
Últimamente me he vuelto un comprador compulsivo de libros. A otros les da por endrogarse o apedrear perros, qué le vamos a hacer. A pesar de tener en Cádiz una decena de libros en espera de recibir mi atención tuve la ocurrencia de marcharme a Murcia sólo con el casi finiquitado "Una breve historia de casi todo" --lo recomiendo, y mucho--, de Bill Bryson. Esto conllevó la irritante consecuencia de tener que comprar más libros al segundo día de estancia murciana. Yo sólo quería comprar uno, pero acabaron siendo cuatro. Una librería es a Leónidas lo que una fábrica de galletas es a Triki, al menos hasta que lo volvieron alimentariamente correcto, que ya hay que ser gilipollas, dicho sea de paso. Pero a lo que íbamos. Me hice de:
-"Enigmas históricos al descubierto" y "Nuevos enigmas históricos al descubierto", de César Vidal. Me habían hablado muy bien de este señor y me he sentido defraudado. Muchas veces es riguroso, pero otras veces "resuelve" los enigmas en plan porqueyolovalgo, sin más explicación y sin argumentar debidamente. Un ejemplo claro de esto es su conspiranoica explicación del asesinato de Kennedy. En otros casos --y también en el referido-- se cita a sí mismo para refrendar sus afirmaciones. Tócate la flor, así también "resuelvo" yo cualquier misterio. Un tanto egolatrilla me ha parecido don César.
- "El fraude de la sábana santa y las reliquias de Cristo", de J. Eslava Galán. Hace un par de semanas leí "La sábana santa, ¡vaya timo!", de F. Ares de Blas y parece que me he quedado con ganas. La verdad es que no he podido resistirme a hojear el libro de Eslava y creo que me va a dar mucha más diversión que el de Ares.
-Y finalmente, "La reina sin espejo", de Lorenzo Silva, que es adonde yo quería llegar y el motivo de esta entrada. Lo estaba esperando, sin saber que llevaba ya bastante tiempo publicado, así que fue una gran sorpresa, gratísima, encontrarlo por casualidad. "La reina sin espejo" es la cuarta aventura de dos guardias civiles, el sargento Rubén Bevilacqua y la cabo Virginia Chamorro. Las tres anteriores fueron, por este orden: "El alquimista impaciente", "El lejano país de los estanques" y "La niebla y la doncella". La primera novela de la serie, por cierto, se me ocurrió prestársela, precisamente, a una guardia civil. Naturalmente me he quedado sin ella (me refiero a la novela, aunque tampoco conservo a la picoletilla). "El Honor es mi divisa", reza el lema de la Benemérita Guardia Civil, lamentablemente en ese concepto del honor no entra la devolución de los libros prestados, según parece.
No es cosa común la novela policíaca donde los protagonistas sean guardias civiles. Lo más parecido que conozco son las aventuras de Lituma ("Lituma en los Andes", "¿Quién mató a Palomino Molero?", y otros relatos de M. Vargas Llosa), pero se trataba de guardias civiles peruanos --sí, amigos, hay países sudamericanos que también tienen su Guardia Civil--. Ignoro si Lorenzo Silva se inspiró en las aventuras de Lituma y su ayudante Tomás para crear a Bevilacqua y su ayudante Chamorro, pero las similitudes (al igual que las diferencias) no son pocas.
Dejando aparte las comparaciones diré que Rubén y Virginia son investigadores de homicidios. Sus casos, como no podía ser de otra manera, son extraños y aparentemente irresolubles, y a la trama no le falta nunca un ligero toque poético que no llega a hacerse cargante. Las relaciones entre el sargento y la cabo son de exquisito respeto y profesionalidad, de mutua admiración disimulada y lo más castas que cabe imaginar, a pesar de lo cual en algunos momentos el lector puede sentir que ambos se mueven en un delicado equilibrio entre el servicio y lo personal, equilibrio que, hay que decirlo, nunca llega a romperse.
Bevilacqua es un psicólogo que se metió a guardia para escapar del paro, y que ha sabido ganarse a sus jefes. Chamorro es una fracasada aspirante a la Academia General Militar, pero que ha sabido ganarse a su sargento. Los dos son cojonudos y si existieran y yo fuera asesinado estaría bien que fueran ellos quienes llevaran mi caso.
Un detalle que me fascina en estas novelas es cómo Lorenzo Silva trata las relaciones interjerárquicas de los militares (recordemos que la Guardia Civil es un Cuerpo de naturaleza militar, aunque a muchos les joda). Me consta que para la mayoría de civiles es difícil entender cómo funcionan dichas relaciones, y es habitual que los escritores metan la pata al intentar recrearlas. Silva, en cambio, lo hace con una destreza ajustadamente realista. Otro autor que de esto sabe mucho es A. Pérez-Reverte, pero en este último no debe sorprendernos dado que tras más de dos décadas como reportero de guerra tuvo tiempo para empaparse de la peculiar idiosincrasia militroncha. Me pregunto si lo de Lorenzo Silva se debe a agudeza psicológica o a buenos asesores. Supongo que será un mucho de las dos cosas.
Sin son ustedes aficionados a la novela policíaca les recomiendo insistentemente que descubran a Bevilacqua y a Chamorro. Y si son aficionados a leer lo que sea, también. No se trata del típico caso de un asesinato complejo que acaba resolviéndose, es mucho más que eso. Los personajes son casi tridimensionales, los diálogos entre Rubén y Virginia no tienen desperdicio, y como ya dije no falta un tenue halo poético en todas sus aventuras.
"Introduje un cedé en la ranura del reproductor y busqué la pista. Sonó una guitarra despaciosa, casi melancólica. La voz del cantante comenzó a desgranar con mucho sentimiento unos versos:
Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y de cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras...
--¿De qué me suena esto? --dijo.
--Te doy una pista: es un romance, y desde luego no lo escriben ellos. Sigue escuchando, a ver si lo sacas-- la desafié.
Chamorro puso atención, mientras su mirada se mantenía fija en el horizonte al fondo de la autopista. La canción continuaba:
Oh, ciudad de los gitanos,
apaga tus verdes luces
que viene la Benemérita...
A partir de esta última palabra la música se aceleraba, entraba la batería y el bajo y sonaban rasgueos de guitarra eléctrica. Lo que seguía, a ritmo de rock, era el relato de una razia de los siniestros jinetes contra los indefensos gitanos. No faltaban los detalles truculentos:
Rosa la de los Camborios
gime sentada en su puerta
con los dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
--¿García Lorca? --dedujo mi compañera entonces.
--Exacto. El Romance de la Guardia Civil española. ¿A que le ponen una música bastante aparente? A mí por lo menos me gusta.
--Desde luego, qué cosas tienes --repuso, meneando la cabeza--. Ya puestos, sugiere que los inviten a tocar en la próxima Patrona.
--¿Y por qué no? Sería una experiencia catártica --bromeé." (Fragmento del capítulo cuarto de "La reina sin espejo", de Lorenzo Silva).