AVISO PARA LECTORES: Esto es un blog de desahogo personal y en ningún caso las opiniones aquí vertidas se corresponden con la postura oficial del Vaticano. Leónidas Kowalski de Arimatea es un personaje ficticio, y los gatos que escriben sus textos no comparten necesariamente su comida. Los autores no tienen nada contra las mujeres, y por lo que a ellos respecta pueden seguir constituyendo asociaciones feministas para dar pena y mendigar subvenciones.

sábado, 7 de marzo de 2009

El misterioso hallazgo del cadáver en el bosque. Un caso de Sagaz y Vicente


El cadáver, desnudo salvo por los calcetines, fue descubierto en el bosque por una bailarina de ballet ciega. Lo normal en estos casos, como bien sabe el curtido subteniente de la Guardia Civil Eugenio Sagaz, es que el cuerpo sea hallado por un excursionista, o por un cazador, o bien por un niño tonto que se ha perdido y lleva meados los pantalones. El porqué de haber sido encontrado esta vez por una bailarina de ballet ciega es uno más de los muchos misterios que salpican esta historia llenándola de oscuros manchurrones de mierda.

—Mujer blanca de unos treinta años —recita metódico, profesional, el subteniente mientras el agente Vicente, que es muy diligente, toma notas como buen escribiente—, complexión normal, buena moza, quizás de profesión leñadora...

—Perdone, mi subteniente —interrumpe Vicente—, ¿qué le hace sospechar que la finada fuera leñadora?

—Joer, Vicente, yo no sé qué os enseñan ahora en Baeza, ¿es que no ves el hacha?

—Sí que la veo, mi subteniente, pero la lleva clavada en la cabeza, igualito que si fuera una peineta.

—En efecto, así es —concede Sagaz—. Tendremos que determinar si alguien le pegó un hachazo o si, como parece, se trata de un accidente laboral.

—Disculpe mi insistencia pero, ¿por qué habría de ser un hecho accidental? Me parece algo extraño para ser un accidente.

—Ay, estos jóvenes, que solo piensan en la Play y en hacerse pajillas, y que no saben observar. Mira ahí, gañán— responde el subteniente señalando a un árbol cercano, en cuyo tronco se ha tallado el siguiente mensaje:

"Hola. Lo del hacha ha sido un accidente de trabajo, así que no pierdan el tiempo buscándome. O sea, quiero decir que no pierdan el tiempo buscando a un inexistente asesino. Gracias. Firmado: el asesino la mujer muerta".

El guardia Vicente se rinde ante la evidencia y levanta las manos en sincero gesto de rendición. Es por ello que la evidencia, magnánima, le perdona la vida. Eugenio Sagaz, satisfecho de su triunfo ante el escepticismo del subordinado, prosigue su letanía:

—El cuerpo (y vaya cuerpo que tiene la torda) aparece en decúbito supino, o no, espera, puede que sea tendido prono... bah, que está boca abajo, coño. No se aprecian lesiones visibles, salvo que supongamos que el hacha incrustada en el cráneo sea una lesión y no una malformación congénita, que también podría ser. Acuérdate de pedir un informe pericial que nos saque de dudas a ese respecto.

—A sus órdenes, mi subteniente— responde obediente el agente Vicente, que ya no se atreve a contradecir a su superior jerárquico, mientras toma notas.

—El cadáver está desnudo excepto por los pies, que llevan calcetines de color rosa. Como estos días han sido muy calurosos se comprende que la presunta leñadora viniera al bosque desnuda, no debemos sorprendernos de ello pues mis sueños están poblados de enfermeras desnudas, astronautas desnudas y conductoras de autobús desnudas, ¿qué nos impide aceptar una leñadora desnuda? Caramba, ¿pues no me estoy poniendo morcillón?

En ese momento Vicente, que ha dejado de tomar notas para recrearse en las ensoñaciones de su jefe, repara en un detalle: en la mano derecha semicerrada de la muerta hay una pequeña cartulina blanca con elegantes letras negras. Le menciona el hallazgo al subteniente, quien abre sin miramientos la mano inánime y lee lo que parece ser una tarjeta de visita: "Leónidas Kowalski de Arimatea. Bloguero y psicópata especializado en hachazos a traición".

—Mierda de domingueros incivilizados, siempre dejando su porquería en el campo. Guarda este papelajo y tíralo en cuanto veas una papelera, que la Benemérita debe dar ejemplo— ordena Eugenio Sagaz.

Mientras tanto, tras los guardias civiles y retirada unos veinte metros, la bailarina de ballet ciega llora, hipa y moquea. Intenta llamar la atención y se siente algo dolida porque no le hacen todo el caso que ella quisiera. Entonces, hastiada, se tira un sonoro pedo que sobresalta a los investigadores y provoca que cientos de aves levanten asustadas el vuelo y decenas de conejos con las orejas tiesas busquen cobijo en sus madrigueras.

—Anda, Vicente, tómale declaración a la testigo, que se nos impacienta y es capaz de cualquier cosa. Yo seguiré buscando pruebas— ordenó el veterano Eugenio Sagaz, que era un tipo tan curtido que más que piel parecía llevar puesto un traje de cuero.

El agente Vicente, guardia civil diligente y obediente como sabe toda la gente, interrogó a la testigo impaciente:

—Señorita (en el improbable caso de que lo sea), responda sí o no. ¿Es usted bailarina de ballet ciega?

—Sí.

—¿Mató usted a la muerta? Es decir, ¿mató usted a la muerta cuando aún estaba viva?

—No.

—Ese tutú que lleva, ¿le costó muy caro?

—No.

—Perfecto, me encantaría tener uno igual. Puede marcharse. ¡Y mire bien por dónde anda que está a punto de caer la noche!

En efecto, poco después cayó la noche, pero se levantó, se sacudió la ropa y prosiguió su camino como si nada, muy digna ella. Cuando Vicente vuelve junto a su jefe se lo encuentra durmiendo acurrucado al lado del cadáver. El guardia intenta despertar a su admirado superior propinándole patadas en los riñones. Sagaz se remueve murmurando:

—No, mamá, no quiero ir al colegio. Las niñas me pegan y me roban el bocadillo...

Finalmente se despierta cuando Vicente orina sobre su cabeza.

—¡Rediós, qué pesadillas tan reveladoras he tenido! Fíjate que incluso estoy sudando a mares. Creo que ya sé lo que pasó. Después de todo puede ser que haya un asesino en este intrigante asunto. Sí, creo que hubo un asesino y antes de matar a la presunta leñadora, o quizá después, le dio por el culo.

—¿Cree usted que le percutieron el orto?

—Efectivamente, creo que le pistonearon el ojal.

—Eso es horrible. Qué atrocidad petarle el agujero negro.

—Hay gente capaz de todo, amigo Vicente, hasta capaz de embutir el chorizo en el prieto orificio prohibido.

—Qué salvajada internarse en el oscuro túnel.

—Le reventaron la caca.

—Le dilataron el ojete.

—Le reintrodujeron las almorranas.

—Le convirtieron el cerete en un cero bien grande como los que yo sacaba en Matemáticas.

—Le estiraron el anillo de cuero.

—Le sondaron el pozo ciego.

—Le llegaron a la última meta.

—Le entraron por la puerta de emergencia.

—Le metieron el cilindro por donde salen los zurullos.

—Le jodieron el esfínter.

—Le obturaron el desagüe.

—A su pesar le iluminaron la zona oscura.

—La sorprendieron por retaguardia.

—Le exploraron la región inhóspita.

—Le dieron cariño en el sitio equivocado.

—Le cicutriñaron el boquetillo estrecho.

—La bombearon infringiendo los buenos usos y las recatadas costumbres.

—Y digo yo, mi subteniente: ¿en qué nos basamos para hacer estas suposiciones?— pregunta el agente Vicente, quien de nuevo tiene uno de sus accesos de escepticismo.

—Me alegra que me hagas esa pregunta, Vicente, me alegra mucho. Verás, dicho todo esto así, en frío, suena forzado y como duro de digerir, pero te voy a hacer una demostración práctica y comprenderás que es más fácil de lo que parece.

El sufrido guardia Vicente empieza a bajarse los pantalones del uniforme cuando su jefe lo detiene con estas palabras:

—Que no, hombre, que es a la muerta a quien voy a darle por el culo. Tú resérvate hasta llegar al cuartelillo.

Vicente respira hondo y anota en la libreta: "Dejarme sodomizar por el subteniente. No olvidar darle las gracias después. Todo sea por poder lucir algún día la medalla al mérito". Después otra preocupación sustituye a las anteriores:

—Mi subteniente, con el debido respeto, ¿eso que pretende hacer no contaminará el cadáver?

—¡Qué contaminar ni qué hostias! Me duché hace dos meses y no puedo contaminar nada. Tú mira y aprende.

El veterano suboficial se saca la chorra, se tumba sobre el cadáver y le da por el culo ante la mirada de su subordinado. Cuando Sagaz se ha aliviado ambos, subteniente y guardia, ven que un escarabajo sale de la boca de la muerta, probablemente molesto por tanto meneo. Vicente se apresura a capturar el bicho. Se dispone a meterlo en un sobre para pruebas cuando el subteniente Sagaz, cerrándose la bragueta, lo detiene:

—¿Adónde vas con eso, tío puerco?

—Mi subteniente, los entomólogos forenses pueden determinar...

—¡Me cago en los estomatólogos esos! —interrumpe el jefe— Tira inmediatamente ese bicharraco. Si te crees que voy a admitir esa cochinada en nuestro coche vas listo.

Vicente, rechinando los dientes, reticente y a pesar de ello obediente, arroja el escarabajo por el aire trazando una amplia parábola. El subteniente saca la pistola —esta vez la de pegar tiros— y con un certero disparo desintegra al desdichado escarabajo cuando aún va por el aire. Eso provoca que cientos de aves levanten asustadas el vuelo y decenas de conejos con las orejas tiesas busquen cobijo en sus madrigueras, otra vez.

Después, a la luz de las linternas (ya se dijo que la noche había caído, afortunadamente sin daños que lamentar), los investigadores continuaron su labor. Eugenio Sagaz señala con el cigarrillo que está fumando las nalgas de la muerta. En ese momento cae un montoncito de ceniza sobre la zona señalada, pero a estas alturas ya poco importa.

—Fíjate en esto, Vicente: la muerta tiene el agujero del culo desgarrado y podemos ver restos de una sustancia que parece ser semen. Esto confirma mi teoría.

—¡Pero si eso lo ha hecho usted, mi subteniente!

—Vicente... Vicentito... Vicentillo... ¿Insinúas que soy el autor del abyecto crimen?

—¡Oh, no, mi subteniente, eso nunca! Solo digo que...

—¡Calla! Recuérdame que al llegar al cuartelillo te imponga una sanción por falta de respeto a un superior.

—¡A sus órdenes, mi subteniente!— responde el guardia mientras anota en su libreta: "Recordarle al subteniente que me meta un puro. No olvidar darle las gracias después. Todo sea por la medalla al mérito".

Eugenio Sagaz, ese gran investigador, sigue explorando el cadáver y sus inmediaciones en busca de pistas. En un momento dado levanta la mirada al cielo. Parece un perro de caza olfateando la presa. Ha puesto cara de cantaor flamenco y su subordinado piensa que ese es el gesto de alguien sabio que intuye cosas que los demás mortales no podemos percibir. Transcurren largos segundos de suspense durante los que el suboficial se mantiene inmóvil con esa cara de cantaor flamenco. Por fin estornuda. Cientos de aves levantan asustadas el vuelo y decenas de conejos con las orejas tiesas buscan cobijo en sus madrigueras (está visto que este día no ganan para sustos los pequeños animalillos del bosque). Tras el huracanado estornudo del subteniente caen mocos, salivazos y expectoraciones sobre el cadáver. Ya da más bien igual.

Las pesquisas acaban. Mientras tanto ha llegado el secretario judicial y se ordena el levantamiento del cadáver. Sagaz y Vicente se retiran con la satisfacción del deber cumplido.


EPÍLOGO


En virtud de las pruebas fisiológicas halladas en laboratorio el subteniente Eugenio Sagaz fue acusado del asesinato de doña Matilde Sanz Sánchez (así se llamaba la muerta confirmada y presunta leñadora). Tras cumplir cinco años de condena fue absuelto y restituido en su cargo cuando un tal Leónidas Kowalski de Arimatea confesó ser el asesino.

El agente Vicente se casó con la bailarina de ballet ciega. Actualmente se arrepienten de su matrimonio y son los padres de tres niños con diferentes taras (curiosamente todos los niños nacieron antes de que Vicente y la bailarina se conocieran).

Doña Matilde Sanz Sánchez montó una peluquería canina con el dinero que cobró del seguro de vida. Pueden llevar a sus perros a La Almunia de Doña Godina (Zaragoza) y preguntar por la leñadora muerta.

Leónidas Kowalski de Arimatea está en paradero desconocido.

Gusifluky no aparece en esta historia, pero está bien, gracias, aunque lleva un tiempo con diarrea intermitente.

13 comentarios:

anais dijo...

Joer, lo que me he podido reír. Esto sí que es novela negra y lo demás son cuentos. De todas maneras, Leo, algo me dice que la Benemérita no cuenta con un exceso de simpatía por tu parte, pero es sólo un pálpito, ¿eh?

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Gracias, Anaïs. En este cuento me lo he currado, no es como la mayoría de los que escribo en media hora yendo bebido. Esta vez fue otra cosa, ¿y sabes qué?, ¡nadie lo va a leer porque es demasiado largo!

(Ahora diría "Mwajajajaja", pero os tengo demasiado asco a todos como para simular risitas).

Y no, no tengo nada en contra de la Guardia Civil. La Benemérita me inspira respeto y punto. Meterás la pata cada vez que deduzcas algo de los escritos leonidianos. Lee y disfruta si te gusta lo que lees, pero no vayas más allá.

Anónimo dijo...

Pues yo he tenido que leerlo unas cuatro veces y no porque sea tonta del culo, que a veces también, sino más bien para descubrir un nuevo detalle cada vez, es que entre tanta carcajada y carcajada segura estaba de haberme perdido unos cuantos.


Me ha encantao.

Sitos miles,
Alelí.

la meri dijo...

No me lo he leído, ni por encima para q voy a mentirte, son las 5:18 de la mañana según el reloj de mi ordenador, estoy bastante borracha, me he quedado solo con lo de que gusi tiene diarrea, pfffffff, nunca mejor dicho.
jijijijijijijiji... muasitos wakiflaki

Rocket dijo...

Estimaod Leónidas,

Vale, lo he leído, me ha gustado y no he ido más allá. Tampoco es para ponerse así...

Saludos,
Rocket

Javi (de la osera) dijo...

Un elegante y sutil relato de suspense adornado con algo de sensualidad implicita y ambigua... Sí señor, un gran relato.

Me ha gustado especialmente la forma en que dejas entrever algunas pistas para que los lectores más avezados puedan intentar solucionar el caso por si mismos, y ver luego si coinciden con tu desenlace. Realmente "agathacristieniano".

Y la metafora de la incomparecencia de "Gusi" y su diarrea -clarísima referencia a una crisis metafísico/existencial- es sublime, simplemente sublime.

Y no sigo escribiendo porque la imagen del Subteniente Sagaz -creo que "subteniente" se escribe con mayúsculas cuando va delante del nombre, pero no me hagas mucho caso-, haciendo una demostración práctica acerca de cómo fue sodomizada la presunta leñadora, me ha puesto "morcillón", por citar tus propias palabras, y voy a ir al baño.

Lola dijo...

Yo no voy a decir mucho, pero es porque me tiembla el pulso cuando me río tanto.

Presenta mis respetos a Gusifluky.

Saludetes. Lola.

nomolamos dijo...

jejjejje es muy bueno.... me ha recordado a torrente,.... ejjejjejej que risas,,.......
un beso... sí que te lo has currado si..... echo de menos...los de capitulos...... molan...

Mondejar dijo...

"La bombearon infringiendo los buenos usos y las recatadas costumbres."

Le dieron carne por donde pinta.

Casi me meo.

Jack Blake dijo...

Enhorabuena. Ningún coleóptero, rodapelotas de caca, hubiese escribido, o escriturado, o escritoestaypunto, una obra tan profundamente asquerosa. Enhorabuena por esa superación personal en las profundidades de la caca de la vaca. Me parece que esto raya la prostitución de la pluma o del teclado, al servicio de las mas insignes vocaciones corruptamente asquerosas. Un saludo.

tu silencio dijo...

Muy bueno...
Creo que me va a gustar este blog, y si que es largo pero merece la pena.
Me sorprende cuantas formas podemos utilizar para decir una misma cosa, "que te den por culo".

Saludos.

Leónidas Kowalski de Arimatea dijo...

Gracias, Tu Silencio. Bienvenido, o bienvenida.

Anónimo dijo...

Bienvenida.
Y gracias a ti.

Tu silencio