AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

sábado, 27 de marzo de 2010

Los diversos suicidios del teniente Núñez. (XIII)


-La verdad es que yo no tengo mucha fe en los psicólogos -dijo Silvia -. A veces me da la impresión de que son inguisti... imbistin... intindis... Joder, macho, vaya pedo llevo.

-¿Indistinguibles...?

-Eso, eso. In-dis-tin-gui-bles ¡de los charlatanes! -acabó triunfante Silvia Contreras con una beoda sonrisita.

-Si hubieras conocido al nuestro... habrías confirmado eso que dices. Justo una semana después, el 9 de abril, tuvimos la primera reunión con José Antonio Sepúlveda, psicólogo clínico y caro. Le contamos todo, ayudándonos con recortes de prensa donde se hablaba de los suicidios. Por cierto, en uno de aquellos artículos la autora, una tal Marta Franco, se había informado bien y sugería una extraña relación entre las muertes, pero solamente como anécdota casual.

»Pues bien, aquel tipo, Sepúlveda, nos dio unos cuestionarios para que se los devolviéramos respondidos pasados dos días. Ya sabes, que si escuchábamos voces en nuestra cabeza y que si sufríamos pesadillas y que si teníamos pensamientos suicidas. Preguntas de ese tipo.


»García nunca tuvo oportunidad de entregar su cuestionario.

-Ay, pobrecilla, con lo mona que era -dijo Silvia con un sorprendente tono de resentimiento. Fingí no haber oído ese despiadado comentario y continué narrando los acontecimientos.

-El jueves 10 de abril madrugamos mucho para trasladarnos con nuestra Unidad al campo de maniobras. Teníamos prácticas de explosivos y todo fue bien hasta la tercera carga. Como suele pasar en estas jornadas de instrucción el tiempo se nos echaba encima, porque quien planea los horarios desde un despacho nunca tiene en cuenta los mil pequeños imprevistos que se van acumulando: desde la reunión que tiene el capitán jefe de la batería de municionamiento donde se recoge el explosivo y que le impide firmar con rapidez los partes de salida de almacén hasta el capricho del oficial médico que decide detenerse a tomar un café antes de llegar al campo de maniobras, pasando por el soldado que no encuentra un sello que estampar en un documento o el suboficial que se equivoca al tomar una bifurcación. Entre unas cosas y otras al final las veinte explosiones previstas, de dos kilos cada una, se convierten en cinco prácticas apresuradas con ocho kilos de explosivo por vez. ¿Has hecho prácticas de explosivos alguna vez, Contreras?

-Sí, en mi anterior destino un par de veces, con esos bloques verdes, los P-1000, los P-250 y todos esos otros que ya no recuerdo.

-Ajá, trilita. Por cierto, la "P" indica que el petardo tiene forma prismática, y el número es la masa de explosivo expresada en gramos. Por eso los de cien gramos, que son cilíndricos, no se llaman P-100, sino C-100.

-Vale, Alburquerque, vale. Muy interesante, pero es mejor que vayas al grano, tío, que no sé el tiempo que podré mantenerme sin caer en coma etílico.

-De acuerdo, pasando de culturilla técnica. Aquel día estábamos empleando hexógeno plástico, que viene a ser el doble de potente que la trilita, más o menos. Preparábamos cargas bestiales de ocho kilos (equivalentes a dieciséis de TNT), y todo fue bien en las dos primeras cargas. Tras activar cada una nos íbamos a unos sesenta metros, nos ocultábamos tras un talud y ¡BUUUM! Por supuesto que con semejante cantidad de explosivo nos llovían pedruscos del cielo, pero por lo visto el teniente al mando debía de pensar que para eso se inventaron los cascos y los chalecos antifragmentos.

»Con la tercera carga las cosas se torcieron. Se torcieron mucho. Habíamos puesto mecha para dos minutos. La soldado García llevaba el cronómetro y nos iba cantando el tiempo a cada poco: "¡Un minuto! ¡Un minuto veinte segundos! ¡Un minuto y medio! ¡Un minuto cuarenta!..."

»De repente arrojó lejos el cronómetro, se empezó a reír con una risa rara y nerviosa, como si acabara de recordar un chiste muy gracioso pero muy grosero, y se lanzó a correr hacia los ocho kilos de hexógeno. Todos le gritamos ordenándole volver, pero no sirvió de nada. La explosión esparció por todas partes los cincuenta y tres kilos de carne, huesos y silicona que hasta ese momento habían compuesto el bonito cuerpo de la soldado Esther García Vivancos.

(CONTINUARÁ)

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