
(Cualquier parecido con personas o situaciones reales es fruto de la perturbada mente del lector. Este cabeza de chorlito, al igual que la mayoría de los políticos, no admitirá nunca su responsabilidad).
En un país multicolor. Seis p.m. El presidente José Luis Gutiérrez Carpintero, alias CP, o Bambi, recibe a su ministro de Defensa, el ínclito José Antonio Alfonso.
Alfonso: Permiso, presidente.
CP: ¡Hombre, Alfonso, a ti te quería yo ver! Pasa, pasa.
Alfonso: Susórdene, presidente.
CP: ¿Qué diablos está pasando con esa historia de...? Los gadgets esos, ya sabes.
Alfonso: Inhibidores de frecuencias.
CP: Habrás querido decir inhibidores e inhibidoras de frecuencias.
Alfonso: Y de frecuencios, si me permite la matización paritaria, presidente.
CP: Se te permite y se te agradece. Así me gusta, un ministro atento a las inquietudes de nuestra sociedad. Bueno, ¿qué está pasando con esos chismes?
Alfonso: Bueno, verás, yo ordené puntualmente la compra de unos cuantos aparatejos de esos, pero luego todo se complicó, ya sabes cómo son estas cosas. El primo de un amigo mío, que casualmente es quien fabrica los artilugios, me prometió que los tendríamos dentro de cuatro años, siempre y cuando pagáramos por adelantado, en billetes pequeños y sin marcar. El caso es que estábamos reuniendo la suma en cuestión cuando el Fali, que es como se conoce cariñosamente a nuestro proveedor, decidió cambiar unilateralmente el presupuesto acordado, pasando a pedir justo el triple de dinero porque, según parece, le ha salido una amante algo aficionada a los lujos. Hay que comprenderlo, es un tipo joven e impetuoso. Entonces ahora ocurre que...
CP: Déjalo, Alfonso, déjalo. Estoy seguro de que el asunto está en buenas manos. Además, sólo eran seis soldados, y la mitad de ellos colombianos.
Alfonso: Eso es, presidente. ¿A quién va a importar esta historia?
CP: Y sin embargo se oyen voces díscolas que piden tu dimisión. Sólo te diré una cosa: Ni se te ocurra, por tu madre te lo pido. En este país multicolor, multinacional, multisexual, multiorgásmico y megafashion, no dimite ni cristo. Pase lo que pase, no se puede dimitir. Semejante reconocimiento de culpa, tal demostración de vergüenza torera, supondría un peligroso precedente. Poniéndome apocalíptico, hasta me atrevo a decir que sería como dejar una puerta abierta por la que se nos colaría en casa la... ¡DECENCIA!
Cuando CP pronuncia esa palabra proscrita el ministro Alfonso siente que se le eriza el vello de los brazos y que se le encogen los huevos. A punto estuvo de santiguarse, pero pensó a tiempo que eso podría disgustar a su presidente. En lugar de ello dijo:
Alfonso: Tranquilo, presidente, que a mí no me echan de aquí ni con agua caliente. Yo he pensado en cesar a algún militroncho de los gordos, o en arrestar a unos cuantos, o en fusilar a alguien, o todo a la vez, ya veremos. Si total son militares y están para eso.
CP: Bien pensado, Alfonso, bien pensado. Oye, otra cosa.
Alfonso: Dime, presi.
CP: Me gustó tu detalle de presidir el funeral por los seis mindundis allá en... ¿Cómo se llama el avispero ese donde los hemos metido?
Alfonso: El Rábano, presidente, se llama el Rábano.
CP: Eso es, Rábano. Pues como te decía me gustó tu aspecto. Muy bien, hombre, en manga corta, camisa clara a rayas. Muy veraniego. Así se preside un acto fúnebre por nuestras tropas, arreglao pero informal. Con dos cojones, campeón.
Alfonso: Eso mismo pensé yo, presidente, que vaya un par de cojones que tengo, aunque esté feo que lo diga yo.
CP: Nada, hombre, no seas modesto. Recuérdame que te condecore con la Gran Cruz del Mérito Militar, y eso sí, para ti con distintivo rojo, hostias, que te lo has ganado.
Alfonso: Joder, Bambi, me siento muy honrado, y algo cachondo también.
CP: Venga, cómeme la boca, que sé que lo estás deseando, truhán.
Alfonso: Yo a ti te como hasta la presidencial chorra si hace falta.
CP: Pues mira, no te diría que no. Ea, amórrate al pilón.