AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

lunes, 30 de agosto de 2010

El extraño crimen del conejo cojo. Otro caso de Sagaz y Vicente. Segunda parte


Minutos más tarde Sagaz y su subordinado llaman a la puerta de la mansión aneja a la granja. Tras ser anunciados por el mayordomo conocen a la propietaria de la granja Ranapés y dueña de Zanahorio, el conejo campeón.

Era doña Mar Ranapés Tosa una solterona entrada en años y en carnes, pero por lo demás podría decirse que más que entrada era una salida de mucho cuidado. Cuando Sagaz y Vicente entraron al salón se encontraron a la dama llorando a moco tendido, y ciertamente el moco era tan grande y tan carente de esqueleto que fue menester tenderlo en un diván junto a la señora, pues no podía tenerse en pie. La infeliz anciana lloraba sin prestar atención a los investigadores, hasta que transcurridas dos horas y cuarto dijo el subteniente Sagaz para romper el hielo (que por cierto se rompió de un modo perfecto para hacer granizado):

-Señora, tiene usted un conejo muy hermoso, muy grande y muy peludo.

-¡Oh, general, siempre deseé que un hombre me dirigiera tan amorosas palabras! -dijo la señorona reparando al fin en la presencia de los guardias, y reparando también una bicicleta estropeada-. Se nota que es usted oficial y caballero, como el de aquella película -concluyó la vieja dama pasando del llanto a la euforia sin solución de continuidad (joder, siempre quise emplear esa expresión tan pedante de la solución de continuidad; ya me puedo morir tranquilo).

-Me sorprende que nunca antes se lo hayan mencionado, Lady Ranapés -respondió Sagaz dando un taconazo, porque le gusta hacerse el marcial y el aristócrata cuando los civiles lo llaman general.

-En realidad -terció el agente Vicente -mi jefe no es general, sino subteniente de la escala del trompo, y yo soy el guardia Vicente, a su servicio.

Si las miradas mataran... la especie humana se hubiera extinguido hace rato, pero lo que ahora quería decir es que si las miradas mataran el subteniente Sagaz sería un asesino y la bailarina de ballet ciega sería viuda. (Para quien no sepa quién es la bailarina de ballet ciega lo remito al primer caso de Sagaz y Vicente).

-¿Un subteniente y un guardia raso? ¡Pues vaya mierda! -exclamó la vieja zorra- Leónidas, acompaña a estos... señores a la calle, y no vuelvas a anunciarme visitas de general de división para abajo. ¡Habrase visto!

Sagaz y Vicente se miraron enarcando las cejas, y hasta el moco tendido en el diván se removió inquieto. Pero el mayordomo, en lugar de cumplir la orden de doña Mar, se inclinó hacia ella y le susurró algo que los guardias civiles no pudieron oír.

-Bueno, siendo así... -recapacitó la anciana- que se queden. ¿Qué decía usted sobre mi virginal vagina, señor Sagaz?

-¿Su vagina? ¡Por las barbas del profeta, yo hablaba de Zanahorio, el conejo cruelmente amputado!

-Ah, ese conejo... Pues sí, Zanahorio es un conejo valiosísimo. Ya le habrán contado que Zani era campeón del mundo en carreras contra galgos. Lo que quizá no sepa usted a pesar de su apellido, señor Sagaz, es que Zanahorio está asegurado por chorromil euros contra lesiones dolosas por parte de terceros. Ahora es preciso que ustedes determinen que esto ha sido una desgracia en la cual yo intervengo únicamente como víctima. Luego cobro el seguro, les doy a ustedes una propinilla y santas pascuas. ¿Nos entendemos o no nos entendemos?

-Nos entendemos, Lady Ranapés, por supuesto que nos entendemos, faltaría más - dijo Sagaz mientras arrastraba a su ayudante fuera de la mansión.

El subteniente se disponía a entrar al coche patrulla cuando Vicente lo detuvo agarrándolo por el brazo.

-Aquí hay algo que huele a chamusquina, mi subteniente.

-Calla, tonto. ¿No ves que esa señora está dispuesta a darnos una propinilla? Nosotros nos vamos al cuartelillo, hacemos el informe y ya está: propinilla al canto.

-Mi subteniente, por sus muertos, ¿es que no se da cuenta de que esto huele a estafa a la compañía de seguros?

-¡Antes dijiste que olía a chamusquina! A ver si nos aclaramos, Vicentillo.

-Por dios, mi subteniente, espabile. ¿No se ha fijado en el mayordomo? Ese tío tiene un llavero que es una pata de conejo, ¡y está ensangrentada! Aquí hay gato encerrado, se lo digo yo.

-¡Demonios! -exclama el suboficial- Primero un conejo amputado y ahora un gato secuestrado. ¿Qué será lo siguiente: un pulpo extorsionado, un mucangrio sodomizado, una vaca estrangulada, un cerdo estafado...? En verdad te digo, amigo Vicente, que este lugar parece la granja de los horrores.

-En ocasiones resulta sumamente difícil entenderse con usted, mi subteniente. Lo que pretendo decirle es que sospecho del mayordomo.

-Sí, hay que ver cómo está el servicio -conviene Sagaz-. ¿Te puedes creer que la ecuatoriana que limpia en mi casa una vez a la semana me quiso demandar por darle un cachete en las nalgas? Y eso que yo solo quise ponerle una mano paternalmente en el hombro, pero ya sabes lo que pasa con esas indias achaparradas; son todo culo y claro, ponga uno la mano donde la ponga...

-Mi subteniente, por dios y por todos los santos, vamos a centrarnos de una puta vez.

(SEGUIRÉ CUANDO ME PLAZCA)

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