(Viene de aquí).
Media hora después Lola está en la oficina donde trabaja como administrativa de una importante granja de mucangrios, probablemente la más exitosa granja de mucangrios del mundo. Ya casi se ha olvidado de las llamadas con número oculto, ocupada como está en gestionar facturas, archivar albaranes, hacer fotocopias y coquetear con el gerente. Entonces suena el ridículo tonillo -chini, chini, chini- que escogió para las llamadas entrantes en una noche de alcohol y falta de gusto.
-Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas -empezó de nuevo la misma voz-. Pecado mío, alma mía...
-Oye, ¿vas a leerme toda la puta novela, so cretino? -interrumpió Lola con malas pulgas, con tan malas pulgas que ni una sola se había librado de ser excomulgada por el Papa. Sí, eran pulgas perversas y pecadoras-. Te lo pregunto por ponerme cómoda y eso.
-¿Te gustaría?
-¡Pues claro que no, lelo! ¿Es que no sabes lo que es el sarcasmo?
Se produjo una pausa en la que Lola creyó oír el chasquido de un encendedor y una larga expiración segundos después. Luego, inopinadamente, dijo aquella voz:
-Tengo más rabo que el demonio.
-¿Sí? ¡Pues lo doblas y te lo metes por el culo!
-Ay, Lolita, ay, pequeña Lola, ay -decía fingiendo pesadumbre aquel tipo-, así no es como fuiste educada en ese olvidado colegio del Opus. Si el pobre don José, tu profesor de Religión, levantara la cabeza...
-¿Pero tú quién coño eres, tío?- preguntó Lola sintiendo que aquello se estaba poniendo demasiado serio.
-Soy alguien que te quiere, cariño, solo eso. Por cierto, hoy estabas preciosa cuando has salido de casa. Con esa blusa azul y esa falda negra se disimulan muy bien los kilitos que te sobran, pero te sugiero que hagas más ejercicio y moderes la ingesta de alimentos, y mientras pierdes esos michelines sería conveniente que te abstengas de ponerte la camiseta esa tan ajustada que llevabas el martes de la semana pasada.
Decir que Lola estaba indignada sería decir poco; digamos mejor que estaba así como encabronada, y por eso escupió al teléfono las siguientes palabras:
-¡Muérete! ¡Enfermo, que eres un puto enfermo!
Taquicárdica y con la cara congestionada Lola colgó. "¡Gorda yo!", se decía mentalmente, "gorda su puta madre". Sin embargo corrió a mirarse en el espejo de cuerpo entero del baño de señoras de la empresa. A su pesar hubo de darle la razón a ese hijo de puta. A sus treinta y dos años no solo se vio gorda sino además vieja, y para colmo los ojos enrojecidos y las lágrimas que comenzaban a brotar le daban un aspecto más ajado aún. Entonces volvió a sonar su celular con aquel estúpido sonido: "chini, chini, chini".
-¿Y ahora qué quieres, cabrón?- exclamó Lola sin molestarse en ocultar su llanto.
-¡Gordinflona!- soltó la voz, inmisericorde, antes de cortar la comunicación.
Lola siguió mirando su reflejo -su horrible reflejo, pensaba ella- sin despegarse de la cara el teléfono ya silencioso. Tenía razón, ese cerdo tenía razón, opinaba Lola.
Lola medía un metro y sesenta y tres centímetros, y aquella mañana pesaba exactamente cuarenta y seis kilos con cuatrocientos treinta gramos. Y se vio terriblemente gorda, obesa, grasienta y sucia.
Lamentó haber desayunado un cacao esa mañana, y se prometió a sí misma que para todo el resto del día no iba a tomar otra cosa que no fuera café y algunos sorbos de agua. Con un poco de suerte llegaría a las cincuenta horas sin ingerir nada sólido. ¿Gorda ella?, ¡se iban a enterar!
La dolorosa
Hace 15 horas

