AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

viernes, 16 de agosto de 2013

¡Pues claro que las había olvidado!


   Hace mucho tiempo, cuando este cabeza de chorlito estudiaba en un instituto politécnico militar y todavía era demasiado joven para saber que... -para saber lo que ahora sé, en fin, y no entremos en detalles que ensuciarían esta entrada-, sucedió un episodio que alguna vez debía ser escrito. Se lo debo a alguien: 

    Yo había estado pasando un puente en el hogar familiar, a unos setecientos kilómetros del instituto. Llegó el momento de hacer la maleta y prepararme para embarcar en el autobús que me llevaría de vuelta al politécnico. Se sucedieron los besos de rigor y la indefectible pregunta de mi padre, que siempre está atento al menor detalle: "¿Seguro que no te dejas nada, Leo?" "No, papá, lo llevo todo", fue mi convencida respuesta. Había dejado en casa unas botas en buen uso pero que no eran reglamentarias y sobre las que ya me habían llamado la atención alguna vez. Se trataba de unas botas de apariencia militar pero con un acabado diferente y con  unas correas de sujeción en la caña que no se correspondían con las que nos proporcionaba el ejército, siempre tan uniformado hasta en los más insignificantes detalles. Por eso las dejé en casa, y por eso inicié mi vuelta sin pensar en esas botas que había dejado intencionadamente, porque además en el instituto tenía uno o dos pares perfectamente reglamentarios esperándome.


   A mitad de camino, cientos de kilómetros y varias horas después, el bus se detuvo en el lugar de siempre para que conductor y viajeros pudiéramos comer. Y allí estaba mi padre, sosteniendo una bolsa de plástico y diciendo triunfalmente ante mi asombro: "¡Leo, hijo, que te has dejado las botas!".


   Me imagino a ese hombre, a mi padre, llegando a casa tras despedirme en la estación de autobuses. Lo veo dando una vuelta de reconocimiento por mi dormitorio recién abandonado y abriendo los armarios, por si acaso. Lo veo descubriendo ese par de botas -recuerden que entonces los teléfonos móviles no estaban popularizados- y gritanto horrorizado: "¡MARUJA, VOLVEMOS AL COCHE, QUE LEO SE HA DEJADO LAS BOTAS Y LO VAN A ARRESTAR!". Veo a ese hombre metiendo apresuradamente las botas en una bolsa de basura, corriendo a su Ford, gritándole a su esposa que se dé prisa... Veo a ese matrimonio volando por alcanzar el autobús en el que viaja su hijo aunque saben que les lleva ya una media hora o más de ventaja... Veo a ese conductor, mi padre, que siempre ha sido respetuoso con los límites de velocidad saltándoselos sin el menor arrepentimiento, ¡porque todo vale menos en ese momento que la integridad disciplinaria de su hijo!


   Lo logró. Cuando salí del bus para comer, ahí estaba mi padre, sosteniendo una bolsa de basura y exclamando: "¡Leo, hijo, que te has dejado las botas!"


   Creo que le dije, poco más o menos, que no debía haberse preocupado, y que esas botas no me servían, y que tenía otras. Papá y mamá volvieron a su Ford, con la bolsa de las botas viejas, y emprendieron la vuelta de su odisea de unos setecientos kilómetros por una botas que nadie quería. El resto de mi viaje lo pasé aguantándome las ganas de llorar, y no por tristeza, sino por puro agradecimiento que no sabía cómo corresponder.


   Ahora, más de veinte años después, y aunque esto no lo vayan a leer mis padres, debo confesar que aquellas botas eran fundamentales. Hicieron muy bien intentando que las recuperara, por supuesto que sí. Gracias a ese gesto sé un poco más sobre el amor y el sacrificio. Por eso, sin duda, debo gritar a los cuatro vientos que yo me olvidé esas botas. Y ojalá que cada vez que alguien se olvide unas botas viejas, haya otra persona dispuesta a llevárselas. Contra viento y marea, y hasta donde haga falta.  

  

19 comentarios:

Ana Maria Serrano Aragon dijo...

A veces me enternece soldado...no sé si aún conserva esas botas...lo que le quedará de por vida será ese sentimiento tan bonito...gracias por compartirlo...no vendrá al caso jjjja pero recuerdo en una ocasión,andando por un río se me partió una chancla...jjjja menuda putada...pues me encontraba a la mitad de mi recorrido...pensando como continuar..le aseguro que no era nada fácil...escucho la voz de un niño,Ana!!era un amigo de mi hijo ,le llevé de vacaciones con nosotros..Ana!!aquí hay una chancla!! cógela Angelito...jjja Angelito se llamaba..cuando me acerqué al sitio...habían un par de chanclas de mi numero jajaja encima de una piedra en medio del río solo a unos metros de donde se me partió la mía...jjjja a eso le llamo yo suerte...como la que tiene usted de tener unos padres así...Camarón decía...estos zapatos que llevo,no se los doy a naide jjj me los regaló mi hermano que se los encontró en la calle..zapatero a tus zapatos...y como seguro borrará este comentario...le contaré un chiste por lo menos pa que se ría.....se abre el telón..se ve,un palo mu largo y un maricón en to lo alto....¿como se llama la película?postergay..jajja muacks...vikingo claro!!

Antonio "Van Helsing" dijo...

Hola. Realmente muy buena entrada. Es bien cierto que el amor y el sacrificio, como en este caso, por los hijos, no tiene limites. Enhorabuena por esos padres.

Anónimo dijo...

Lloro

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...


Hola a todos.

Ana María:

Aun habiendo sido adoptado por la tierra del tal Camarón, déjame decirte que para mí ese tipo fue solamente un señor marginal que anduvo entre la delincuencia y la droga, y que se hizo famoso por berrear sin el menor sentido del buen gusto. Igualito que el tal Farruquito, pero menos menos canalla e hijo de puta aquel que este.

Van Helsing:

Joder, macho, qué de tiempo. Me alegra verte por aquí.

Anónimo:

Vale, menos mearás.

Violeta Ch. dijo...

Muy buenas tardes, caballero. Espero no molestar.

Voy a reflexionar y luego le digo lo que pienso. Es que acabo de dar con su blog y voy a seguir leyendo un rato por puro placer de saltar de sus sulfúricos arrebatos -eso sí me espolea- a posts como este.

Saludos cordiales,

Violeta

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Como guste, Violeta, pero luego no quiero lamentos. Bienvenida.

Violeta Ch. dijo...

Gracias, es usted muy amable, pero no me lamento en absoluto.

Parece usted una mezcla curiosa de sentido del humor corrosivo y una sensibilidad poco común en los de sus sexo que se comunican. Entiéndase, igual son legión, pero no (me) lo cuentan.

Seguiré leyéndole porque gasta una franqueza deliciosa en estos tiempos pervertidos por los eufemismos. Confieso no valorar la tibieza ni caminar por el centro de las avenidas.

Recordaré su historia de las botas porque comparto con usted la opinión de que hay padres que no orlan ni el nombre. Desafortunadamente, conozco muchos que no habrían corrido tras de usted con ellas y habrían pensado, de hecho, que merecía usted el arresto, desmemoriada criatura. No ansió gran cosa ser madre pero, si alguna vez cambio de opinión, sepa que será porque habré encontrado como padre de mis hijos alguien que revisa con decencia los armarios.

Gracias.

Un saludo.

Violeta

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...


Hola de nuevo, Violeta. Le respondo detalladamente (entre corchetes los fragmentos de su comentario y a continuación mi respuesta):

[Gracias, es usted muy amable]

En efecto, lo soy.

[pero no me lamento en absoluto.]

Ya se lamentará, ya.

[Parece usted una mezcla curiosa de sentido del humor corrosivo y una sensibilidad poco común en los de su sexo]

Sí. Adorable, ¿verdad?

[Entiéndase, igual son legión, pero no (me) lo cuentan]

En absoluto, no lo son. Y es justamente lo que hace falta: más sensibilidad y más humor irreverente que ponga en su sitio esas cosas que demasiada gente considera intocables o sagradas. Aunque lamentablemente hay personas muy limitadas que confunden el humor con la falta de sensibilidad. Yo en cambio opino que cuanto más sensible es alguien, más abierto está al humor (y por supuesto no me refiero a ese humor de caca-culo-pedo-pis, al que tan acostumbrado me tienen muchas de las lumbreras que me rodean).

[Seguiré leyéndole porque gasta una franqueza deliciosa en estos tiempos pervertidos por los eufemismos.]

Pues qué pena, oiga, porque ya no puedo escribir aquí con la libertad que yo querría.

[No ansío gran cosa ser madre pero, si alguna vez cambio de opinión, sepa que será porque habré encontrado como padre de mis hijos alguien que revisa con decencia los armarios.]

Se le iba a usted a hacer el chichi Pepsi Cola si supiera el profundo interés que mis gatos Gusifluky y Pergañuky muestran en revisar los armarios cada vez que tienen la oportunidad de colarse en uno. Lamentablemente ambos están castrados.

De nada.

Violeta Ch. dijo...

Gracias por corregir mi tilde.

Ya casi he leído todo su blog. Por motivos que no vienen al caso. Y en resumen, me gusta mucho más usted ahora que hace unos años. Me atrevería a decir que a su pesar. Maldita misantropía (la de ambos). En fin.

Solo hay un pero. Efectivamente es usted adorable cuando se rasca un poco. Pero le confieso que también da algo de miedo, de lo que espero no tenga el mal gusto de vanagloriarse. Parece usted siempre dispuesto a hacerse daño.

De todos modos, gracias por su tiempo. No volveré más porque es usted una adicción dialéctica placentera y muy peligrosa; no abundan los adláteres de mi calaña y de su genio que tanto me van como acicate. Me estoy relamiendo; señal innegable de que debería parar.

Ha sido un placer conocerle. La red nos da unos fantásticos desnudos y mejores perfiles, ¿verdad? Aun sin ser del todo libres, nos hace anhelantes.

Le deseo ríos de tinta en sueños y larga vida a sus gatos.

Saludos,

Violeta





Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...


Oh, Violeta, qué poco me ha durado.

[Gracias por corregir mi tilde.]

En realidad le corregí dos, además de un fallo de concordancia entre un adjetivo posesivo en plural y un sustantivo en singular. De nada, mujer, es un placer.

[Ya casi he leído todo su blog.]

Ay, masoquilla...

[Por motivos que no vienen al caso.]

¡Venga, cuéntemelos en privado! Por ahí anda mi dirección de correo electrónico.

[Y en resumen, me gusta mucho más usted ahora que hace unos años.]

Yo también me gusto más ahora que hace unos años. Por motivos que no vienen al caso.

[De todos modos, gracias por su tiempo.]

No me lo agradezca, que ha sido para mí muy placentero.

[No volveré más porque es usted una adicción dialéctica placentera y muy peligrosa]

Y no solo eso, sino que además no suelo recoger el agua que cae en el suelo del baño tras ducharme. Un total impresentable, vamos.

[La red nos da unos fantásticos desnudos y mejores perfiles, ¿verdad?]

¡Verdad, verdad!

En fin, hasta siempre. (Cobarde...)





Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Y añado algo muy importante. En el anterior comentario escribí:

"...sino que además no suelo recoger el agua que cae en el suelo..."

Esto es lo que un filólogo, un profesor de literatura y un paracaidista llamarían técnicamente "valiente mierda de cacofónica redacción". Ruego a todos los niños que leen este blog que jamás caigan en semejantes pecados literarios.

Ea, ya está.

Violeta Ch. dijo...

¿Qué poco le he durado? Vaya, no esperaba que se tomase tan a pecho mi comentario. Si le he molestado en algo, lo siento mucho. Vaya por delante.

Quiero evitar precisamente escribirle en privado, Leo, que es justo lo que no ha podido usted evitar invitarme a hacer. De modo ciertamente retador, pero lo ha hecho.

Si le escribo sin alguna tilde, sin alguna franqueza extra deseable o sin otros ornamentos que ambos disfrutaríamos se compensa sin duda con que solo puedo hacerlo desde el smartphone, y mire la hora que es. Estoy en el metro de pie. Siéntase halagado, hombre.

Si no escribe usted para gustar, se aguanta. Y si lo hace, entienda que casa mal que me guste por valiente y no predique con el ejemplo. (Yo hago de mis cacofonías un sayo.)

Leí todo su blog precisamente para constatar que quedan valientes. Por supuesto, en el sentido de la palabra que los vincula con el honor y no tanto con el atrevimiento. Haga usted los honores.

srtahope@gmail.com

Hasta luego, si usted quiere. Si no, hasta siempre, Leónidas. Gracias por estos días.

Violeta

P.d. Lo de la ducha solo es agua. No aceite de batería. Lo importante de la aseveración es que se duche y lo importante del comentario es que ha omitido a sabiendas entre sus corchetes precisamente el dolor.

Anónimo dijo...

Cómo molan los comentarios de este blog, cómo molan...

Pi

Mayolongo dijo...

Que triste es esta historia, y más si ocurrió en domingo. Un saludo amigo.

Inma Ruiz de Julián dijo...

Qué historia más tierna, Kowalski! Y hay que ver lo que se liga con estas cosas.

Ahora estoy superintrigada: fue este interesante diálogo con la bella Violeta el principio de una bonita historia de amor?

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Doña Inma, por favor, no sea usted chismosa.

Inma Ruiz de Julián dijo...

Kowalski, por qué no dejas que se escriban comentarios en el post de la golfa molesta?

Bueno, sólo quería decirte que pareces Melendi cuando canta lo de la Barbie de extrarradio. No te habrás copiao, verdaaaad??? ;)

Inma Ruiz de Julián dijo...

O mejor, en el "Cheque al portamor". Ya sabes:

Y ahora vete en busca de aquella cartera
que sostenga tus tratamientos de belleza, mientras tengas,
porque sabrás que eso no dura eternamente, amiga mía.

Así que vete en busca de cada delirio de grandeza
y si la vida te endereza y tu caballo ganador se te despeña
recuerda que tú rechazaste ser la flor para mi vida,
por ser sólo un pétalo en la de ese tipo.

Te suena?

Roman C. dijo...

Por la disciplina, el rigor y la entrega por el cumplimiento de las reglas por parte de su padre, es de suponer que también tuvo alguna experiencia militar, ¿no?

Un texto muy conmovedor, de veras, mis más sinceros agradecimientos por compartirlo con todos nosotros. Hacen falta más historias (y realidades) así. Eso sí, me gustaría creer en que no es inventado.