AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

jueves, 9 de agosto de 2007

La vieja de la tienda


Al volver del trabajo casi siempre pasaba por la diminuta tienda y compraba tabaco. Eran aquellos tiempos anteriores a la Gran Cruzada Antitabaco y uno podía comprarlo casi en cualquier parte. Me atendía una simpática anciana gorda y risueña de la que me hice amigo. Ya saben, una de esas personas que inspira un cariño espontáneo. Nos convertimos en algo así como abuela y nieto recíprocamente adoptados.

Un día me encontré a una mujer de mediana edad en lugar de la abuela. Su hija o su nuera, supuse. Tuve miedo de preguntar por la vieja.

Días después volví a encontrarme con la anciana. Me alegró ver de nuevo su familiar ropa negra y su cara plácida de mujer sencilla, pero algo había cambiado, porque tenía la mirada perdida y ya no atendía tras el mostrador. Estaba sentada a la puerta de la tienducha, tomaba el sol y dejaba que el tiempo hiciera su inexorable trabajo sin oponer resistencia. Resignada, derrotada. La saludé cálidamente, le pregunté qué le había pasado, le conté que la había echado de menos. Ella me miró con la confusión pintada en la cara y con una sonrisa de compromiso, para preguntarme después:

-- ¿Quién eres, hijo?

-- ¿No se acuerda de mí? --. Sólo habría pasado una semana, dos a lo sumo.

Permaneció unos segundos mirándome de hito en hito, entre confundida y desconfiada, y al cabo de ese tiempo, que se me hizo eterno, se echó a llorar impotente, avergonzada y más vencida que antes.

Puse mi mano en su hombro y murmuré una despedida. No tuve valor para nada más.

Nunca más volví a pasar por aquel sitio, no sé si para ahorrarle dolor a la anciana senil o para ahorrármelo yo. Creo que más bien fue por lo segundo.

Doce años después me acuerdo mucho de aquella anciana que no podía acordarse de mí. Quizá sea para equilibrar la balanza, no sé.

A veces la vida es un pelín hija de puta.

9 comentarios:

Victor dijo...

la vida es pueñetera e injusta, tarde o temprano alguna vez siempre acaba pegando una puñalada trapera

una historia triste....real?

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Todo lo que publico en la categoría "Recuerdos y experiencias" es real. Puede que en ocasiones cambie nombres o fechas para proteger la intimidad de otras personas, pero los hechos son ciertos.

Y sí, es una historia triste, pero muy común y menos dramática que para sus familiares. A fin de cuentas yo pude huir de aquello cobarde y lindamente.

Paloma dijo...

Mi abuela materna antes de morir (hace agunos meses) decidio escapar de la realidad, cerrar su mente a su presente y refugiarse en un mundo al cual a veces tambien quisiera permanecer, yo no vivi su enfermedad pero para mi madre, quien se quedo con ella hasta el ultimo dia, fue terrible convivir con una niña de 50 kilos.
La vejez es cruel, pero no se que sera peor, Leo, el olvido o tener buena memoria, sobre todo cuando viene acompanada de un sentimiento.

Te llamas cobarde por huir de ella? yo prefiero pensar que te protegias. Lamentablemente llegamos a un punto en que nos volvemos egoistas, desconfiados, quizas hasta temerosos, de lo contrario, Leo, el mundo nos haria mierda.

Tesa dijo...

La vida es eso. Madurar hasta morir. Deteriorarse en el camino. Unos terminan en mejores condiciones que otros, han tenido suerte.
No nos mentalizamos de que el fin si acerca desde el momento en que se nace. Yo no creo que la vida sea injusta al respecto de la vejez, la vejez es natural, en todo caso es cruel con quien tiene que hacerse cargo del cuidado de un anciano sacrificando aspectos de su propia calidad de vida.
(El texto está muy bien narrado ...como casi siempre) :)

Carabiru dijo...

Mi bisabuela, en sus últimos días creía que su propia hija era su madre... fue muy duro porque siempre, en sus 92 añazos tuvo todo el sentido intacto, no sabía leer ni escribir, y controlaba de cuentas lo justo, pero era muy lista.

Un poco gruñona, pero la echo de menos.

Inconformista dijo...

Quien se ha visto teniendo que convivir con una persona senil, sabe que no era cobardía que la evitases. Es una sencilla respuesta lógica. Ni para ella ni para tí era bueno que os cruzaseis. Demasiado doloroso.

Estoy de acuerdo con Tesa. La vida no es cruel, aunque yo añadiría que simplemente es la vida. Lo que pasa es que nos empeñamos en verle solo lo bonito y claro, cuando se nos presenta con su amarga e inconsciente realidad, es como espiñarnos contra un muro.

Carlos dijo...

No creo que fuera cobardia, yo lo veo como piedad. En mi familia tuve dos y en su etapa inicial, lo peor que uno puede hacerles a ellos es tratar de que por todos los medios, cuando aún le queda algo de razón y entienden que estan emfermos, rebusquen en algún rincón de sus recuerdos que ya no existen en su cabeza, tu nombre, tu cara, algo que les recuerde quien eres. Por eso ella (la señora de tu historia) se echó a llorar, de seguro pensaba, "él me conoce, pero no puedo acordarme por mas que trato " y termina echandose a llorar por que reconoce que ya no le queda mucho y por más que trata, no recuerda quien eres.

Escritor en el Tejado dijo...

La verdad es que llegar a viejo según de qué manera no merece la pena. Triste historia, en verdad.

Miri dijo...

Jo, esto me suena. Mi abuelo ya no se acuerda de mi. Cuando voy a verle, no sabe quien soy... que triste!