AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

sábado, 14 de febrero de 2009

El beso de Victoria. (Cuentecillo de amor para un 14 de febrero)


A los cinco años el mundo le parece a Santiago infinito, misterioso y lleno de aventuras, y siente que la vida es eterna. Sabe que la gente se muere porque alguien se lo ha dicho, pero lo sabe como sabe que existen cosas llamadas planetas o microbios; es algo que no puede ver y que por tanto no va con él.

La vida de Santiago consiste en unos padres cariñosos y atentos, en sus maestros y amigos del cole, en su colección de soldaditos de plástico, y desde unos meses sobre todo en una niña que se llama Victoria y a la que ama secretamente.

La pequeña Victoria también tiene cinco años y va a la misma clase que Santiago. Está pletórica de salud, belleza, ilusiones y timidez. Desde que Santi vio por primera vez a esa niña tan linda casi no piensa en nada que no sea ella. Se ha enamorado de la manera intensa y casta que tienen los niños de enamorarse, con pensamientos inocentes y una incomprensible necesidad de acercamiento físico y nerviosismo ante la proximidad de la persona amada.

Una tarde —una cualquiera— Santiago ve a Victoria jugando en un parque —uno cualquiera—. La niña, arrodillada e inmersa en quién sabe qué fantasías habla quedamente a su Barbie y a su Ken poniendo perdidas de barro las rodilleras de los pantaloncitos vaqueros. "Su mamá la va a castigar", piensa Santi, siempre preocupado por el objeto de su amor platónico. Después de esa idea otro pensamiento muy diferente se adueña de sus actos. De un parterre cercano corta una flor —una cualquiera— y con ella en la mano y el corazón en la boca se acerca a Victoria. Santiago se arrodilla frente a la niña, le tiende la flor y en un impulso dice:

—¿Me das un beso, Victoria?

Ella, sin levantar la vista de sus juguetes, se queda muda y paralizada. Nunca le había pasado algo así. Santiago ve arrebolarse los gordezuelos mofletes de Victoria. Transcurren interminables segundos pesados y fríos durante los que el mundo —infinito, misterioso, lleno de aventuras— parece haberse parado para Santi. La niña exagera su gesto de concentración y tiene ahora el entrecejo arrugado y los labios fruncidos. Santiago, con la mano que sostiene aquella flor cualquiera extendida, empieza a pensar que ha ofendido a la guapa Victoria. Ella, aún con la mirada clavada en el suelo y el gesto reconcentrado se sorbe los mocos y limpia su chata nariz con la manga de la blusa. Está más bella que nunca con esa carita como de enojo. Santiago siente que además del tiempo se ha detenido su corazón. Entonces ella levanta la cara, mira resueltamente a ese compañero de colegio que gusta tanto a todas sus amigas y se da cuenta, por primera vez, de lo guapo que es. Victoria coge la flor. Es demasiado joven para saber sonreír con coquetería, así que parece mohína cuando al fin responde: "Bueno", dice Victoria con la voz segura de las mujeres que conocen su poder sobre los hombres.

Entonces se dan un fugaz beso en la mejilla mientras algo les cosquillea por dentro.

A los cinco años el mundo le parece a Santiago infinito, misterioso y lleno de aventuras, y siente que la vida es eterna. Sabe que la gente se muere porque alguien se lo ha dicho, pero no puede saber que él mismo morirá atropellado dentro de una semana.

Eso, al menos, lo librará de ver que Victoria, con el paso de los años, acabará convertida en una mala mujer —¡una cualquiera!—... pero esa es otra historia que no me apetece contar hoy.

8 comentarios:

kitty_wuuuu dijo...

BUUUUUUUH! FUERA!!
Fuera ese final malo!!!

( lo de convertise en una cualquiera, no lo del niño atropellao)
Jejej.

Gota. dijo...

Buf, alguien tendría que haberle dicho que mirará a los dos lados antes de cruzar.
Muy bueno!

Anónimo dijo...

¿Cuento que no le contarías a tus hijos?

Pues bien, no lo leo, Leo.


Alelí.

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Gota, a veces no es suficiente mirar a los lados, te lo aseguro.

Gerardo dijo...

Ah, la moraleja misógina marca de la casa... la hubiera echado de menos.

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Si es que no puedo evitarlo, Gerardo. Además así voy preparando el terreno para cuando me dé por contar lo que pasó con Victoria, que como dicen los gaditanos tiene guasa.

Anónimo dijo...

Me ha gustado.
Gracias.

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

De nada, anónimo. Siempre es un placer ayudar a pasar buenos ratos.