AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

lunes, 22 de febrero de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (II)


Contreras me miraba atónita. Me miraba y me miraba sin decir nada, así que supuse que esa tremenda afirmación mía necesitaba una explicación.

-Sé que estás algo confusa, compañera, y lo entiendo. Si me dejas que te cuente toda la historia desde el principio... pero te advierto que me va a llevar un rato largo. Hay cosas que no pueden, o no deben resumirse.

Silvia estaba encantada de poder escuchar lo que prometía ser un relato cuando menos curioso y pidió un café con leche. Yo pedí otra tónica y comencé la narración con una pregunta:

-¿Te han hablado ya del teniente Núñez?

-No me suena- respondió dubitativa Contreras, más despistada a cada momento.

-Pensaba que ya te lo habrían contado, a pesar de tu breve presencia en la unidad. Si no te suena su nombre entonces tampoco has oído la historia de su suicidio, ni mucho menos la... ¿leyenda?... de la cadena de suicidios posteriores.

-Ni idea de lo que me hablas, tío. Me estás poniendo nerviosa.

-Soy yo quien tiene motivos para estar más que nervioso. Déjame que te cuente y presta atención, porque puede ser que muy pronto solamente tú quedes para recordar los extraños hechos que siguieron a aquella mañana del 31 de diciembre de 2007, cuando el teniente Núñez entró de guardia por última vez en su vida.

-Vale, vale, soy toda oídos- y no mentía al decirlo; no había más que ver su cara de asombrado interés.

-Empezaré hablándote del propio teniente, y luego, con menos detalle, te haré una reseña de los demás implicados. El teniente Núñez tendría veintiséis o veintisiete años y ya andaba rozando el ascenso a capitán. Era uno de esos milicos de la que entonces aún se llamaba escala superior y parecía sacado de una película. Metro noventa, extremadamente cachas, guapetón y varonil según decían las chicas del regimiento, hijo de un general de división en la reserva, y para colmo tenía un expediente de los de quitarse el sombrero: diplomado en operaciones especiales, curso de paraca, profesor de educación física, tirador selecto con fusil y pistola, primeraco de su promoción... En fin, el oficial casi perfecto. De hecho nunca comprendí cómo semejante portento vino a parar a este agujero que se llama Acuartelamiento Cascaperales.

-¿Por qué has recalcado tanto el "casi"?

-Bueno, el teniente Núñez tenía algo raro. No caía bien a nadie, la verdad. Y no era por los típicos celos o envidias profesionales, no. Había algo indefiniblemente repulsivo en Núñez. ¿No te ha pasado nunca que te topas con alguien por primera vez y sin conocerlo percibes algo que te tira para atrás?

-Sí, alguna vez.

-Pues eso pasaba con el teniente Núñez, solo que era una sensación unánime. Nadie lo quería. Nadie podía soportar mucho tiempo su cercanía. Y no te imagines que era arrogante ni nada de eso. Era, eso sí, disciplinado hasta decir basta; más papista que el papa; más manualista que los propios manuales; y sus interpretaciones del régimen disciplinario de las Fuerzas Armadas habrían asustado al más severo de los fiscales. Era famosa su mano de hierro al aplicar sanciones; no perdonaba ni el más mínimo desliz. Sin embargo, siendo justos, hay que reconocerle que él mismo se aplicaba todas las leyes, reglamentos y directivas con inquebrantable rigor. Pero esa absoluta perfección lo convertía, a ojos de los demás, en un ser humano imperfecto, porque los robots, querida compañera, por definición no pueden ser humanos perfectos.

»Te decía que no te lo imaginaras como alguien arrogante y debo insistir en ello. Núñez era un tipo tímido que nunca presumía de sus éxitos y que siempre hablaba en voz muy baja, como temeroso de hacerse notar. Pero había algo en él que... no sé, simplemente daba miedo, un miedo instintivo, irracional, atávico. Si yo creyera en el demonio le pondría la cara del teniente Núñez.

»Pues bien, aquel día, el último del año 2007, y también el último día de su vida, el teniente Núñez y yo coincidimos de guardia junto con otras nueve personas. Ahora, compañera, deja que te hable sumariamente de todas ellas.

(CONTINUAREMOS)