AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

martes, 30 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XIV)



Dejé que Contreras digiriera esa última muerte. Con mala leche podría decirse que le di tiempo para masticar el picadillo de García. Silvia se ayudó con un trago de whisky para tragar aquello, y luego dijo:

-Esto introduce una interesante novedad en la cadena de suicidios. Si no me equivoco era la primera vez que se observaba a uno de los suicidas en los instantes previos al adiós definitivo. ¿Estoy en lo cierto?

-Sí, y es una buena observación, amiga Silvia. Así que ya sabes, si ves que me pongo a reír de una manera rara y sin venir a cuento agárrame fuerte y pide ayuda -le respondí más en broma que en serio.

-Tú no vas a suicidarte, Alburquerque, porque yo voy a cuidar de ti.

-¿Ah, sí?

-Sí. De entrada esta noche dormiré en tu casa. La verdad es que no me atrae nada la idea de volver a la residencia del cuartel, y así de paso te vigilo. Tendrás un sofá o algo parecido donde ponerme a dormir la mona, ¿no? Uy, ¿estoy siendo muy descarada?

-Bueno... Ya hablaremos de eso; aún es temprano.

-Pues entonces voy a pedir otros dos whiskys -decidió Silvia, siempre tan resuelta a vaciar vasos.

-¡No, no! Contreras, por favor, para mí un Red Bull o algo parecido, que voy ya muy cargado. Te sugiero que hagas lo mismo.

Pero Silvia insistió en pedir un whisky más para ella. Esa noche se había propuesto convertir su hígado en foie-gras de artillera, por lo visto. En fin, unos se mueren porque se quedan sin hígado, y otros se mueren porque un tío que ya está muerto los va eliminando de uno en uno. Qué locura, joder, qué locura.

Mientras Silvia atacaba a pequeños sorbos su enésima copa yo continué la historia:

-A la tarde del día siguiente, tal como estaba previsto, los supervivientes del Club de los Probables Suicidas nos reunimos con Sepúlveda en su consulta. Previamente lo habíamos informado por teléfono de la "deserción" de García, y el tipo se mostraba francamente interesado por nosotros, aunque sospecho que más como especímenes de estudio que como pacientes. Seguro que estaba pensando en escribir a nuestra costa un libro titulado
Yo traté a esos jodidos locos o algo así.

»El señor Sepúlveda escuchó nuestros temores y habló poco, y lo poco que dijo no eran más que vaguedades. Necesitaba conocernos mejor, afirmaba el muy falso cuando lo que de verdad pretendía era aliviarnos el peso de los bolsillos, y como tú bien sabes, querida Silvia, los bolsillos de la tropa no es que estén sobrecargados precisamente. ¿Pues sabes qué, Silvia?, ese cabrón se quedó con las ganas de conocernos mejor.

»El domingo, 13 de abril de 2008, Martínez, con solo diecinueve años, se fue al otro barrio respirando los gases del escape de su coche. Ya ves, era todo un clásico a pesar de su juventud. Lo encontraron los de la SV, azulado como un pitufo, en los aparcamientos de tropa. Había robado unos metros de manguera al jardinero, y el muy cabrón los usó para dirigir el gas del escape al habitáculo de su Seat Ibiza.

»Con esta nueva renuncia el mermado Club de los Probables decidió por unanimidad prescindir de los servicios del psicólogo Sepúlveda; estaba claro que no nos servía de mucho.

-También es que era pronto, Alburquerque. El psicólogo no tuvo tiempo de nada.

Bebí un largo trago de mi Red Bull sin responder a Silvia. ¿Cómo hacerle entender que a esas alturas habíamos claudicado? ¿Cómo explicarle que estábamos resignados?

-Silvia, quizá no lo entiendas, pero Sanz, Gil, Calahorro y yo sabíamos que no quedaba salvación para nosotros. Ni Sepúlveda, ni el páter, ni nadie podía hacer nada. En lugar de terapias de más que dudosa eficacia preferíamos disponer de tiempo, de tiempo para arreglar nuestras cosas, ya me entiendes: papeleos, esos eternos laberintos burocráticos; testamentos y herencias; acabar de construir un mueble que a alguien le hizo ilusión ver terminado; pedir ese perdón tanto tiempo postergado, preferiblemente en persona aunque para ello haya que viajar a las antípodas; entregarse en cuerpo y alma a la novia, a la esposa o a los hijos; o ir por fin a visitar a esa prima lejana que el año pasado tuvo trillizos. Flecos, Silvia, flecos de la vida que, si uno puede, no dejará sueltos. A eso nos queríamos dedicar, querida compañera, a recortar flecos.

(ESTO VA A CONTINUAR MIENTRAS ME SALGA DE LOS HUEVOS)

sábado, 27 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XIII)


-La verdad es que yo no tengo mucha fe en los psicólogos -dijo Silvia -. A veces me da la impresión de que son inguisti... imbistin... intindis... Joder, macho, vaya pedo llevo.

-¿Indistinguibles...?

-Eso, eso. In-dis-tin-gui-bles ¡de los charlatanes! -acabó triunfante Silvia Contreras con una beoda sonrisita.

-Si hubieras conocido al nuestro... habrías confirmado eso que dices. Justo una semana después, el 9 de abril, tuvimos la primera reunión con José Antonio Sepúlveda, psicólogo clínico y caro. Le contamos todo, ayudándonos con recortes de prensa donde se hablaba de los suicidios. Por cierto, en uno de aquellos artículos la autora, una tal Marta Franco, se había informado bien y sugería una extraña relación entre las muertes, pero solamente como anécdota casual.

»Pues bien, aquel tipo, Sepúlveda, nos dio unos cuestionarios para que se los devolviéramos respondidos pasados dos días. Ya sabes, que si escuchábamos voces en nuestra cabeza y que si sufríamos pesadillas y que si teníamos pensamientos suicidas. Preguntas de ese tipo.


»García nunca tuvo oportunidad de entregar su cuestionario.

-Ay, pobrecilla, con lo mona que era -dijo Silvia con un sorprendente tono de resentimiento. Fingí no haber oído ese despiadado comentario y continué narrando los acontecimientos.

-El jueves 10 de abril madrugamos mucho para trasladarnos con nuestra Unidad al campo de maniobras. Teníamos prácticas de explosivos y todo fue bien hasta la tercera carga. Como suele pasar en estas jornadas de instrucción el tiempo se nos echaba encima, porque quien planea los horarios desde un despacho nunca tiene en cuenta los mil pequeños imprevistos que se van acumulando: desde la reunión que tiene el capitán jefe de la batería de municionamiento donde se recoge el explosivo y que le impide firmar con rapidez los partes de salida de almacén hasta el capricho del oficial médico que decide detenerse a tomar un café antes de llegar al campo de maniobras, pasando por el soldado que no encuentra un sello que estampar en un documento o el suboficial que se equivoca al tomar una bifurcación. Entre unas cosas y otras al final las veinte explosiones previstas, de dos kilos cada una, se convierten en cinco prácticas apresuradas con ocho kilos de explosivo por vez. ¿Has hecho prácticas de explosivos alguna vez, Contreras?

-Sí, en mi anterior destino un par de veces, con esos bloques verdes, los P-1000, los P-250 y todos esos otros que ya no recuerdo.

-Ajá, trilita. Por cierto, la "P" indica que el petardo tiene forma prismática, y el número es la masa de explosivo expresada en gramos. Por eso los de cien gramos, que son cilíndricos, no se llaman P-100, sino C-100.

-Vale, Alburquerque, vale. Muy interesante, pero es mejor que vayas al grano, tío, que no sé el tiempo que podré mantenerme sin caer en coma etílico.

-De acuerdo, pasando de culturilla técnica. Aquel día estábamos empleando hexógeno plástico, que viene a ser el doble de potente que la trilita, más o menos. Preparábamos cargas bestiales de ocho kilos (equivalentes a dieciséis de TNT), y todo fue bien en las dos primeras cargas. Tras activar cada una nos íbamos a unos sesenta metros, nos ocultábamos tras un talud y ¡BUUUM! Por supuesto que con semejante cantidad de explosivo nos llovían pedruscos del cielo, pero por lo visto el teniente al mando debía de pensar que para eso se inventaron los cascos y los chalecos antifragmentos.

»Con la tercera carga las cosas se torcieron. Se torcieron mucho. Habíamos puesto mecha para dos minutos. La soldado García llevaba el cronómetro y nos iba cantando el tiempo a cada poco: "¡Un minuto! ¡Un minuto veinte segundos! ¡Un minuto y medio! ¡Un minuto cuarenta!..."

»De repente arrojó lejos el cronómetro, se empezó a reír con una risa rara y nerviosa, como si acabara de recordar un chiste muy gracioso pero muy grosero, y se lanzó a correr hacia los ocho kilos de hexógeno. Todos le gritamos ordenándole volver, pero no sirvió de nada. La explosión esparció por todas partes los cincuenta y tres kilos de carne, huesos y silicona que hasta ese momento habían compuesto el bonito cuerpo de la soldado Esther García Vivancos.

(CONTINUARÁ)

miércoles, 24 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XII)



-¿Pues tú qué crees que nos pudo decir ese santo varón? Lo que dicen todos: que si Dios prohíbe el suicidio; que si nos ama infinitamente pero nos condenará a una eternidad de sufrimiento como nos quitemos de en medio sin su beneplácito; que si con fe y rezos no hay nada que temer; que si las tentaciones diabólicas deben mantenerse a raya... Toda esa jerigonza mágica, ya te imaginarás.

Silvia miraba con atención el fondo ambarino de su vaso apretando los labios como una niña enfurruñada.

-Sí, compañero, claro que me lo imagino. Quizá alguna vez te hable de un despreciable catequista que me prometió el paraíso y sólo me dio un embarazo inorportuno a mis catorce años. A mi familia no le hizo mucha gracia, y a su mujer menos aún. Pero esta es tu historia, y de la mía ya hablaremos, que tiempo habrá para ello.

-O no, Silvia, o no.

Durante un par de minutos ninguno dijo nada. Decidí proseguir antes de que el pensamiento de Silvia se fuera demasiado lejos, tanto que no pudiera retomar mi relato.

-El caso es que cuando salimos del despacho que el páter tiene anexo a la capilla (¿se llama sacristía?) casi todos los del Club de los Probables Suicidas andábamos de capa caída. Quien más o quien menos se sentía defraudado, salvo Camúñez. Ese cabeza de alcornoque del páter no solo no nos había ayudado en nada, sino que encima despreciaba a nuestros compañeros muertos al considerarlos unos impuros cobardes que habían cedido a los influjos de un demonio inexistente más allá de su mentalidad.

»Para Camúñez fue diferente. Tendrías que haber visto a ese pobre infeliz. Estaba casi en éxtasis místico. "Conviértase, mi primero. Abra su corazón al amor de Dios", me pedía el desgraciado cuando nos despedimos esa tarde.

»A la mañana siguiente, dos de abril de 2008, un tren se detuvo por emergencia muy cerca de aquí. Era demasiado tarde cuando el maquinista accionó el freno. Los trozos de Camúñez se recolectaron a lo largo de más de doscientos metros de vía...

-¡Nada de detalles escabrosos! -me interrumpió una vez más mi compañera.

-De acuerdo, Silvia. Me salto los detalles y sigo: con la "renuncia" de Camúñez como socio del Club de los Probables Suicidas el club quedaba compuesto por Calahorro, Martínez, Sanz, García, Gil y yo. Esa misma tarde del dos de abril nos reunimos en mi casa. Gusifluky se revolucionó un poco porque...

-Perdona, ¿quién dices? -interrumpió otra vez Silvia.

-Gusifluky. Es mi gato.

-¡JA JA JA! ¡Qué nombre tan gracioso! -era la primera vez que veía a Silvia Contreras reír tan abiertamente, y me encantó.

-Ya, bueno. A mis compis del Club de los Probables Suicidas no les pareció tan gracioso mi puto gato, sobre todo cuando descubrieron que Gusi había marcado con orina el bolso de García, quien tuvo la imprudencia de dejarlo en el suelo del recibidor.

-Ay, qué simpático, como si fuera un niño que quiere llamar la atención. Eso va a ser que le hace falta una figura materna -aventuró Silvia.

-No, Contreras, no. Qué coño figura materna ni qué gaitas. Aquello fue simple instinto de territorialidad, y punto. Si no te importa dejemos al puñetero gato y centrémonos en lo que nos tenemos que centrar.

»De aquella reunión en mi casa salieron un bolso meado, unas zapatillas deportivas mordisqueadas, unos pantalones arañados y el firme compromiso de buscar un psicólogo que nos tratara a todos. Estábamos dispuestos a pagar cuanto hiciera falta, y acabamos pagando mucho por nada.

(CONTINUARÁ)

sábado, 20 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XI)


Al volver a nuestra mesa descubrí que Silvia había pedido otro par de copas. Nunca había visto a una mujer beber de esa manera, y puesto que me llevaba unos cuantos whiskys de ventaja no me importó que hubiera pedido para los dos.

-Pues bien, era viernes si mal no recuerdo -seguí contándole a Silvia -, y a eso de las ocho de la tarde Paco, el marido de Marta De Quevedo, cuando volvía de comprar tabaco se encontró un gran revuelo frente al bloque de pisos donde vive. O donde vivía, porque creo que después de aquello se mudó. Había una muchedumbre arremolinada en la acera y unos vecinos que lo conocían intentaron cerrarle el paso. Alguien gritó "¡no dejéis que la vea!", y entonces él supo que algo horrible acababa de pasarle a su mujer. Afortunadamente Paco no llegó a ver el cadáver de su mujer en ese estado. Gracias a la determinación de los vecinos lograron alejarlo de allí sin que pudiera ver el cuerpo de Marta destrozado tras caer desde el octavo piso.

-Entonces De Quevedo se suicidó como ha hecho hoy Calahorro, saltando al vacío.

-Sí, pero lo de la pobre Marta debió de ser algo tremendamente espantoso. Según me relató un testigo el cuerpo de la chica, al estrellarse contra el suelo, había expulsado el feto y...

-¡Ya! ¡CÁLLATE! -me interrumpió Silvia con un grito que asustó a camareros y clientela -. No quiero conocer esos putos detalles, Alburquerque, no quiero que me cuentes esas mierdas, joder. ¿Te enteras?

-Vale, vale, enterado. Perdona. Si quieres lo dejamos por hoy. Tal vez mañana aún siga vivo y pueda contarte el resto de la historia.

-No, no, querido mío, nada de eso. Yo hoy no me voy a la cama sin saber todo lo que haya que saber (excepto los detallitos chungos, claro).

-Como quieras. Después de la muerte de De Quevedo el Club de los Probables Suicidas convocamos una reunión de urgencia, supongo que para darnos ánimos más que nada. De aquella reunión salió el propósito de implicar de alguna manera a nuestros mandos, de pedirles ayuda. En cierto modo todo esto, esta cadena de suicidios, parecía estar relacionada con el servicio, aunque fuese por algún mecanismo psicológico que no terminábamos de comprender.

-Desde luego es lo que parece, aunque no tenga mucho sentido. Lo que está claro es que cuatro suicidios (porque van cuatro, ¿no?) en tres meses y entre miembros de una misma unidad militar es como para que el Jefe se preocupe y tome cartas en el asunto -apuntó con buen criterio Silvia Contreras.

-¿Tomar cartas? ¡Ja! Luego te contaré las cartas que se tomaron, pero antes te diré que elevé un informe a nuestro coronel, fechado el lunes 31 de marzo de 2008, apenas tres días después de lo de Marta De Quevedo. En ese informe exponía fríamente los hechos objetivos, sin conclusiones a priori ni nada, y lo concluía con la sugerencia de que los restantes componentes de aquella guardia, es decir, Calahorro, Martínez, Sanz, Camúñez, García, Gil y yo mismo, fuéramos sujetos a un seguimiento psiquiátrico por parte de los servicios de la sanidad militar. Por si las moscas, vamos.

-Buena idea. De hecho creo que se le debería haber ocurrido al coronel antes que a ti. Por cierto, ¿se trata del mismo coronel que he conocido hoy cuando me he presentado en la unidad? -dijo Contreras.

-No, qué va. Aquel coronel se llamaba Muriel, Ilustrísimo Señor Coronel Don José Antonio Muriel Gálvez. Y era un fundamentalista cristiano de lo peor.

-¡Con la Iglesia hemos topado! Algo muy común entre los jerarcas militares, por cierto.

-Así es, amiga Contreras, así es. La espada y la cruz, siempre unidas y siempre formando una peligrosísima combinación, que tantos millones de muertos ha provocado a la humanidad. Este coronel me mandó llamar a su despacho al día siguiente.

-Al menos se dio prisa.

-Sí, le urgía mucho encarrilar a lo que él consideraba un puñado de pecadores. Me ordenó que reuniera al Club de los Probables Suicidas y nos presentáramos ante el capellán. Pocas veces me he sentido tan insultado. Esas son las cartas que tomó el Mando. Flipante.

-¿Y fuisteis a ver al páter?

-En un primer momento le dije al coronel que soy un ateo convencido y que mi conciencia me impedía buscar apoyo o consejo de magos. Se lo tomó bastante mal y me dijo que así nunca ascendería a cabo mayor. Me costó aguantarme la risa. Pero cuando transmití la orden (del todo ilegal a mi manera de verla) al Club de los Probables Suicidas comprobé con horror que algunos de ellos, como García y Camúñez, estaban encantados con la idea de hablar con el páter. Al final acordamos reunirnos con el capellán, más que nada por cumplimentar la orden del coronel sin dar lugar a conflictos disciplinarios.

-¿Y qué os dijo el cura? -preguntó Silvia con una sonrisa entre socarrona y ebria.


(CONTINURÁ)

jueves, 18 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (X)


-Ajá, ya entramos en materia. Se me acaba de erizar el vello de los brazos. Mira, toca, toca- me invitó Silvia. Era cierto que tenía la piel de gallina, tan cierto como que al acariciar sus brazos a mí se me erizó lo que no era precisamente el pelo. Me esforcé por centrarme en el relato de los acontecimientos.

-Fue el seis de enero, día de Reyes de 2008. Los Reyes Magos le regalaron a Estévez una soga y él le encontró a ese regalo la poco recomendable utilidad de ahorcarse con él.

-No hables así, Alburquerque. Da miedo oírte ese cinismo.

-¿Qué quieres?, no es cinismo. O sí, no sé. Me lo tomo con... me lo tomo como puedo, Silvia, simplemente.

»Nos pareció una coincidencia curiosa que Estévez se quitara la vida tan poco después de que lo hiciera Núñez, una repugnante casualidad pero nada más que eso. El muchacho, que se supiera, no tenía ningún problema. Incluso quienes lo vieron en sus últimas horas afirman que parecía perfectamente normal y hasta bromista. Un muchacho de veinticuatro años feliz, sin problemas, jovial y con una novia que según dicen los que la conocen es una maravilla. Sin embargo, aproximadamente a las tres de la tarde de aquel día, algo dejó de funcionar correctamente en la cabeza de Estévez, cogió una soga que antiguamente su padre usaba para atar a un borrico y se colgó con ella de una encina a doscientos metros de la casa de Setenil de la Bodega, donde vivían sus padres. Fue precisamente su madre quien descubrió el cadáver cuando iba a comprar un roscón de reyes.

-¿Y ya está? ¿No se sabe nada más? ¿No habría algún asunto de deudas por drogas o vete a saber qué?

-Nada de nada. Fue así de sencilla y misteriosamente. Y es que los muertos, Contreras, nunca vuelven para dar explicaciones.

Silvia apagó su cigarrillo y se quedó mirando la colilla aplastada en el cenicero como si quisiera encontrar ahí una aclaración. Como ella no añadía nada seguí contándole.

-El día diecinueve de ese mismo mes de enero de 2008, sábado, el soldado Guerrero se reventó el pecho con una escopeta de caza. Lo hizo en la cocina de su hogar. La esposa estaba en el salón viendo el principio de una película. Le pidió a su marido que hiciera palomitas, y lo que ella cuenta es que entre el petardeo de los granos de maíz bajo el efecto del microondas oyó el petardazo del disparo. Y ya está, otro menos.

»A partir de ahí el resto de los que fuimos componentes de la guardia del treinta y uno de diciembre nos preocupamos lo bastante como para reunirnos fuera del cuartel y empezar a hablar de nuestros temores. Nos citamos en un bar de mala muerte que todos conocíamos porque estaba cerca del acuartelamiento. Es ese bar que ves al llegar al cuartel si vas a entrar por puerta falsa y que se llama Venta de San José, pero que todos llamamos Venta del Nabo por alguna oscura razón.

»Allí, entre bromas y veras, hablamos de los tres suicidios relacionados por un mismo servicio de guardia. Entre bromas y veras cada cual expuso una explicación derivada de las más variopintas hipótesis. De Quevedo, Calahorro, Martínez, Sanz, Camúñez, García, Gil y yo dijimos muchas gilipolleces. La tontería que no se le ocurría a uno la decía otro, y entre todos compusimos un glorioso memorándum de disparates.

»Creo que fue la cabo De Quevedo quien tuvo la idea de llamarnos El Club de los Probables Suicidas, en alusión al relato de R. L. Stevenson cuasi homónimo titulado El club de los suicidas. ¿Lo has leído, Silvia?

-Pues no. Yo es que leo poco, ¿sabes?

-Bueno, da igual. El caso es que entre bromas y veras los miembros del Club de los Probables Suicidas nos comprometimos a reunirnos semanalmente para darnos mutuo apoyo y exponer cualquier problema personal con el fin de atajar una eventual intención de suicidio. También nos intercambiamos los números de teléfono y prometimos estar siempre disponibles para cualquier socio del club que nos llamara, fuera la hora y momento que fuese.

»No sirvió de nada, Silvia, porque el viernes veintiocho de marzo la misma De Quevedo, inventora del Club de los Probables Suicidas, pasó de probable a efectiva. Tenía veintisiete años recién cumplidos y un embarazo de siete meses cuando la encontró muerta su marido.

-Diossss... ¿Y a ella qué le pasó?

-Ahora te lo cuento, querida Silvia, ahora te lo cuento. De momento permite que vaya al aseo.
(ESTO SIGUE EN CUANTO ACABE DE ORINAR)

martes, 16 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (IX)


-Salí del despacho con una sensación que te va a sorprender: alivio, Silvia, alivio es lo que sentía. Supongo que eso te parecerá monstruoso, ¿verdad?

-No sé qué pensar, Alburquerque, y paso de juzgarte. Además estoy demasiado bebida como para ponerme a cavilar.

-Todo había acabado al fin (eso creí entonces, aunque en realidad aquello fue el comienzo de nuestra pesadilla). Había sucedido lo que yo sabía que sucedería, y al menos en ese sentido perdí la inquietud que precede siempre a los hechos trascendentales. En fin, le ordené a Guerrero que no permitiera a nadie traspasar la puerta del despacho de Núñez bajo ningún pretexto. A continuación llamé por teléfono al capitán de cuartel, que estaba en su casa.

»-A sus ódenes, mi capitán. Soy el cabo primero Alburquerque, segundo comandante de la guardia. Perdón, mi capitán, corrijo: soy el comandante accidental de la guardia.

»-¿Qué tripa se le ha roto ahora al teniente?

»-Más que una tripa lo que se le ha roto ha sido el cráneo; se ha pegado un tiro, mi capitán.

»-¿Y cómo está? ¿Has avisado a emergencias?- el capitán empezaba a alarmarse.

»-Pues está bastante mal, mi capitán, de hecho la parte más grande de su cerebro se encuentra fuera de su cabeza y dentro del lavabo, que digo yo que ese no es su sitio.

»-¡Hazle la reanimación cardiopulmonar o lo que sea, rápido! ¡Voy para allá!- ahora sí que estaba alarmado.

»-No tenga prisa, mi capitán, que esta noche habrá mucho borracho en las carreteras y conviene conducir con precaución. Y sobre la reanimación esa que me dice, verá usted, no es cosa práctica. Como apriete el pecho del teniente le saco el corazón y los pulmones por el cogote. Desengáñese, mi capitán, el teniente ha dejado de fumar para siempre.

»-¡El teniente Núñez no fumaba, Alburquerque! ¡Tendría sus cosas pero no fumaba!- me respondió sinceramente ofendido aquel capitán, llevando así la conversación al colmo del surrealismo.

Silvia tenía las cejas arqueadas, la boca entreabierta y los ojos abiertos del todo. Presentaba un aspecto algo cómico, pero sobre todo me inspiraba un sentimiento de ternura impropio en mí.

-Mira que hay gente rara en el ejército. Estoy alucinando, tío.

-Ya te digo, Silvia, ya te digo. A veces pienso que los circos han quebrado porque todos los payasos estamos en el ejército. Pero hazte cargo, el capitán estaba en su casa y era la madrugada entre Nochevieja y Año Nuevo. Por muy de servicio que estuviera debería de llevar encima un par de copitas.

-Ah, claro, como yo ahora. Oye, Alburquerque, ¿sabes que me pareces un tío la mar de interesante? Bueno, no me hagas caso y sigue contando.

-De aquella guardia no hay mucho más que contar. Ya te imaginarás lo que vino después: un capitán de cuartel medio ebrio intentando parecer sobrio, un coronel despertado intempestivamente, policías, un juez, y muchas preguntas. Nada interesante.

»Lo interesante, amiga Contreras, lo que de verdad me interesa contarte, empezó días después, cuando Estévez, el conductor de aquella guardia, apareció colgado de una encina.
(CONTINUARÁ)

domingo, 14 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (VIII)


-¿Me das un cigarrillo? No fumo casi nunca, pero ahora me apetece.

-Claro, Silvia. Toma.

-Tú fumas mucho, ¿no?

-Sí, pero da igual. Me voy a morir pronto, estoy seguro de eso, y no va a ser por el tabaco. Seguiré el camino de Núñez y de todos los demás.

-¿Cuándo lo hizo?

-Fue minutos después de medianoche, cuando estrenábamos el año 2008. En la ciudad aledaña al cuartel Cascaperales se recibía el nuevo año con los habituales festejos y los consabidos espectáculos pirotécnicos. Entre las explosiones de cohetes y petardos sonó otra detonación más cercana, casi confundida con las otras. Sólo yo la percibí por estar más cerca del punto de origen. Me lo esperaba, la verdad. Fingí no haber oído ese ruido más parecido a un disparo que a otra cosa y me esforcé por aparentar normalidad. Seguí estudiando las obligaciones del comandante de la guardia (estaba claro que me iba a ser necesario conocerlas durante el resto de la guardia).

-¿Y te quedaste así, como si nada, sabiendo que el teniente se había pegado un tiro? Ya te vale, tío.

-Bueno, podrá parecerte raro, pero yo creo, o creía entonces, que eso de suicidarse es una cosa muy íntima, muy personal. No veía correcto intervenir tan pronto. Es como si tú estás cagando y en ese momento entra alguien al baño. No sé, hay cosas que deben hacerse sin la intromisión de extraños. Además, ¿y si me equivocaba? Acuérdate de que nos había prohibido entrar a su despacho.

-Pero en un caso así...

-Bah, Silvia, es que tú no le viste la cara cuando dio la orden de no entrar.

-Bueno, sigue. ¿Descubriste el pastel por la mañana, cuando llegó el relevo?

-No. Serían las dos de la madrugada pasadas cuando me atreví a mirar a través de la puerta acristalada del despacho del jefe. Como era de esperar estaba desierto. Hablé con Guerrero, que era el vigilante del cuerpo de guardia en ese momento.

»-¿Desde cuándo estás de plantón?

»-Pues yo creo que desde que hice la comunión, mi primero. Pero según mi reloj estoy aquí pasando frío solamente desde la una.

»-¿Has visto al teniente en todo ese tiempo?

»-Negativo, mi primero. Ese tío, además de usar bragas está gravemente estreñido. Durante mi turno no ha salido del baño, y ya estaba ahí cuando relevé a Gil.

Silvia Contreras me miraba mordiéndose las uñas entre calada y calada al cigarrillo. Le brillaban mucho los ojos y tenía las mejillas muy coloradas.

-Con esa información, querida Silvia, me atreví al fin a mirar hacia donde no quería. Por debajo de la puerta del aseo del teniente distinguí un charco color granate que se extendía hacia el despacho.

Mi compañera me miraba absorta. Había dejado de morderse las uñas y hacía rato que no le daba un tiento al vaso en el que se fundían los desatendidos cubitos de hielo.

-Sigue, Alburquerque, no te pares ahora.

-Entré al despacho y llamé a la puerta del aseo. Naturalmente no obtuve respuesta. Pedí a Guerrero que se retirara. No hizo falta decírselo dos veces. Abrí la puerta del baño y vi al teniente Núñez, y vi también sus sesos esparcidos por las paredes, por el suelo, por el techo... Un gran pedazo de sanguinolenta masa encefálica reposaba en el lavabo como si fuera una esponja con la que alguien hubiera limpiado la escena de un crimen especialmente aparatoso. El teniente estaba sentado en el váter, con la espalda reclinada sobre la cisterna y el cuello doblado de modo que Núñez miraba hacia el techo. Bueno, miraba hacia el techo con el ojo izquierdo, porque con el derecho miraba hacia el suelo, ya que le colgaba sobre la mejilla pendiente del nervio óptico.

Contreras se levantó de un salto tirando la silla y corrió al baño del bar. Tardó mucho en volver y cuando lo hizo estaba muy pálida. Ni rastro del color que había en su cara unos minutos antes. Para mi asombro pidió otro whisky.

-Mira, Alburquerque, una cosita te voy a decir muy en serio: esos detalles te los guardas. Otra burrada así y me voy pitando a la residencia.

-Vale, vale, perdona. Es que... joder, no se me va esa imagen de la cabeza.

-Ya, ya. Y ahora, gracias a ti, tampoco se me va a ir a mí. Eres un encanto. Anda, sigue antes de que me lo piense mejor.

(CONTINUARÁ PRONTO)

jueves, 11 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (VII)


-El teniente -le dije a Silvia mientras dejaba los vasos sobre la mesa- tampoco asistió a la cena. Supongo que para lo que le quedaba en el convento no le merecía la pena molestarse en comer. Fue durante el horario de cena cuando el plantón, que esta vez era Sanz, se dio cuenta de que el jefe estaba de nuevo en el aseo. Era el momento idóneo para asaltar por segunda vez el despacho, pero entonces Sanz fue relevado por García, la putilla de tetas de goma, y durante el relevo debió de producirse algún malentendido (lo que no me extraña, porque García era una inútil).

»Por lo visto esa chavalita entendió que el teniente estaba en el comedor, y a la muy desgraciada no se le ocurrió otra cosa que coger la bandera, entrar al despacho de Núñez, depositar la enseña en su lugar y gritar victoriosamente: "¡Misión cumplida! ¡Ya está la bandera en el despacho del marica!".

»Silvia, yo mismo pude oír aquello, y en ese instante supe que algo malo nos iba a pasar a todos. Estamos perdidos, me dije. Salí de mi cuarto justo a tiempo de ver a García apareciendo por la puerta del despacho de Núñez. La maldita inconsciente estaba sonriendo y caminaba contoneándose con su pose de estríper. Me dieron ganas de matarla, de verdad.

»-¿Qué has hecho, hija mía?- le pregunté desmayadamente.

»-Uy, mi primero, perdone. No tendría que haber dicho eso, ¿verdad? Ji ji ji...

» Deseé con todas mis fuerzas cargármela, compañera. Cargármela dos veces.

»-¿Tú sabes, alma de cántaro, que el teniente está en el aseo de su despacho?

»García abrió la boca como para decir algo, pero se lo pensó mejor y optó por lo que optan las chicas como ella en circunstancias similares. Esa mala puta se echó a llorar.

»-Bah, por mucho que llores esto ya no tiene arreglo. Si el teniente Núñez no te fusila, ya hablaremos tú y yo.

»Pero en realidad nunca hablamos de su metedura de pata, amiga Contreras. A fin de cuentas fue cosa mía el haberme empecinado en devolver la bandera al despacho del comandante de la guardia. Núñez, por cierto, no dio muestras de haberse enterado de nada, aunque estaba claro que habría oído la cagada de García.

»Nuestra suerte estaba echada.

»Horas después, a punto ya de entrar en el año 2008, Calahorro me pidió permiso para repartir entre los miembros de la guardia unas botellas de cava que había despistado de la cocina. Me negué en redondo. El horno no estaba para bollos aquella noche, Silvia.

»-Que no, Calahorro, que no. Estamos de guardia y punto. Me la sopla que sea Nochevieja, y además el teniente... bueno, tú ya sabes lo que hay con el teniente. Mañana, en vuestras casas, os imagináis que es fin de año y hacéis lo que os salga de la polla, pero esta noche nos aguantamos todos como campeones.

»No sé tú, Contreras, pero yo siempre he pensado que el transcurrir del tiempo no es precisamente motivo de celebración, sino más bien de lamentación. En cualquier caso, teniendo en cuenta que el teniente se levantó la tapa de los sesos un rato después, no creo que al día siguiente nadie tuviera ánimos para celebrar nada.

(CONTINUARÁ)

sábado, 6 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (VI)

-Así que el teniente se pegó un tiro con su propia pistola- dijo Silvia-. No era para tanto, creo yo. Con haber cambiado de destino hubiera bastado.

-No adelantemos acontecimientos, Contreras. Y recuerda que nuestro ejército es pequeño y todos nos conocemos. A este hombre lo hubiera perseguido la ignominia fuese adonde fuera. Yo no sé si la cosa era para suicidarse o no, pero desde luego no era para que "nos suicidara" a los demás.

-A mí eso me lo tienes que explicar mejor, Alburquerque. Termina tu whisky, que pido otros dos.

-No, yo sigo con este, gracias. La verdad es que no hay mucho que explicar, o al menos yo no tengo la explicación- proseguí mientras Silvia Contreras avisaba de nuevo al camarero-. Yo te puedo contar los hechos, pero la explicación la vas a tener que buscar en otra parte.

Guardé silencio mientras a Silvia le servían otro whisky con hielo. Cuando se retiró el camarero continué el relato.

-Al margen del chabacano episodio protagonizado por el teniente Núñez la guardia transcurrió sin sobresaltos. Como te dije hace rato la anécdota, por llamarla de alguna manera, se fue contando de boca en boca por todo el cuartel y en poco tiempo ni los gatos eran ajenos a ella. A media mañana pasó por allí el capitán de cuartel, y se encerró un rato en el despacho del teniente. Como la puerta es básicamente un cristal enmarcado en aluminio pude ver desde fuera al capitán gesticulando con muy mala cara, aunque peor era la cara del teniente, que aguantaba el chorreo en posición de firmes. Joder, se me ocurrió imaginar que en ese momento volvían a caérsele los pantalones al teniente delante del capitán, y me alejé de allí porque si tal cosa sucedía yo me volvería loco. Poco después supe por Gil, quien estaba de plantón en la puerta del cuerpo de guardia, que el capitán había salido de allí gritando "¡haremos lo posible para no darle un disgusto al general Núñez!". Recordarás, querida Silvia, que el padre del teniente era un general de división.

Silvia asintió mordiéndose una uña. Estaba muy guapa así, con los ojos brillantes por el alcohol, el dedo en la boca y el entrecejo fruncido. Intenté no pensar en guarradas y seguí con la historia.

-A la hora de comer el teniente no apareció por el comedor, como por otra parte era de esperar. Me planteé preguntarle si quería que le trajéramos algo, pero su amenza pudo más que mis buenas intenciones. Además no creo que tuviera mucho apetito, la verdad.

»Después empecé a pensar en el problema que se nos venía encima para arriar bandera. La bandeja en la que se deposita la bandera está en el despacho del comandante de la guardia, pero ya sabes que Núñez nos había prohibido bien claramente entrar ahí.

-Bueno, él tendría que salir para dirigir el acto de arriado- observó sensatamente Contreras-, y no tendría más remedio que dar la cara.

-Yo sospechaba, y no me equivoqué, que el teniente no iba a salir de su despacho (y de hecho nunca salió de allí, al menos vivo). Daba por hecho que yo asumiría su puesto en el arriado de bandera, recuerda que me ordenó que me encargara de todo. El problema era que la puñetera bandeja estaba en su despacho. Podría haber arriado bandera y usar cualquier cosa para depositarla, pero no se me ocurría qué. Además, la bandera se custodia en el despacho del jefe, y tras arriarla había que dejarla allí, sobre la bandeja. Por cierto, Silvia, algún día, si no me suicido antes, te contaré una divertida anécdota de una confusión entre las palabras bandera y bandeja.

-¡Alburquerque, por lo que más quieras, ve al grano!

-Sí, continúo, perdona. En fin, se me ocurrió resolverlo a las bravas. Como el soldado de plantón está a la entrada del cuerpo de guardia y desde allí se ve el despacho del teniente, y como en el despacho del teniente hay una puerta que da a un pequeño aseo, el soldado podría ver que el teniente entra ahí, y en ese momento...

-Vale, ya cojo la idea. El plantón aprovecharía para coger la bandeja y el teniente ni se enteraría- me interrumpió Silvia.

-Exacto, pero deja que te cuente a mi manera cómo di esas instrucciones. Reuní a los cabos, Calahorro y De Quevedo, y ya puestos a seguir con las rarezas de aquella guardia hice un poco el payaso:

»Amigos míos- les dije muy solemne yo-, las singulares circunstancias de este servicio para el que Dios nos ha llamado- aquí el cabrón de Calahorro soltó una carcajada- nos exigen unos sacrificios que van más allá del estricto deber. Es por eso, mis respetables cabos, que habréis de dar las oportunas órdenes para que desde este momento el soldado que esté en turno de plantón sustraiga la bandeja sobre la que se depositará nuestra gloriosa bandera tras ser arriada. El modo como ha de hacerse se caracterizará por el máximo sigilo y rapidez en el instante en que nuestro teniente vaya al aseo- "a cambiarse las bragas", dijo Calahorro, lo que provocó más risas en la cabo De Quevedo-. Por no crear vanas esperanzas debo añadir que es posible que el soldado que lo intente dé su vida por la patria, y que no habrá gloria para él, pues todo se efectuará en la clandestinidad. ¿Alguna pregunta?

»-¿Usted qué fuma, mi primero?- me preguntó con sincero interés De Quevedo.

»En fin, después de eso los despedí, y cosa de una hora después Calahorro entraba al despacho del segundo comandante de la guardia para darme novedades, con la bandeja en la mano.

»-¡A sus órdenes, mi primero! ¿Da su permiso?

»-Pasa, Calahorro, pasa- dije levantando la cabeza del libro que recogía las misiones del comandante de la guardia, porque a esas alturas más me valía estar empollado ya que era evidente que no se podía contar con el jefe.

»-Le comunico con satisfacción que hace unos segundos el soldado Camúñez ha cumplido con éxito la misión encomendada. Mientras el enemigo maniobraba internándose en el baño, el heroico soldado Camúñez dio un golpe de mano a su cuartel general haciéndose con el preciado botín.

»-Venga, Cala, ya vale, tío.

»-¡Pero si has sido tú el que ha empezado con las pamplinas!

»-Sí, eso es verdad, pero ahora estoy en plan formalito. Guarda la bandeja hasta la hora de arriar bandera, ¿quieres? Después, si podemos, haremos lo mismo para dejar la bandera en el despacho del teniente.

»-A la orden.

»-Oye, Calahorro, ¿cómo está la gente? ¿Está habiendo mucho cachondeo?

»-El normal en un caso como este, digo yo. O sea, que sí, que hay mucho cachondeo.

»-Procuremos que nadie ofenda al teniente, que tú no has visto su cara cuando me ha hablado. Por tus muertos, Calahorro, contrólame a la peña, que ese tío la va a liar parda a la más mínima.

»Calahorro se despidió diciéndome que estuviera tranquilo, que él sabía cómo llevar al personal, y sí, él lo hizo bien. Sería muy irreverente y muy sinvergüenza, y es verdad que abusaba de su veteranía, pero ante todo era un cabo profesional que sabía meter en cintura a los soldados díscolos. Además la cabo De Quevedo también era buena y tenía el carácter exigible a un cabo.

»Cuando al anochecer llegó la hora de arriar bandera el teniente seguía en su despacho. Tal como había supuesto tuve que encargarme de mandar yo ese acto. Ojalá hubiera sido más listo y tras arriarla hubiera custodiado la bandera en el despacho del segundo comandante de la guardia, en lugar de empeñarme en entregarla en el despacho del teniente Núñez. ¿Sabes, Contreras?, creo que mi obcecación los mató a todos, y que me va a matar también a mí.

Silvia Contreras, compasivamente, me acarició un hombro. Por increíble que parezca me puse cachondo.

-A ver, Alburquerque, ¿qué pasó después?

-Ahora voy a pedir otra copa. ¿Otra para ti, Silvia?

-Estoy bastante mal, pero sí, por favor.

(CONTINUARÁ CUANDO NOS TRAIGAN OTROS DOS WHISKYS)

jueves, 4 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (V)


Tardé poco en volver junto a mi nueva compañera, pero comprobé que no solamente nos habían servido otro par de copas sino que además Silvia ya le había dado unos buenos tragos a la suya.

-Contreras, a esa velocidad que bebes pronto vas a estar piripi y no te enterarás de lo que te estoy contando. Si quieres lo dejamos para otro día, aunque tal como está el panorama no puedo asegurarte que yo esté otro día.

-No, hombre, no; ahora no me voy a quedar con las ganas de saber el final. Tú sigue contando. Te has quedado por lo de que lo peor vino después.

-Ajá. El pobre hombre, con un movimiento muy marcial, como todo en él, o mejor dicho como casi todo en él, dobló el espinazo para llegar a los tobillos y subirse el pantalón, sin flexionar las piernas. Estando en esa postura casi de ángulo recto... Sería por lo forzado de la posición o por la vergüenza, vete a saber, el caso es que se le escapó un pedo largo y ruidoso como una ráfaga de ametralladora pesada. Podríamos llamarlo un pedo Browning de 12´70. Aquello fue un pedo superlativo que para colmo acabó con un sospechoso ruido líquido.

-¡NO!- gritó Contreras en ese punto de la narración, entre escandalizada y divertida.

-Pues sí, amiga Silvia, así fue. Estábamos todos como petrificados, yo aún en primer tiempo de saludo, porque mi estupefacción era tal que se me había olvidado bajar la mano. Intentábamos asumir el extraordinario suceso cuando Calahorro tuvo la infeliz idea de decir "mal empezamos la guardia, mi teniente". Y eso ya fue demasiado; nadie puede aguantar tanto, así que empezamos a reírnos como descosidos, como putos locos. Menos el teniente, claro.

-Pobre hombre.

-Sí, pobre hombre. Con los pantalones a medio subir se quiso batir en retirada hacia la seguridad de su despacho, pero es difícil correr con los pantalones por las rodillas. Se cayó se morros, sin apoyar las manos en el suelo por no soltar la rebelde prenda.

»-¡Toma carajazo! Ya está completo el espectáculo- dijo entre risas el cabrón de Guerrero lo bastante alto como para que lo oyéramos todos, incluido el desdichado teniente.

»Ahora pienso que fue una canallada muy cruel reírnos de todo aquel esperpento, pero qué quieres que te diga, ¿cómo evitarlo? El teniente Núñez, colorado como farolillo de prostíbulo, consiguió incorporarse y se metió en su despacho dando un portazo. Nosotros no podíamos parar de reír, y las ocurrencias que algunos iban soltando no ayudaban a la seriedad: "A mí me da igual que lleve bragas, pero lo del pedo ha sido una excesiva falta de respeto", decía uno; "es la primera vez que me reciben en bragas y tocando la trompeta. No soy digno de tal honor", decía otro. Cada vez que yo empezaba a dominarme alguien decía otro disparate similar y me volvía el ataque de risa. Así no había manera de poner orden. Pero en algún momento, no sé cómo, pude mandar romper filas y los cabos y yo pudimos iniciar el relevo de los salientes.

-Oye, ¿y los salientes también contemplaron el numerito?

-No, Contreras. Afortunadamente ellos estaban cada uno a lo suyo y se lo perdieron. Probablemente por eso están vivos. De todas maneras, como te imaginarás, a los pocos minutos ya estaban enterados del show. En verdad la noticia se distribuyó rápidamente por el cuartel, como te contaré más adelante.

»Cerca de la hipoxia por tanta risa fuimos ocupando nuestros puestos en aquella maldita guardia como buenamente pudimos. Cuando acabé de relevar al cabo primero saliente me enfrentaba al grave trance de ir al despacho de Núñez para pedirle instrucciones. No quería verlo porque temía empezar a reírme de nuevo en su cara, pero supuse que ese día el teniente me iba a necesitar más que nunca, y la lealtad al jefe es la lealtad al jefe, por muy rarito que sea.

»Armado de valor, apretando fuerte los dientes y concentrándome en no reír, abrí la puerta del despacho del comandante de la guardia.

»-A sus órdenes, mi teniente. ¿Da su permiso?

»Silencio. Núñez fingía leer la carpeta de órdenes como si su vida dependiera de la comprensión exacta de todas aquellas disposiciones. Aguardé varios segundos, firme, en el umbral. El teniente, sentado a su mesa, frente a mí, mantenía la mirada sobre los documentos, pero no movía los ojos. Simplemente estaba allí, envarado, con la cara aparentemente vacía de cualquier emoción.

»-Mi teniente, me gustaría saber si tiene alguna orden particular para la guardia de hoy.

»Silencio. Estaba a punto de retirarme con un taconazo cuando escuché al teniente. Habló con una perceptible inseguridad en la voz, y fue, por cierto, la última vez que la oí.

»-Encárgate de todo. Si alguien me molesta te juro que os vais a arrepentir todos. No quiero que ninguno de vosotros vuelva a cruzar esta puerta, pase lo que pase.

»A pesar de la rabia contenida que había en aquel hombre la verdad es que no gritó, ni siquiera se molestó en mirarme. Pero te diré una cosa, Silvia: nunca me he sentido tan amenazado. No me atreví a retirarme con la fórmula de rigor, ya sabes, lo de preguntar si ordenaba algo más y todo eso, sino que directamente pronuncié un discreto "a sus órdenes" y me largué de allí cerrando la puerta con alivio. Después me entrevisté con Calahorro y con De Quevedo para ponerlos al corriente de la singular orden del jefe. Hubo más chistes, más despiadadas burlas, sobre todo por parte de Calahorro, y algunas risas. Pero creo que los tres estábamos algo nerviosos, porque aquello pintaba mal. A efectos prácticos el teniente había dejado de mandar la guardia, y como comprenderás a mí no me hacía ni puta gracia quedarme al mando de nueve personas descojonándose de un hombre que parecía estar al borde del colapso emocional, y que además estaba armado, no olvidemos ese detalle.

(CONTINUARÁ)