AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

jueves, 14 de octubre de 2010

Lucía y el soldado que miraba hacia el cielo


La guerra ya tenía un origen inmemorial el día que ellos la descubrieron.

Miraban a todas partes, aturdidos por el caótico ajetreo de los cientos de soldados de retaguardia, pero también por la animal voluptuosidad de sentir otra vez el aire fresco acariciar sus desnudos brazos de impúberes muchachitos, porque vestían uniformes veraniegos de manga corta. El que más, habría gozado de esa sensación quizá unas diez veces en su vida, y siempre por breves períodos de tregua que nunca superaban unas pocas horas.

Pero esta vez era distinto, porque habían burlado la vigilancia de los tutores y quebrantado la severa disciplina de los monitores, y porque no había tregua. Se habían fugado de la ciudad subterránea, del inmenso refugio donde se habían criado. Formaban apenas una docena de preadolescentes, decididos y soñadores. No eran muy inteligentes ni muy tontos. Tampoco eran muy valientes ni muy cobardes, si es que se puede hablar de valor o cobardía entre niños. No, digamos mejor que no eran muy atrevidos ni muy miedosos.

El incesante tableteo de las lejanas ametralladoras llegaba a sus oídos tachonado por explosiones: tatatatatata... PUM... tatatatata... PUM... tatatatatatatatatatatatata... PUM... tatata... PUM... tatatatata...

-¿Estará muy lejos? -preguntó uno de ellos.

-No, está cerca, porque la podemos oír -respondió otro.

-¡Mirad, me quito las gafas y no pasa nada! -exclamó un tercero con pueril entusiasmo.

Unos de golpe y otros con cautela todos se desprendieron de las gafas de sol. En sus largos y laboriosos planes de fuga habían previsto que el contraste entre la lóbrega penumbra del refugio y la luminosidad de la superficie heriría sus inadaptados ojos, sus casi atrofiadas pupilas; pero el día que se presentaba ante ellos era gris y con nubes tan cerradas que hubiera sido imposible determinar en qué parte del cielo, tras aquel colchón de plúmbeas nubes, se encontraba el Sol. Una llovizna tenue pero pertinaz había convertido en fango toda la tierra que podían ver y mojaba sus uniformes azules de cadetes haciéndolos casi negros. Ahora, después de tanto tiempo organizando la escapada, ninguno de los niños se decidía por una dirección, y el grupo permanecía en pie, mirando alrededor junto a la salida número 17 de la ciudad subterránea. Una infundada esperanza los convenció de que cuando salieran al exterior se encontrarían kilómetros y kilómetros de tierra yerma y deshabitada; no estaban preparados para lo que se encontraron; no habían podido imaginar ese maremágnum de soldados corriendo de un lado para otro, de vehículos blindados pugnando por salir de lodazales en los que se iban hundiendo más con cada intento por salir, de heridos agonizantes tumbados sobre camillas que eran desplazadas de un lugar a otro para que no estorbaran el tránsito de los soldados de refresco hacia el frente...

-Podemos preguntarle a ese hombre -sugirió con timidez la niña de pelo corto, que era el miembro más joven del grupo, a la vez que señalaba a un soldado que estaba boca arriba sobre una camilla de lona manchada de barro y sangre.

Nadie respondió a la niña y apenas sí repararon en el hombre herido que a unos metros de ellos miraba el cielo fijamente con su ojo izquierdo (el derecho estaba tapado con gasas y esparadrapo). Yacía el soldado inmóvil, cubierto hasta el pecho con una mugrienta sábana, ajeno al pequeño dedo índice que lo señalaba. Debía de ser un soldado muy veterano, de los que quedaban pocos, pues su aspecto representaba unos veintidós años, aunque puede que fuera algo menor y que la barba, rala pero de una semana por lo menos, contribuyera a envejecer su presencia.

-Los disparos vienen de allí -dijo uno de los chicos señalando al Norte.

-No, no. Escucha bien. Vienen de allá -respondió otro señalando al Este.

-Estáis equivocados -dijo un tercero apuntando al Oeste-. Se nota perfectamente que el ruido viene de esa parte.

-Pues a mí me parece que viene del Sur -opinó una muchacha.

La niña de pelo corto, mientras el resto del grupo discutía sin vehemencia la dirección que debían seguir, se acercó a la camilla del soldado que miraba al cielo con su único ojo. Con voz infantil (pero con decisión, tal como le habían enseñado que se habla a los soldados) preguntó al soldado yaciente:

-¿Por dónde se va a la guerra, señor?

Nadie le respondió, y a pesar de la lluvia el soldado mantenía la mirada clavada, sin parpadear, en el cielo nublado y gris. La niña sintió un escalofrío y se abrazó a sí misma teatralmente.

-Oiga, señor, queremos ir a la guerra. ¿Cuál es el camino? -insistió de nuevo la niña alzando la voz.

-¡Déjalo, Lucía, déjalo! ¿Es que no ves lo que le pasa? -gritó uno de los muchachos.

-¡Pero él ha estado allí; conoce el camino! -protestó la pequeña Luci.

La lluvia, persistente, lo mojaba todo, incluso el ojo abierto del soldado que miraba ciclópeamente hacia el cielo. Ahora todo el grupo de niños, indeciso y discrepante antes, observaba morboso y unánime la escena entre el soldado de la camilla y la impetuosa Lucía. Arreció la lluvia y lejanos relámpagos envolvieron fugazmente en brillo azul el mundo. La niña se estremeció sin dejar de mirar al hombre de la camilla.

-¡Conteste, soldado! ¿Cuál es el camino a la guerra?

-Hija, todo el que tomes te llevará a la guerra -respondió por sorpresa un sanitario mientras apartaba de un empujón despiadado a Lucía.

Después de esas prometedoras palabras el sanitario extendió la sábana para cubrir por completo el cadáver que miraba al cielo con su único ojo. La pequeña Lucía se estremeció otra vez.

No importa si los niños llegaron a encontrar el camino que los llevaría a su ansiada guerra. No importa si cambiaron de parecer y volvieron a entrar en la ciudad-refugio. En realidad tampoco importa que la guerra, después de aquel día, durara otros mil años más.

5 comentarios:

Rocket dijo...

Plas, plas, plas, plas, plas, plas, plas...

Cachalote dijo...

Muy bueno, Leónidas. A pesar de lo aparentemente inocente del relato, o quizás precisamente por eso, consigue tocar la fibra sensible del lector.

Anónimo dijo...

El uniforme de Lucía es verde. De hecho, es un mono. La boina sí es azul. Y ni miedo, ni ingeniudad, ni cobardía... ni todo lo contrario.

En el "agujeraco" donde está vislumbra todo con cuanto se va a enocontrar, que no se parecerá en nada a lo que se imagina.

Pero lo cierto es que tú tampoco te lo imaginas.

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Anónimo:

Ja ja ja... Me preguntaba cuánto tardarías en hacerte notar. Lamento decirte que este relato es un sueño que tuve durante una siesta hace unas cuantas tardes, y sospecho que está más influido por los 33 mineros de Chile que por cualquier otra cosa. Aunque es verdad que utilicé conscientemente un nombre para tenderte una trampa.

Ains, ese afán de protagonismo...

Anónimo dijo...

No... Es sólo un nombre que me resulta familiar, un trabajo que me suena, unos calificativos que creo que alguien me dice de cuando en cuando (no sé quién)...

Y hay "observadores" que se preocupan cuando leen ciertas coincidencias. Ni más ni menos.