AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XII)



-¿Pues tú qué crees que nos pudo decir ese santo varón? Lo que dicen todos: que si Dios prohíbe el suicidio; que si nos ama infinitamente pero nos condenará a una eternidad de sufrimiento como nos quitemos de en medio sin su beneplácito; que si con fe y rezos no hay nada que temer; que si las tentaciones diabólicas deben mantenerse a raya... Toda esa jerigonza mágica, ya te imaginarás.

Silvia miraba con atención el fondo ambarino de su vaso apretando los labios como una niña enfurruñada.

-Sí, compañero, claro que me lo imagino. Quizá alguna vez te hable de un despreciable catequista que me prometió el paraíso y sólo me dio un embarazo inorportuno a mis catorce años. A mi familia no le hizo mucha gracia, y a su mujer menos aún. Pero esta es tu historia, y de la mía ya hablaremos, que tiempo habrá para ello.

-O no, Silvia, o no.

Durante un par de minutos ninguno dijo nada. Decidí proseguir antes de que el pensamiento de Silvia se fuera demasiado lejos, tanto que no pudiera retomar mi relato.

-El caso es que cuando salimos del despacho que el páter tiene anexo a la capilla (¿se llama sacristía?) casi todos los del Club de los Probables Suicidas andábamos de capa caída. Quien más o quien menos se sentía defraudado, salvo Camúñez. Ese cabeza de alcornoque del páter no solo no nos había ayudado en nada, sino que encima despreciaba a nuestros compañeros muertos al considerarlos unos impuros cobardes que habían cedido a los influjos de un demonio inexistente más allá de su mentalidad.

»Para Camúñez fue diferente. Tendrías que haber visto a ese pobre infeliz. Estaba casi en éxtasis místico. "Conviértase, mi primero. Abra su corazón al amor de Dios", me pedía el desgraciado cuando nos despedimos esa tarde.

»A la mañana siguiente, dos de abril de 2008, un tren se detuvo por emergencia muy cerca de aquí. Era demasiado tarde cuando el maquinista accionó el freno. Los trozos de Camúñez se recolectaron a lo largo de más de doscientos metros de vía...

-¡Nada de detalles escabrosos! -me interrumpió una vez más mi compañera.

-De acuerdo, Silvia. Me salto los detalles y sigo: con la "renuncia" de Camúñez como socio del Club de los Probables Suicidas el club quedaba compuesto por Calahorro, Martínez, Sanz, García, Gil y yo. Esa misma tarde del dos de abril nos reunimos en mi casa. Gusifluky se revolucionó un poco porque...

-Perdona, ¿quién dices? -interrumpió otra vez Silvia.

-Gusifluky. Es mi gato.

-¡JA JA JA! ¡Qué nombre tan gracioso! -era la primera vez que veía a Silvia Contreras reír tan abiertamente, y me encantó.

-Ya, bueno. A mis compis del Club de los Probables Suicidas no les pareció tan gracioso mi puto gato, sobre todo cuando descubrieron que Gusi había marcado con orina el bolso de García, quien tuvo la imprudencia de dejarlo en el suelo del recibidor.

-Ay, qué simpático, como si fuera un niño que quiere llamar la atención. Eso va a ser que le hace falta una figura materna -aventuró Silvia.

-No, Contreras, no. Qué coño figura materna ni qué gaitas. Aquello fue simple instinto de territorialidad, y punto. Si no te importa dejemos al puñetero gato y centrémonos en lo que nos tenemos que centrar.

»De aquella reunión en mi casa salieron un bolso meado, unas zapatillas deportivas mordisqueadas, unos pantalones arañados y el firme compromiso de buscar un psicólogo que nos tratara a todos. Estábamos dispuestos a pagar cuanto hiciera falta, y acabamos pagando mucho por nada.

(CONTINUARÁ)

2 comentarios:

Pajeú dijo...

Me gusta, me gusta....
Voy a optar por no aparecer por aquí durante unos días y así poder leer varios capítulos de golpe, aunque luego me quede con ganas de másssss.

Por cierto, ¿Gusifluky no era de L.K.A.? Me parece que al final el que va a tener que ir al psicólogo es el pobre gato por un serio problema de trastorno de personalidad "paternal".

Otro SoSo.

El soldadito de plomo dijo...

Pajeú, el gato Gusifluky suele aparecer en los cuentos de DCC, de una u otra manera. Es un guiño al lector veterano del blog, pero no saques más conclusiones.