AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

domingo, 23 de diciembre de 2007

La confesión del Tío de las Patatas


A Juan Mondéjar García, y en memoria de Antonio Morales, Sergio el de la Penca, Paquito el petardero, Tito, Guillermo y Pepe el chichones.



Todos odiábamos al Tío de las Patatas, pero él nos odiaba aún más a nosotros.

Me crié en un barrio obrero de las afueras de Murcia, entre los años 1975 y 1991. Por entonces Murcia no era la ciudad moderna y devoradora de campo que ahora es, y mi barrio constituía la frontera entre la urbe y la huerta murciana. Los niños de mi generación que vivíamos allí crecimos jugando en la calle. Era muy común salir de casa con una carabina de aire comprimido, o escopeta de perdigones como incorrectamente la llamábamos, sin temer nada de la Guardia Civil ni de la Policía. Disparábamos a pájaros, a latas, a culebras, y ocasionalmente también nos disparábamos entre nosotros. Nadie murió ni sufrió lesiones graves. Éramos unos críos rústicos, pero no íbamos por la vida con una navaja en el bolsillo, a menos que fuera para pelar fruta robada en alguno de tantos huertos que se nos ofrecían tentadores y desprotegidos.

Vivimos nuestra adolescencia fumando cigarrillos a escondidas, ocultos entre monte, ruinas y huertos. En casa no comíamos fruta, para desesperación de nuestras madres, pero era salir a la calle y nos entraban unas irrefrenables ganas de robar membrillos, naranjas, moras, limones, ciruelas, granadas, panochas, habas... El consumo clandestino de aquellos alimentos, unido a las consiguientes carreras huyendo del hortelano, nos convirtió en una generación de muchachos sanos y atléticos. Nosotros no fuimos chicos obesos porque no sabíamos lo que era un Burger King, ni un McDonald´s, ni un Pizza Hut, ni nada de eso. Si acaso sabíamos lo que era un Bollycao, un Cropán o un Tigretón porque comíamos uno al mes. Bueno, sí conocíamos las monas del bollero, que iba al recreo del colegio con aquella cosa, mitad triciclo mitad tienda de confitería, y vendía sus productos ambulantemente gritando: "¡Neeeene, llora. Lloooooora nene!" Qué maldad, la del bollero. Pero no, en realidad era un pedazo de pan, y nos fiaba las monas rellenas en el recreo escolar creyendo, iluso de él, que nuestras madres se las pagarían después. Aunque es sólo una teoría, Mondéjar y yo sospechamos que el bollero fue a la quiebra por culpa de Tito, un amigote nuestro que arruinó el negocio por abusar de la bondad del vendedor de bollos.

En aquel tiempo, Tito, Mondéjar, Morales, Sergio el de la Penca, Pepe el chichones, Guillermo, Paquito el petardero y yo éramos el terror de los humildes minifundistas de la zona. No había alambrada de espino que nos detuviera, ni muro demasiado alto que no pudiéramos saltar, ni escopeta cargada con cartuchos de sal que nos amedrentara. Éramos veloces, ágiles y osados. Nos creíamos muy chulos con nuestros cigarrillos en la comisura de la boca y con nuestros bigotillos como pelusa de melocotón. Nos creíamos inmortales, joder.

Hasta que Morales apareció ahogado en una acequia.

Morales acababa de cumplir trece años y un día no asistió al colegio. Al día siguiente tampoco. Ni al otro. Ni nunca más. Los dos primeros días de ausencia todo el mundo del barrio estuvo rastreando la zona. Al tercer día fue cuando Guillermo y Mondéjar lo encontraron ahogado en aquella acequia caudalosa, aunque no tanto como para que un adolescente pudiera ahogarse en ella accidentalmente, una acequia donde ya se había buscado mil veces.

Recuerdo a Mondéjar como si lo estuviera viendo ahora, corriendo con la cara desencajada y las mejillas aún húmedas de lágrimas. Gritaba mientras se acercaba a mí: "¡Lo hemos encontrao, Leo! ¡Lo hemos encontrao y está muerto! ¡Se lo han cargao, tío, se lo han cargao!"

Todo el mundo sabía en el barrio que a Morales lo habían asesinado ahogándolo en una acequia tras tenerlo retenido dos días, pero nadie podía imaginarse los motivos, si es que los hubo. Antoñito Morales no tenía señales de violencia, sólo un feo color azul y los ojos abiertos y espantados.

Se habló mucho durante siete meses de aquella misteriosa tragedia, hasta que Guillermo y Sergio el de la Penca faltaron una noche en sus casas.

A Guillermo y a Sergio el de la Penca los buscaron por más tiempo. Cinco días tardaron en encontrarlos colgando por el cuello. El propio padre de Guillermo fue quien descubrió los cadáveres, y seis meses después se estrelló con su coche matándose en el acto, no se sabe si accidental o intencionadamente. Los habían ahorcado en una higuera, una higuera que mil veces fue vista durante esos cinco días sin que nadie notara nada raro. Inevitablemente esta doble desgracia fue relacionada con la de Morales, pero la policía no tenía ninguna pista. Empezaron a correr rumores absurdos por toda la Región de Murcia. Alguien estaba matando a los adolescentes de un barrio de las afueras de la capital, decían por todas partes.

Y era cierto, porque apenas cuatro meses más tarde desapareció Tito.

Con Tito fue diferente. Pocas personas del barrio salieron en su busca, y ni la propia policía se tomó muy en serio su desaparición, porque Tito tenía un amplio historial de fugas del domicilio. Casi todo el mundo creyó que Tito quería aprovechar la muerte de sus amigos para llamar la atención.

Dejaron de pensar así cuando un pastor comunicó que había un muchacho de unos dieciséis años con un hacha clavada en la cabeza, cerca de unas ruinas conocidas por Villamilagros.

Mi barrio empezó a despoblarse. Las viviendas se vendían casi regaladas. Nadie quería vivir en el barrio del Tío Saín, como empezaba a ser conocido en Murcia. Ojalá se hubieran marchado también las familias de Pepe el chichones y de Paquito el petardero. Qué coño, ojalá nos hubiéramos ido todos, convirtiendo aquel barrio en un Chernobyl fantasma.

A Pepe el chichones lo llamábamos así porque siempre se las apañaba para tener algún chichón en su cabeza de finísimo pelo rubio, casi albino. La última contusión que sufrió en su cabeza fue la provocada por alguna escopeta de caza. Así lo encontró la partida que salió en su búsqueda en cuanto desapareció: le faltaba media cabeza. Un vecino mío estaba en el grupo que lo encontró, y escondido tras una puerta escuché cómo le contaba el hallazgo a mi padre. Hay palabras que se le quedan a uno grabadas para siempre. Dijo el vecino a mi padre: "José María, estaba el angelico tirado boca arriba, y por encima de la nariz no tenía nada. Ni los ojos se le podían encontrar. Todo volado. Todo se lo habían volado a la criatura".

Luego cayó Paquito, apenas dos semanas después de lo de Pepe. Paquito apareció en un huerto de limoneros. Estaba atado a uno de esos árboles, amordazado y con las tripas fuera. Parece ser que sufrió mucho antes de morir, pero para entonces ya estábamos insensibilizados al dolor y sólo aspirábamos a encontrar al culpable.

La prensa hablaba mucho de mi barrio en esa época, y recuerdo algún artículo de opinión en el que se deseaba que el asesino fuera encontrado por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, porque de ser encontrado por la gente del barrio sería añadir un crimen más a la larga lista. Qué razón tenía quien aquello escribió.

Poco después yo me fui a estudiar al Instituto Politécnico Número 2 del Ejército, en Calatayud, Zaragoza, a muchos cientos de kilómetros de mi barrio. Mondéjar se quedó solo en el barrio del Tío Saín. Ya no quedaba ninguno de nuestro grupo, pero él siguió allí temerariamente.

El muy cabrón ha sobrevivido. Ni él ni yo vivimos ya en aquel barrio, pero él está más cerca y se ha enterado antes que yo de la noticia. Hoy me ha llamado para decirme que el Tío de las Patatas ha confesado los crímenes de hace casi veinte años, ante el párroco que le daba la extremaunción, y ante varios familiares que han ido directos a la policía por no sentirse sujetos al secreto confesional.

El Tío de las Patatas... Qué cosas.

El Tío de las Patatas tenía un minúsculo huerto de esos tubérculos que no nos interesaban en absoluto, pero tenía la mala fortuna aquel hombre de que su pequeña plantación nos pillara de frontera entre nuestra zona de juegos y los ricos huertos de frutales. Cuántas veces pateamos los caballones de patatas como camino intermedio hasta nuestros objetivos, y cuántas veces nos persiguió el Tío de las Patatas por ello...

Todos odiábamos al Tío de las Patatas, porque siempre nos sorprendía cuando habíamos examinado el panorama y lo dábamos por desierto, y porque ese hombre, que rondaba los cincuenta años, tenía una agilidad como la nuestra, y una velocidad aún superior. El Tío de las Patatas era la limitación a nuestras ganas de juerga, y de él se contaban temibles leyendas, como aquella que decía que tenía una culebra amaestrada y que la usaba como látigo contra los chavales que le pisaban el huerto. Recuerdo que muchas veces corrí huyendo de él, mirando tras mi hombro para asegurarme de que aún le sacaba una ventaja prudencial, y entonces lo veía saltando felinamente entre los caballones, con el gesto feroz y gritando: "¡Espérate! ¡Déjame que te coja, que te voy a enseñar a pisarme las patatas!"

En cuanto he terminado de hablar con Juan Mondéjar he mirado la prensa. En todos los diarios se menciona el caso. Algunos han tirado de hemeroteca y han desempolvado los olvidados detalles de aquellos asesinatos. Es la primera vez que veo el nombre del Tío de las Patatas: Francisco Gámez Fernández.

Todos odiábamos al Tío de las Patatas, pero él nos odiaba aún más a nosotros.

Ahora, muriéndose, le ha dado por confesar los asesinatos. No entiendo a qué viene esa falsa confesión. Imagino que son ganas de dejar su nombre para la posteridad, aunque sea como el de un asesino de niños.

Desde aquel día en que Mondéjar llegó corriendo hasta mí para contarme que habían encontrado a Morales muerto y yo le confesé ser el asesino ha pasado mucho tiempo, pero Mondi ha sabido guardar el secreto. En parte lo habrá hecho por interés, claro, porque estuvo encantado de ayudarme con el resto del grupo: "¿De verdad has sido tú, Leo?" "Sí, de verdad." "Joder, tío, ¿y qué se siente?" "¿Te gustaría probar, Mondi?" "¡Anda, pues claro!"

7 comentarios:

Dana dijo...

Cuando mi madre era pequeña, e iba a casa de su abuel andando por las sendas que había detrás de Juan XXIII, que es dónde viven mis abuelos ahora; mi tía le metía miedo diciendole que iba a venir a llevarsela el tío Saín... jejejeje...

víctor dijo...

tres cosas:

1- hola después de mucho tiempo pasando eventualmente pero con demasiadas cosas que hacer como para leerte todo y comentarte algo

2- feliz navidad y todo eso (por las fechas en las que estamos, mas que nada)

3- en la típica lista de de cosas por hacer estándar de las personas: plantar un pino(el árbol), escribir un libro... nunca pensaste en escribir uno (si es que no lo hiciste ya) ooo, hacer de todos tus escritos un libro???


ale...a pasarlo bien, que esta noche es nochebuena y mañan navidad, me voy a cebar en la cena y después a emborrachar (villancico improvisado)

Juan Mondejar Garcia dijo...

Que recuerdos, el frio de la noche, y aquella señal portadora que salia del hospital y anulaba cualquier conversación en el canal 27. Lo pasamos bien, amigo.

Er tranky dijo...

puedo llegar a afirmar que casi he leido la mitad de su blog en una noche... vaya si sabes escribir algo interesante. hace tiempo no encontraba algo para leer.

pues eso..solo era para felicitarte por lo que escribes

saludos!

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Así es, Danita, lo del Tío Saín es muy murciano. Mucha gente no sabe que el saín es la grasa animal, así que el Tío Saín es la versión murciana del Sacamantecas o del Hombre del Saco.

Víctor:

1- Lo primero es lo primero. Tú estudia y déjate estas tonterías.

2- Felices fiestas.

3- He escrito varios libros, pero todos los publiqué bajo seudónimo. No sé si te sonará "Cien Años de Soledad". Creo que lo escribí con el seudónimo de G. García Márquez, o algo así.

Mondéjar, tengo pendiente contar alguna vez la larga historia del canal de radio 27 y de cómo contribuyó todo aquello a convertirme en el escéptico que ahora soy.

Gracias, Er Tranky. Me siento halagado por tanto interés, pero esas sobredosis de DCC no te van a hacer ningún bien. Yo que tú me dedicaría a ver pornografía, que es más sana que leerme y la verdadera razón de ser de Internet.

Por cierto, felices fiestas a todos.

Carabiru dijo...

Ole, mira que hace tiempo que no podía visitarte.
Muy bueno el cuento, a mí al menos me ha sorprendido el final, aunque al principio pensé que sería ese, luego supiste alejar esa idea.

Eres tan bueno en este estilo que hasta das miedo Leónidas.

Paloma dijo...

Lo primero que me dije al comenzar a leer fue "Ahi vamos de nuevo" otra de sus locas historias, pero luego me enganche con tus andadas de niño-adolescente, me gusto tanto que pude correr de tu mano en cada huida, luego senti miedo, panico con cada una de las muertes, un miedo que me impidio pensar en tan espeluznante final.

Aunque macabro, me ha gustado mucho el como mezclaste tu realidad con la ficcion... porque es ficcion, no?