AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

lunes, 11 de mayo de 2009

A ella, ¡que nadie me la toque!

¿Saben una cosa?, una vez amé a una mujer y ese amor duró más de una década. La sigo amando, aunque de un modo fraternal.

Acabada nuestra relación yo escribí algunas palabras tirando de viejos recuerdos; mientras tanto ella no perdió el tiempo y se buscó a un hombre que le diera hijos. Si ustedes la hubieran conocido comprenderían que eso era previsible; era una de esas mujeres comunes que necesitan parir y criar descendencia. Pero solo en eso era una mujer común. De hecho, si me soportó durante tanto tiempo es porque era una mujer muy especial. Mucho. Tan especial que no la voy a describir, sabiéndome incapaz de antemano.

A lo largo de tan extensa relación pasaron muchas cosas, buenas y malas; gloriosas e infernales. Hubo varias rupturas temporales, por eso, cuando definitivamente rompimos, evitamos cualquier contacto durante un par de años, para no caer de nuevo en la trampa de la atracción irresistible y autodestructiva. Pero un día sonó mí celular:

—Hola, ¿qué tal?— dijo una alegre voz que yo conocía muy bien.

—Ey, Charipitruky, ¿qué pasa?

—Pues nada, que te tengo que dar una noticia...

—Vale, estás embarazada. Si no te importa te llamo esta tarde, que ahora me pillas currando en un polvorín y está prohibido el uso de teléfonos.

Fue así, poco más o menos. Y en efecto ella estaba embarazada y a la hora de contarlo pensó en mí, no como venganza ni nada de eso, sino porque me quería tanto que pensó en mí antes de darle la noticia a otros allegados. Y yo la quería tanto que se lo agradecí.

Posteriormente escribí una larga entrada sobre hijos, tatuajes y nombres. Es un texto que dice mucho y menciona detalles y personas que mejor sería olvidar, pero que precisamente por eso es parte importante de esta historia, y de esta bitácora.

Nació Iván, que no se llamó Javi como una vez prometió la que sería su madre. Hoy es Iván un niño sano y feliz que se encuentra en un ambiente adecuado para desarrollarse y aprender, de lo cual me alegro mucho.

Pero su madre, mi querida Charipitruky, ha vuelto a ponerse en contacto conmigo contándome circunstancias e intenciones que no me han gustado nada. No es feliz, y se está planteando comportamientos que ni yo voy a detallar ni, de llevarse a cabo, a ella harían feliz.

Ella puede equivocarse (de hecho bien que se equivocó conmigo), y puede seguir equivocándose.

Ella no lee este blog. Ellos tampoco lo leerán.

Pero por si acaso, advierto desde aquí que nadie va a hacerle daño a la pequeña Charipitruky impunemente, al menos mientras yo me entere. Y me enteraré, vaya que si me enteraré, antes o después.

Porque ella se puede equivocar, pero a nadie más se lo consiento. Parcial que es uno.

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