Un blog escrito bajo severas dosis de etanol.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Un seguro de vida para mi gato Gusifluky


Soy una mala persona, eso lo sabe todo el que tuvo la desdicha de cruzar su vida con la mía en algún momento; pero la sevicia que he perpetrado recientemente no tiene nombre. Durante la comisión del innombrable delito que cometí el último miércoles -sin pudor lo confieso- me llegué a sentir divinamente (nada de culpabilidad ni esas zarandajas de niño obligado a estudiar catequesis), pues pertenezco a esa deleznable clase de individuos que se regocijan causando destrucción y provocando dolor a su paso.

Sin embargo ahora, en el momento de narrar lo sucedido, quizá por un rastro atávico de humanidad que se mantiene presente en mí como si fuera un inútil apéndice que la evolución ha desechado, noto el opresivo peso de la culpa en mi regazo... Anda la hostia, ¡pero si no es la culpa; es Gusifluky! Jopetas, Gusi, vete a comer algo, o a cagar, o a alguna de esas otras interesantes actividades a las que tan apasionadamente te entregas cuando no duermes, ¿es que no ves que estoy escribiendo, tontín?

¿Por dónde íbamos? Bueno, da igual, el caso es que hice algo muy malo. Y encima ahora lo voy a cascar (porque las malas acciones si permanecen secretas no son malas del todo).

La mañana del pasado miércoles amaneció anunciando para mí un día presumiblemente ocioso. Otro miércoles cualquiera me habría levantado temprano para cumplir con mis obligaciones laborales, pero aquel miércoles no era un miércoles cualquiera, no; era un miércoles de semana sabática (porque yo lo valgo), conque estaba a eso de las once tumbado en mi cama, con mi pijama color corinto (como los zapatos de don Zana, la odiosa marioneta que aparece en Alfanhuí -¡larga vida a Sánchez Ferlosio!-), con mi edredón nórdico que lleva varios inviernos esperando que cumpla la promesa de lavarlo, con mi manta azul puesta sobre el edredón (a Gusi le encanta), con mi gato de siete kilos ronroneando sobre mis pies, con mi calefactor de aire caliente, con mis consecuentes sudores de la muerte, y con mi libro Canibalismo ocasional, de Shiguro Takada. Me encontraba, como digo, bien a gustito, absorto en la lectura de tan provechosa obra divulgativa, abstraído en las útiles recomendaciones de Takada y con un principio de erección (sí, siempre me pongo cachondo leyendo cosas así; ya me pasaba cuando leí Milagro en los Andes, y otra vez que leí Historia natural del canibalismo fue un no parar de hacerme gallardas), cuando sorpresivamente -¡oh, calamidad!, ¡oh, aciaga fortuna la mía!- sonó el teléfono con su horrísono
pitupuí pitupuí pitupuí.

Era Olga. Jamás este cabeza de chorlito hubiera podido esperar que precisamente fuera Olga -¡la gran Olga!- quien marcara su número, y es lógico suponerlo así porque hasta que me ha llamado no tenía ni idea de su existencia. La buena de Olga, ni más ni menos. La ingenua Olga, con su acento andaluz bajo y con su notable falta de experiencia. Pobre Olga, quien a pesar de la juventud que transmitía su voz hubo de marcar mi número de teléfono en funesta hora.

Me imagino a Olga madrugando en aquel aciago miércoles, poniéndose guapa para asistir -presumo que es muy coqueta- al que podría ser su primer día de trabajo. La veo frente al espejo, mirándose y remirándose en busca del menor defecto, ilusionada ante la expectativa de su flamante labor como vendedora de seguros por teléfono, y feliz, sobre todo feliz por tener la oportunidad de ganarse el pan en estos tiempos lóbregos de paro y controladores aéreos con muy poca vergüenza.

Pero oh, Olga, querida Olga, ingenua Olga, inocente Olga... ninguna señal del destino te advirtió contra mí; los hados se mostraron miserables y la columna de astrología que leíste en el periódico mientras bebías un café ardiente en ese bar de borrachos trasnochadores te mintió una vez más ("Hoy vas a conocer a alguien chuli, pero para chuli ya estás tú, que eres tan chuli que te crees estas pamplinas zodiacales", o algo así vaticinarían para tu signo). Qué bien empezaste la jornada, querida Olga, con cuánta confianza la desarrollabas, cara Olga... Hasta que el azar, cruel e ignominioso, te llevó a marcar mi número de teléfono. Y entonces se desató la ira de Leónidas Kowalski de Arimatea. (Y da gracias, bisoña Olguita, de haberme pillado sobrio, que si no...)

-¡Buenos días! ¿Es usted el señor de la casa? - La pregunta, además de parecerme sumamente machista, me sonó a grave intromisión en mis relaciones familiares, lo cual no me predispuso a favor de la personita que así se presentaba. Tentado estuve de responderle que en mi casa no hay más señor que mi gato Gusifluky, pero era pronto para tocarle los ovarios a esa chica y opté por darle un poco de carrete.

-Sí, dígame.

-Encantada de saludarlo -hay algunas que se encantan con muy poco-. Me llamo Olga. ¿Le interesaría un seguro de vida? Verá, en XXX tenemos un plan de seguros que...

Olga, la directa Olga, la dicharachera Olga, siguió hablando, pero yo no la escuchaba, dubitativo como estaba entre colgar el teléfono sin ceremonias o aprovechar la ocasión para pasar un rato divertido a su costa. Opté por lo segundo, y así es como Olga (y más tarde Mari Ángeles, pero no adelantemos acontecimientos) perdió parte de su tiempo por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y además me dio razones para escribir algo en esta bitácora, lo que no es poco en estos tiempos de controladores aéreos desvergonzados y de mujeres militares hipersensibles. (Mwajajajajaja... Ains, chiste interno).

-¿Hacen seguros de vida para gatos? -pregunté aparentando el mayor interés.

-¡Claro, claro, hacemos seguros de cualquier clase! -exclamó orgullosa la pequeña Olga, creo que sin acabar de entender mi pregunta.

-¡Cielos, es sorprendente! - respondí yo con auténtica sorpresa.

-Tenemos un seguro -continuó la encantadora Olga- que cubre todos los gastos en caso de que su gato ataque a alguien y haiga que hacer frente a...

-¡Que no, que yo no quiero eso, puñetas!- interrumpí a la iletrada Olga, algo molesto por la gratuita y absurda suposición de que Gusifluky pudiese atacar a alguien. ¿Por quién había tomado esa bruja a mi lindo e inofensivo gatito? ¿Acaso se creía que era un perro cualquiera?- Lo que yo quiero es un seguro de vida del gato, o sea, que si mi gato se muere yo tenga un sustento, porque yo vivo del gato, ¿sabe usted?

Transcurrieron largos segundos de silencio durante los cuales casi podía oír los pensamientos de Olga ("este tío está majareta") e incluso me parecía verla (bizqueando los ojos e intentando alcanzarse la punta de la nariz con la lengua).

-Perdón, es que no lo entiendo -dijo al fin la pájara.

-Pues está bien claro, señorita - añadí didáctico-. Igual que hay hombres, padres de familia con buenos ingresos, que se hacen seguros de vida para que no les falte nada a sus niños y a sus esposas en el caso de que ellos fallezcan, yo quiero que mi gato tenga un seguro para que cuando se muera a mí no me falte de nada.

De nuevo pasaron varios segundos de espeso silencio, pero esta vez no me imaginé a Olga; bastante esfuerzo me suponía aguantarme la ganas de soltar una carcajada. Finalmente volvió a hablar mi querida Olga:

-Tengo que consultarlo con mi jefa. Lo llamo en cuanto sepa algo.

-Oh, por favor, hágalo a la mayor brevedad posible -dije con tono de súplica.

-¿Su nombre, caballero?

-Leónidas.

Luego me fui a la piltra otra vez, dispuesto a echar mano de mi libro y constatando que ya nada sería lo mismo, porque Gusifluky estaba sobre la cómoda lamiéndose el pene, señal inequívoca de que su tiempo de estar ronroneando en la cama había concluido. Tampoco le di mucha importancia, porque lo que yo quería era leer esas cochinadas sobre canibalismo, y a ello me entregué, con mi pijama color corinto, etc... Mientras tanto perfeccioné detalles de mi fábula para el improbable caso de que me volvieran a llamar de XXX. En eso estaba cuando... pitipuí pitipuí pitipuí.

-¿Sí?

-Hola, soy la de XXX, mire, que...

-¡Olga, qué alegría escucharte! Dime, dime. Y tutéame, anda, que ya somos como de la familia.

-Bueno. No hay problema. Verás, es que lo que tú necesitas es un seguro para animal de trabajo, y tenemos nuestros precios para eso que son muy ventajosos y...

-¡NOOO! -proferí furibundamente a matutina hora en la que no es sospechable encontrarse furibundeces ningunas-. Me parece muy despectivo eso de "animal de trabajo". Mi gato no es un jumento, ¿entiendes?

De nuevo el silencio, los ojos bizqueantes, las bocas abiertas y todas esas cosas que expresan sorpresa suprema o idiotez mediana.

-Espera, te paso con mi jefa -dijo Olga, la derrotada Olga, al cabo de un rato.

-Buenos días, don Leónidas. Soy Mari Ángeles.

-Hola, Mari Ángeles. Un placer -dije yo, más que nada porque cualquier otra cosa que hubiera dicho resultaría grosera.

-Me ha contado mi compañera que necesita un seguro para su gato. Pues bien, nosotras tenemos un cliente que tiene caballos, y los tiene asegurados porque...

-¡Mi caso es diferente! -me apresuré a aclarar- Yo dejé mi trabajo para vivir de la obra de mi gato, porque mi gato es artista, él pinta, ¿sabe? Y si él fallece yo me veo en la calle.

Otra vez el silencio espeso como natillas.

-Perdone, es que no lo he entendido- dijo Mari Ángeles.

-Pues que mi gato es artista. Yo le mojo las patas en pintura y luego lo hago andar sobre un lienzo. Todas sus obras pictóricas se llaman Zarpas, por razones obvias. Zarpas 1, Zarpas 2, Zarpas 3, y así sucesivamente.

-Ah, muy bien -decía aquella mala mujer a la que las posibilidades artísticas de Gusifluky le importaban un carajo y cuyo único fin vital era venderme un seguro -. Pues en XXX tenemos un plan de ahorro y seguro de vida que...

Bah, lo cierto es que los vendedores de seguros son muy aburridos. Y yo también.


martes, 14 de diciembre de 2010

El patio de MI casa es PARTICULAR... ¡chocolaaate, moliniiillo!


Efectuadas las correcciones que el autor de esta bitácora ha considerado oportunas, DCC emprende una nueva travesía en la que no se hablará de ciertas situaciones. Palabrita del Niño Jesús.

Y para celebrar este nuevo derrotero nada mejor que una canción infantil, tal como merecen algunos lectores accidentales y determinados chivatos vocacionales:



"...que si tú no me quieres, otra niña me querrá. ¡Chocolaaate, moliniiillo...!" Mwajajaja, me encanta.


miércoles, 1 de diciembre de 2010

Yo es que me indigno, me indigno...


Hoy me han pasado dos cosas curiosas en relación con esta bendita bitácora. De la primera cosita no hablaré por ahora porque estoy a la espera de una conversación con la parte ofendida -¿ofendida por qué?-; de la segunda sí que puedo hablar, y me van a permitir que lo haga desde mi inconmensurable indignación. Oh, amigos lectores, es que estoy tan indignado...

Aquí ya se ha hablado alguna vez de lo importante que es mantener el sentido del humor contra viento y marea, porque la vida, con sus jueguecitos tan tétricos a veces, ya se encarga de meternos cañas astilladas de bambú por salva sea la parte (por el culo, vamos), nos guste más o nos guste menos. Por eso es lamentable que muchas personas pongan el grito en el cielo, se rasguen las vestiduras y se mesen los cabellos por un quítame allá esas pajas, como si no tuvieran verdaderos problemas a los que enfrentarse. Quizá sea falta de comprensión lectora o sea falta de humor, pero manda huevos que haya quien se ofende por mis cuentos (¡y hasta por mis comentarios, como ha ocurrido recientemente en otro lugar!). Pero ahora hablemos de uno de mis cuentos, porque yo, como Umbral, ¡vengo aquí a hablar de mi libro!:

Hace dos años el mundo de las letras se enriquecía con un breve cuento titulado Amalia, la parapléjica que me dio pena. Cuando vomité semejante astracanada no esperaba hacer amigos, como sabrá cualquiera que haya leído el cuentecito de marras. Lo que tampoco podía esperarme entonces -¡por Belcebú que no me lo esperaba!- es que dos años más tarde un foro dedicado a la lesión de médula espinar me pusiera a parir. Lean, lean...

¿Y qué les digo yo ahora a estos seres rodantes? En realidad hay mucho que decir y es difícil hacerlo sin caer en sensiblerías o en la compasión. Podría hablarles de teclados mojados por lágrimas, de puñetazos rabiosos contra paredes, de mi amante con espina bífida, del pánico a estar como ellos, de fantasías suicidas al imaginarme en su situación... Podría hablarles de todo eso y sería verdad, pero también podría hablarles de humor irreverente, del gusto por escribir y de las perversas historias que sin quererlo salen cuando se escribe lleno de rabia, de ira y de injusticia, y también sería verdad cuanto pudiera decir sobre eso. Así que, ¿cómo responder a las duras palabras que han vertido contra este escribidor?

A mí lo que me hubiera gustado es que en lugar de centrarse en ese cruel cuento hubieran visto esto otro: Gracias, picha, y ¡Ey, picha! Permíteme decirte... Quizá entonces no estarían pidiendo mi cabeza en una pica.

Estoy tan indignado por culpa de ese Leónidas no sé qué... Ainsss, qué disgusto tan gordo.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Los cretinos se han... perdón, empiezo: Los creyentes se han librado del demonio (por enésima vez), ¡albricias!


El actor Michael Brea era famoso en su puta casa y admirado por su
madre, hasta que el pasado día 22 se cargó, espada mediante, a su principal admiradora. Sin embargo afirma el infeliz que no le ha hecho pupita alguna a su mamá, pues a quien ha matado ha sido al diablo que ella llevaba dentro. Tócate la flor, María del Amor.



Declara este alienado, con esas aseveraciones confusas e incoherentes que son propias de las personas dadas a creencias mágicas o que son enfermas mentales -a veces cuesta distinguir ambas circunstancias-, que dios se le presentó y le anunció su muerte inminente para ese mismo día, pero que fue otro día posterior cuando oyó a su madre hablarle con la voz del demonio (supongo que reconoció la inconfundible voz del demonio por haberla oído innumerables veces en los 40 Principales, digo yo).

El caso es que el colega, quien a tenor de la noticia creía en espadas mágicas, hechizos de magia negra llevados a cabo con pollos cocidos y en un dios de inconcreta mitología, decidió hacer lonchas a su señora madre con la espada mágica apelando a un indefinido dios de los muchos que han sido y ante esos pollos a medio cocer. En fin, más de lo de siempre.



La familia superviviente del parricida no ha dudado en echarle un cable apiadándose de su probable esquizofrenia: "Todos los que han tenido contacto con Michael saben que él es compasivo, gentil, inteligente, espiritual, y cariñoso", han dicho en un comunicado público. Loable, muy loable muestra de generosidad, pero...

Yo, cabeza de chorlito como soy, tengo mis dudas acerca de la inteligencia que los familiares atribuyen a un tipo creyente en magias; una persona en verdad inteligente tiende a alejarse de cualquier forma de pensamiento irracional, creo yo. Pero no me hagan mucho caso y permitan que insista en recordarles que soy un cabeza de chorlito (y si quieren me pueden decir eso de "claro, claro, qué fácil es hablar de racionalidad cuando no se es esquizofrénico").

Lo que sí tengo claro es que entre los intencionadamente elogiosos calificativos con los que los familiares adornan al señor Brea hay uno que me chirría, y al que culpo en gran medida (esquizofrenias aparte) de la muerte de su madre y de millones de otras muertes. Adivinan a cuál me refiero, ¿a que sí?

jueves, 25 de noviembre de 2010

Cómeme la polla, Benedicto.


Yo antes creía en Dios. En uno cualquiera, vamos. Creo recordar que el dios en el que yo creía tenía un difuso aspecto de dios cristiano, pero eso fue una coyuntura cultural de mi tiempo y mi lugar. De haber nacido en Afganistán probablemente hubiera creído en un dios islamista, y de haber nacido en la Grecia de hace veinticinco siglos probablemente hubiera creído en los múltiples y olímpicos dioses jerarquizados.

O quizá no. Quizá no me creería un carajo de ninguna de esas tonterías contrarias al pensamiento crítico y a los datos que la más humilde observación de la naturaleza nos ofrece. Sin embargo, aun no creyendo las bobadas cruelmente manipuladoras de las religiones, bien posible es que me hubiera callado, que cobardemente hubiera silenciado mis convicciones o mis sospechas para salvar la vida. No debe olvidarse que aún hoy hay lugares donde se mata por el delito de no creer en el dios oficialmente elegido; que sigue existiendo gentuza deseosa de matar a quien no comparta sus mitos.

Yo antes creía en un dios, en uno cualquiera. Era un niño y me habían adiestrado para creer eso, sabrán disculparme. Yo antes creía en un dios como creía que las mujeres son seres angelicales y que los soldados estamos siempre al servicio de nobles razones. Yo antes creía en un dios, leía libros de J. J. Benítez y soñaba con que mi mundo negro podría volverse rosa. Era un niño y era ingenuo, compréndanme.

Ahora que ese mundo negro de mi infancia se ha vuelto de un agradable gris claro, tirando a blanco, me doy cuenta de que los dioses -¡cualesquiera!- ni existen ni deben existir. Ya es bastante chunga la vida como para que esas entelequias nos la jodan aún más con sus caprichos que en verdad solo obedecen a los oscuros deseos de unas personas dominadas por enfermizas mentes. La absurda hipótesis de la existencia de un dios es solamente la excusa para crear una religión, y las religiones son solamente la excusa para que hagas lo que un sádico quiere que hagas.

Pues ahí tenemos al amigo Benedicto (léase el último párrafo del enlace)
, el Gran Jefe de los Católicos, afirmando que la convivencia de su creencia mágica con la otra creencia mágica llamada Islam está difícil, pero que el esfuerzo merece la pena cuando se trata de combatir unidos a quienes no profesamos religión alguna. Y yo aquí tan tranquilo hasta ahora, sin saber que esos humanos irracionales me habían declarado la guerra y que hasta establecen insospechadas alianzas para luchar contra el enemigo común: yo. Ya ven que sigo siendo un ingenuo.

Pero no. Ya basta de quedarme a verlas venir. Puesto que esos animales me han declarado la guerra me siento moralmente autorizado para salir ahora mismo a quemar iglesias, degollar curas y violar monjas. Bueno, lo de las monjas me lo pensaré, que son todas muy feas (si fueran guapas serían putas y no monjas, obviamente).

Tranquilo, Benedicto, que estoy de coña. La Guerra Santa es cosa de los fanáticos como tú, y lo que es este menda no tiene intención de hacerle pupita a nadie por no compartir su ateísmo. Esta actitud mía se podría llamar de diferentes maneras según le apliquemos un criterio filosófico o religioso, pero ¿sabes, Benedicto?, estoy casi seguro de cómo la llamas tú: ventaja.

viernes, 19 de noviembre de 2010

¡Esos hombres malvados!


Me lo han contado de buena tinta y me lo creo, aunque no puedo demostrar que sea cierto (eso lo dejo al criterio del lector):

Hace unos poquitos años. Comisaría del Puerto de Santa María (Cádiz). Lunes, 8:05 A.M. Una señora muy enojada está poniendo una denuncia contra su ex marido por incumplimiento de la custodia compartida.

Señora: (...) ¡Y ya ve usted la hora que es y ese golfo sin devolverme a la niña!

Agente de policía: Vamos a ver si yo me aclaro, señora. Según la orden judicial su ex esposo debería haberle entregado la niña a las ocho de la mañana...

Señora: ¡Sí, y ya ve usted!

Agente de policía: Pero señora, es que son las ocho y cinco.

Señora: ¡Sí! ¿Ve como va con retraso ese irresponsable?

Agente de policía: Señora, vamos a ver, ¿no me ha dicho usted que vive en XXXXXXXX?

Señora: Allí vivo de toda la vida.

Agente de policía: Pues nosotros tardamos diez minutos en llegar desde aquí hasta su barrio, y eso si vamos con las luces de emergencia. Ya me explicará cómo es posible que usted esté aquí a las ocho y cinco...

Mientras la buena y veloz señora se intenta justificar entra en la oficina de denuncias un segundo policía.

Agente de policía 2: ¿Es usted doña XXXXXXX?

Señora: Sí, yo soy.

Agente de policía 2: ¿Su ex marido es don ZZZZZZZZ?

Señora: ¡No me nombre a ese malnacido!

Agente de policía 2: Bueno, es que el malnacido acaba de llamar a la comisaría preguntando por usted. Dice que se deje de tonterías y vaya inmediatamente a recoger a la niña, que lleva media hora esperándola en la puerta.

Y la señora se fue a recoger a su hija, sin que nadie le pusiera un par de grilletes ni la multara por denunciar en falso.

Sin comentarios.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Pulsé una tecla y premiáronme esos bobos


El título de esta entrada es lo que algunos llaman un microcuento. Se trata de una simple frase de siete míseras palabras que, ciertamente, transmite un mensaje. Hasta ahí solamente puedo objetar que me parece una pedantísima gilipollez llamar "microcuento" a lo que por todos es conocido como una puta frase de mierda. Sin embargo para ciertos cantamañanas la frasecita huérfana constituye una extraordinaria muestra de talento literario, de arte breve, de minimalismo llevado a las letras. ¡Andad y que os jodan, farsantes! Según esa idea del minimalismo literario hay niños menores de un año que son excelentes artistas: "¡mamá, tengo caca!" (tres palabras y un mensaje complejo entre el gusto por poseer [tengo] y el placer escatológico [caca]); ¡Quiero teta! (dos palabras, récord absoluto y genialidad sin igual si tenemos en cuenta la ambigüedad erótico-alimenticia-incestuosa del profundo mensaje).

¿Alguien puede tomarse en serio estas tonterías pseudoartísticas? Pues sí, hay quien lo hace. Por eso es tan famoso -lamentablemente- aquel "microcuento" de Augusto Monterroso titulado El Dinosaurio:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

¡Oh, qué bella historia, y cuántas indescriptibles emociones me provoca su lectura! Sólo un defecto le veo: yo hubiera ahorrado una palabra diciendo: "Cuando despertó, el dinosaurio seguía allí". Menuda tontería. Y sin embargo esa tontuna de siete palabras es para algunos una muestra de genialidad. Manda huevos. Más mérito tiene la archifamosa frase, también de siete palabras, "dábale arroz a la zorra el abad", que por lo menos es un palíndromo.

Invito a los tres lectores de esta bitácora a dejar en los comentarios su microcuento, sin pasarse de siete palabras, como Monterroso. Empiezo yo mismo con tres "historias" (cuya simpleza no pretende pasar por excelencia, porque yo no tengo la cara tan dura como don Augusto Monterroso):

El Afortunado Superviviente

Gasté la última bala y siguió corriendo.


La Virgen

Tembló enternecedoramente cuando me saqué la chorra.


El Fundamentalista

Al leer la Biblia dejó de pensar.


Adelante, espero otros microcuentos de siete palabras, ni una más ni una menos, a lo Monterroso.


lunes, 15 de noviembre de 2010

Paintball para Bibi


En cuanto vi el vídeo que tan generosamente comparto aquí me pregunté qué pensaría de él mi amiga Bibi. Me imagino su reacción y me mondo. En fin, juzgad vosotros (y vosotras también, venga).


viernes, 12 de noviembre de 2010

Disparos, sangre y telequinesis


A mis treinta y cinco años, con una vida más sedentaria de lo que debiera, comiendo más carne que otra cosa, bebiendo como un cosaco y fumando como un carretero, acumulo papeletas para la Gran Rifa de la Muerte Temprana (¡no se la pierdan, señores, y procuren asistir con sus hijos y esposas!). Pero además hago trampa y obtengo papeletas extras jugando a F.E.A.R. 2, Project Origin.

Hace ya más de tres años (mierda, si parece que fue la semana pasada) contaba por aquí que me lo paso en grande con los juegos FPS (first person shooter, creo), esos de tirador en primera persona, ya saben: uno ve en primer plano del monitor las dos manitas sosteniendo una escopetilla (o una pistolica, o una metralleta, o un bazoca, o como se llamen esos chismes), y más allá se muestra un escenario lleno de gente mala a la que hay que acribillar a tiros. Es una actividad así como relajante y placentera. Yo suelo imaginarme que disparo a futbolistas, a banqueros, a constructores, a políticos corruptos y a putas, aunque nada impide imaginar que se dispara, por ejemplo, a (ponga el lector lo que prefiera en la línea de puntos): ................................................................................................................................................................. Bueno, vale, dejo más espacio por si el lector es especialmente misántropo, enga: ................................................................................................................................................... Ea, ya está bien, no sea que acabe incluyéndome a mí también ese jodido lector psicópata.

El caso es que, aunque estos juegos son generalmente muy salutíferos y nunca he comprendido por qué no los venden en las farmacias (imaginemos a ese señor estresado que llega a las tres de la madrugada a la farmacia de guardia: "¡Por favor, un FPS de tres gigas, rápido!", "¿Lo prefiere vía PC, vía Playstation, vía Xbox...?", "Oiga, por mí como si es para Iphone, pero que tenga mucha sangre, se lo ruego")... Vaya, ya he perdido el hilo de lo que iba a decir. Ah, sí, que aunque normalmente estos juegos son cosa buena para la salud, hay excepciones. Tal es el caso de F.E.A.R., con el que estuve al borde del infarto hace tres o cuatro años, y que recomiendo a cualquier tiparraco al que le vayan los tiros, la sangre, la violencia, y las paranormalidades:



sábado, 6 de noviembre de 2010

Pobre niña guapa y desatendida


Hay cerca de donde vivo un barrio de esos que llaman marginales. Casi todas las tardes, cuando voy a casa de mi novia, paso por allí y suelo encontrarme con una niña guapa y sucia que siempre está sola en la calle. Le calculo once añitos y seis o siete moratones en los brazos; en las marcas que esconderá su ropita manchada no quiero ni pensar.

Alguien debería ocuparse de esa niña.

Ya nos reconocemos -ella me sonríe con timidez y yo le hago un guiño-, pero jamás hemos intercambiado una sola palabra. La veo vestir la misma ropa durante semanas enteras, y sus uñas largas y negras apuntan a una oscura existencia de desatención higiénica y abandono paterno.

Alguien debería ocuparse de esa niña.

Tiene mi joven y anónima conocida los ojos grandes y castaños, el pelo negro y enmarañado, la piel morena y sucia, el mirar triste y resignado. Es una adorable gitanilla flaca, desnutrida, con un aciago futuro de palizas y embarazos precoces.

Alguien debería ocuparse de esa niña.

Me ha contado mi novia que el padre de la niña está en la cárcel, y que la madre se prostituía en su propia casa hasta hace poco, dejando a su hija en la calle a horas intempestivas hasta que se marchaba el cliente con el que estuviera ocupada. Ahora la madre ya no ejerce de meretriz barata porque ha perdido la escasa belleza que le quedaba, y se dedica al tráfico de drogas al menudeo.

Alguien debería ocuparse de esa niña.

Hay días en los que, al cruzarme un momento con la niña sucia, siento ganas de secuestrarla. La cogería de la mano, le diría "acompáñame", y la llevaría a mi casa. La lavaría, le pondría un buen plato de comida, le compraría ropa bonita...

Alguien debería ocuparse de esa niña.

Quisiera hacer de ella una señorita respetable, educada, y feliz. Luego me gustaría violarla -¡oh, qué placer reventar ese chochito impúber!-, y después gozaría estrangulándola -¡qué bella visión la de su carita amoratada!-, y a continuación sodomizaría el cadáver aún tibio -¡exquisitez sin parangón eyacular en el ano de ese inocente cuerpo inerte!-. Y finalmente me comería su tierna carne cocida, aunque dejaría una parte, por supuesto, para mi gato.

Alguien debería ocuparse de esa niña.

martes, 26 de octubre de 2010

Por alguna retorcida asociación de ideas...


...me he acordado hoy de Marta. Ella y yo nos besamos apasionadamente durante unos minutos en una noche gaditana de hace varios años. Y me gusta recordarla, porque pocas personas me han enseñado tanto en tan poco tiempo.

Marta, con sus pícaros ojos verdes y aquellos hoyuelos en los extremos de su sonrisa, me enseñó a comprender unas circunstancias personales anómalas. Me hizo, creo, mejor persona, y tengo pendiente con ella una deuda que no podré ni sabré pagar. Marta, en apenas unas horas de franca e íntima conversación, engrandeció para mí palabras como "tolerancia", "respeto" y "comprensión". Ella de eso sabe mucho, porque pocas veces fue comprendida, raramente tolerada y casi nunca respetada.

Marta me habló de psiquiatras y de laberintos burocráticos. De pervertidos amantes abusadores y de falsos amigos. De trabajos realizados lejos de sus vecinos y de puestos laborales en los que nunca sería admitida. De prejuicios ajenos y de su inocente sexualidad.

Marta me habló también, con inusual sinceridad, de sexo prohibido según costumbres, y de sexo maldito según algunos, y de generales conductas hipócritas respecto al sexo. Muy a su pesar ella también sabía mucho de todo eso.

Antes de despedirnos quise besar a Marta, y lo quise hacer con uno de esos besos largos, lascivos, golfos, que son más un acto sexual que un gesto de cariño; más cópula que despedida. Ella respondió generosamente, y se lo agradezco.

Marta tenía pene.

Marta era más femenina que la mayoría de mujeres vaginadas que he conocido.

Marta era tan hombre como yo soy mujer.

Ahora pueden ir por ahí diciendo que Leo Kowalski se enrolló con un tío; demuéstrenme su ignorancia, que lo estoy deseando para tener tema al que hincar el diente en esta bitácora.

Y la verdad es que a mí me van las mujeres... ¡por eso quise besar a Marta!


(¿Me estoy volviendo demasiado repetitivo?)

Vivir con Gusifluky


Hace casi tres años -¡
tempus fugit, pardiez!- publicaba una entradita humorística sobre cómo es vivir con un gato: A solas con el cucho, la llamé (léanla y dejen de masturbarse durante unos minutos). Pues bien, hace poco mi estimada Loreto -¡hola, Loreto, ¿qué tal?- me recordó los vídeos con los que Simon, un artista amante de los gatos, ilustra su convivencia con uno de ellos que ya es archifamoso en la Red.

Hoy me apetecía de nuevo hablar de lo divertida y sorprendente que puede ser la convivencia con un
felis catus, pero no me voy a molestar en teclear más de lo necesario, porque Simon la describe muy bien en sus vídeos de animación, vídeos que a pesar de su brevedad y de su humor están repletos de detalles realistas que el gatófilo sabrá reconocer, y en los que sabrá reconocer a su propio gato. Yo desde luego me siento identificado con el personaje humano de esas animaciones, y naturalmente veo a mi gato Gusifluky en cada fotograma. Con todos ustedes, ¡el gato de Simon!:





domingo, 24 de octubre de 2010

Síndrome de Stendhal


Me ocurre pocas veces, tal vez en dos o tres ocasiones al año. Hoy ha sido una de ellas.

Soy muy cicatero evaluando la belleza física de las mujeres; nada que ver con esos tipos que ponen los ojos en blanco ante cualquier hembra más o menos resultona. Pocas mujeres son las que yo puntuaría con una nota superior al 5 en una escala de 1 a 10, y nunca he visto un 10 (si algún día lo veo me moriré de puro placer estético).

Pero hoy he visto un 9´75, y aún tiemblo al escribir esto.

No voy a describir a la deidad porque, por muy bien que lo hiciera, no podría hacer justicia a tanta belleza. Sí diré que debe de tener una edad situada entre los treinta y cinco y los cuarenta años, y que cuando ha entrado en el local donde yo estaba se me ha acelerado el pulso instantáneamente nada más verla. Después, cuando se ha colocado frente a mí, he tenido que usar toda mi fuerza de voluntad, que no es mucha, para no mirarla, porque no quería que me confundiera con cualquier otro baboso. A pesar de todo nuestras miradas se han cruzado en algún momento, ¡y me he mareado, maldita sea, me he mareado!

Me imaginaba siendo yo el camarero que debía servirle el café, y me veía derramándolo; me imaginaba intentando hacer el amor con ella, y me veía dando un gatillazo, incapaz de alcanzar una cotidiana erección ante tanta belleza -¿cómo osar levantar impúdica e irreverentemente mi miembro, cuando todo mi ser exige postración bajo esa diosa?-; me imaginaba teniéndola por novia, presentándola a mi familia, y veía a mis familiares advirtiéndome protectoramente que ese noviazgo no duraría mucho; me imaginaba llevándola como mi pareja a una celebración profesional, y veía una revolución cuartelera...

Y mientras imaginaba todo esto nuestras miradas se cruzaban fugacísimas alguna vez. "Vete, vete ya, acaba esta tortura", deseaba yo luchando por que no volvieran a cruzarse nuestras miradas.

Pero no se iba, la muy maldita. Así que, en busca de alivio, necesitando escribir esto, me fui yo.

Y en cuanto acabe de escribir volveré a ese lugar que tengo a un minuto desde que echo la llave de mi casa. Ojalá ya no esté ahí el 9´75 cuando vuelva.

La belleza extrema es destructiva.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Coronel Russell Williams, el grandísimo hijo de puta que dejó en mantillas a mi perversa imaginación

Que sí, coleguita, que sí, que eres muy guay, pero baja ya la manita.

Lo que son las cosas. El 20 de febrero del año en curso publiqué en este blog la primera parte de un cuento titulado Los diversos suicidios del teniente Núñez, y poco después, el día 28, publiqué la cuarta parte, donde se dice acerca del perfecto y prometedor teniente:

"[...] con su gesto imperturbable de machote... cuando de repente se le cae el pantalón y quedan a la vista unas robustas piernas cubiertas con medias y ligueros de encaje, ¡por no hablar de las bragas rosas de lencería fina!"

Pues hete aquí que ahora, ocho meses después, el mundo ha conocido a un espécimen de brillante militar, el coronel canadiense Russell Williams, que comparte con mi ficticio teniente Núñez el fetichismo por la ropa interior femenina. Hasta aquí Leónidas 1 - Realidad 1. Sin embargo el coronel Russell Williams fue mucho más allá de lo que fue mi desgraciado personaje, como ya sabrán todos ustedes (y si no lo saben aquí lo tienen), ergo Leónidas 1 - Realidad 10 (por lo menos).



Este "asuntillo" del coronel Russell Williams supera de largo al otro "asuntillo" protagonizado recientemente por un teniente coronel español (y del que curiosamente solo se hizo eco la prensa local -¿por qué?-); pero uno y otro "asuntillos" me tocan especialmente las pelotas. A mí estos "asuntillos" de jerarcas militares me duelen, porque escogí la profesión militar creyendo aquello que decía el Soldado Lope de Vega :

Este ejército que ves
vago al yelo y al calor,
la república mejor
y más política es
del mundo, en que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda,
sino por la que el adquiere;
porque aquí a la sangre excede
el lugar que uno se hace
y sin mirar cómo nace
se mira como procede.

Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mejor cualidad
que el más galán y lucido;
porque aquí a lo que sospecho
no adorna el vestido el pecho
que el pecho adorna al vestido.

Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás
tratando de ser lo más
y de aparentar lo menos.

Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser
es ni pedir ni rehusar.

Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.

Y me sigo esforzando por creer en las palabras de Lope a pesar de todas las traiciones que, sin tener que remitirme a noticias escandalosas, he sufrido por parte de mis jefes. A pesar de los pesares, aquí como me ven, tan irreverente y tan rebelde a veces, resulta que quiero a mis jefes, y mis jefes son todos los oficiales y suboficiales de países con los que España forme alianza. Por eso lo del coronel canadiense me jode hasta no saben dónde. Y por eso con él, si en mi mano estuviera, sería más duro que con cualquier otro; porque me inculcaron que mis jefes militares son lo mejor que puedo tener como jefe, y esto es una doble traición: me han traicionado como ciudadano, y me han traicionado como soldado.

viernes, 15 de octubre de 2010

El ejemplo de Buddy


El gran Budd durante su mundialmente famosa interpretación

Lo he descubierto yo solito. Ya sé cuál es el mal de muchos de nuestros benditos políticos: no tienen afición por la música. Sí, chorlitianos lectores, entre los políticos no abunda la sensibilidad artística.

Otro gallo cantaría si nuestros prebostes, al ser pillados en sus robos, prevaricaciones, cohechos y chanchullos varios, siguieran el ejemplo de Budd Dwyer, quien fue político estadounidense pero alcanzó la inmortal gloria por su famoso solo de trombón durante un memorable espectáculo el 22 de enero de 1987. Resumo la historia:

El señor Budd Dwyer fue acusado de aceptar un soborno. Se declaró inocente. Le propusieron una condena de cinco años de cárcel si se declaraba culpable y ayudaba en la investigación. Se negó, con lo cual se enfrentaba a una multa gorda y a cincuenta y cinco añitos a la sombra. Entonces el colega convocó una rueda de prensa, y ante los periodistas y algunos de sus colaboradores sacó de un sobre un trombón (sí, ya sé que parece raro eso de llevar semejante instrumento metido en un sobre, pero así fue la cosa), luego advirtió a los atónitos concurrentes que lo que iba a pasar a continuación podía ser desagradable y que se estuvieran quietecitos para que el trombón no les hiciera daño (se conoce que no tenía mucha fe en sus habilidades como trombonista). Acto seguido el señor Dwyer hizo sonar su trombón con tan celestial sonido que conmovió profundamente a todos los presentes. Fin.

Lo mejor es ver el vídeo:



Yo creo que en España más de uno y más de dos deberían seguir el ejemplo de don Budd, ya sea con trombón, flauta travesera o pandereta; pero seguirlo, coño, seguirlo.

(Más detalles sobre Budd Dwyer).

jueves, 14 de octubre de 2010

Lucía y el soldado que miraba hacia el cielo


La guerra ya tenía un origen inmemorial el día que ellos la descubrieron.

Miraban a todas partes, aturdidos por el caótico ajetreo de los cientos de soldados de retaguardia, pero también por la animal voluptuosidad de sentir otra vez el aire fresco acariciar sus desnudos brazos de impúberes muchachitos, porque vestían uniformes veraniegos de manga corta. El que más, habría gozado de esa sensación quizá unas diez veces en su vida, y siempre por breves períodos de tregua que nunca superaban unas pocas horas.

Pero esta vez era distinto, porque habían burlado la vigilancia de los tutores y quebrantado la severa disciplina de los monitores, y porque no había tregua. Se habían fugado de la ciudad subterránea, del inmenso refugio donde se habían criado. Formaban apenas una docena de preadolescentes, decididos y soñadores. No eran muy inteligentes ni muy tontos. Tampoco eran muy valientes ni muy cobardes, si es que se puede hablar de valor o cobardía entre niños. No, digamos mejor que no eran muy atrevidos ni muy miedosos.

El incesante tableteo de las lejanas ametralladoras llegaba a sus oídos tachonado por explosiones: tatatatatata... PUM... tatatatata... PUM... tatatatatatatatatatatatata... PUM... tatata... PUM... tatatatata...

-¿Estará muy lejos? -preguntó uno de ellos.

-No, está cerca, porque la podemos oír -respondió otro.

-¡Mirad, me quito las gafas y no pasa nada! -exclamó un tercero con pueril entusiasmo.

Unos de golpe y otros con cautela todos se desprendieron de las gafas de sol. En sus largos y laboriosos planes de fuga habían previsto que el contraste entre la lóbrega penumbra del refugio y la luminosidad de la superficie heriría sus inadaptados ojos, sus casi atrofiadas pupilas; pero el día que se presentaba ante ellos era gris y con nubes tan cerradas que hubiera sido imposible determinar en qué parte del cielo, tras aquel colchón de plúmbeas nubes, se encontraba el Sol. Una llovizna tenue pero pertinaz había convertido en fango toda la tierra que podían ver y mojaba sus uniformes azules de cadetes haciéndolos casi negros. Ahora, después de tanto tiempo organizando la escapada, ninguno de los niños se decidía por una dirección, y el grupo permanecía en pie, mirando alrededor junto a la salida número 17 de la ciudad subterránea. Una infundada esperanza los convenció de que cuando salieran al exterior se encontrarían kilómetros y kilómetros de tierra yerma y deshabitada; no estaban preparados para lo que se encontraron; no habían podido imaginar ese maremágnum de soldados corriendo de un lado para otro, de vehículos blindados pugnando por salir de lodazales en los que se iban hundiendo más con cada intento por salir, de heridos agonizantes tumbados sobre camillas que eran desplazadas de un lugar a otro para que no estorbaran el tránsito de los soldados de refresco hacia el frente...

-Podemos preguntarle a ese hombre -sugirió con timidez la niña de pelo corto, que era el miembro más joven del grupo, a la vez que señalaba a un soldado que estaba boca arriba sobre una camilla de lona manchada de barro y sangre.

Nadie respondió a la niña y apenas sí repararon en el hombre herido que a unos metros de ellos miraba el cielo fijamente con su ojo izquierdo (el derecho estaba tapado con gasas y esparadrapo). Yacía el soldado inmóvil, cubierto hasta el pecho con una mugrienta sábana, ajeno al pequeño dedo índice que lo señalaba. Debía de ser un soldado muy veterano, de los que quedaban pocos, pues su aspecto representaba unos veintidós años, aunque puede que fuera algo menor y que la barba, rala pero de una semana por lo menos, contribuyera a envejecer su presencia.

-Los disparos vienen de allí -dijo uno de los chicos señalando al Norte.

-No, no. Escucha bien. Vienen de allá -respondió otro señalando al Este.

-Estáis equivocados -dijo un tercero apuntando al Oeste-. Se nota perfectamente que el ruido viene de esa parte.

-Pues a mí me parece que viene del Sur -opinó una muchacha.

La niña de pelo corto, mientras el resto del grupo discutía sin vehemencia la dirección que debían seguir, se acercó a la camilla del soldado que miraba al cielo con su único ojo. Con voz infantil (pero con decisión, tal como le habían enseñado que se habla a los soldados) preguntó al soldado yaciente:

-¿Por dónde se va a la guerra, señor?

Nadie le respondió, y a pesar de la lluvia el soldado mantenía la mirada clavada, sin parpadear, en el cielo nublado y gris. La niña sintió un escalofrío y se abrazó a sí misma teatralmente.

-Oiga, señor, queremos ir a la guerra. ¿Cuál es el camino? -insistió de nuevo la niña alzando la voz.

-¡Déjalo, Lucía, déjalo! ¿Es que no ves lo que le pasa? -gritó uno de los muchachos.

-¡Pero él ha estado allí; conoce el camino! -protestó la pequeña Luci.

La lluvia, persistente, lo mojaba todo, incluso el ojo abierto del soldado que miraba ciclópeamente hacia el cielo. Ahora todo el grupo de niños, indeciso y discrepante antes, observaba morboso y unánime la escena entre el soldado de la camilla y la impetuosa Lucía. Arreció la lluvia y lejanos relámpagos envolvieron fugazmente en brillo azul el mundo. La niña se estremeció sin dejar de mirar al hombre de la camilla.

-¡Conteste, soldado! ¿Cuál es el camino a la guerra?

-Hija, todo el que tomes te llevará a la guerra -respondió por sorpresa un sanitario mientras apartaba de un empujón despiadado a Lucía.

Después de esas prometedoras palabras el sanitario extendió la sábana para cubrir por completo el cadáver que miraba al cielo con su único ojo. La pequeña Lucía se estremeció otra vez.

No importa si los niños llegaron a encontrar el camino que los llevaría a su ansiada guerra. No importa si cambiaron de parecer y volvieron a entrar en la ciudad-refugio. En realidad tampoco importa que la guerra, después de aquel día, durara otros mil años más.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Gabriel Sala Calvet, embustero panfletista iluminado


Me dejé engañar por el prometedor título:
Panfleto contra la estupidez contemporánea (Gabriel Sala, 2007), e inicié su lectura hace un par de días creyendo que iba a encontrar algo interesante.

Pero no.

Supongo que cuando el señor Sala llamó así a su librito estaba pensando en la segunda acepción que propone el DRAE para el vocablo "panfleto" (opúsculo de carácter agresivo), pero le sienta mucho mejor la primera acepción: libelo difamatorio. En seguida explicaré por qué.

Reconozco que no he tenido el ánimo lo bastante templado para terminar la lectura de tan prescindibles páginas, pero con los párrafos que me he tragado es más que suficiente. Con el habitual estilo críptico de los conspiranoicos y aportando datos y cifras cuyas fuentes no cita don Gabriel Sala pretende someter al lector a un lavado de cerebro, aunque paradójicamente afirma querer lo contrario, es decir, despertar al lector y hacerle ver la verdad abominable de nuestra sociedad. Como este tipo lo pone bastante difícil para contrastar la información que presenta me he tenido que guiar por un pequeño detalle del que sí poseo abundante información de primera mano. Ese detalle me ha permitido comprobar que Sala es, cuando menos, un charlatán que habla sin documentarse lo más mínimo, y más probablemente un consciente embustero.

En la página 32 de su panfleto Gabriel Sala nos cuenta esta soberana y monstruosa mentira (la negrita es mía):

"La actual ubicuidad del entetanimiento permite que salgamos cada día a la calle y acompañemos a nuestros hijos al colegio sabiendo que parte de los impuestos que pagamos al Estado son utilizados para fabricar minas antipersonas, diseñadas con vivos colores que simulan juguetes con el específico propósito de mutilar los miembros de otros niños que no viven demasiado lejos de nosotros, objetivo que cumplen 26.000 veces al año".

Fue al llegar a ese absurdo y tremendo párrafo cuando decidí cerrar el libro. Sin embargo, un rato después me pareció adecuado darle otra oportunidad a Sala hojeando al azar otras páginas, y ya fuera por casualidad o porque este señor es un obseso me encontré de nuevo la misma gilipollez en la página 122:

"Con nuestros impuestos se fabrican bombas-trampa con aspecto de juguetes destinadas a atraer la atención de los niños con el fin de mutilarlos".

Y el tío se queda tan fresco después de soltar tamaña mentira, otra vez. Yo entiendo que este bocachancla nunca haya visto una mina, pero le hubiera bastado un minuto en internet para ver cientos de fotografías de muchísimos modelos de minas contrapersonal. A ver dónde cojones ve el colega los colores vivos y el aspecto de juguetes.

Que quede claro esto, y lo digo yo, que de otra cosa no, pero de munición militar sé un rato largo: Es rotundamente falso que las minas antipersona busquen mutilar niños (¿qué sentido puede tener eso?); es mentira que se fabriquen en colores vivos (son negras, verde oliva o de color arena, y lejos de llamar la atención se fabrican con colores precisamente para pasar desapercibidas); es un disparate decir que se fabriquen con aspecto de juguetes (aunque lamentablemente para un niño cualquier cosa puede parecer un juguete, pero esto en ningún caso justifica la tremebunda acusación del señor Sala).

¿Qué pretende este señor con sus descabelladas afirmaciones? Me inclino por aplicar la navaja de Occam y escoger la explicación más sencilla: quiere vender más ejemplares de su libro, y punto. Mala manera es esa de despertar conciencias contando mentiras, amiguito Gabriel, mala manera.



Estos objetos, según el embustero de Gabriel Sala, tienen vivos colores y su diseño emula el de juguetes para mutilar niños específicamente.

Gabriel, si querías iluminar el mundo te quedaste en simple iluminado; si pretendías engañar a muchas personas, enhorabuena, porque viendo lo que se dice de tu libelo en internet creo que has conseguido estafar a más de uno y a más de dos. Pero yo te salí rana, campeón. Lástima que lo mío sea un "minority report".

lunes, 4 de octubre de 2010

¿Por qué los humanos seguimos matando? ¿Y por qué hay gentuza que se empeña en hacernos creer que solamente los machos de la especie somos asesinos?


Advertencia
: Si eres otro de esos gilipollas políticamente correctos sin criterio propio y te sientes cómodo cuando te dan en el lomo con una vara de avellano para que no te salgas del sendero, ya puedes dejar de leer esto y ponerte a hacer algo más acorde con tus aptitudes, como por ejemplo lamerme el ano.

El 2 de agosto se publicaba en El País otro de esos reportajes simplones y demagogos que pretenden dar una explicación sencilla a hechos muy complejos, y que además dicha explicación sea acorde con la impuesta ideología del feminismo "de género" (que nada tiene que ver con el loable feminismo que va en pos de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres). El dramático título de ese reportaje es ¿Por qué los machistas no dejan de matar?, y ya se puede uno hacer idea de lo que viene después: supuestos expertos disertando sobre obviedades, y paniaguadas feministas de género y número que deben mantener su bien retribuido puesto arrimando el ascua a su sardina (sardina hembra, no confundir con el sardino); y por supuesto, ni un tímido recordatorio, así como de refilón, al hecho de que también las mujeres, a veces, matan a sus parejas, ¡o incluso cometen peores atrocidades! En fin, misma mierda feministoide, diferente feministoide día.

El reportaje de marras es una sucesión de bobadas que ni responden nada ni debe sorprendernos que así sea habida cuenta de esta moda absurda y peligrosa de victimizar a la mujer y criminalizar al hombre. Me gustaría destripar todo el reportaje y señalar punto por punto las chorradas que tan profusamente lo adornan, porque es el típico ejemplo de hablar mucho sin decir nada; pero cada día tengo menos paciencia para luchar contra las majaderías feministoides. Sin embargo, por mucho que me joda entrar al trapo, no puedo dejar de apostillar un detallito del subtítulo: "Las mujeres asesinadas por sus parejas se incrementan pese a la batería de leyes y las campañas de prevención". ¿Pese a? ¿Soy el único que sospecha que ese "pese a" debería sustituirse por un "debido a"?

Presentada esa duda -que no es baladí, y el que tenga neuronas que las use- voy a permitirme parodiar el estilo simplista y tendencioso de las feminazis: ¿Por qué los machistas no dejan de matar [mujeres]? Para responder esta pregunta hemos de ir más atrás y cuestionarnos primeramente por qué los machistas mataron alguna vez a las mujeres. La respuesta es clara: esas malditas putas se lo merecían. Ahora sí estamos en disposición de responder, al fin, a la pregunta con la que El País daba título a su tonto reportaje:

¿Por qué los machistas no dejan de matar?

¡Pues porque esas zorras se lo siguen mereciendo!



domingo, 3 de octubre de 2010

Más de la tontuna de siempre


Hoy, en ABC:


Veinte hombres planean matar a su mujer, según las estadísticas.

¿Sí, de verdad? Vaya... ¿y cuántas malas zorras están planeando en este momento poner una denuncia falsa por maltrato, pregunto? Ah, ¿que de eso no hay estadísticas?, ¿que me calle la boca y no haga preguntas incómodas?, ¿que me ciña a lo políticamente correcto y no toque los ovarios? Bueeeno, vaaaale, seré dócil y sumiso (pero es porque no tengo ganas de escribir, que si no...)

En fin, mucha suerte a los veinte posibles uxoricidas las veinte víctimas potenciales.

viernes, 1 de octubre de 2010

Un caso real de maltrato de pareja que no aparecerá en la prensa


Ocurrió hace dos o tres años en una madrugada mientras mi colega Miguel estaba de guardia. Lo voy a contar como él me lo contó a mí (aunque he cambiado nombres de personas y lugares):

Miguel luchaba contra el sueño cuando vino en su ayuda el timbre del teléfono.

-Cuerpo de guardia del acuartelamiento Cascaperales, dígame - respondió Miguel al descolgar el aparato.

-Buenas noches, jajajajajaja... le llamo desde el cuartel de la Guardia Civil... mwajajaja... de Pueblonuevo juas juas juas... Ufff, perdone. Soy el guardia Pepito y jajajajaja...

-Yo soy el cabo primero Sánchez, dígame.

-Verá, necesito confirmación, jo jo jo, de que el soldado Fulánez Menganito pertenece a... mwajajajaj...

-¿Disculpe?- duda Miguel sospechando, y con razón, que se trata de una broma.

-Ay, la hostia, juas juas. Mire, mejor me llama usted a mi cuartel para comprobar que esto, ¡MWAJAJAJAJA!, no es una broma.

El guardia civil Pepito corta la comunicación entre risas. Eso lo aprovecha Miguel para obtener información acerca del soldado Fulánez Menganito antes de dar otro paso, y descubre que Fulánez lleva más de un año dado por desertor del Ejército y prófugo de la Justicia. Entonces Miguel echa mano de la guía telefónica y da con el número de teléfono del cuartel de la guardia civil de Pueblonuevo. Tras marcarlo pasa esto:

-Guardia Civil de Pueblmjjjjj... JAJAJAJA... de Pueblonuevo, dígame.

-Hola. Que soy yo, el cabo primero de guardia en Cascaperales. ¿Qué me decía del soldado Fulánez?

-Mwajajajaja... Nada, que si está destinado ahí, juas , juas, juas.

-Pues... ese soldado nos consta como prófugo desde hace mucho, ¿por qué?

-Jojojo... ¡Es que lo tenemos aquí! Se acaba de presentar para entregarse porque... MWAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA... ¡ya no aguanta a la novia! JAJAJAJAJAJAJAJAJA... Él mismo ha reconocido que está buscado por abandono de destino y que... JO JO JO... ¡PREFIERE LA CÁRCEL QUE SOMETERSE A SU NOVIA! MWAJAJAJAJAJAJA...

Después hubo un breve intercambio de datos entre Miguel y el guardia Pepito. Pocas horas más tarde, despuntando el día, Miguel dio las novedades al capitán de cuartel, y el comentario del capitán resume muy bien lo que yo mismo pienso:

-¡Valiente sabandija sería esa mujer!

Pero de casos como este no esperéis ver noticias, y tened en cuenta que Fulánez lo tuvo "fácil" porque ya tenía una causa pendiente y con entregarse a las autoridades se libraba de su pesadilla. Aquellos que no tienen esa salvación... se la deben inventar. Y no digo más, que me conozco, aunque en breve espero incidir en el asuntillo.