AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

miércoles, 16 de enero de 2008

¡Mi fusil, mi Primero, por favor, mi fusil!


Querida Soldado:

No me conoces, sólo has visto mi cara una vez y fue en momentos difíciles para ti. Estoy seguro de que si volvieras a verme no me reconocerías. Tampoco yo a ti, seamos sinceros. Quizá yo pudiera reconocerte por ese tatuaje que alcancé a ver en tu cuello, entre la camisola y el atalaje del casco, pero no estoy seguro.

Debes de ser muy joven, no creo que llegues a los veintidós. No me gustan los tatuajes, y si una chica joven los lleva en lugar visible, para mí es una señal como de ganado marcado, por no decir algo más ofensivo. Tú sabrás. En cualquier caso no es de tu tatuaje de lo que quiero hablar. Yo quiero hablarte de personas, y sobre todo quiero hablarte de ti misma. Sí, querida Soldado, ya sé que tú piensas que nada nuevo te voy a contar de ti misma que tú no sepas, y puede que tengas razón, pero me da a mí en la nariz que tengo algo que enseñarte. Escúchame, querida Soldado, aunque sólo sea por los diez años o más que te llevo de ventaja en la vida.

Cuando el vehículo Aníbal en el que viajaba frenó bruscamente no sabía qué estaba pasando, pero al desembarcar te vi tumbada cerca de nuestra rueda delantera izquierda y pensé "ay, la hemos atropellado." No, querida Soldado, no te habíamos atropellado, y lo supe con seguridad porque vi al Cabo Lago cogiéndote la mano y diciendo "no sé qué le pasa, mi Primero, me la he encontrado así". Ahí estabas tú, querida Soldado, con el casco puesto y tumbada de espaldas sobre tu mochila de combate, con el fusil huérfano y aparentemente olvidado. Daba miedo oírte, Soldado. No decías nada, pero tu respiración ruidosa y agitada, y tu inmovilidad, me hicieron pensar lo que no queremos pensar, joven Soldado.

Tú no te enterarías, pero el Cabo Lago te sostenía la mano y nos preguntaba con la mirada a los demás qué hacer. El Cabo Primero Modesto, el Cabo Torres y un Soldado cuyo nombre no recuerdo discutían diferentes formas de proceder. Mientras tanto yo usaba mi teléfono móvil para establecer contacto con Botiquín y pedir la ambulancia, y entre este jaleo llegó la Cabo Primero Guerrero --ay, Rocío Guerrero, cuánto habría que escribir sobre ti--, quien salió corriendo, como la atleta que es, en busca de ayuda. También apareció en escena el Soldado Quirós con su vehículo particular, y puesto que yo no lograba establecer contacto con la centralita le ordené/pedí que fuera a Botiquín a pedir ayuda. Ni me dejó terminar; es la suerte de trabajar con profesionales veteranos como Quirós.

Querida Soldado, tú no lo sabes, pero a la misma vez que una ambulancia andaba en tu búsqueda se acercaba a ti la Teniente... bueno, la única Teniente que hay en el CIMOV. Mientras tanto sacaste de alguno de los muchos bolsillos que tenemos repartidos por todo el uniforme un inhalador (un ventolín, como lo llamó después la Teniente), y poco a poco te fuiste recuperando.

Pero la Teniente y la ambulancia aún no habían llegado cuando tú estabas ya en pie, querida Soldado, y lo que pasó entonces es lo que en verdad debe contarse. Déjame que lo haga.

Llevo mucha mili a las espaldas, diferentes destinos y muchas experiencias con mujeres militares. La experiencia me enseña que al más mínimo problema las mujeres tiran su arma, su mochila, su casco, y reniegan del compañero si eso les va a reportar algún beneficio personal. Cuando se trata de enfermedades más o menos evidentes, querida Soldado, aún es mayor la desvergüenza, y poco importa que se trate de asma como es tu caso o de la "recuperación" por implantación de prótesis mamarias, que es como todos llamamos a operarse de las tetas. Pero tú no, querida Soldado, tú no aceptaste, a pesar de tu evidente problema (aún no respirabas con normalidad), que nadie te retirara la mochila y el casco para aliviarte de peso. Lejos de eso no dejabas de mirar tu fusil que estaba en mis manos, y como yo me negué a entregártelo decías entre jadeos y sin la posibilidad de gritar:

"¡Mi fusil, mi Primero, por favor, mi fusil!"

Claro, querida Soldado, te entregué tu fusil al fin, pensando que ojalá la defensa de nuestro país esté en manos de soldados asmáticos, valientes y duros como tú, y no de Generales preocupados por la estética de los desfiles y por sus medallas ganadas en despachos y a costa de sus subordinados.

Ya sé, querida Soldado, no me engaño, que acabarás convertida en la putilla del Jefe de turno y que se te va olvidar, si no te echan por este caso, que una vez fuiste una SOLDADO valiente y entregada, y que pedías tu fusil sin tener fuerzas para sostenerlo. Es lo más probable.

Yo intentaré no olvidar la ilusión que me produjo aquel grito sin aire: ¡Mi fusil, mi Primero, por favor, mi fusil!

Tú, querida Soldado, no olvides que una vez buscaste tu fusil contra toda adversidad.






1 comentario:

Tito Charly dijo...

Buenisima carta, acojonante. Cojonuda. Me quito el sombrero.