AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

miércoles, 29 de abril de 2009

Qué gozada, mi brigada


(Y sigo con las simplezas).


Los militares —nadie lo ignora— somos brutos analfabetos que no servimos para nada salvo para saquear, matar, violar, jugar a las cartas y chupar del "bote". (¡"BOTE"! Qué ocurrente soy, cagüendiez).

Cuéntenselo a José Manuel Lucia, que parece que no se ha enterado el angelico.

Mwajajajaja... ¡Cómo me alegro, repámpanos, cómo me alegro!

(Hoy, a partir de las 20:15 tenemos al fenómeno en Tele5).

lunes, 27 de abril de 2009

Sobre perros y gatos. O, para no engañar a nadie, digamos que esta entrada habla sobre personas


Podrán ustedes discrepar y quizá con razón; pero creo que hay una notable diferencia entre las personas que preferimos a los gatos y las personas que prefieren a los perros.


He notado que a las personas gatunas, en general, nos gustan todos los animales aunque prefiramos los gatos como animales de compañía por razones prácticas. En cambio entre las personas perrunas es frecuente que ni siquiera sientan la menor empatía hacia los animales, incluidos sus propios perros.

Por mi experiencia, subjetiva y sesgada como son todas las experiencias personales, he llegado a la conclusión de que las personas que dicen querer específicamente a los perros no están diciendo absolutamente nada, o como mucho lo que están diciendo es que se quieren a sí mismas muchísimo. Quien afirma querer a los gatos, por contra, me parece gente más generosa, más empática y más comprensiva con las peculiaridades de cada cual. Querer a un perro es fácil porque el perro nos intenta imitar, pero querer a un animal tan orgullosamente distinto a nosotros como es el gato exige por nuestra parte una capacidad de aceptación de las diferencias ajenas que no todo el mundo tiene. Por eso, de entrada, me caen bien las personas a las que les gustan los gatos; me inspiran seguridad y confianza.

Puede que todo lo dicho sea una simpleza, pero es algo en lo que llevo pensando muchos años y mis observaciones —personales, sesgadas, quizá tendenciosas— coinciden con lo que estoy contándoles hoy. Pero no me hagan mucho caso, porque igual todo se reduce a que soy un simple.

Y hablando de simplezas, recuerdo que cuando apenas era un cabecita de polluelo de chorlito me dijo una amiga:

—Leonidillas, ¿sabes que dicen que la pareja ideal es la formada por un amante de los gatos y por un amante de los perros?

—¿Y eso?— pregunté muy despistado.

—Pues porque las personas que prefieren a los perros necesitan recibir amor, mientras que las personas que prefieren a los gatos necesitan darlo.

Una simpleza, ya les digo.

O no.

sábado, 25 de abril de 2009

El tercer paso


Llega un momento en que te das cuenta de que vas por mal camino, y si te queda algo de cordura tienes que echar el freno. Yo, francamente, no estoy seguro de haber llegado a tiempo para detenerme, pero lo voy a intentar.


Tengo un vicio (o enfermedad) del que he hablado de pasada en esta bitácora. A estas alturas no será un secreto para nadie y no es necesario que dé más detalles. Además el lector sagaz se habrá dado cuenta de que en ocasiones escribo bajo los efectos de... de ese estado que no quiero ni nombrar.

Pero todo eso ha de formar parte de un pasado oscuro y servirme solo de recuerdo para afrontar con más valor mi nueva vida de color rosa. Voy a ser un hombre nuevo, sí. Seré un hombre más sano y más acorde con los tiempos que corren. Se acabó el torturar cuerpo y mente con mórbidas costumbres.

El primer paso para reformarme fue buscar el número de teléfono de la asociación de anónimos esos. El segundo paso fue llamar y solicitar ser admitido en la próxima reunión. El tercer paso, el más difícil, fue asistir a la reunión. Pero lo he dado, he dado ese tercer paso y aquí estoy para contarlo, lleno de júbilo y esperanza.

Esperaba encontrarme a gente de la que se llama marginal, pero me ha sorprendido gratamente ver que había de todo, y que en general éramos un grupo de personas de las que nos llamamos normales, si es que tal cosa existe. Éramos doce, trece si contamos al coordinador (juas, como en la última cena esa tan famosa).

El coordinador del grupo ha resultado ser un tipo simpatiquísimo, ocurrente y algo afeminado, que asegura ser psicólogo. La verdad es que vale para lo que hace, porque es una de esas personas que inspira confianza y a las que dan ganas de contarles hasta los más turbios secretos.

Como yo era el nuevo he tenido un protagonismo especial en la sesión y se me ha otorgado la palabra en primer lugar, antes de que los demás contaran cómo les va en su nueva vida chachipiruli libre de perniciosos vicios y de aborrecibles tentaciones.

—Hoy tenemos un nuevo socio al que no voy a presentar porque estoy seguro de que sabrá presentarse solito —dijo el coordinador—. Adelante, Leónidas, cuéntanos de ti lo que creas conveniente.

Imagínense. Doce caras atentas pendientes de mí, veinticuatro ojos escrutando cada uno de mis nerviosos gestos. Y esta vez no era como cuando en el trabajo he tenido que dirigirme a decenas de soldados; esta vez no iba a arengar, felicitar, reprender ni ordenar. Hoy tenía que desnudarme y hablar de mis defectos más terribles. Y, aunque avergonzado, lo he hecho, con un par:

—Hola, amiguitos. Me llamo Leónidas Kowalski...

—¡Hola, Leónidas!— interrumpieron a coro unos cuantos exaltados.

—Hola, Leíto— dijo con voz seductora un tipo que se tomaba demasiado en serio este rollo del amiguismo y tal.

—Bueno, eso, que me llamo Leónidas y soy... ¡soy heterosexual!— terminé de decir con la cabeza alta sosteniendo valientemente las miradas de mis condesgraciados.

Sonaron aplausos, recibí abrazos y se escucharon comentarios de comprensión y lástima.

jueves, 23 de abril de 2009

Ni muertos nos libraremos


No hay salvación. No existe escapatoria. Ni los muertos se libran.


Lo he sabido hoy, entre escalofríos.

Hoy, más que nunca, quiero creer que estoy en lo cierto cuando pienso que no hay nada después de la vida. De no ser así... Uy, de no ser así, ¡vaya rollazo, coleguitas!

Saben ustedes, como chorlitianos lectores que son, que más de una vez me he quejado amargamente de esa mariconada de los pogüerpoints impertinentes que se reciben por correo electrónico, de las cartitas encadenadas y de la acrítica conducta que demuestran en todos los casos. Pero da igual. Uno puede rasgarse las vestiduras, poner el grito en el cielo, mesarse los cabellos y hasta cagarse en todos los santos, pero no importa, porque los gilipollas son incorruptibles en su excelsa gilipollez y no hay más remedio que cargar con ellos (y con sus gilipolleces) hasta el final de los tiempos. Aún después de muertos los gilipollas nos perseguirán. Quizá no nos encuentren, pero ellos persistirán en el intento. No les quepa duda, no sean ilusos.

Hoy he revisado la cuenta de correo que tengo asociada al programa Messenger. La mayor parte de los mensajes recibidos son de la misma persona, un compañero al que he pedido reiteradamente (y en persona) que no me envíe más mierda. Pues que si quieres arroz, Catalina. Ni uno solo de los mensajes era sobre algo particular conmigo. Como cabía esperar todo eran esos odiosos forwards mil veces reenviados, con todas esas direcciones de los destinatarios bien visibles para cualquiera.

Y entonces he tenido una idea grandiosa, casi una epifanía. Me he dicho: "¡Ostris, Leo, mira entre los contactos del remitente, quédate con las direcciones de sus amiguitas y levántale alguna perica!" La idea, admítanlo, era tan inmoral como atractiva. Ya que el tipo me jode con sus correos pese a mis advertencias, bien está que yo joda con sus ligues. Reciprocidad: cabronada por cabronada. Algunos no entienden otro lenguaje.

Pero Leónidas Kowalski de Arimatea, si no es el hombre más ético del mundo, sí que procura ser medianamente práctico, y pronto comprendí que esas golfas amiguitas de mi compañero estarían cortadas por el mismo patrón que él. Y no, no merece la pena echar un par de polvos de mierda a cambio de recibir más porquería cursi, tópica e improcedente. Sin embargo, mientras llegaba a esta conclusión, he descubierto algo macabro en la lista de destinatarios de la basura de mi compañero:

¡El muy cabrón sigue enviando porquería a la dirección de un compañero común que murió hace año y medio!

Lo dicho: de los gilipollas no se libra uno ni después de muerto. Y créanme que no sé si llorar por tanta idiotez, o si echarme a reír con esa risa cabrona que me sale a veces.

lunes, 20 de abril de 2009

Hace unos dieciocho años...


...no sé en qué estaría pensando aquella noche, no lo puedo recordar. Sí sé que el ambiente era tétrico, como le gusta a los cristianos. Todo estaba en penumbra aunque había unas pocas velas encendidas en la capilla, y desde las paredes me contemplaban personas agonizantes y hombres crucificados en cuadros y vidrieras. Todo muy del gusto cristiano, con gente herida y sangrante que tiene gestos de dolor y miedo. Una cultura de la muerte y del sufrimiento que se parece mucho a mis "Cuentos que no contarías a tus hijos". Con la salvedad de que yo tengo claro que mis cuentos no se deben contar a los niños, y vosotros, cristianos, queréis que todos los niños participen de ese gusto escatológico.


Harás bien, cristiano, en no seguir leyendo, porque voy a contar algo de lo que no me siento orgulloso, pero que tampoco considero una profanación como te podrá parecer a ti. Fue una reafirmación. Una reafirmación irreverente y del todo innecesaria, pero no una profanación para mí, aunque desde tu punto de vista lo sea.

Aquella noche de hace tanto tiempo me colé indebidamente en un lugar que tú llamarías sagrado. Yo entonces tenía dieciocho años menos y me faltaban doce kilos para tener mi peso actual, pero tenía a cambio unos cuatrocientos litros más de insensatez, porque valor no lo puedo llamar.

Me di un paseo por tu sacro territorio, mirando imágenes de obscena crueldad que no tenéis en cuenta cuando se os llena la boca hablando de proteger a los menores, ¡hipócritas!

Cuando me aburrí de ver trágicas advertencias fui un paso más allá y me metí en ese cubil que llamáis confesionario, en el lugar que normalmente ocupa el cura. ¿Era yo entonces el intermediario entre vuestra divinidad y los mortales? ¿Era el demonio quien me hacía obrar así, usurpando el papel de los ministros divinos? No, claro que no. Era tan solo un chaval fogoso y hastiado de mentiras.

Y una vez en el agujero donde tantos pecados se habrían absuelto con oraciones, decidí masturbarme. La carne sobre el espíritu, la verdad de nuestro sexo sobre la mentira de la religión, el placer sobre el pecado de Onán...

Sí, no es para sentirse orgulloso, lo sé. Pero a día de hoy aún no me ha fulminado un rayo enviado por vuestro dios.

sábado, 18 de abril de 2009

Me gustan las mujeres. (Una entrada para apaciguar a las feminiotas)


Por algún que otro comentario que alguna que otra lectora histérica ha vomitado en esta chorlitesca bitácora creo que es necesario explicar alguna que otra cosa: que ni soy tan misógino como parezco ni tan machista como simulo.

A mí, las mujeres, me gustan una barbaridad. Dicho eso, paso a matizarlo:

Me gustan las mujeres, pero me gustan más guapas que feas; delgadas que gordas; desnudas que vestidas (aunque las hay que pierden mucho al desvestirse); calladitas que parlanchinas; femeninas que machorras; decentes que zorras (aunque la más decente es en verdad un putón de tomo y lomo); duras que débiles; humildes que altaneras (es difícil hallar una mujer humilde pero algunos indicios sugieren que las hay); inteligentes que necias; divertidas que tristes; lúbricas que frígidas; apasionadas que imperturbables (apasionadas he dicho, no locas histéricas); altas que bajas; con las tetas firmes que caídas; sanas que enfermas; juguetonas que aburridas; valientes que cobardes; risueñas que lloronas; con botas que con zapatos; con tacones que sin tacones; con tanga que con bragas; con color de pelo natural que teñido; con larga melena que con el pelo corto; con dieciséis años que con treinta y dos (pero reconozco honrosas excepciones); las que me chupan la polla que las que no lo hacen; las que reciben mi semen en la boca que las que no lo reciben; las que se lo tragan que las que no se lo tragan; las que se dejan dar por el culo que las que no lo consienten; las que han tenido poco uso que las requetefolladas; muertas que vivas... (bueno, la verdad es que tengo dudas sobre esto último).

Ahí queda eso, como diría
una amiga. Y al que no le guste, que se joda.


¿Ya no me quieres?


Temo que tantas horas juntos, tantas copas vaciadas, tantas charlas y confidencias mil veces interrumpidas hayan hecho mella en lo nuestro.


¿Qué fue de tu amabilidad de antaño? ¿Para quién es ahora tu simpatía? ¿Dónde está tu sonrisa, que ya no la veo? A veces pienso que yo estaría mejor yéndome de putas. Ay, si no fuera por el asco que me dan...

Últimamente te comportas como si no estuviera a tu lado implorándote atención. Pareces más pendiente de todos los demás que de mí. ¿Acaso crees que yo puedo prescindir de ti? ¿Te crees que ya no te necesito? ¿O eres tú quien ya no me necesita a mí? Quizá nunca me necesitaste; quizá todo fue una ilusión mía. Quizá... ¡Quizá tampoco yo te necesite y no me atrevo a verlo!

En ocasiones, estando a solas tú y yo, te quedas como ausente mirando la televisión, impermeable a mis necesidades. Algunas veces he tenido que gritar tu nombre repetidamente —¡con lo poco que me gusta levantarte la voz!— hasta sacarte de tu ensimismamiento, en cambio cuando estamos con más personas vuelves a sonreír, haces bromas y satisfaces los requerimientos ajenos con urgencia; te revitalizas.

Antes, al principio, me decías "qué serio estás hoy", si me veías taciturno; "sea lo que sea no merece que le des tantas vueltas", cuando me notabas especialmente silencioso y reflexivo; "¿hablamos de fútbol?", si lo que pretendías era hacerme reír; "¡qué elegante vas esta mañana!", en las raras ocasiones en que me encontrabas con el uniforme de gala. Ahora, sin embargo, te portas como si fuera un mueble.

De seguir esto así tendré que buscarme otra... ¡Sí, me buscaré otra cafetería, camarero de los cojones!

viernes, 17 de abril de 2009

lunes, 13 de abril de 2009

Una adivinanza (ajena)



Aunque no es nada que no sepamos, la manera de exponerlo me ha impactado e invito a mis dos o tres lectores a que echen un vistazo, y ya de paso invertiréis vuestro tiempo en algo de provecho:


Jamás, de Enrique Gallud Jardiel.

jueves, 9 de abril de 2009

Desaparición y encuentro de Manoli Gómez


A Manoli Gómez la encontraron unos pastores en la mañana del 18 de febrero de 1971. Una semana antes Manoli había cumplido catorce años y ya se la disputaban todos los mozos de su pequeño pueblo.


Manoli tenía el carácter rebelde, y la risa fácil y cantarina. Tenía, también, un bonito cuerpo con algunas cicatrices provocadas, según las malas lenguas, por las palizas que el borrachín de su padre le daba.

El 16 de Febrero la niña desapareció. Desde las seis de la tarde nadie recordaba haberla visto, hasta que los pastores la encontraron aquella mañana del 18, tendida boca abajo sobre un lecho de hierba aplastada, inmóvil y con el pelo revuelto.

En el amanecer del día anterior, 17 de febrero, una partida de guardias civiles y campesinos comenzó la búsqueda de Manoli. En los hoscos semblantes de los guardias civiles no se lee nada, porque como aquel maestro dijo "tienen, por eso no lloran, de plomo las calaveras"; pero los rostros morenos de los campesinos reflejan preocupación sincera, aunque a esas horas todavía prima el optimismo. A fin de cuentas Manoli fue siempre una niña rebelde; se habría escapado, decía la gente dándose mutuos ánimos.

Fue en el amanecer del 18 cuando la encontraron unos pastores. Inmóvil, tumbada boca abajo, con la ropa rasgada.

En la tarde del día 17 el sargento que dirige la búsqueda de la niña comprende que es necesario ampliar el círculo y pide refuerzos a los puestos cercanos. Por la noche hay doscientos guardias y más de mil voluntarios buscando a la niña con linternas. A medianoche se empiezan a oír rumores que contienen las agoreras palabras "violación", "rapto", "muerta" y "horca".

Aún faltaban unas horas para que los pastores hallaran a Manoli inmóvil, tirada boca abajo, con el pelo revuelto, la ropa rasgada y sangre en la cara.

"¡Manoli! ¡Manolita!", se gritó miles de veces por toda la comarca aquella noche del 17 al 18 de febrero de 1971 antes de que los pastores la encontraran.

—¡Santa madre de Dios!— dijo el más joven al verla.

—Anda, niña, levanta y vete a casa, que la has liado parda— exhortó el mayor.

—Me caí y se me rompió la ropa. No quiero que padre me zurre— explicó Manoli.

Cuando llegó a casa le dieron una buena azotaina, y ya está. Si ustedes esperaban otro final es que leen demasiado este blog.

martes, 7 de abril de 2009

Conflicto intercultural


Yo entonces vivía en Granada y tenía por novia a una inglesa llamada Annette que estaba compuesta a partes iguales de dulzura, pasión, belleza y sentido del humor. Era la novia perfecta, caramba. Lamentablemente la perdí (recuerden que soy un cabeza de chorlito). Pero ahora no es momento de lamentaciones, sino de recordar el fatídico acontecimiento que sigue:

Un sábado a mediodía mis padres vinieron a visitarnos (y a conocer a Netty) desde Murcia. Mis padres, siempre que me visitan allá donde yo esté, vienen cargados de comida, como todos los padres, según creo. Yo sospecho que para los padres los hijos son algo así como eternos muertos de hambre, o como cerditos que hay que cebar para la matanza, pero a los que se les toma cariño y en lugar de matarlos los siguen cebando para siempre por la costumbre. El caso es que se presentan mis progenitores bien cargados de víveres (y limones, siempre me traen limones porque mi madre tiene la extraña manía de que los limones solo existen en Murcia), y entre el cargamento que traen para encerrarse en un refugio antinuclear durante diez años sin pasar hambre se oculta un conejo (muerto) que les ha dado mi abuela para mí, porque mi abuela, además de criar siete hijos, crió miles de conejos que luego mataba y regalaba por ahí (los conejos; los hijos, hasta donde yo sé, ni los mataba ni los regalaba). No se figuran ustedes la de pesadillas que yo he tenido con todo ese mal rollo que tenía mi abuela de criar animales para matarlos luego. Debería haber una ley antiabuelas sádicas. Y... ¿por dónde puñetas iba? Ah, ya:

Llegan mis padres y comienzan las presentaciones, las salutaciones y demás taciones que se dan en estos casos. Mi madre dijo que Annette parecía una actriz de cine, y es que mi madre, además de creer que los limones solo se conocen en Murcia, cree que todas las mujeres altas, esbeltas y de ojos claros parecen actrices de cine. En defensa de mi señora madre debo decir que ciertamente Annette se parecía a Nicole Kidman. Lo digo para que vean que a veces mi madre sabe de qué habla, pero sobre todo lo digo para que me envidien todos los lectores de esta humilde bitácora. Y... vaya, otra vez se me fue el santo al cielo y perdí el hilo. Vale, ya:

Concluidas las taciones comenzó la preparación de la comida. Para ello mi madre sacó el conejo (muerto) de una bolsa, al igual que el mago lo saca (vivo, esperemos) de una chistera. Como mi padre y yo somos muy machotes bebíamos cerveza mientras la mujer que me parió requería la ayuda de Annette para despedazar al conejo (muerto, insisto). "Míralas a las dos ahí, tan amigas, contándose sus cosas, tan entrañables ellas mientras descuartizan un animal", pensaba yo bastante enternecido por semejante escena.

Más tarde estábamos comiendo y observé que Annette no tenía muy buena cara. Supuse que el conejo con arroz no le gustaba. Mi madre no dejaba de animarla: "Échale limón, hija, échale limón que el limón no lo has probado tú nunca". Entonces la dulce Netty se rebeló:

—¡En mi país también hay lemons, señora!

—Claro, hija, habrá lemons de esos, pero esto es limón. Pruébalo y verás qué rico, tonta.

—¿Tu madre está tomando el pelo de la guiri?— me dijo al oído Annette.

—No, Netty, es que ella es así de verdad— le respondí sinceramente.

La comida siguió en paz, aunque la cara de Annette empeoraba de color por momentos. Acabamos de comer y todos tomamos café, salvo Netty que prefirió té. Después mis padres volvieron a Murcia. Cuando se hubieron ido, Annette —¡poor Netty!— cayó en mis brazos llorando (bueno, en verdad ni cayó en mis brazos ni lloró, pero ustedes me van a permitir ese toque dramático) y exclamó:

—¡Ou, Leo, ha sido horible! Para mí un conego es un animal de compañía, ¡NO ES COMIDA, FUCKING SPANIARDS!

sábado, 4 de abril de 2009

Me van a robar a Gusifluky


Ayer Gusifluky salió a recorrer mundo. De nuestro hogar salió un gato y horas después volvió otro gato diferente. No sé si peor o mejor; tan solo diferente.


A su vuelta apestaba a alcohol y a tabaco. Se tambaleaba al andar y balbuceaba consigo mismo incoherencias. Le preparé un café bien cargado, pero cuando salí de la cocina Gusi roncaba en mi cama. No quise despertarlo. En cambio él me ha despertado esta mañana cantando.

—Vaya, pequeño Gusi, veo que llevas bien la resaca.

—Oh, sí, padre. Hoy lo llevo todo estupendamente. Siento como un optimismo que me hace verlo todo distinto.

—¿Ah, sí, hijo mío? Me alegro mucho. Oye, cuéntame qué hiciste anoche.

—¿Anoche? ¡Anoche! Anoche, padre, conocí a una gatita encantadora. ¡Qué digo encantadora; era la gata más adorable del mundo! Se llama Abigaíl, que según la Wikipedia significa "el padre salta de júbilo". ¡Así que salte de júbilo, padre, salte conmigo!

El muy loco me ha cogido de las manos y se ha puesto a dar brincos.

—Ey, perturbinto, relájate un poco y háblame más de esa linda gatita.

—Su nombre también puede significar "fuente de alegría", ¿sabe, padre? ¡Qué acertado nombre! Ah, si usted la hubiera visto... Criatura angelical, hermosura inigualable, maravilla de la naturaleza, absoluta perfección.

—¿Es buena chica? Eso es lo importante.

—No lo sé, padre. No tengo la menor idea. ¿Y sabe lo más raro?, ¡me da igual!

—Uhm, eso no es bueno, hijo mío. No deben darte igual esas cosas.

—Bah. Mire, mire ahí fuera, padre. ¿No nota usted que hoy todo brilla más; que la luz del sol parece más intensa; que los colores son más vivos? ¡Y además todo huele diferente! El mundo parece haberse impregnado de un aroma como de batido de fresa y plátano. Sí, a eso huele hoy la vida.

—Voy a llamar inmediatamente al veterinario.

—Ja ja ja... ¡Deje el teléfono y salte conmigo!

—No voy a ponerme a dar saltos como un bobo, Gusifluky. Dime, ¿te la tiraste?

—¡Por favor, padre, no sea simple! Ni se me pasó por la cabeza. Además, me permito recordarle que usted tuvo a bien castrarme hace unos meses.

—Ah, sí... Bien, cambiemos de tema: ¿de qué hablasteis?

—Hablamos mucho, durante horas, padre, ¡durante horas! Yo la había visto otras veces, pero nunca pensé que alguien como ella pudiera prestar atención a un gato mestizo como yo. Ella es tan... ¿cómo iba yo a atreverme tan siquiera a acercarme a ella? Oh, padre, y sin embargo anoche estuvimos conversando como si nos conociéramos de años. Es tan simpática, tan agradable...

—Vale, vale, pero céntrate: ¿de qué hablasteis?

—¿Y eso qué importa? Con ella hablaría de cualquier cosa con tal de sentirla cerca. Ay, padre, si usted la hubiera visto... Bueno, ya que insiste le diré que discutimos amigablemente sobre la conveniencia o inconveniencia de la pena de muerte, entre otras cosas. Por cierto, le he prestado un libro de los suyos, el que se titula precisamente Pena de muerte, de Helen Prejean. Espero que no le importe.

—Te he dicho mil veces que no prestes mis libros, granuja.

—Tenía que hacerlo, padre. Es por la causa.

—Si es por la causa de abolir la pena de muerte bien está.

—Bueno, también por esa causa que usted dice, pero yo me refería a la causa de garantizarme que volveré a verla cuando nos devuelva el libro.

—¿Y crees que lo devolverá?

—Confío en que sí, me lo prometió. Para ello anoté el número de teléfono de usted en la primera página del libro.

—¡Serás...! Ja ja ja, qué astuto es el pequeño Gusifluky. Usarías lápiz como te he enseñado, ¿no?

—¡Para buscar un lápiz estaba yo! Usé el bolígrafo que me dejó el camarero.

—¡Maldición! Ya me hiciste cabrear. Me voy a leer, déjame solo.

Gusi se ha quedado dando saltos, cantando y, supongo, oliendo a batido de fresa y plátano. Al rato ha abierto la puerta del salón, se ha acercado a mí, ha puesto su patita blanca sobre mi libro y me ha preguntado:

—Padre, ¿el amor pesa?

—Yo creo que no, hijo mío.

—Pues yo creo que sí, porque siento como que algo me oprime el pecho.

viernes, 3 de abril de 2009

Eduardo y Mia Scarpitta. Historia de una relación tormentosa


A la madre de Mia nunca le gustó Eduardo, ni ninguno de los que son... así, como es él.

A pesar de los reparos de su madre la pequeña Mia se enamoró perdidamente de Eduardo. Ella pertenece a esa clase de personas que parecen gozar contrariando a sus padres.

Eduardo también adora a Mia, aunque a veces se sienta un poco agobiado por las desaforadas muestras de cariño que su amada le prodiga —¡iiiii!, ¡iiiiii!, ¡iiiiiiiiii!—. En esas ocasiones Eduardo no quiere abrazos ni mimos; tan solo anhela un mundo extenso por el que correr.

A Mia le cuesta entender eso y contempla con tristeza e impotencia la fuga temporal de Edu.

Eduardo volverá. Volverá si no lo atropellan ni lo envenenan. Mientras tanto sed pacientes con él, como él lo es con Mia:


—¡Eduardo! Bsbsbs...— dice la madre de Mia.

—Sí, sí, esperadme sentadas— piensa Edu, aunque no lo dice porque, como a todos los gatos, no le gusta herir los sentimientos de nadie.

(Por alguna razón, mientras escribía esta tontada, he pensado que en mi último momento de vida me gustaría tener la cabeza limpia de otras cosas y poder dedicar los últimos segundos a recordar algo como este vídeo. Así, tan tierno, tan inocente, tan... tan gusiflúkico).

jueves, 2 de abril de 2009

Anochecer entre caballeros


Debió de ser entre 1999 y 2001. Anochecía en San Fernando y yo bebía un whisky con refresco de cola en un bar cutre de barrio pobre, de los que frecuentan jubilados jugadores de dominó y obreros en paro. Seríamos unos seis o siete clientes, y salvo yo todos hablaban de algo; de su injusto despido o de qué equipo de fútbol había hecho mejor partido el día anterior. Se mezclaban las conversaciones y aumentaba el volumen de las voces cuando se mencionaba a un árbitro, a un antiguo jefe o a un político.


Entonces entró ella. Metro ochenta y cinco, cuarentona, rubia, ojos azules, traje blanco, piel discretamente morena, cuerpo perfecto y cara de diosa devoradora de hombres. Se hizo el silencio.

Cada cual parecía ensimismado en su vino o en su cerveza. Elisabeth —varios años después supe que se llama Elisabeth; que es holandesa; que está divorciada de un arquitecto español; que fue pareja de un famoso profesor universitario con muchos libros publicados el cual terminó la relación por lo incómodo que se sentía saliendo con una mujer tan bella; que pasa períodos vacacionales en San Fernando; que es madre de una deliciosa adolescente mitad española y mitad holandesa; que su español no sirve para nada y mi inglés menos aún (del neerlandés ni hablar)—, Elisabeth, decía, pidió un jerez. Mientras lo consumía nos miró a todos, con descaro y uno a uno, evaluadora y altivamente, con la seguridad exclusiva de las mujeres que se saben extraordinariamente bellas.

Era aquello un espectáculo surrealista: una de las mujeres más guapas y elegantes que he visto en mi vida en uno de los típicos bares que hieden a machismo y a vulgaridad. Y sin embargo, desde el momento en que Elisabeth llegó, con su sola presencia lo había convertido en un territorio propio donde no había más amo que ella.

Acabado su jerez se despidió dejando tras de sí ecos de acento foráneo. Yo esperaba —temía— una explosión de cobardes comentarios de machitos reprimidos. Pero no sucedió nada de eso. Poco a poco se reanudaron las conversaciones sobre árbitros posiblemente injustos, antiguos jefes probablemente despóticos y demostrados políticos corruptos.

Nadie mencionó que acababa de ver a una diosa.

Y yo supe que aquella tarde moribunda —anochecía en San Fernando— me encontraba entre caballeros.