capaz de chupar tu... tu cosa, tu pene.

ÉL (sonriendo): Ea, ea, ea, mi niña linda. Deja de llorar. Sabes que te amo y te perdono todo. Anda, déjame follarte.

ELLA (resignada): Hazme eso que dices si quieres, pero te recuerdo, cielo mío, que el doctor Grijánder me diagnosticó "parasitación masiva por ladillas como cucarachas y hongos vaginales como champiñones".

ÉL (con gesto de asco): Ah... no me acordaba.

ELLA: Sí, corazoncito. Fue poco después de aquella mala racha que tuviste, acuérdate. Cuando te dio por visitar antros de mal nombre y llegabas a casa mareado al amanecer.

ÉL (gritando): ¿INSINÚAS, MALA PUTA, QUE TE CONTAGIÉ TRAS TIRARME A PROSTITUTAS?

ELLA (de nuevo trémula de terror): ¡No, no ,no! Estoy segura, cariño mío, que sólo jugabas al parchís en ese sitio llamado "El Cielo en la Tierra; las Diablesas en tu Cama". Es lo que siempre decías: "vengo de bujar al pachí, y efte pefume er de los colegas, que son mu maricas". Nunca osaría poner en duda tus palabras, amado mío.

ÉL: ¿Entonces de dónde han salido las cucarahas y los champiñones de tu coño, so puerca?

ELLA (otra vez llorando): ¡No lo sé, querido mío! Se me ocurre que fue por una vez que salí de excursión al campo con los de la Asociación de Inválidos y Mutilados. Seguro que eso de hacer un picnic campestre no fue buena idea y se me pegaron estas porquerías.

ÉL (misterioso): Hay una solución para este problema...

ELLA (ansiosa): ¡Dime, Leíto, dime! Soy toda tuya. Pide por esa boquita.

ÉL (contento): ¡Deja que te folle el agujero del culo, guarra!

ELLA (feliz): ¡Sí! Sí, sí, sí. Tómalo, mi alma, mi vida, mi todo. Penetra ese estrecho agujerito lleno de pelos y de restos de excrementos (sabes que, al carecer de brazos, no puedo lavarme bien). Tómalo todo para ti a pesar de que las almorranas intentan arrebatarte lo que es tuyo. Adelante, mi macho, percute mi orto.

ÉL (a punto de vomitar): Oye, mira, que me lo he pensado mejor. Ahora lo que deseo es vomitar. Abre la boca, cacho zorra.

(Ella obedece. Él vomita en su boca. Ella se lo traga todo. Él, finalmente, le da dos hostias y añade: "¡Por cerda!" Después él se va de putas, y ella se queda a solas, en el hospital para inválidos donde vive desde que el tren le amputó los brazos. Ella sueña, ilusionada, con el día en que él volverá a hacerle un poco de compañía).

lunes, 14 de abril de 2008

He visto tu risa (y quiero lamer esos dientes).


Te he visto reír de esa manera que tú ríes, mostrando muchos dientes blancos que, tímidamente, escondes como si fuera malo tener una risa invasiva; una risa que quiere morder la pantalla y saltar sobre tu interlocutor... sobre mí.

Me gusta hacer y decir payasadas para verte reír, y me gusta tu dentadura prominente que es más una virtud que un defecto. Nunca deberías ocultar tu risa, a nadie. ¿Sabes, niña?, dan ganas de lamerte los dientes...

Mi humor, tan molesto para muchos, es para ti inesperado origen de risas (y mira que nos llevamos mal al principio). Tienes razón, muñequita, cuando dices que seríamos amigos -sólo eso- y nos lo pasaríamos muy bien juntos. Qué más quisiera yo que tener a alguien como tú cerca de mí.

Te seré sincero: es puro egoísmo lo que me hace quererte, porque provocarte risas me hace sentirme grande. Te quiero porque me quieres.

Si te hubiera tenido cerca... Si te hubiera tenido cerca algún canalla nos habría mantenido alejados; muy mayor soy para creer en cuentos de hadas con final feliz. Las hadas de mis cuentos resultaron ser unas arpías, pero ninguna tuvo tu risa franca.

He sabido de ti muchas cosas: que tu humor se parece al mío, lo que no es poco; que eres una madre ideal para los hijos que seguramente nunca tendré; que eres guapa, con esa belleza natural y espontánea que no requiere de potingues; que eres inteligente, aunque alguna vez -¡idiota de mí!- lo dudé por tu manera de escribir, sin saber entonces que jugabas con tus chilenismos.

Ay, mi niña, qué puta es la vida, y qué malnacido el tiempo, que me hizo conocerte demasiado tarde.

Si yo volviera a nacer, más que tu amante, querría ser tu hijo. (Ojo, he dicho si volviera a nacer, pero conformándome con este único nacimiento que sufrí en 1975 lo que quiero es, obviamente, follarte).

sábado, 12 de abril de 2008

Sin calefacción en el Puerto de la Mora


Ahora me gusta más que antes viajar desde Cádiz a Murcia. Este es el origen de mi cambio:

Desde Cádiz hasta Granada el viaje matinal en autobús había sido agradable, con pocos viajeros y mucha lectura, dos asientos sólo para mí, sol y la tranquilidad de haber dejado a mi gato en buenas manos. En Granada hicimos un alto de cuarenta minutos para almorzar. Cuando volví a ocupar mi plaza en el bus el panorama no era tan agradable.

La fría tarde granadina, con su cielo nublado y su tormenta lejana, se hizo más inconfortable aún cuando nos habló el conductor, un instante antes de proseguir el viaje:

- Señores viajeros -era uno de esos raros chóferes educados-, tengo que comunicarles que se ha estropeado la calefacción, y por circunstancias que desconozco no podemos cambiar de coche. Les aconsejo que se abriguen, y les recuerdo que al llegar a Murcia tienen a su disposición las hojas de quejas. Yo las pediría.

Hubo murmullos de fastidio, pero lo que más claramente recuerdo fue la extemporánea risa de una mujer en la que hasta entonces no había reparado. Estaba sentada un par de filas de asientos tras de mí, y fuimos varios los que giramos la cabeza sorprendidos por esa risa ante lo que parecía ser una mala noticia, una muy mala noticia en verdad, como sabrán quienes hayan pasado el Puerto de la Mora nevado y sin calefacción.

Lo que más me sorprendió al mirar a aquella mujer fue el hecho de no haberme fijado antes en ella. Supongo que iniciaba su viaje desde la estación de Granada, de lo contrario estoy casi seguro de que me habría llamado la atención. Era morena, delgada, con melena recogida en larga cola de caballo que se echaba displicentemente sobre uno de sus pechos. Tenía esa edad indefinida de algunas mujeres maduras que tanto puede ser mediada la treintena como cercana a la cincuentena; esa edad de mujer guapa y completa que a ningún hombre importa porque sólo vemos la belleza que trasluce.

Unos minutos después de iniciar la marcha me maldije por mi falta de previsión al haber dejado la ropa de abrigo en el equipaje que estaba en la bodega del autobús. De cintura para arriba sólo me cubría una camiseta interior y una fina camisa. Aunque no es recomendable dormirse en situaciones de frío extremo pensé que la situación no llegaba a ser peligrosa, y tal vez dormitando se me haría el gélido viaje más llevadero. Me acurruqué en mi asiento y con la somnolencia que da la digestión no tardé en quedarme traspuesto.

No pasaría mucho tiempo, porque aún no habíamos llegado al Puerto de la Mora, cuando la mujer de la risa impertinente me zarandeó con delicadeza, y al verme abrir los ojos dijo:

-Perdona, ¿puedo sentarme a tu lado? Es que soy muy friolera y...

Anonadado, medio dormido, y con una de esas incómodas a la vez que placenteras erecciones que no me faltan en las siestas, balbuceé halagado algún comentario de dudosa inteligibilidad. La dama debió de entender mi situación, o simplemente la daba por sentada. En cualquier caso comprendió mi beneplácito, como saben las mujeres comprender lo que les interesa, pues sin más palabras se sentó a mi lado, invadiendo mi espacio de fragancia de mujer limpia y sin perfumes enmascaradores.

Vi entonces que mi compañera de viaje calzaba botas de tacón y caña alta, hasta casi la rodilla. Las piernas, esbeltas pero no huesudas, metidas en ajustados y desgastados pantalones vaqueros. Tenía una cintura estrecha de la que sin duda -y con razón- se sentía orgullosa, porque un fino jersey de lana no la cubría, dejando a la vista piel bronceada sin estrías ni el menor pliegue de grasa superflua. En cambio no iba escotada mi nueva amiga, pero en rápido, experimentado y discreto examen me hice una idea: "Tamaño manzana; firmes (aunque nunca se sabe, que los sujetadores son muy engañosos); marcando pezones, luego el sostén es sin relleno y debe de ser cierto que tiene frío".

Sin pedir permiso, haciendo uso de esa prebenda que sólo las mujeres muy seguras de sí mismas saben usar, retiró el reposabrazos que separaba nuestros asientos. A continuación se pegó a mí, mucho más de lo que podríamos llamar decoroso, y dijo en voz baja, inaudible para nadie más que para mí:

-Uy, qué calentito estás, chico.

"No lo sabes tú bien, mi niña", me hubiera gustado responderle, pero en ese momento mi único pensamiento era: "¡Javi, joder, que pareces un adolescente! Intenta relajarte y que este pedazo de hembra no note los latidos de tu corazón. No lo eches a perder todo por parecer un crío asustadizo".

-Me llamo María del Mar. Ahora que vamos a pasar unas horas juntos, ¿me dices tu nombre?- añadió con susurros, acercando mucho su boca a mi oreja derecha, de modo que su aliento me hacía cosquillas... y ya saben ustedes lo que pasa con esa clase de cosquillas; mi excitación ya amenazaba con una eyaculación no solicitada.

-Encantado, María del Mar. Yo soy Javier... y me alegra que estés aquí- añadí en un arranque de osadía.

Entonces María del Mar, la dama de risa que no viene a cuento, rió otra vez (creo que halagada), sacó de su bolsa de viaje una de esas mantas que llaman "americanas" -finas y fácilmente plegables-, la desdobló y nos cubrió a ambos con ella.

-¿Siempre viajas con una de estas mantas, niña?- A algunas mujeres les sabe a rayos que las llamen "niñas", pero en Andalucía occidental es muy común y me consta que a la mayoría le gusta, así que me arriesgué. Y no me salió mal la apuesta:

-No, pero al salir de casa supe que compartiría viaje contigo y que tendrías frío, y volví a por la manta. Es que soy un poco bruja, tonto.

Y dicho eso me cogió la mano bajo la manta, la llevó a su regazo y la colocó sobre sus muslos, sin dejar de acariciarla. Pensé entonces que mejor sería seguir dormitando antes que provocar un escándalo, y me limité a quedarme quietecito y hacerme el dormido, ¡cómo dormir de verdad con el pene convertido en una barra de acero!

También seguí ignorando las maniobras de María del Mar cuando se llevaba, lenta y casi imperceptiblemente, mi mano a sus pechos, apoyando su cabeza en mi hombro, haciéndome sentir su respiración en mi cuello. Esto no puede estar pasando -me decía yo-, tranquilo y no te embales, Javierillo.

Imagino que mi pasividad la defraudó, y por eso al cabo de un rato, ya cruzando el Puerto de la Mora, guió mi mano bajo su ropa y me hizo sentir directamente sus pechos. Normal que me hubiera percatado de sus pezones intentando perforar el jersey; Mari Mar no llevaba sujetador. Aún así tenía unas tetas firmes, tiesas, duras. Diría que eran pétreas, pero eran demasiado cálidas para ser piedra.

Cuando su otra mano, la que no sostenía mi diestra, se me puso en la entrepierna y comenzó a sobarme bajo la manta decidí que tenía que hacer algo, so pena de quedar como un apocado efebo. Busqué la boca de María del Mar y no encontré resistencia para lamer su lengua. Era una lengua díscola y hábil, y toda esa boca sabía a... no sé cómo definirlo, creo que podría valer si digo que el sabor de aquella boca era el de la juerga, la despreocupación y el desenfreno.

Nos besamos con ganas, protegiéndonos del frío con el calor de nuestros cuerpos, y harto ya de hacerme el reprimido desabroché sus pantalones y hurgué entre el vello púbico hasta llegar a su sexo, mojado, ardiente.

-No, esto ahora no- dijo María del Mar mientras sacaba mi mano de entre sus muslos-. Llevo unos vaqueros muy ajustados y me estás haciendo daño. Déjame que te dé gusto yo a ti.

-Pero yo quiero que tú goces, mi niña- protesté entre jadeos de excitación.

-Soy feliz haciendo que un macho se corra. Calla y desahógate- me dijo susurrando Mari Mar a la vez que me sacaba la polla y la empezaba a menear bajo la manta.

No puede aguantar mucho, en verdad apenas medio minuto, hasta que derramé un abundante chorro de semen que manchó su mano, su manta y mi orgullo.

-Lo siento, niña, es que estaba tan caliente que...

-Shhhh, lo sé, cielo, lo sé- me interrumpió ella -.Lo importante es que sigas teniéndola bien dura y podamos seguir jugando un rato más.

Por eso no hubo problemas. La situación era tan excitante que yo hubiera podido alcanzar diez orgasmos y mantener la erección. En aquellos momentos todo yo era polla, y los latidos que se podían notar en el pene no parecían provenir del corazón, sino de la misma verga. Si María del Mar quería jugar manoseando dura polla no iba a tener motivos de queja.

Así anduvimos, usando nuestras lenguas como sondas de exploración, mientras yo manoseaba los pechos de María del Mar y ella me masturbaba furiosa, hasta hacerme daño en algunos momentos. La segunda vez que me iba a correr la previne:

-¡Joder, que me corro otra vez, chiquilla! ¡Para, que te voy a poner perdida la manta!

-Venga, cerdo, escupe tu leche y ensúciamelo todo- respondió ella arreciando en los vaivenes y obligándome a morder su cuello para que el dolor le hiciera disminuir los meneos. Cuando notó que dejaba de eyacular siguió apretándome el pene con movimientos más lentos pero fuertes, desde la base de mi polla hasta el capullo, como queriendo exprimirme.

-Uhm, así, cabrón, vacíate bien los cojones- dijo mi complaciente compañera de viaje soltando mi polla y comenzando a sobarme los huevos.

Tras esta segunda corrida yo estaba más relajado, aunque igualmente erecto, y quería un poco de paz. Como Mari Mar no dejaba de sobarme los testículos le pedí que nos diéramos un descanso, pero ella -me lo temía-, se negó.

-¡Nada de descansos! ¿Es que eres poco macho para mí? Piensa en lo que te gustaría tener mi coño en tu boca y beberte todo mi jugo; en lo que disfrutarías follándome y escupiendo tu leche dentro de mi coño; en lo bien que te sentirías si tuvieras esta polla tan dura follándome el culo...

Con palabras tan elocuentes me quedé sin argumentos. Así estuvimos durante unas cuatro horas. Llegó un momento en que mis corridas no eran acompañadas por eyaculación alguna. Simplemente no me daba tiempo a regenerar ni un poquito de semen entre orgasmo y orgasmo.

Cuando llegamos a Murcia, yo con el pene hecho una piltrafa y María del Mar, supongo, con el brazo dolorido, la ayudé a sacar su equipaje de la bodega. Cuando se lo iba a entregar la encontré besando apasionadamente un hombre que había ido a recogerla. Dejé la maleta de María del Mar junto a ellos y me marché sin decir nada.

Horas más tarde descubrí una nota en el bolsillo de mi camisa. Sólo decía: "María del Mar. Tfno: xxxxxxxxx. Llámame cuando vengas a Murcia".

Por eso ahora voy a Murcia más que antes.

viernes, 11 de abril de 2008

Cisma (por mí que no quede, y allá cada cual con sus culpas).


Pues nada, ahora toca mirar las cosas desde el otro lado. Aseguré que, llegado el caso, haría esto que ahora voy a hacer, y poco más tengo que añadir. En verdad sí me gustaría mencionar un par de detalles, pero estoy convencido de que si los menciono serán manipulados, y no merece la pena. Mejor dejo las cosas así, que a buen entendedor pocas palabras bastan.

Primero
aquí y después aquí di mi opinión sobre el asunto de la película Fitna, que se resume en no admitir su censura y gritar bien fuerte ante el miedo que algunos quieren imponer. También dije -en los comentarios, creo- que haría lo mismo con un vídeo que dijera algo similar con respecto a la religión cristiana. Pues eso, que ahora toca:



Ya ven los problemas que yo tengo con eso de la neutralidad religiosa...

miércoles, 9 de abril de 2008

Jesucristo sigue fumando


He vuelto a coincidir con Jesucristo apenas hace un par de horas. Quizá no sepan de qué les hablo, y probablemente tampoco les interese, pero este es mi territorio y aquí decido yo de qué, cómo y cuándo se habla. Usted, lector habitual o circunstancial que ha venido a parar a este chorlitesco diario puede optar por:

a) Largarse de aquí. ¡Zaaape!

b) Seguir leyendo sin entender nada.

c) Leer esta otra entrada ahora mismo, que le facilitará entender las cosas.

d) Masturbarse mientras grita "¡oh, Leónidas, te deseo como nunca deseé a ningún otro cabeza de chorlito!"

Les decía que he vuelto a encontrarme con mi viejo amigo Jesucristo. Hacía tiempo que no lo veía, pero hoy su divina presencia ha reaparecido, y es bueno saber que Él no nos ha abandonado.

Debo comunicar que Jesucristo ha engordado. Sí, amigos, el Hijo de Dios se está poniendo hecho una foca. Esto lo interpreto como un mensaje para que no demos tanta importancia a la superficialidad de las apariencias, y para que recibamos con agrado los males del sobrepeso. A mí siempre me decía mi madre que estaba muy flaco, mujer sabia ella. Ahora me dice que estoy bien así y que no engorde más, la muy cabrona. Si viera cómo está Jesucristo seguro que volvería a decirme que me faltan unos kilitos, veinte o treinta. O más si son pequeños.

El caso es que este humilde y chorlito mortal se estaba tomando... una mirinda, ejem, en la baguetería La Isla (no se pierdan la carne al toro que preparan, cosa fina), cuando allí que entra Su Divinidad. Majestuoso, gordito y tan gorrón como siempre, se ha apalancado en la barra a un metro de mí, y lo primero que ha hecho ha sido pedirme un cigarrillo. Está el precio del tabaco como para regalarlo, pero claro, ¿cómo le niegas nada a Jesucristo en persona? Después va El Tío y me pide fuego. Yo le hubiera ofrecido mis pulmones también, pero doy por hecho que Él, en su infinita omnisciencia, sabe que soy donante de órganos y debe de haber decidido que mis vísceras respiratorias tienen mejor destino. Destino, por cierto, que será el de ser exprimidas y alquitranar con el producto resultante varios kilómetros de autopista, porque otra cosa...

Hoy, por si aún quedaban dudas, se ha confirmado que Este Sujeto es verdaderamente Jesucristo, y lo demuestra el inapelable hecho de la extraordinaria consumición que el Hijo de Dios ha pedido: una jarra de agua del grifo, con hielo.

Y se la han puesto. Le han servido una jarra de agua, con hielo. Ahora díganme, si tienen valor, que Ese Individuo no es Jesucristo.

Ha saciado su sed parsimoniosamente, mientras se fumaba tres cigarrillos gorroneados a sendos clientes. Después, con la elegancia y clase que caracteriza al Personaje, se ha marchado sin despedirse. Yo he echado en falta alguna frase sentenciosa, del tipo "darás de beber al sediento y de fumar al vicioso", pero bueno, yo, vil mortal, no soy quién para opinar sobre la conducta de Jesucristo. Faltaría más.

Me alegra, y lo digo en serio, que Este Señor haya cambiado el alcoholismo por la dipsomanía hídrica. También me alegra, no lo ocultaré, eso de escribir "dipsomanía hídrica", así como si supiera de qué carajo hablo. Molo un montón cuando me tiro estos pegotes, ¿a que sí? (Digan que sí o muéranse siete veces, que por cierto es un número muy bíblico).

Pues ya está. Sólo me queda decir que me replantearé mi ateísmo, ante tantas evidencias de sobrenaturalidad. Coñe, es que eso de la jarra de agua del grifo, que no un vaso, me ha calado hondo.

martes, 8 de abril de 2008

Me dicen... (Hija de Satanás)


Me dice una chica que es seria, y me acuerdo de que eso mismo intentaba venderme la Otra mientras se andaba follando a toda polla que tuviera cerca.

Me dice una chica que es formal, y me acuerdo de que eso mismo me contó la Otra antes de saber yo que durante cinco años estuvo buscada por la policía por cierto delito, del que se escapó siguiendo los consejos de su "novio", quien por cierto era un policía que acabó en la cárcel por un delito que ahora no voy a contar.

Me dice una chica que es fiel, y me acuerdo de cómo la Otra aparentó fidelidad con el apoyo de sus amantes, muy interesados ellos en darme palmaditas en la espalda mientras me felicitaban por la gran novia que tenía.

Me dice una chica que será una gran madre, y me acuerdo de la Otra, que hasta que yo me puse serio llevaba a su hijo de dos años dando bandazos como si fuera un fardo en el asiento trasero de su coche, y al que le daba a probar el whisky "para que el niño viera que eso no le gustaba".

Me dice una chica que no le interesan los millonarios, y me acuerdo de la Otra, que eso mismo me dijo mil veces, y poco después de abandonarme por confusas razones se estaba acostando con cierto millonario famoso que hoy no identificaré (déjenme guardarme alguna baza).

Me dice una chica que nunca me traicionará, y me acuerdo de la Otra que intentó, por todas las armas que a su alcance tuvo, incluida la mentira, dar una falsa imagen de mí que nunca podré lavar, pues contó con mi silencio cómplice, convirtiéndome yo mismo en el peor de mis enemigos.

Me dice una chica que es una profesional, y me acuerdo de la Otra, que era una gran profesional gracias a coquetear con los jefes o a acostarse con ellos cuando era preciso.

Me dice una chica que tiene sentido del humor, y me acuerdo del sentido del humor de la Otra, que era muy gracioso cuando al reírte podías obtener privilegios.

Me dice una chica que es inteligente, y me acuerdo de la Otra, cuya inteligencia estaba al servicio del poderoso, si entendemos por "poderoso" esa triste idea del poder que tenía la Otra.

Me dice una chica que me quiere, y pienso en las muchas veces que a la Otra le oí decir lo mismo para que cada uno de sus actos desmintiera sus palabras.

Me dice una chica que... y antes de que termine de decirlo ya estoy yo llamándola mentirosa. Llega un momento en que todo te suena a mentira, y más si viene de una mujer. Quizá hago pagar a justas por pecadoras, pero... nadie me ha engañado desde entonces, y si algo me he perdido tampoco he tenido pruebas de haberlo perdido.

Nadie podrá quererme, porque de nadie me fío. Debe de ser difícil querer a quien no confía en ti, pero más difícil es querer a quien ya te traicionó.

(Esta entrada, o post, o como quieran llamarlo los gilipuás de turno, es un claro ejemplo de lo que sale del puto y negro corazón de un bloguero mierdoso que necesita soltar lastre, mierda autocompasiva y caca de la vaca. Que el Monstruo de Espagueti Volador nos dé bien por el saco a todos, que nos lo merecemos, por subnormales. Ustedes y yo).

lunes, 31 de marzo de 2008

Y se quitó de fumar


La conoció allí, junto al estanque del agua verde y los peces naranjas, hace ya quince años exactos.

Hace más de trece años que no la ve, pero siempre, cada 31 de Marzo por la noche, Francisco vuelve al estanque y se deja acariciar por la brisa húmeda. Desde que la perdió no ha faltado nunca a esa cita secreta con el vacío, a esa reunión enfermiza con la nada. Cuando el amor de Ella se fue a ese lugar adonde van los amores que no pudieron ser, dejando a Francisco convertido en un muerto viviente, en un corazón que late sin saber para qué y sin ganas de seguir haciéndolo, la vida no ha sido nada hospitalaria para él. No quiso tener más amigos y se distanció de los pocos que tenía. No pudo divertirse, pero tampoco lo intentó, así que deberíamos decir mejor que no quiso divertirse. Bebía como un cosaco y fumaba como un carretero, deseando que así la parca lo encontrara pronto, siguiendo el rastro de alcohol y humo, ya que él no se había atrevido aún a forzar el encuentro más expeditivamente.

Francisco lo intentó todo para recuperarla, pero sólo llegó a saber -y esto tras gastar todos sus ahorros en detectives- que Ella vivía en otro país, con otro hombre, y que parecía feliz. Fue entonces cuando rescató de un baúl olvidado, lleno de trastos viejos, el revólver heredado de su padre. Cada 31 de Marzo Francisco se guardaba el arma cargada en un bolsillo de la chaqueta y volvía al estanque del agua verde y los peces naranjas.

A Francisco le dolía la vida. Soñaba con tener el valor suficiente para, algún 31 de Marzo, pegarse un tiro junto al estanque, caer muerto en el agua verde y ser comido por los peces naranjas. Cada aniversario llegaba allí, unos años borracho y otros sobrio, acariciaba amorosamente el revólver e incluso alguna vez lo amartilló, oyendo el clic con alivio -le atormentaba pensar que llegada la hora de la verdad fallara el arma-. Pero nunca se decidía.

Cada 31 de Marzo por la noche, Francisco volvía a su casa, llorando de rabia y sintiéndose el más pusilánime de los cobardes. Guardaba el arma y se despedía de ella diciendo: "A ver si el año que viene hay más suerte y me quito de fumar definitivamente". Y así año tras año, 31 de Marzo tras 31 de Marzo...

Hoy Francisco lo ha logrado.

Ha llegado, como cada noche de tal día como hoy desde hace trece años. Se ha plantado ante el estanque, con su desgarbada figura, las manos en los bolsillos de la chaqueta y una colilla humeando desde sus labios.

He visto el ascua de su cigarrillo apagarse y he sabido lo que vendría a continuación. Supongo que podría haber intervenido, pero... no lo he hecho.

Francisco ha escupido la colilla sobre el agua verde y decenas de peces naranjas han acudido a picotearla. Con la mano derecha ha sacado el revólver... que ha seguido el camino de la colilla. He oído a Francisco reír quedamente, y cuando ya se iba se ha vuelto de nuevo al estanque de aguas verdes, y sacando del bolsillo la mano izquierda ha arrojado a los peces naranjas un paquete de cigarrillos. Juro que cuando se ha marchado tenía un animado gesto que no le he visto en quince años.

Este 31 de Marzo, el muy jodío lo ha logrado. Y yo, pues bueno, no saben lo que me alegro por él.